sábado, 28 de junio de 2014

La pobre economía



Teódulo López Meléndez

La economía no puede manejarse desde impulsos expropiatorios. Las líneas económicas no pueden ser determinadas por un iluminado que va recorriendo el territorio señalando con la punta del dedo lo que debe pasar a control del Estado.

La economía ya no puede ser marcada por desvaríos ideológicos. No es permitido ajustarse a cánones decimonónicos y proceder a destruir un aparato productivo en aras de la supuesta edificación de una idea rocambolesca.

Eso de ir a destruir el capitalismo para sobre las ruinas construir el “socialismo del siglo XXI” es un desvarío. Qué hay que avanzar hacia nuevas formas es un  mandato de los tiempos, pero hay que tener el tino de comprender que la justicia económica en el siglo XXI se llama convivencia pacífica de distintas formas de propiedad.

Pasos al azar, gasto sin control para pagar una deuda social que había que pagar, pero sin la sabiduría del buen administrador. Expropiaciones fuera del ordenamiento jurídico para avanzar hacia un capitalismo de Estado que sería algo así como la antesala de la utopía realizada contradiciendo la propia esencia de la palabra. Esos fueron algunos de los desvaríos, a los cuales hay que agregar el de la corrupción, en infinidad de casos permitida para ganar lealtades, para tener listo el expediente por si alguien intentaba un desvío.

La economía es pragmatismo, hasta para construir un nuevo modelo, como el que hace falta, porque ahora ni eso es discutible, dado que hay que recurrir al librito para tratar de arreglar el desastre de una economía en el suelo y tratar de que las medicinas sean para el paciente lo menos dolorosas posibles.

Frente a la necesidad de correcciones están las realidades políticas. Si tratan de enderezar los radicales argüirán se ha abandonado el “Plan de la patria” y el heroico legado del “líder supremo”, mientras que si se persiste en este camino el que termina de hundirse es el país. Anuncian, por ejemplo, la necesidad de un cambio único, lo que es evidentemente conveniente, pero todos tememos con él venga otra devaluación brutal de nuestro signo monetario.

En economía, tal como no se pueden aplicar ortodoxias ideologizadas, también se pagan los precios por las decisiones que se tomen. El desastre a donde hemos llegado tiene, en consecuencia, un precio político que el inmensamente débil Maduro deberá pagar, no sabemos si arriesgando incluso su propia estabilidad.

La economía es pragmatismo, no ideología. Se hace lo que conviene, aún dentro de un proyecto razonable de justicia, como el que algunos consideramos de diversas formas de propiedad conviviendo pacíficamente. El que en economía se plantee absurdos conduce a la ruina. No se puede pagar deuda social  a costa de hacer de PDVSA un ente endeudado hasta la coronilla. No se puede vivir de subsidiar sin plantearse la sustitución de los subsidios por formas productivas de organización comunitaria.

En enero del 2013 advertí el 2014 sería el año decisivo sobre el destino de Venezuela. Tal planteamiento no fue consecuencia de algún súbito rayo de lucidez, sino de estudio de la agenda política y de la evolución que llevaba la economía. Sigo pensando lo mismo y por eso he dicho llegaré a su final opinando, no sin hacer –lo admito- un supremo esfuerzo de disciplina. Desde las nociones básicas hasta las grandes decisiones, desde los vericuetos de la psicología social hasta la realidad de una clase política enclenque, el país venezolano sigue a merced de los imprevistos, del azar.



domingo, 22 de junio de 2014

Crisis con gambetas



Teódulo López Meléndez

Un campeonato mundial de fútbol centra la atención. Ello es inevitable. El deporte que mayor pasión despierta ocupará los titulares y las conversaciones, quizás como una especie de poción o tal vez como una pomada para músculos adoloridos.

