viernes, 30 de mayo de 2008

Mesticia



por Rafael Rattia


Por bondad de su autor, Teódulo López Meléndez (Barquisimeto, 1945), confieso que he tenido el gratificante placer de leer y regocijarme en el singular poemario que ostenta el título de esta breve 'reseña literaria'; sí, esa pretensión tienen las líneas que siguen modestia aparte. Así son los avatares de la vida intelectual: cuando más deprimido está uno por los implacables impactos que ejerce la abominable 'realidad' real sobre nuestra frágil sensibilidad estética, justamente cuando uno está a punto de sucumbir ante la hórrida tentación del caos psíquico que genera esta 'asquerosa vidilla', entonces el cartero toca a tu puerta y ¡zas!, ahí está la redención provisional por medio de la poesía. Sin más preámbulos diré a mis lectores, ¿cuántos son, cuántos se han ido?, las impresiones que me causó el largo y sostenido canto del bardo larense, López Meléndez. Lo primero que impacta en MESTICIA es la pluralidad temática que exhibe este impecable ejercicio de fascinación imaginativa; desde el lacerante desasosiego dicho y vivido por el inmortal Fernando Pessoa, pasando por una especie de ars lingüística, no sin antes recorrer los insospechados territorios ígneos de la memoria, el exilio, la extranjía, la incertidumbre, la muerte, la Historia, la lluvia, la sed, el miedo, el deseo, la pintura y todos los presentimientos que suelen asediar las más altas cavilaciones de un auténtico poeta. Por ejemplo, hay un bello poema que, a modo de prolegómeno, el autor quiso titular 'Perdido' donde el lenguaje conviértese en borrasca y las sílabas caen, por doquier, heridas, sin códigos. Son palabras del poeta; sólo me remito a transcribirlas como acto de fe. Este escritor patentiza una vasta y sólida cultura universal en la que se destaca un cierto escepticismo en torno al poder descriptivo de la palabra que funda la realidad objetiva. Tan sólo puedo testimoniar un tono desafiante en la confección de algunos versos que por momentos truécanse en epitafios capaces de conmovernos hasta las lágrimas dada la contundencia que intrínsecamente reflejan algunos fulgurantes aforismos contenidos en dicho poemario. Tal por ejemplo: 'sin palabras un poeta no es hueco en el vacío gangrena' (p. 12 Sin Palabras). También observo una serena irreverencia propia de quien ha alcanzado un nada deleznable grado de lucidez en relación a las potencialidades creadoras de la palabra poética. Es como quien contempla la ceniza sin entusiasmarse demasiado con el Ave Fénix. El escritor sabe perfectamente que la infinita libertad del verbo poético no admite ningún tipo de cortapisas. Puedo decir, sin temor a equivocarme, o tal vez con derecho a hacerlo por la vehemencia de mi subjetividad de lector, que el autor de MESTICIA abre las esclusas de su desbordante imaginación hasta dejar al lector exhausto, casi sin aliento. La expresión poética de este aeda andariego ilumina los más recónditos intersticios del topos ouranos de la espiritualidad del sujeto leyente. En MESTICIA hay casi de todo: lascivia, erotismo tanático, deseo carnal, coitaciones virtuales, naufragios de lengua y saliva; pérdida y recuperación del poder evocatorio de una memoria empeñada en dejar la marca metaforizada de una escritura a modo de palimpsesto. Esta última afirmación puede comprobarse en el largo y bien estructurado canto titulado 'Medusa' que se va fragmentando intencionalmente a la manera de un sugerente caleidoscopio semántico en el que los motivos marinos y sus inagotables corolarios y fulgurantes sinonimias se van destejiendo y, simultáneamente, dibujan un maravilloso fresco de fragantes imágenes corporeizan nuestra propia y secreta náyade terrena.

Desde el 22 de enero, y en ese instante a 20 pies de altura me pregunto cuál es el oculto sentido de esa entidad, no me atrevo a decir libro, que conocemos como El efímero paso de la eternidad, justo en la págna 81 me detengo y no debo seguir adelante, necesito una pausa pues línea tras linea, capítulo, párrafo, entrada, me asalta la sensación de estar enfrentado un documento (?) críptico. De dónde pudo salir una escritura como esa, sus misteriosos intereses, nada la vincula a la literatura venezolana, está colgando de una galaxia oscura y sin duda tenebrosa, y es mejor que así sea, si entrara en contacto con los lectores sería la alucinación mortal de quienes no están preparados para la gratuidad de una dimensión impune. Análisis del horror del vacío cósmico pervertido al quedar atrapado en la historia humana, esta novela (?) es aquello que Lovecraft presintió y que nos mostró en su estatuto realista: espanto encerrado en una cripta o demonio sin identidad atrapado en el espacio. Pero esto que leo se me antoja la inmersión en ese abismo sin fondo donde sueños y dolor se juntan por medio de la aceptación de la más completa orfandad, la del prometeismo llevado a su expresión mortuoria, la potencia humana degradada en su extravío en un futuro que aterra porque está construido con el miedo de la criatura hecha de mal de un pasado vivo en la tumba del mito. Horror, naturalismo, exploración de la raza humana en una perspectiva amoral, fuera de la historia y librada a su absoluta incertidumbre, esa donde las referencias cesan, astrologia medieval con galaxias oprimiendo la memoria de unos seres que juegan a ser monstruos, nada me auxilia para situar este texto demencial y perfecto. Dije Lovecraft, pero tampoco Karel Capek me socorre, hay algo impune y criminalmente eficiente en esta expresión (?), escritura que parece haber conjurado todas la fisuras de un tema como este. Sólo estoy seguro de que es un texto revelado, pero cómo probar esto cuando su autor, hoy, nos acosa con sus análisis del socialismo del siglo XXI y democracia. Lenguaje de revelación buscando revelarse a sí mismo, descifrase y hacer elocuente un sonambulismo vedado como comunicación, iniciado en sueños del futuro cuya semilla arranca de la sospecha del mal como tarea humana. Texto críptico, si los hay, contra el realismo y explorando sin piedad oscuras tensiones del terror. Dónde termina lo animal orgánico y empieza la fabulación de una raza perdida en lo sideral devorador. Has traido la perturbación a este pobre sujeto que se admira con tu hallazgo aún secreto y que me deslumbra hasta el supremo placer del silencio. ¿Quién eres en verdad TLM?

