jueves, 31 de enero de 2013

El país holográfico




Teódulo López Meléndez

Caracas está aquí. Uno la puede percibir en todos sus sonidos y olores. Es falso que haya dejado de existir. Uno puede ver las bolsas de basura amontonadas y oír el incesante corneteo de los ciudadanos por cualquier nimiedad, apresurados como van a no se sabe dónde, haciendo uso de su cornetas porque una anciana esté cruzando la calle.

Para no tener dudas uno mira hacia el norte y allí está la montaña mágica, el Ávila, aunque sus colores no coincidan con la hora, tal como nos tiene habituados.

Todo está en orden, la ciudad está aquí. Uno cruza hasta el supermercado y la escasez es brutal y la inflación un inmenso mamut. Los portugueses de la panadería se las arreglan para hacer el producto, aunque sepa a todo menos a harina de trigo. ¿Quién ha osado decir que la ciudad ya no está? Baste comprobar los motociclistas exigiendo paso y atropellando, abusivos y sin ley.

Baste salir un poco o conversar con los conocidos para enterarse de los últimos asaltos. No se logra entender quien ha osado proclamar que esto ya no existe. Baste ir al kiosco del vecindario para enterarse de las últimas intemperancias y de la violencia política.

Admitamos que la ciudad ha sobrevivido, pero que ha quedado aislada, que ha sido levantada como un último recuerdo. Veamos al país. Entonces uno verifica los accidentes de tráfico diarios por el mal estado de la vías o se sugiere un viaje al litoral central para reposarse en la playa y encuentra la misma vieja autopista agotada de la época perezjimenista y los nuevos edificios de la “Misión Vivienda” como una reproducción de la época soviética, pajareras atravesadas allí para connotar que será imposible algún desarrollo turístico futuro.

Debe ser un error. Volteemos la mirada hacia oriente u occidente. No hagamos caso de los reportes de los amigos. Son unos exagerados. El país existe. ¿Quién se atrevió a decir que había desaparecido?  Baste mirar al gobierno con su juego sobre la salud del presidente y observar cómo se alimenta con los sucesos de abril de 2002 en el mismo instante en que se niega una solicitud de gracia a un hombre enfermo apellidado Simonovis.

Es falso de toda falsedad que el país no exista. Está aquí, lo vivimos, no hay piedad. El país se alimenta de una cotidianeidad morbosa, de un deterioro establecido como norma. Uno recurre a la tecnología y todos los mapas muestran que existe, no ha desaparecido, es uno sin calidad de vida, quizás deberíamos decir que sin vida.

Sólo que las dudas asaltan. Si el país es real ¿cómo resulta imposible e inmodificable? Uno mira entonces las noticias para verificar que se suceden. En efecto, hay sucesos, los políticos declaran, el gobierno no gobierna, la oposición no hace oposición, todo se mueve para quedar en el mismo sitio. El país parece vivir en la más absoluta normalidad. ¿Cómo puede alguien dedicarse a verificar que existe? Claro que existe, los coches abruman y ya no caben, la gente va por las calles, la gente compra lo poco que se consigue, sus voceros públicos hablan. Una constatación mayor lleva a encender estaciones de radio y televisión y se puede ver que funcionan, los teléfonos suenan, hasta el clima parece ser el habitual de estos primeros meses del año.

La explicación debe estar en otra parte. Alguien ha incurrido en una suplantación. Esto no existe. Debe estar atravesada alguna patraña. Esta presencia debe ser falsa. Esto no puede ser real porque carece de espíritu. Las voces son repetitivas. No hay una ruptura que indique un cuerpo vivo. Esta realidad supone una monotonía no propia de un organismo que mueva adrenalina. Hay que averiguar que sucede. Esto parece, pero no es. Esto tiene todas las características de un simulacro, de una falsificación.