Hasta los hechos políticos se describen como acciones frente a un arco y los parroquianos ensimismados llegarán a afirmar que Giordani le metió un gol a Maduro o que en el equipo contrario parecen asomar la dispersión y las contradicciones, mientras se observa a Dieterich diciendo palabras duras a su nuevo e inesperado compañero de intereses.

Giordani es bien descrito por Dieterich como un anticuado, como alguien anclado en una ortodoxia vencida, en un sistema de juego periclitado pero, como todo caído, Giordani produce el documento que cree absolutorio en esa búsqueda desesperada de un veredicto en que el árbitro llamado historia no podrá recurrir a la tecnología como en el caso del Mundial que nos ocupa.

Ese tipo de justificaciones posteriores, signadas por la gambeta de “yo lo dije” o “yo lo advertí” jamás entran en el resultado final del partido. Producen los calambres del caso, generalmente atribuidos por los especialistas a temporadas muy largas en sus respectivas ligas. En efecto, Giordani venía de una larga, de una de donde pretendía construir las bases de un utópico “socialismo del siglo XXI” que pasaba por la destrucción del aparato productivo sin entender, porque el viejo Marx se lo impedía, que hoy deben convivir diversas formas de determinar ese equipo sensible llamado economía.

Por su parte, Dieterich hace de aficionado en desengaño contando semanas de vida a su anterior equipo, en actitud del párvulo decepcionado que en el fondo de su corazón cree que quienes fueron sus jugadores no supieron interpretar la estrategia del juego.

Mientras los afectos de las desafortunadas “paredes” y de los pases fallidos parecen disminuir en eso denominado “el conservar el poder une”, los balones del otro equipo son sólo patadas en desorden, despejes a los laterales, incongruencia violenta que recuerdan al Pepe portugués. Los gritos al viento es lo que se les escucha mientras las tribunas apenas comienzan a tomar conciencia están presenciando un juego entre equipos de tercera categoría.

Suele suceder que los equipos que llegan jamás han debido llegar. Entre escribir una crónica sobre los males que aún esperan a la economía venezolana y sobre las penurias que se asoman en el horizonte, agrandadas en relación a las actuales, quizás los venezolanos agradezcan dejar el televisor encendido sin nadie que mire mientras se refugian en la cocina haciendo el inventario de lo disponible.

No hay rectificación posible en el régimen. Sigue su marcha sin variantes, apenas con la entrada ocasional del conjunto médico a poner algunos anestesiantes o con la práctica de cambiar de posiciones en el campo a los mismos jugadores agotados. A esto último lo suelen llamar cambio de gabinete. Alguien ha dicho, con asertividad, que lo peor que le puede pasar a un político es que sus compañeros comiencen a admitir que lo que le dicen sus ex compañeros es absolutamente cierto.

Los partidos de fútbol suelen dejar en el país del equipo derrotado un pésimo sabor de boca, un desengaño, una tristeza. Cuando son dos los equipos derrotados se deja este intento por escribir una crónica para escribir un veredicto: la renovación debe ser total, la evolución de las categorías menores hacia la selección nacional fue fallida, es menester el país en crisis se reproduzca en otros seleccionados y las direcciones técnicas sustituidas.

Aún quedan octavos, cuartos, semifinales y final. Aún queda juego. Uno donde este país vinotinto puede enmendar, si es que desde las tribunas donde se ha escondido le sale un aliento no para gritos estériles a los jugadores descartables, sino para asumirse como el jugador.




domingo, 15 de junio de 2014

El potro y el destiempo





Teódulo López Meléndez

Cuando el potro sale y comienza a correr es ya superfluo preguntarse si salió a destiempo. Lo único que queda es usar las riendas para orientarlo, para morigerarlo, para evitar el potro se desbarranque.

Sobre la carrera del potro se harán a futuro balances, pero mientras el potro corre simplemente el potro corre. Suelen ser así las historias, suelen así sucederse los acontecimientos.