sábado, 24 de mayo de 2008

Los primeros ensayos

por Marisol Marrero

Ensayo político:

Introducción a la política (1969)
El venezolano amaestrado (1972)
Reflexiones sobre la República (1978)

Ensayo literario:
Jardines en el mundo (1986)
Pessoa, la respuesta de la palabra (1992)

Ensayo político:

Teódulo López Meléndez comienza escribiendo ensayo político. Pertenece a una generación que llega a la vida pública en 1958, a la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Si se quiere, una generación frustrada, pues ninguno de sus miembros alcanzó la Jefatura del Estado. Sus miembros, brillantes en su casi totalidad (incluyendo los que mueren en la insurgencia guerrillera), partían de un profundo idealismo: se iba a la política a servir, la política era una especie de sacerdocio laico. Además, creían que no bastaba la acción, sino que debía fundamentarse en un marco teórico. No extraña, entonces, que nuestro autor comience a escribir para acompañar su actividad en el marco del social-cristianismo. Su primer libro es Introducción a la política que, visto a la distancia, es prácticamente un manual para jóvenes, lo que no deja de extrañar si consideramos que el autor tiene 24 años en el momento de la publicación. Allí pasa revista a todos los conceptos básicos que podían servir de referencia a la acción: el concepto de política, el análisis de los partidos políticos(con criterios que se realizan ahora en nuestros días, casi 30 años después), la concepción del Estado y su organización, conceptos que advierten sobre un economicismo vigente hoy, análisis sobre el personalismo (muy en boca en algunos pensadores cercanos a su corriente política original) y largos párrafos sobre la comunidad internacional y la organización en grandes bloques integrados, signo anunciatorio de su vocación por la diplomacia que lo llevará a vivir en varios países. Por supuesto que el libro está marcado por los conceptualistas más vecinos al pensamiento social de la Iglesia como Jacques Maritain, Giorgio La Pira y Emmanuel Mounier, pero la bibliografía del volumen indica un conocimiento muy profundo de pensadores de todo tipo, tal vez demasiado amplio para el joven que comienza. Un signo inequívoco del fin poco afortunado en política podemos encontrarlo en radicales planteamientos de reforma del Estado, planteamientos aún hoy polémicos e irrealizados.

En el interregno aflora la poesía, como el inicial Alienación itinerante, pero el ensayista que escribe para sustentar la pelea política vuelve con un volumen que habría de convertirse en un best-seller, como es el caso de El venezolano amaestrado, que agota edición tras edición y aparece en primer lugar de venta en los registros que sobre tal asunto lleva la prensa de la época. El volumen registra una impresionante lista de notas críticas elogiosas y es asumido como texto por las Escuelas de Comunicación Social de las universidades nacionales. Aún hoy -años después de la última edición- es considerado uno de los libros que los estudiantes más fotocopian en las bibliotecas. Sin embargo, este libro marca una variante en el pensamiento político del autor. Es furibundamente marcusiano, profundamente marcado por la llamada Escuela de Franckfort. Herbert Marcuse y compañía (Adorno, por ejemplo) destilan en sus páginas en un descarnado análisis de los medios de comunicación venezolanos, especialmente la televisión, en una profundización impecable en el concepto de alienación y en una demostración desgarrada del fracaso de la educación venezolana. No se ha dicho antes, pero ha debido decirse en su momento, que López Meléndez encarnó con este libro el mejor alumno de Marcuse que haya existido en el país.

Aflora el narrador en el primer libro de cuentos, Los escribientes moriremos, pero el ensayista político que comparte con Teodoro Petkoff y Américo Martín los primeros lugares de venta en este tipo de literatura, vuelve a las andadas, siempre de manos de la Editorial Fuentes, con un volumen que consideramos especialmente importante, Reflexiones sobre la República. Lo es, a nuestro modo de ver, por varias razones, entre las cuales porque el autor escribe despojado de cualquier influencia ideológica y porque es la primera gran advertencia que se lanza (hecho que nadie ha reconocido) sobre la desastrosa evolución que en los años posteriores tendría Venezuela. La primera observación significa que en este volumen López Meléndez se convierte en el intelectual que puede mirar y reflexionar sobre su país y ello advierte que el autor se está alejando de la actividad política para dedicarse al pensamiento. No es fácil colocarse en esta actitud. Sólo una gran madurez intelectual lo permite, como en el caso de Mario Briceño Iragorry, sin que esta referencia signifique que estamos estableciendo parangón o comparación de ningún tipo. Y luego, en este libro, desafortunado en su momento por la crisis que acabó con la editorial que lo publicaba, está preanunciado todo el proceso de degradación que nos ha llevado a la denominada crisis moral. No es un libro moralista Reflexiones sobre la República, aunque sí de reclamo intenso. Salvador Macías, memorable articulista de El Impulso de Barquisimeto, aseveró que la voz de ese libro le parecía de la estatura del ex-Premier y pensador francés Pierre Mendes France.

Ensayo literario:

TLM es lo que escribe en sus ensayos:

Jardines en el mundo es un texto de ensayos que se inscribe en la tradición del libro de viajes, pero de uno impulsado por la pasión de los libros y de sus autores. Cada lugar que describe, cada lugar que visita, es el asiento de un escritor, es la búsqueda constante de los congéneres, una identificación de literatura y movimiento.

En la primera parte del libro que da título al volumen va a Florencia a buscar a Papini. En Gardone ve la casa de D´Annunzio. Del hemisferio norte nos cuenta de las narraciones navideñas de sus escritores. En Punta Rossa descubre a la Maga Circe y asegura que "basta ir allí para descubrir la literatura, porque Ulises pasó por esta costa y Circe trató de encantarlo".