Hasta que al fin damos con el hecho. Alguien se llevó a la ciudad y al país. Alguien, con propósitos altruistas, de detener el deterioro, nos dejó una versión holográfica para impedirnos ver como seguimos cayendo. Esa alma caritativa nos impuso una visión holográfica de cuando aún era posible subsistir. Lo que ahora tenemos es un país holográfico y no estamos muy seguros las holografías sean modificables.

martes, 29 de enero de 2013

La literatura en la inconclusión



Teódulo López Meléndez

 La cultura, tal como la hemos venido entendiendo, es una línea continua de los hechos humanos con marcas puntuales que han definido etapas más o menos largas y que hemos aceptado como tales consensuadamente. No hemos mirado fragmentos sino una línea unificadora y con sentido. Es lo que generalmente se ha denominado la visión humanística del tiempo.
    
No estamos negando, sin embargo, que la concepción misma del tiempo tiene su propia historia, si la palabra es pertinente.
    
Mircea Eliade nos lleva hacia las tradiciones y las religiones antiguas con un  tiempo circular marcado por las cosechas, por los solsticios, por el movimiento de algunos otros astros, por festividades religiosas o por hechos que habían marcado su propia cultura.
   
 Los griegos reflexionaron sobre la idea de eternidad y sobre el tiempo como la manifestación de una realidad de gradualidad con preeminencia del espíritu sobre el cuerpo, aunque Aristóteles hable de instantes y se permanezca en el dilema si es un ser o un no-ser. Sobre la practicidad romana se impuso el cristianismo adoptando sí el tiempo como movimiento, pero agregando que todo movimiento tiene un final lo que conllevaba necesariamente el fin del mundo. De esta manera el tiempo dejó de ser circular y se convirtió en la línea recta en cuyo final está la eternidad.
    
Con la aparición del reloj en el siglo XIV y el desarrollo de la mecánica el tiempo se convierte en un valor matemático, esto es, algo absoluto y medible. Luego Kant afirma que no tiene realidad fuera de nuestra mente y la mayoría de los pensadores conciben el concepto de historia y en él el tiempo como una expresión colectiva que atesora las vivencias humanas y sus logros. Toynbee se centra en la historia como cíclica, lo que nos lleva a la idea del eterno retorno plasmado en Eliade.
   
 Heidegger define al hombre como un ser para la muerte y Einstein introduce el concepto de espacio-tiempo. Al convertir el tiempo en una magnitud relativa según quien y bajo cual circunstancia se mida, muere la concepción del tiempo como un algo absoluto lo que hace que la duración de un proceso dependa del lugar donde esté situado el observador y de su estado de movimiento.
    
Stephen Hawking nos relata todas las concepciones del universo hasta marcar un hito en el siglo XX, uno antes del cual nadie se pudiese haber planteado que el universo se expandía o contraía.
    
En el siglo XX irrumpen las vanguardias según las cuales el tiempo se reduce al futuro y ocasión en que se cuestiona la cultura literaria como primacía en el repertorio cultural. Ese cuestionamiento es actual, ya lo hemos señalado en textos anteriores, aunque no proviene de iluminados escritores previendo el insurgir de la máquina, sino tal vez de ella misma, y no es otra que la comunicación digital, una que modifica el concepto de tiempo y hace intrascendente la ubicación del usuario. De manera que la expresión literaria deja de ser el vehículo primordial ante la avalancha de un ciberespacio donde se combinan todas las formas de expresión y donde cada usuario que accede a la red combina y recombina en la formación de hipertextos.
    
Es pues el concepto mismo de continuidad cultural el que se enfrenta a la ruptura en este siglo XXI, uno que ha sido fundamento de la literatura y que le otorgaba legitimidad como centro del discurso cultural y poder para el establecimiento de validez amplia. Se plantea así también una revisión del concepto mismo de historia y una interrogante necesaria sobre el futuro de la palabra escrita.
    
La literatura abandona su asiento tal como la hemos conocido en occidente. Su integración con otros medios y su lectura por otros medios la hace también escribirse por otros medios. Como hemos dicho se impone una cultura científica que es obvio carece de discursividad. El futuro pasa a ser el nuevo campo de la literatura.
    
