El lugar del no-lugar

 


Teódulo López Meléndez

La posmodernidad nace en el momento en que la vanguardia (lo moderno) se agota en su proceso de demolición. Marinetti no podía saber que la concepción del tiempo variaría radicalmente y que en esto que ahora llamamos “tiempo real”, donde el presente y el ahora son omnímodos,  sus deseos de un hombre identificado con un motor nos obligaría a meter las manos en el polvo que se desprende de aquél documento.

Filippo Tommaso encontraría hoy que sí, que más allá de como él lo quería, la identificación del hombre con la máquina se aproxima a límites impensados que podrían conllevar a un cambio de la fisonomía misma del cuerpo humano y también encontraría que la máquina que él asociaba a velocidad impone hoy la inmovilidad.

En cualquier caso, como lo quería Marinetti, belleza estará asociada a velocidad, pero no puedo concebir como será esta "belleza", si es que no llegamos a concluir que ambas palabras se harán sinónimas. Entre otras cosas, el mundo postindustrial ya no fabricará grandes objetos, pues bien se sabe que estamos ante una miniaturización del producto tecnológico. Paul Virilio lo sabe y por eso acuñó la palabra “anímatas” para describir a esos extraños visitantes que a la larga se irán integrando a nosotros como nuevos órganos sustitutivos de aquellos atrofiados o inservibles o, simplemente, para cubrir otras necesidades, unas no propias de la evolución de la especie, dado que el caso parece ser que esa evolución ha terminado.

Sí, el sueño dislocador de Marinetti de una identificación plena del hombre y el motor se asoma. Esa será la nueva salud, anunciada por el propio Nietzsche y convertida ahora en un espacio reducido y circunscrito, dado que lo exterior se anula.  Hoy la velocidad está en las ondas electromagnéticas. Dentro de poco Internet entrará por la vía de la electricidad, no del teléfono. Bien podemos decir que la velocidad de la luz es el nuevo límite, uno en que nos paralizamos. Ya no hay interpretación subjetiva o disociación de apariencias objetivas. Ya no sabemos bien que es realidad. Está rota la unidad de percepción del hombre y su relación con lo real, si es que a algo podemos seguir llamando así. El ojo humano ha sido superado por la imagen de síntesis. En los tiempos de Marinetti la velocidad equivalía a disminución de tiempo, a un ahorro entre llegada y partida. Ahora sólo llegamos y no es necesario partir. Velocidad se ha convertido así en absoluta inmovilidad. Virilio nos lo recuerda al hablarnos del hombre inicialmente móvil, luego automóvil y finalmente mótil, es decir, uno que ha limitado sus movimientos y en cuyas casas pronto no existirán ventanas, ventanas como las de Shakespeare y Pessoa en sus sonetos, más sólo pantallas y cables que ocupan los antiguos lugares de ellas.

La clonación puede hacerse, ya está visto, pero aparte de la oveja y de los cochinillos que ya han sido duplicados, existe otra, la del “doble”, uno electroergonómico, la proyección de una “imagen” a la que podemos dotar de los “sentimientos” de aquél que la origina. Ya está planteado que el astronauta viaje desde su casa siguiendo una proyección virtual a partir de una sonda espacial. “¿Velocidad es belleza” como lo planteaba el viejo furor futurista? Los pintores deberán aprender a pintar la perspectiva del tiempo, los poetas deberán comprender de una vez por todas que están colocados en el espacio en blanco entre las palabras, los escultores deberán tomar en cuenta la existencia de otra materia (el tiempo ya lo es) y cambiar el humano rostro desfigurado. Nuestra labor deberá ser la de inferirnos de la luz, comprehender el lugar del no- lugar.

@tlopezmelendez

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