En todo el texto se muestra a plenitud el espíritu de observación de nuestro autor. Ve el paso de las estaciones y el reflejo de éstas en su espíritu: "el tiempo exterior va con el interior". Aflora, no obstante, un gran cansancio, al afirmar "la vida debe ser empujada, vivir exige esfuerzos". Se pasean ante sus ojos los carnavales de Venecia, con Casanova, y de Viena, con los valses de Strauss, la Universidad de Coimbra con murciélagos que hacen la limpieza, Teresa en Avila, el lugar de Aleixandre, la Sevilla de Machado, Alberti, Juan Ramón, García Lorca. Papini es una callejuela que desemboca en la gran avenida D´Annunzio, pero, como del gran toscano quería ver los libros, tocarlos, aprender idiomas como él. En algunos párrafos rechaza la "brujería", este autor que ahora toma la alquimia para dibujar con ella nuevos textos. Marcha a Bomarzo de mano de Manuel Mujica Láinez: "estoy seguro que no hay otro caso en que una ciudad haya salido de una novela para materializarse, como lo ha hecho ésta...". Y agrega: "Aquél parque lleno de monstruos de piedra fue construido en la segunda mitad del siglo XVI, pero puedo jurar que, en verdad, fue edificado por un novelista a millares de kilómetros de aquí, en la Argentina, y transportado por los medios específicos dela literatura hasta este punto en que lo miro este mediodía brumoso de primavera". El poder la palabra, aquí como en todo este volumen, es el verdadero creador de realidad.

López Meléndez descubre unos ensayos cortos de Baudelaire sobre los cosméticos, visita a Víctor Hugo en el metro de París, se encuentra con Alberto Moravia por las calles de Roma, se detiene en Italo Calvino, salta a Brasil a hablarnos de Manuel Bandeira y hasta en la tumba de Marx se detiene para llamarlo un "clásico".

En la segunda parte del libro titulada "Verbigracia" se hace más político y abarca asuntos como el Convenio Andrés Bello, el problema de la integración tanto andina como europea, la formación de bloques regionales, del exilio (interior y exterior), en fin de una serie de temas que rompen la delicia de la primera parte consagrada a escritores y que quizás ha debido incluir en otro volumen, pues nos quedamos con ganas de la magia en que nos mantenía sumergidos

Reconstruyendo a "Pessoa en La respuesta de la palabra":

Pessoa, la respuesta de la palabra es la historia de la derrota de un poeta. Un profundo análisis de Pessoa, que, como dice la contraportada "no se trata de un ensayo sobre la poesía de Pessoa de manera directa, pero sí indirecta, pues se demuestra como el contexto histórico-social determinó la obra de aquél hombre".

Para López Meléndez, Pessoa es un mito que sigue la misteriosa alquimia de las transformaciones psíquicas de sí mismo. El escritor lo observa, pero éste es a su vez un poeta del cual forma parte, al ser de la misma naturaleza creadora. Lo reconstruye paso a paso por las calles de Lisboa y los fantasmas de nuestro autor se proyectan en la gran pantalla de Pessoa y sus diatribas. Obsesivo como él, se sitúa en las calles de la ciudad donde por dos años siguió las rutas, los itinerarios, por bares y recovecos, deteniéndose donde aquél lo hacía, respirando los mismos aires que dieron aliento, asimilando la saudade hasta la última gota. Como Pessoa, López Meléndez escribe "en la mediocridad del país, en su crisis política, en la ausencia de crítica y de escritores trascendentes".

Según Jung existen cuatro métodos para explorar lo ignorado en un paciente, en este caso un escritor. El más simple es el de la asociación, cuyo principio consiste en la búsqueda de los complejos más marcados, aquellos que se manifiestan por perturbaciones en la experiencia de las asociaciones. Para López Meléndez, lo mismo que para Pessoa, escribir es la magia de crear, pero el escritor es un frustrado y un solitario que encuentra la libertad en el sueño, en las imágenes que proyecta. Y le teme al exceso de cigarros y a las iras que le traen desconsuelo, porque, al fin y al cabo, aquél es un lunático que "saca cuentas y prepara artículos para la Revista de Comercio". Como Pessoa, López Meléndez se ocupa de política, de economía, de crítica literaria, de historia, de poesía.

Pessoa, al mostrar sus debilidades, se empeña en subrayar la "ridiculez" del amor, aunque en sus cartas a Ofelia aparece un enamoramiento normal y corriente, en el cual la familia de la pretendida le aterra. El amor se enfría, renace, pero al fin termina, atribuible según nuestro escritor, a las interferencias de Alvaro de Campos, el homosexual heterónimo del poeta portugués. Lo que quiero significar es que en este volumen no hay aspecto del gran poeta luso que nuestro autor no aborde. En buena medida, otros libros de López Meléndez, parten de esta vecindad con Pessoa. Por ejemplo, Selinunte, novela que nuestro autor escribiría mucho más tarde, puesto que, como aquél, pretende la aproximación del ideal griego con la sociedad moderna, mientras López Meléndez, incluso, va más lejos al intentar llevar ese ideal hasta un futuro lejano y planetario. "El modernismo de la mano de Pessoa supera la necesidad de una mera visión y sensibilidad para constituirse en instrumento para constituirse en instrumento de rescate del subconsciente portugués y transformarse en motor de un pequeño pueblo que asume una tarea planetaria". Al igual que en Selinunte, donde un pueblo asume una tarea planetaria. Como dijo Jung, "el inconsciente no es mero depositario del pasado, sino que también está lleno de gérmenes de futuras situaciones psíquicas e ideas". Los hombres para Pessoa, como seguramente para nuestro autor, "son lugares psíquicos donde se encuentran las fuerzas básicas y primordiales del dinamismo universal". Los mismos pasos de Pessoa: rechazar el camino mágico, superar el camino místico y finalmente acogerse al camino alquímico. Y sigue escribiendo con manos, que como en las de Pessoa descritas por él, "las venas transparentan la piel".

viernes, 16 de mayo de 2008


Dos notas sobre la novela “En agonía” (2005)

Sobre “En agonía”
Por Rivera Westerberg*

Entendemos por agonía la última lucha del cuerpo –y quizá del alma– por sobrevivir; creemos que al morir repasamos la vida en ese infinitesimal instante del salto sin regreso; creemos que al otro lado o no hay nada o nos espera otra cosa, semejante –pero mejor– que la vida vivida; creemos en premios y castigos; creemos en la disolución o en la resurrección. Pero no sabemos si los dioses ocupan los vastos imperios de la muerte.
La agonía de TLM es de otro jaez, tiene otras cualidades; es la voz de un intelectual que impreca –esto es: que desea un mal o daño– desde el exilio interior a lo que resulte responsable de ese exilio. En agonía es por tanto una novela moral recubierta –inevitablemente– de reflexiones culturales, filosóficas y políticas. Es probable que sea su mejor libro y es muy posible que sea el menos comprendido.