Cuando hablo de futuro lo que me pregunto es si los temas del espacio-tiempo están colocando a la literatura en el campo de la cosmología filosófica, uno donde se vería la luz deformada del inicio, esto es, la literatura podría buscar el futuro encontrando una autogeneración inicial. De esta manera resucitaría bajo la norma de que la vida es una continua repetición, pero que la palabra se organiza sólo una vez en relación con el tiempo con lo que determinaría su originalidad. Esa información es un momento que podríamos definir como una ahora inexistente.       El manejo de las dimensiones inalterables podría conducirnos a hablar de un eternalismo cuyo orden sería irrelevante. El tiempo de la literatura pasa a ser así el futuro lo que implica la ruptura de los tiempos que también significa olvidarse de ellos y disolverse.
    
Es obvio que la literatura ha estado siempre ligada, de una manera u otra, a la cosmología, sólo que ahora cuando asistimos a su aparente muerte, en realidad lo que está es reafirmándose en la disolución.
   
 Desde el momento en que se planteó la creación de una teoría general del conocimiento se ha estado creando una epistemología antropológica y social para observar el comportamiento caótico de un sistema complejo para lo cual es menester recurrir a un análisis del discurso. No ha sido un descubrimiento, pues todo hecho social se halla asociado al lenguaje y si existe alguna estructura compleja de pensamiento es la poética, como lenguaje del pensamiento. La poesía conceptualiza su intención de significar y es quizás el mejor paradigma de la transcomplejidad.
    
La transdisciplinariedad implica una visión del mundo que puede provenir de formas diversas e incluso albergar nociones contrapuestas. En el lenguaje del análisis se entremezclan desde la teoría del caos hasta la sociología del conocimiento científico, de manera que en la palabra de un pensamiento complejo es ella el problema a enfrentar como un asunto multidimensional.
    
El mundo que asoma no puede ser enfrentado con simplismos y menos con paradigmas anticuados. Si algo comienza y avanza lo que sabemos de él es necesariamente incompleto y toda respuesta, por ende, es inacabada. Todo proceso implica por definición movimiento permanente. La noción de exactitud no existe. Estamos en un mundo de incertidumbre y la única manera de abordarlo es desde las probabilidades y esta conclusión no excluye a lo que en el pasado fueron llamadas ciencias exactas, porque las ciencias en cuanto modo de conocer han sido superadas por lo que ha sido llamado un nuevo paradigma epistémico.
    
Veamos el ángulo de la explicación. La tecnología nos ha alterado. Estamos articulados, ya somos híbridos con constantes presencias posthumanas, con modificación sustancial de los flujos de sentido. La tecnología nos ha sembrado en la ausencia. En las redes sociales percibimos el vacío de las subjetividades o una multiplicidad de subjetividades extrañas. No se puede escribir de la misma manera. El inexistente futuro no existe, dado que parecemos en un eterno presente, pero la literatura debe hacerlo. No estamos frente a un juego de paradojas, lo que estamos es ante un revolcón de eso que hemos definido como cultura.
    
En otras palabras, el discurso convencional cae, entre otras razones, porque parece difícil discernir un sentido en estos momentos de interregno en la organización humana. La literatura está cuestionada como primacía cultural, ha pasado a ser apenas un modo más entre los múltiples de la comunicación, al igual que ha dejado de ser el continuun al resquebrajarse sus vínculos con la temporalidad.
   
 Estamos, hay que admitirlo, ante un cuestionamiento muy serio de la literatura lo que obliga a plantearse su destino en un contexto epistémico por la consecuencial pérdida de su jerarquía. En este mundo profundamente dominado por la técnica se tiende a superar el pasado, mientras la literatura sigue amarrada a él. Sólo la ruptura que la lleve a moverse en la velocidad de lo actual puede mantenerla, una que le permita reconstruir anticipadamente.
  
 La tecnología ha alterado las formas identitarias, pareciera posible la construcción sin agendas del pasado, en un presente que tiende a hacerse perpetuo, uno representado por la ausencia.
   