Los balances se dirigen, al final de la carrera, a quienes quitaron las talanqueras, a quienes azuzaron al potro. Es inevitable que toda carrera culmine con el señalamiento de quienes abrieron el corral y la historia tiene por hábito apuntar su dedo a los responsables directos de la carrera del potro, especialmente si la amargura lleva ya a señalar que el potro corrió a destiempo.

En política se puede cambiar de posición, pero hasta para ello se requiere honestidad e inteligencia. Honestidad pues un actor político puede admitir, por ético convencimiento, haber estado en una posición equivocada, en la ejecución de una táctica errada. Inteligencia, porque la corrección no se puede hacer desde la hipocresía y saltando hacia atrás, desde la demagogia y desde los falsos arrebatos. Cuando es menester cambiar y/o se admite el error y se da la cara y se salta hacia una posición de mayor avanzada en el sentido de la calidad de la nueva propuesta o discretamente se retira a esperar un veredicto condenatorio que no faltará.

Ahora el país está en el limbo. En la cristalería entró un elefante y no dejó nada a salvo. Ahora el país se refugia en el fútbol para obviar el bochorno de una tarde de intensa sequía. Un profundo dolor por los caídos y una experiencia trágica de la cual se deben sacar enseñanzas, nunca el lamento plañidero que ya se observa en el sentido de manifestar que se salió a arriesgar la vida sin que un país reaccionara. La megalomanía suele producir efectos inicialmente opioides al pensarse el propio gesto desatará a las multitudes. Se debe marchar hacia otras formas, hacia la creación de redes, al establecimiento de una comunicación profunda que faltó de la manera más obvia, a la organización interior de la madurez y al apelo a la reflexión desde las ideas. Todo ello conducirá a una nueva praxis, a nuevos diseños de acción, a la construcción de nuevas realidades.

El político que hundido en el fracaso trata de taparlo con grandilocuencia, con aspavientos, con anuncios sonoros y despavoridos, no es un político, más bien un gritón, un histérico, un desesperado por la sobrevivencia. Al político que únicamente le interesa su propia salvación, el conservar lo que considera su liderazgo y para ello recurre a fórmulas aparentes, sólo aparentes, pues no son más que patéticos intentos de huída hacia adelante, hay que señalarlo, sentarse a escucharle sus giros de pobre lenguaje y decirlo, porque debe decirse so pena que los últimos fanáticos de quien mostró absoluta incoherencia para la dirección se vuelvan indignados contra quien cumple su deber de decirlo.

El país fue advertido paciente y oportunamente de la necesidad de reconsiderarlo todo. Lo dije en las redes sociales y lo asomé en mis textos. Era necesario reflexionar, buscar nuevas vías, recurrir a la imaginación y hacer las modificaciones estratégicas y tácticas necesarias y hasta se señalaron propuestas concretas de acción. El país suele hacer ratificaciones permanentes de sordera. Ahora es menester volver a decirlo: aquí la reacción no es la que se asoma, esto es, la falta de reacción como reacción, la abulia en lugar de la reflexión, la resignación en llanto de vírgenes plañideras, la simple constatación de lo obvio porque si para algo se constata lo obvio es para romperlo, para superarlo, para sustituirlo por una nueva acción.   

El país debe aprender a mirar, a percibir las interferencias interesadas, a constatar los líderes de terracota, a darse cuenta que un cuerpo social tiene los dirigentes que generó y si lo que generó está vacío es porque él anda vacío  y no puede quedarse a admitir su vacío sino a llenarse. Cada batalla debe ser una enseñanza y aún en medio del dolor debe haber capacidad de reconstruirse. El país debe tomar conciencia de sí mismo, desarrollar una conciencia social, moverse desde el desahogo inútil hacia la edificación de un nuevo imaginario.