Y debe ser así porque es un libro escrito a contrapelo de un tiempo y una circunstancia. Equivocarán quienes lo aprecien como obra de oposición directa al gobierno de Hugo Chávez y lo que éste encarna. López Meléndez va más allá de la circunstancia: está en contra del sentido mismo de nuestro "hoy" cultural, político, social: pastel relleno de aire y azúcares impalpables que dejará detrás de sí el hedor de la podredumbre inútil.

"El narrador sueña (...)"– ¿Y tú, escritor, ¿con quién o con qué sueñas?"–Váyanse al mismísimo carajo –les respondí como era obvio."Todos despertaron al unísono del sueño".

Pero En agonía es también la última defensa del humanismo, revela un espíritu kamikaze curtido y cansado de los milagros que le han salvado la vida, y se la juega otra vez. Ante semejante espíritu ¿de que vale ponderar el dominio técnico de los materiales literarios de que TLM hace gala –por lo demás evidenciado en su novela anterior El indeterminado de cabeza de bronce–.

La despiadada, solitaria mirada a su época, presente en narraciones como Selinunte, El efímero paso de la eternidad, La forma del mundo –en las que entremezcla pasado y futuro al modo de la gran novela filosófica en clave de ciencia-ficción– se ha convertido ahora con En agonía en el último batir de un tambor de guerra, que quisiera –empero– ser flauta dulce para seguir el ritmo de la libertad no enajenada de la criatura humana.

* Escritor y periodista chileno www.pieldeleopardo.com

“En agonía”
por Luis Benítez


I. Esa peligrosa tentación de rescribir la realidad

Para todo autor, existe en algún momento de su carrera una tentación, que es la de acercarse a lo real circundante no empleando el telescopio que permite ver y mostrar, consecuentemente, lo macro; la instancia a la que nos referimos atiende al empleo del microscopio, a separar y exhibir las fibras del organismo de la realidad ambiente, aquel contesto donde el autor de las ficciones que ya conocemos y apreciamos se muestra mucho más al desnudo, el textus donde los simulacros y las metáforas y las figuraciones ceden su lugar, dentro de la diégesis, a todo aquello que está inmediato, cercando con su presencia el libro de ficción. La circunstancia misma que habita el autor, su condición de creador y de hombre inmerso en la porción de historia que registran las periódicos que pasan por debajo de la puerta todos los días, la secuencia –no por real, menos fantástica- que contiene el extracto, la entrelínea leída en las noticias televisadas de una tarde que tiene la consistencia de las cosas que nos rodean, en vez de la etérea que proporciona la estrategia literaria a una dispositio planeada.

Para cada escritor, el ceder a esta tentación de permitirle a lo real ingresar por las puertas abiertas de la ficción conlleva distintos peligros. El primero de ellos es el caer en la crónica, el calco de lo que sucede fuera de los libros, en el registro de lo real –lo real es otra convención, desde luego, ya que no se accede nunca a “lo real” sino a lo real estipulado por sus códigos de representación en la cultura- permitiéndole a la representación que ocupe el espacio entero de la diégesis, transformando al texto literario en mera transposición del acontecimiento vivo, esto es, en una descripción, que no es más que uno solo de los recursos literarios, incapaz por sí solo de animar un textus. El resultado, paradójicamente, es que de algo vivo obtenemos algo muerto, inanimado, algo que no tiene valor literario pero tampoco valor como representación de lo real. Mucho más eficaz resulta, en su lugar, la misma crónica periodística –que registra secamente lo sucedido, sin pretensiones de querer obtener algo más que el traspaso de información del emisor al receptor, bien que mediatizada, no excesivamente deformante de su origen- o el artículo razonado, que extrae conclusiones de un hecho real, las analiza e interpreta, buscando poner a lo sucedido en contacto con la red de las causas y los efectos que lo origina y exhibiendo luego tanto los orígenes como las consecuencias de unos hechos dados.

El segundo peligro de este proceso consiste en la posibilidad de que el autor opte por ficcionalizar en exceso aquellos acontecimientos de los que se sirve, desfigurándolos hasta el extremo de que sus rasgos, aun los principales, no resulten reconocibles. Ello es bueno, desde luego, para la ficción, pro no cuando nos proponemos dar cuenta de fenómenos que no pueden quedar, en esa diégesis buscada, premeditada, como mero substractum del conjunto, sino que deben ser, en un delicado equilibrio, parte fundamental tanto del contenido como de la forma del textus. Esta es la tercera vía, pero según dónde se practique, puede significar un peligro, no literario, sino real, para el autor de esas palabras. Es factible que para los creadores en el Primer Mundo, ya no opere esta condición, dado que trabajan dentro de sistemas políticos lo suficientemente seguros como para que en ellos no representen una amenaza para el statu quo las palabras de un escritor; sin embargo, para aquellos que escribimos desde el Tercer Mundo, la condición de crítico de la realidad puede ser todavía muy peligrosa. Veamos por ejemplo, lo que sucedió con Salman Rushdie, en ocasión de la publicación de sus Versos Satánicos, que le valieron la condena a muerte por parte del régimen islámico iraní –una ordenanza que implica que cualquier musulmán no sólo tenía la obligación sino decididamente el deber de atentar exitosamente contra la vida del autor, allí donde lo encuentrara-; lo acontecido con escritores como Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Francisco Urondo o Rodolfo Santoro, en Argentina, todos ellos muertos por la dictadura militar por rebelarse contra el statu quo que se quería imponer tras el golpe militar acaecido en 1976; lo que sucede con los escritores cubanos disidentes, que soportan condiciones infrahumanas de detención en las cárceles de Fidel Castro; lo soportado por intelectuales como el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, quien salvó su vida huyendo de su país y de los esbirros del general Alfredo Stroessner; lo que le sucedió a la intelligenzia chilena, tras el golpe militar del general Augusto Pinochet; lo soportado por los intelectuales sudafricanos de las etnias locales durante la vigencia del apartheid; inclusive, en este último caso, la adhesión a la causa de los marginados por razones raciales –que siempre serán políticas- deparó más que muy malos momentos a escritores de raza blanca y notorio prestigio internacional, como la Premio Nobel Nadie Gordimer. Es que la oposición a un régimen, con sus graduaciones, desde luego, según cada país y su circunstancia, produce por igual confrontación con el statu quo para los denunciantes como para sus simpatizantes. Si se es un intelectual de piel blanca, en un país donde los autores de piel negra son perseguidos por esta última estúpida razón, que encubre otra muy bien razonada e implementada razón política y en el fondo claramente económica, ya que el sustento de todas las razones políticas son las económicas, inmediatamente nos transformamos en “un negro”.