La forma de mirar las relaciones entre el hombre y la realidad es lo que nos debe conducir hacia una revalorización de lo humano sobre una razón mecanizada. Son tales los procesos y subprocesos en lo social, en lo político y en el conocimiento que podrían ser definidos como metaprocesos o metafenómenos a enfrentar con una visión de pensamiento complejo y con transdicisciplinariedad.
    
Como nunca vivimos en el simulacro, de lo quizás sea definible como una ilusión de lo humano. Es la era de la inconclusión y sobre ella debe escribirse, también porque desconocemos el destino del cosmos, uno de inconclusión.

lunes, 28 de enero de 2013

Cardenalito o San Luis





Publicado en el diario Tal Cual el lunes 28 de enero de 2013


Teódulo López Meléndez

El pase de los Cardenales de Lara a la final de nuestro beisbol con la derrota del Caracas y la consecuente “tomadera de pelo” que se desata cada vez que uno de los dos equipos más populares pierde, me llevó a la idea de tratar de ayudar al momento de distensión ratificando mi inclinación “cardenalera” y explicando a algunos interlocutores del exterior la chanza que se desata en este país cuando llega la final beisbolera.

La Ing. Emma Rosa Oropeza, mi amiga de la infancia (vivíamos casa frente a casa), convertida en historiadora de Carora a una profundidad envidiable, publicó la historia de los Cardenales. En efecto, fundado en 1942 en la pequeña liga caroreña, año en que los Cardenales de San Luis ganaron la Serie Mundial, es posible deba su nombre a ese hecho. No obstante, de la mano de María Zambrano, he sostenido que se debe al Cardenalito, Carduelis cucullata en su nombre científico, y que la victoria del equipo norteamericano sólo avivó la imaginación hacia ese bello pajarito. La realidad poética, porque esa ave roja que se paraba en el jardín de la casa de mi infancia es mucho más elocuente y, si seguimos a Zambrano, la poética es la realidad.
   
Al fin y al cabo, en la discusión sobre lo que significa “Carora” han participado personajes como Tulio Chiossoni, Orlando Álvarez y Pedro Arcaya. Para unos significa “chicharra”, para otros “se acabará la comida”, para otros es el árbol “Caro” de la familia umbelífera. En cualquier caso, Emma Rosa Oropeza no tendrá ningún problema en admitir –eso espero- que si en alguna parte hay que apelar a la razón poética es en Carora, dada la gran cantidad de personajes salidos de allí.
    
Aparte de contribuir en algo a la higiene mental de un país severamente afectado por situaciones del todo conocidas, y para lo cual el beisbol y la chanza consiguiente son un buen remedio, Emma Rosa es tan acuciosa y dedicada que publica www.encarora.com con todo lo referente a la ciudad de sus desvelos. Lo sabe todo, hasta que mi abuelo Artidoro Meléndez fue coronel de guerrillas.
    
En cualquier caso jugar al escondite con los morochos Herrera en su casa de la calle Bolívar y escuchar a su padre Don Antonio Herrera Gutiérrez  (“Toñón”, para todos) quejarse del precio de las pelotas es más que suficiente para invocar la realidad poética. Humberto Oropeza, gerente del equipo y compañero de kínder, deberá asumir su responsabilidad ante esta inusitada y más que hermosa controversia. 
   
“Llegó el doctor Ambrosio”, exclamaban en mi casa y el niño que fui se asomaba a verlo. El senador Oropeza bajaba de su auto cargado de carpetas. El senador Ambrosio Oropeza llevaba allí los manuscritos de la nueva Constitución de la  República. Con toda seguridad Doña Paula me mandaría a buscar.
   