El país está aquí. El acecho ha crecido mientras nos seguimos limitando a los ataques puntuales, a la atención de los aspavientos y a señalar las obviedades de las agresiones. El país debe interrogarse, moverse, cambiar, responderse, dejar el látigo del auto suplicio que ya bastantes suplicios impone la realidad a superar. Estamos muy mal y vamos hacia peor, lo que implica la asunción de un coraje y de una mirada, de una voluntad y de un propósito. El limbo no existe. Lo que existen son letargos de los cuales salen los pueblos capaces de mirarse a sí mismos con la mirada adecuada. Donde algunos no ven nada está todo. De ese todo sin destiempo volverá la república a galopar.

domingo, 8 de junio de 2014

El país citado







Teódulo López Meléndez

El país está citado. La lista de los citados es larga, como larga es la lista de quienes deben presentarse a tribunales cada cierto número de días.

Este es un país de sospechosos. Los sospechosos son citados. Algunos encarcelados son puestos en la calle después de unos días presos para que se presenten a tribunales cada cierto número de días.

Ya casi debe ser imposible entrar con normalidad a un tribunal, pues son tantos quienes deben presentarse que ocupan el espacio y el tiempo.

Se cita a presentarse aquí y allá. La citación indica hay un expediente penal abierto, una investigación en curso, algunos delitos en busca de sus titulares. Presentarse implica una advertencia de juicio penal que puede abrirse, reabrirse, aplazarse, o ejecutarse, conforme al comportamiento del citado.

Algunos de los delitos son recurrentes y van desde un cáncer inducido hasta la publicación de un artículo de opinión, desde una protesta callejera hasta un magnicidio, desde un golpe de Estado hasta la mala suerte de haber estado cerca de algún suceso.

El país es sospechoso. El país está bajo sospecha. Uno ve el comportamiento de algún líder y su cambio repentino y uno sospecha el cambio se debe a que entró bajo sospecha. Otros que están bajo sospecha se ponen agresivos para tratar de demostrar que la sospecha no los ha afectado, pero marchan hacia la citación como buen citado. Otros, con real sentido del valor, no modifican un ápice su conducta y hacen y dicen lo mismo que hacían y decían antes de ser citados.

La juridicidad no está bajo sospecha. Ella se marchó. Los juicios penales afloran y proliferan. Ellos son culpables de no ser lo que aparentan. Los procesados no son ni culpables ni inocentes, terminología propia del Derecho Penal no aplicable. Son sujetos políticos sometidos a persecución, esto es, citados, arrestados, o entregados por propia voluntad cometiendo estos el error que no debe cometerse:  sobrevalorar las propias fuerzas y dejarse llevar por el mesianismo de pensar que él procesado y preso es garantía de una reacción dislocadora.

Los venezolanos somos sospechosos. Los que opinamos y los que no. Toda opinión es sospechosa. Cada expresión puede ser considerada como una solidaridad subliminal con un golpe de Estado o, peor aún, con algún intento de magnicidio o, quizás, con la inducción de alguna enfermedad. Pensar es sospechoso. Ser venezolano es sospechoso.

No presentarse a alguna citación equivale a desconocer a un órgano del Estado, uno sobre el cual ya no tenemos sospechas sino convicciones. Algún citado proclama “dictadura” y denunciará “poderes secuestrados”, pero citado es y como citado se comporta.

Cuando hay mucha gente en la calle algunos ya piensan se trata de alguaciles de tribunales repartiendo citaciones o agentes de inteligencia haciendo lo propio. Algunos citados ponen en las redes sociales sus citaciones casi como molestando al que no ha sido citado. Es que han logrado crear una psicología de citados. El país sabe que está citado.

La citación es usada para darse golpes de pecho o para encogerse, dependiendo del actor citado. La palabra citación es la de mayor influencia en el presente venezolano. Es la reina del léxico. Cada día alguien es citado. Cada día se anuncia que alguien fue citado. La cita ya no es a un café y menos a una comida. La cita es a un órgano del Estado, a una policía de inteligencia o a un tribunal. Si seguimos a este ritmo la citación marcará horarios, encuentros y determinará las agendas. “Mañana no puedo porque estoy citado”, puede convertirse en expresión normal en el país citado.