Teódulo López Meléndez lo que muestra en su novela En agonía es la vida de “un negro”, alguien que se vuelto tal en un contexto donde todos se van transformando en “blancos”, para el régimen imperante. Leonardo, el escritor que se margina porque está antes de aceptar esta condición, efectivamente marginado, es un punto negro, quizá el último, en un conjunto que va progresivamente adoptado el color uniforme de lo blanco, donde las identidades ya no son perceptibles, sino que, homogeneizadas en la aceptación de los valores y la imago mundi impuesta por un régimen, se vuelve repetidoras del mismo mensaje, trasmitido más o menos sin alteraciones, si reelaboraciones individuales. Es el canon que ya conocemos: el creador vale y pesa en tanto y en cuanto acepta su condición de no creador, de simple trasmisor del mensaje querido por la figura de poder, que tiene una estrategia para el mundo de la cultura como la tiene para cualquier otra forma de elaborar simbólicamente la realidad. El creador de ficciones, como fabricante privilegiado de bienes simbólicos, no puede quedar exento de esta tutela celosa: debe acatar lo dictado como imagen pública de la realidad, del mismo modo que lo hacen sus pragmáticos ex colegas, o se convertirá en un punto señalable, un negro, en la extensión blanca y homogénea de la intelligenzia a la que aspira un régimen autoritario, con los peligros que entraña esa situación. Mostrar la fisura que se ve como evidente entre lo real y el discurso sobre lo real elegido a su conveniencia por los creadores del statu quo, adquiere distintas categorías de peligro según la circunstancia y el grado de totalitarismo desplegado por el poder. Cuando el poder e siente suficientemente seguro y, fundamentalmente, en base a ello, está en condiciones de despreciar lo suficiente a los creadores de bienes simbólicos –como el Leonardo de En agonía lo es- pude optar, en vez de la amenaza permanente de su vida o la simple eliminación física del negro, por su reclusión. Esta reclusión se pude efectuar de dos maneras: podemos llamarla “a lo Wilde” o “a lo Pavese”. Difícil saber cuál es más efectivamente cruel, pues la idea es destruir al negro no desde afuera, sino desde adentro. Anularlo, depende de las prerrogativas del poder y también, como queda dicho, de si se puede o no dar el lujo de estas sutilezas.

El método para suprimir creadores de bienes simbólicos no compatibles con un régimen, en su variante “a lo Wilde”, consiste en vituperarlo públicamente, rebajarlo a la condición de indigno de los valores aceptados por la comunidad, mostrarlo como un corruptor de las sanas conciencias y encarcelarlo, a fin de que en contacto con la otros transgresores de las normas sociales provenientes de condiciones socio-económicas radicalmente distintas, quede expuesto ante la comunidad como algo no similar, como lo era antes en su papel de negro, sino como alguien en un todo igual a “la escoria, la inmundicia, la hez de la sociedad”, no ya un cuestionador, sino una faceta de la posibilidad de ser humano en una comunidad dada, de la cual esa comunidad y la conciencia pública, puedan desprenderse con mucha mayor comodidad. Se trata de basura que, lógicamente, el poder dirá que aloja entre la basura que es igual. Tal el caso de Oscar Wilde, que tras su célebre proceso, fue convenientemente alojado por la sociedad victoriana en la cárcel de Reading, no para que escribiera el De Profundis, definitivamente, sino para que fuera olvidado y además, palpablemente, para que con la convivencia concreta con delincuentes y criminales olvidara su misma condición, su identidad como creador de valores simbólicos, esto es, su identidad misma. No es casual que Wilde, cuando finalmente salió de Reading, se exilara –se volviera un extraño en un sitio extraño- cambiara su nombre y su apellido por otros: el borracho desaliñado, el depresivo severo que llevó a tal extremo el acatamiento de la orden de autodestruirse que se murió de una infección ótica que alcanzó el cerebro por falta de los cuidados mínimos. Sebastian Melmoth (1), no podía ser una mejor antítesis del fulgurante autor de los éxitos teatrales que sacudían el Londres finisecular, el atildado, pujante y lujoso confrontador de la sociedad inglesa que era Oscar Wilde en su momento de esplendor.

El método “a lo Pavese” implica otros refinamientos: se trata también de destruir al autor original pero no obrando a escala de su presentación pública como un simple guiñapo, todo lo que ha quedado de un gran hombre. El método hace hincapié en la degradación, también, pero reducida a una escala individual, íntima. Los esbirros de Mussolini que asesinaron a golpes en la cabeza a Leone Ginzburg y otros intelectuales –el método favorito de los fascistas para eliminar opositores, tomándose tiempo entre golpe y golpe, a fin de prolongar el sufrimiento de sus víctimas- le asignaron a Cesare Pavese, miembro secundario del mismo círculo de Ginzburg, otra delicadeza, no menos efectiva. Tomaron en cuenta que Pavese era un refinado turinés, un hombre atravesado por su conocimiento de la cultura clásica de su país, un dilettante, para la bárbara noción de esos agentes del statu quo italiano del momento, y lo que hicieron fue confinarlo por años en una isla de Sicilia, rodeado de gentes naturalmente hostiles a los valores que representaba Pavese, fascistas convencidos no por la razón ni la conveniencia de intereses, como en buena parte del resto de Italia, sino por algo más primario y visceral, por la emoción, que siempre será la mejor aliada de los regímenes totalitarios. Además, Pavese tenía absolutamente prohibida la posesión de papel y lápiz y, desde luego, de libros que pudieran recordarle quién era o, aunque sea, quién había sido. Parece un destino más clemente que el de Ginzburg y sus otros desgraciados seguidores, pero si leemos las cartas de Pavese referentes a ese período de su exilio en Sicilia y si consideramos que terminó suicidándose pocos años después, en los 50, comprenderemos que no.