Si después de contado lo contado Cardenales de Lara no debe su nombre al Cardenalito, pues es que la poesía ha dejado de existir.


miércoles, 23 de enero de 2013

El imperio de los contrasentidos





Teódulo  López Meléndez

“La problemática constitucional no es un problema de derecho sino de poder, ya que la verdadera constitución de un país sólo reside en los factores reales y efectivos de poder que en ese país rigen. Las constituciones escritas no tienen valor ni son verdaderas más que cuando dan expresión fiel a los factores de poder imperantes en la sociedad”.

Ferdinand Lassalle

Aún cuando todavía perviven sendas disquisiciones constitucionales sobre lo sucedido en Venezuela, la realidad muestra el poder de los hechos. Estamos ante un gobierno de facto cuya legitimidad nadie pone en duda, lo que no supone para nada una contradicción y, si la supusiese, la misma no sería más que una ratificación del poder.

No se trata de esa bizantina discusión que parece haber asaltado en los últimos días a sectores oposicionistas separados entre supuestos “radicales” y contemporizadores “comeflor”. Se trata de una ausencia total de inteligencia a la hora de ejercer el nada fácil oficio de opositor. Parecen ver con gríngolas, son incapaces de evitar las flagrantes contradicciones y, ante el sector del país que los acompaña, se muestran o como decididos valientes que llaman a la acción o como visionarios que andan escudriñando el tiempo futuro. Los primeros buscan posicionarse ante el sector que se desespera y lo segundos conservarse en un presente que saben largo pero ante el cual dejan a la vista su más que absoluta inconsistencia.

Toda esa legitimidad que amontona el gobierno se origina –muchos parecen olvidarlo- en la victoria electoral obtenida en la última elección presidencial. Lo de facto le viene porque quien ganó esa elección se llama de otra manera y está fuera de circulación sin que sepamos los detalles de ese estacionamiento. Aún así, han incurrido en torpes retahílas de amenazas, innecesarias, si miramos la realidad real de que ejercerán el poder por el período señalado.

La coalición con propósitos electorales que aglutina a los viejos partidos –y a nuevos con mañas antiguas- no puede generar una alternativa de país dado que en sus mismos genes se mueven las células del pasado, la piel del pasado, el planteamiento de hace medio siglo. Frente a ello he insistido en la necesidad de una “tercera opción” a la que he dotado de un cuerpo conceptual, no sin admitir que el país debe vivir lo que debe vivir y que este cuerpo social es aún inepto para asumir su propio destino.

La última afirmación no parece novedosa si miramos a nuestra historia o leemos los llamados de los intelectuales que en el pasado tuvimos. Nuestros comienzos de siglo se asemejan, con la diferencia de otra ausencia, la patética de la inteligencia que tuvimos en décadas pasadas.

Esta sociedad opacada fabrica héroes que aparecen desde el exterior, sin darse cuenta que héroes no necesita; le bastaría una clase política inteligente, pero este es el país de las ausencias, temporales o definitivas.

Seguimos, pues, viviendo los intrascendentes acontecimientos a lo que nos somete la cotidianeidad. Así, la fracción parlamentaria oposicionista convocó a una marcha el 23 de enero para tratar de demostrar no era un inútil adefesio. Así el gobierno convocó la contramarcha, pues parece inmerso en un síndrome incurable. Así, la oposición suspendió la marcha, lo que no constituyó ninguna sorpresa. Así, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) se limitó a un acto en el este de Caracas para “relanzarse”, siendo obvio que lo que se relanza es porque al suelo cayó. Así, el gobierno celebró la caída de la última dictadura militar bajo la consigna de apoyo a Chávez quien, por cierto, ofreció a ese dictador su regreso al país y reivindicó su gobierno, gesto muy propio de este régimen militar-cívico imperante en el país. Uno se atrevería a decir que esta cotidianeidad es miserable.

Ha muerto estos días Nagisa Oshima, director del controversial film “El imperio de los sentidos”, que si no recuerdo mal fue titulado así como una ironía al El imperio de los signos de Roland Barthes, muy marcado el director japonés por Georges Bataille. En esta larga película venezolana no se trata de sexo explícito. Se trata de mediocridad explícita. Este país es el imperio de cualquier contrasentido.