El país está en la mayor de las normalidades, citado.



miércoles, 4 de junio de 2014

El país entrampado





Teódulo López Meléndez

En este país pululan las trampas. Este es un país entrampado, uno que vive una cotidianeidad de trampa, una que parece alargarse más que una trampa.

Las trampas están a la orden del día. Las tácticas para entrampar van desde juicios falsos hasta un juego político vacio. La trampa se extiende desde dispositivos para capturar e incomodar hasta juegos verbales insustanciales rayanos en el acertijo.

En este país se asiste a la vieja expresión “hacer trampa” como se mira un acto fraudulento q anda detrás de un provecho malicioso y no se le considera más que una acción no delictual.

El país está trancado bajo la trampa. El proceso político se quedó estático en un punto, el de la trampa. Las acusaciones sobre el “diálogo” entre gobierno y oposición se asemejan al escándalo y las negativas tímidas por acusar a la otra parte de no haberse tomado en serio la tarea.

El país no encuentra como salir de la trampa porque los actores piensan que se trata de un ratón buscando por las paredes de un laberinto la posibilidad de encontrar el queso recompensatorio. Los días pasan en la mayor repetición concebible. No hay acciones para abrir la puerta de la trampa jaula ni movimiento alguno que conduzca a aliviar al país de sus penurias ya asumidas como fatídicas.

La trampa parece construir nuevas rejas o paredes cada día. La ineficiencia gubernamental se extiende como la inflación y la escasez, como la represión que encuentra en las universidades un blanco favorito, cual reproducción de mito griego redivivo.

Estamos entrampados en la ineficiencia, en un cándido aburrimiento, en una anormalidad resignada. Existe un dispositivo que se sirve del engaño para cazarnos. Se cuidan las salidas por la inseguridad, se busca en diversos lugares por la comida, se asiste a la violencia intolerable, se busca refugio ante la tormenta. La tormenta no cesa por los paraguas ni los impermeables ni amaina con la resignación a estar en una trampa. La tormenta prosigue haciéndose un torrente que arrasa, que produce apagones o nos deja sin Internet, por decir lo menos ante la avalancha en crecida de males que caen sobre la trampa, dentro de la trampa, impidiéndonos visualizar otra posibilidad de futuro.

La trampa tiene expertos operadores. Sobre la trampa se pasean los de diversos colores haciendo signos vacuos para que los habitantes de la trampa confíen en una forzada supervivencia. Los sucesos de cada día son mirados como noticias extraordinarias cuando no son más que una repetición penitente de pervivencia de la trampa.

Para que haya trampa tiene que haber tramposos, manipuladores, actores que simulan ante los entrampados que hay una obra en desarrollo, cuando la verdad es que la escena es la misma y hacen todos los esfuerzos por alargarlas hasta que el país se aletarga y se levanta al día siguiente a observar la misma caída vertiginosa, el desamparo, la desolación que caracteriza a toda trampa.

Los tramposos viven de la trampa. Suele llamársele clase dirigente, la misma que produce adjetivos duros e insiste en reunirse con sus homólogos tramposos o que proclama la inexistencia de un Estado de Derecho pero cada día acciona ante su inexistencia.

El país se está comiendo las migajas que caen en la trampa. Todos los días se acciona para que nada pase, para que el hábito reine, para que la inercia prevalezca, para que nada cambie la trampa en que está el país.

Salir de la trampa implicaría no mirar a los cuidadores y vigilantes de la trampa. Salir de la trampa es no seguir el juego de los laberintos y de los recovecos que cada día son lanzados para que las redes sociales ardan con supuesta y falsa anunciación de noticias renovadas. Para salir de la trampa el país debe entender que está en una trampa.