Se objetará que estas bestialidades sucedieron hace ya mucho, que sus remanentes –para algunos distraídos en cuanto a la peligrosa situación del intelectual es así- van en camino de disolverse en la historia contemporánea, por una franca evolución de los diferentes tipos de sociedades posibles en el siglo XXI, al menos en Occidente (2), pero a poco que examinemos la realidad de nuestro tiempo, la figura atormentada de Leonardo, que en la novela En agonía se muestra como alguien situado más allá de una diégesis literaria, se torna en algo muy real, vigente y repetido dentro y fuera de América latina, aunque el trayecto cultural de nuestras sociedades muestren otros iconos y otras afirmaciones que nos puedan ocultar, siquiera de momento, el verdadero signo de las propuestas totalizantes, que no tienen margen para disidentes, descontentos y mucho menos cuestionadores como Leonardo (3).

NOTAS
(1) Es también un homenaje de Wilde a la memoria de Charles Robert Maturin, escritor gótico del siglo XIX, cuya obra maestra es “Melmoth, el Errabundo”.

(2) “[El posmodernismo] No consiste en demostrar que el juego puede realizarse sin un objeto, que el juego es puesto en marcha por una ausencia central, sino en exhibir directamente el objeto, permitiéndole que haga visible su propio carácter indiferente y arbitrario. El mismo objeto puede funcionar sucesivamente como un desecho repulsivo y como una aparición carismática y sublime: la diferencia, estrictamente estructural, no tiene que ver con las propiedades efectivas del objeto, sino sólo con su lugar en el orden simbólico.”
Zizek, Slavoj: El Obsceno Objeto de la Posmodernidad, en Mirando al Sesgo, Una Introducción a Jacques Lacan a Través de la Cultura Popular. Ed. Paidós, Buenos Aires, Argentina, 2002.

(3) “En otras palabras, lo que Zenón excluye es la dimensión del fantasma, en cuanto que, en la teoría lacaniana, el fantasma designa la relación “imposible” del sujeto con a, el objeto causa de su deseo. El fantasma es usualmente concebido como un guión que realiza el deseo del sujeto. Esta definición elemental es perfecta, con la condición de que la tomemos literalmente: lo que el fantasma monta no es una escena en la cual nuestro deseo es totalmente satisfecho, sino que, por el contrario, esa escena realiza, representa el deseo como tal. La idea fundamental del psicoanálisis es que el deseo no es algo dado de antemano, sino algo que se debe construir, y el papel del fantasma consiste precisamente en proporcionar las coordenadas del deseo del sujeto, especificar su objeto, situar la posición que el sujeto asume. Sólo a través del fantasma se constituye el sujeto como deseante: a través del fantasma aprendemos a desear.”
Zizek, Slavoj: Desde la Realidad a lo Real, en Mirando al Sesgo, Una Introducción a Jacques Lacan a Través de la Cultura Popular. Ed. Paidós, Buenos Aires, Argentina, 2002.

domingo, 11 de mayo de 2008


Nota sobre los dos libros de cuentos


Los escribientes moriremos (cuentos, 1978)
Los álbumes son libros en blanco cuyas hojas se llenan (cuentos, 1992)
por Marisol Marrero*

Allí donde todo acaba
todo empieza eternamente
Poimandres

Un "sí mismo" dual que produce tremendas contradicciones se refleja en la narrativa de este escritor. El crepitar de la mente está en las páginas de sus dos volúmenes de cuentos, Los escribientes moriremos y Los álbumes son libros en blanco cuyas hojas se llenan, pero late como en el cerebro. La palabra fluye delirante, afiebrada, se sumerge en la oscuridad de los símbolos.

A través del testimonio, que responde a la vida profunda, esta narrativa es de difícil lectura porque lo de adentro, el mundo de los sueños, es arduo de
aprehender, como todo exceso de imaginación. Por algo el autor escogió, para el primero, este epígrafe de Aragón que dice: "El arte es el delirio de interpretación de la vida".

“Los álbumes son libros en blanco cuyas hojas se llenan”:

"La cotidianeidad es morbosa", "no ha pasado nada, nunca pasa nada". De ahí un calendario, para tachar los días. En su prosa el almanaque es reiterativo, responde como símbolo del paso del tiempo, pero, como dice el autor, "se piensa en la numeración de otras cosas y en otro sentido".

¿Qué día cae el lunes?, y él responde: el lunes cae viernes. ¿Memoria arcaica de cuando se inventaron los días? El tiempo se hace número en el calendario, siempre hay una vinculación con el registro de los días, "porque son siete y el lunes está solo y van los otros de dos en dos". El número parece ser el elemento de orden más primitivo del espíritu humano. Para el autor, sin embargo, "el tiempo es una trampa puesta entre los árboles para cazar animales salvajes, curare sometido sobre la piedra, necesidad de reforzar la piel con barro y de proteger la barba contra los mosquitos". Parece que el orden de Teódulo López Meléndez es onírico, uno que se contradice con el punto de vista psicológico que ve en el número un factor ordenador del inconsciente. ¿Arquetipo del orden? No. Número-orden-calendario, no responden en este escritor a lo que nosotros pensamos de ellos. Es algo más profundo. Es una vivencia que él atesora en los baúles, como el poeta Fernando Pessoa. "El viejo sigue colocando cajones, ordena por ordenar" o "cómo saber que se podía contemplar la soledad amontonando cajones", enumerando, llenando álbumes, "analizando con detenimiento de águila". Sabemos que tanto el viejo como el águila son símbolos del espíritu. Esta última es una imagen arcaica de Dios. Es un espíritu inquieto, volátil, terrible. Recordemos el Antiguo Testamento donde Dios lanza llamas por su boca y su palabra es fuego, "el fuego de Dios".

Esto nos plantea un difícil problema, ¿dónde está lo consciente y lo inconsciente en López Meléndez? Lo diferente, al final, es siempre lo mismo y también se enumera y se clasifica. Hoy será lo mismo en todas partes porque al alma humana la guían siempre las mismas energías psíquicas y quien transforma esa realidad no es más que uno mismo, haciéndola diferente a voluntad.

“Los escribientes moriremos”:
En esta compilación de cuentos se plantea, de nuevo, el problema del tedio. "Aún tengo tiempo para tomar el nocturno e internarme de nuevo en los caminos", los que siempre serán los mismos, con la consecuencial angustia infinita.

La narrativa de este autor nunca se desprende de la poesía. Está íntimamente ligada a ella. De ahí, esa atmósfera extraña de las profundidades del hombre, ese ser o no ser que somos, ese sopor que ambienta las palabras "... y estabas tan mojada que goteaste los leños que habíamos juntado en un farallón de corales..."

Aquí también se juega con la "otredad", con el otro que hay en nosotros. La sombra aparece en el texto, "tiene mis dedos y mis ojos. Mis manos, unidos los nudillos, abren, una a la izquierda otra a la derecha, él hace la fuerza de la abertura. Anda maldiciendo y soy yo quien maldigo. Anda por ahí aburrido. No se me culpe pues de los delitos y otórguenseme las prebendas. Tengo derecho a las buenas y él que cargue con las malas". Hay el reconocimiento de una alteridad extraña en él, de una voluntad distinta objetivamente existente. Los alquimistas dieron a esa alteridad el nombre de mercurius, con lo cual, todos los atributos que corresponden a éste quedaron incluidos en el concepto: Mercurius es Dios, Demonio, Persona, Cosa y es también lo oculto en lo más profundo del hombre, tanto psíquico como somático. Él mismo es la fuente de todas las oposiciones (capaz de ser ambas cosas). De esta manera, el escritor se sumerge en eso otro hasta perderse de vista, pues cuando afloran los contenidos del inconsciente, se pone a la personalidad en una sobrecarga que apenas es posible dominar:"No va conmigo la fragilidad de movimientos, soy brusco, he aprendido que la escalera de caracol debe recordarme por los raspones en el pasamanos y las bicicletas por el terreno aplanado que dejaré cuando me vaya".

Otro aspecto que observamos en el escritor y su obra es que la soledad le sigue siempre, porque, como dice Nietzsche "la soledad le tiene preso en un círculo y en sus anillos, cada vez más amenazadora, más asfixiante, más opresora, esa diosa horrible, mater saeva cupidinum". La soledad, para Nietzsche, es la madre feroz de los deseos y... ¿que desea el escritor a estas alturas de su vida? Tendríamos que preguntárselo, pero seguramente respondería que seguir su sino, yéndose siempre a cualquier parte, no importa dónde.

López Meléndez tiene en su escritura algo de ebrio, de sonámbulo, de automático. Pareciera que al escribir prescinde de la voluntad. Da la impresión que en ella pudiera abandonarse, ser, puesto que son palabras fantasiosas que se asocian a la deriva. Pero él es un esteticista al que le preocupan todas y cada una de las palabras que utiliza, llegando a lo que dice el budista zen Susuki: "Lo absurdo tiene en realidad mucho significado y nos hace levantar el velo que existe mientras permanezcamos de este lado de la relatividad". Por eso sus palabras revolotean, sobre los lectores, llenas de significado, de un terrible significado de lógica paradójica. Así, para Lao-Tze, "las palabras que son estrictamente verdaderas parecen ser paradójicas".

López Meléndez es un escritor de grandes excesos, por eso influye en los lectores, puesto que los presiona con ciertos poderes de la palabra que brotan del inconsciente y que ejercen una fuerza de atracción casi onírica.

*Marisol Marrero, novelista, poeta, ensayista y psicóloga social venezolana

miércoles, 7 de mayo de 2008

Dos notas sobre la novela “La forma del mundo” (2001)


“La forma del mundo”, una sucesión de secretos
por Jorje Alejandro Lagos Nilsson*

Otro más, es decir: un nuevo libro de Teódulo López Meléndez no sorprende. No es escritor de un libro al año, podría serlo de dos. La última publicación de Ala de Cuervo, editorial caraqueña. La forma del mundo completa -vaya, en un escritor como él las cosas nunca se completan: abren camino a otras cosas-, pero aceptémoslo en forma tentativa, completa, decíamos, una trilogía inclasificable. El poeta, el traductor de poetas, el biógrafo de poetas, de pronto se pone la casaca de autor de novelas fantásticas. Selinunte, 1997, y El efímero paso de la eternidad, 1998, preceden a esta La forma del mundo. ¡Bah!, dirá alguno, no es extraño que los poetas escriban fantasía, al fin y al cabo viven en un mundo irreal.

Cabría entonces precisar que las tres novelas mencionadas no son escritura fantástica. En cuanto a la irrealidad, sus brutales manifestaciones se aprecian en los periódicos a diario. Sucede que Teódulo López Meléndez es un moralista de viejo cuño. Entre los pescadores, obreros, cobradores de impuestos, prostitutas -y más allá del pueblo elegido- encontró, dicen, el Señor, con quienes firmar el nuevo pacto. De otra manera -no se siente Dios, aprendió con Huidobro que el poeta es apenas un pequeño dios- López Meléndez también busca religar la especie al cosmos; para hacerlo encontró un sexto elemento que agregar a la vieja tradición hermética china. El suyo es la historia no escrita por no vivida. Aún.

Porque de eso trata la trilogía. De las relaciones de los seres humanos consigo mismos. De estas relaciones, se sabe, dependerá el lugar que ocupen en el cosmos. Cada hombre una estrella, es una antigua enseñanza. Cada estrella es una historia, dice Teódulo López Meléndez. También sabemos que la historia de las cosas es una sucesión de secretos mal develados y de intereses que se ocultaron sin talento. Por ello los personajes -no en vano el protagonismo se reparte entre tres- a veces no son ellos mismos, sino sus réplicas, sus pesadillas, sus deseos.

Lo exotérico y lo esotérico ¡Qué fácil -y qué falso- decir que son novelas fantásticas enmarcadas por un futuro remoto! Como Karl Jung, pero en otros temas, también Teódulo López Meléndez encontró una piedra en su camino.
Encontró al anciano con un farol, el mismo de los Arcanos Mayores del Tarot y como el maestro alemán se dispuso a seguir la luz bamboleante. Nombres de la alquimia, imágenes más próximas a Evola que a Crowley, pero más cercanos a Crowley que a Von Agrippa pueblan los libros a los que nos referimos.

En realidad la obra de Teódulo López Meléndez de los últimos diez años, en poesía como en prosa, no se comprende sino desde el hermetismo filosófico. La portada de La forma del mundo lo dice sin necesidad de apelar a un diseño multicolorido. El mundo se representa como un huevo. ¿Quiere decir esto que Teódulo López Meléndez ha escrito un tratado esotérico (oculto), para ser descifrado por un iniciado? ¿Es López Meléndez un iniciado?

Acaso la pregunta a formular sea otra: ¿fueron estas tres novelas concretas y brillantes escritas a partir de lo poco que se conserva de la filosofía hermética o, por el contrario, constituyen un mero trabajo de futurología exotérica? ¿Poseen un mensaje oculto o no? Un maestro del esoterismo en los tiempos de los gnósticos dijo que el conocimiento verdadero estaba reservado sólo para los iniciados, pero que aquellos que supieran de su existencia, aun cuando eran incapaces de comprenderlo, por esa sola razón, ya tenían asegurada buena parte de su salvación.

Pensamos que Teódulo López Meléndez no frecuenta a los elementales de la naturaleza, ningún dato biográfico suyo -abogado, profesor universitario, diplomático- permite suponer el viaje iniciático ni el duro período del aprendizaje. Su cultura es exotérica. Es una persona "normal", no un mago ni un alquimista. Probablemente las referencias, que no son pocas, a lo que algunos denominan la tradición hermética occidental en estas tres novelas se deban a la utilización de sus lecturas sobre estos temas en calidad de recursos literarios válidos. No sería el primero en hacerlo. Lo hizo Eco, para no ir más lejos. Hay, sin embargo, una diferencia.

Eco plantea un juego racional. Teódulo López Meléndez se involucra. El péndulo de Foucault es, sin duda, una gran novela, una estupenda novela, una novela fatalmente condenada al olvido. Cruzar la brillantez escueta y barroca de la trilogía lopezmelendiana, en cambio, es quedar atrapado.

¿Por qué, entonces, hablar de lo esotérico? Por una razón sencilla: la intuición del poeta guió al novelista, le acomodó los símbolos secretos, plantó los signos del recorrido de la iniciación y planteó el problema que intentamos exponer en estas líneas.
Que cada quien realice su propio viaje y llegue a la costa que le espera.
*Jorje Alejandro Lagos Nilsson, escritor, poeta y periodista chileno

“La forma del mundo” sigue un juego de duplicaciones
por Luis Benítez
I. El doppelgänger moderno al servicio de la metáfora

La forma del mundo es la tercera entrega novelística de Téodulo López Meléndez, quien probablemente haya tomado su título de un poema del italiano Eugenio Montale, del mismo nombre (1).

La acción se ubica en un vaivén entre pasado y futuro, que afecta al escenario, directamente denominado Ciudad, y a los principales protagonistas, tres hombres y una mujer que comparten además de sus vidas, la extraña condición de clones. A lo largo de la novela irán descubriendo su característica común y las implicancias que ésta tiene en su relación, que a su vez fue “clonada” de la que tenían sus ancestros. La historia está inclusa en una página web y la irán descifrando mientras otro personaje, Jerónimo de Ferrara, se revela como el poder omnímodo que ha destruido Ciudad en el pasado pero ha comprendido que, para ejercer su poder, debe tener dónde y sobre quiénes ejercerlo. Se revela que Jerónimo, cuya intención es destruir al hombre de modo definitivo, al comprender que su poder no es absoluto, dado que necesita un objeto sobre el cual ejercerlo, es el autor de las clonaciones; ha conservado una copia del mundo para divertirse. Una copia del mundo que él ha destruido, la que necesita para entregarse a su divertimento. Volveremos en la segunda parte de estas reflexiones sobre La forma del mundo a enfocar las particulares características de esta metáfora sobre el poder contenidas en la tercera novela de Teódulo López Meléndez.

Un segundo aspecto, es el referente a las claves alquímicas que esta novela, como las anteriores, posee. A ello se refiere muy bien el escritor chileno Jorge Lagos Nilsson, en su artículo sobre La forma del mundo (2).

Volvamos ahora a un primer aspecto, subrayado en el texto, que es el de la condición de dobles, de clones, que poseen los protagonistas.
Elías de Medimmus es, o fue, Elías del Médego.
Pico de Palemón, que sigue siendo Pico de la Mirándola.
Marsilio Coeli fue o es, Marsilio Ficino.
Los tres comparten la amistad y algo más que la amistad, de Yhanina Corsetti, quien fue o es, Yhanina Alemamno.

Es notoria la referencia histórica a tres eruditos renacentistas en el caso de los hombres: Elías del Médego, nacido en Candia, en la isla de Creta, en 1460 y muerto en 1493, por su parte, ha recibido muchos otros nombres y cada denominación diferente es un desdoblamiento operado en el lenguaje. Ha sido llamado también Elijah del Medigo (probablemente, éstos sean su nombre y apellido reales), Elia Cretensis, Elia di Creta, Elia del Médico, Elias Hebreo, Helie Iudeo, Elías Hebracus Cretensis, Elie del Medigo, Elias Cretensis Hebraeus.

Marsilio Ficino, nacido en 1433 y fallecido en 1499, fue un filósofo florentino y el alma mater del renacimiento del neoplatonismo. Tradujo del original griego al latín las obras de Platón y Plotino, entre otros aportes, y escribió un célebre Comentario al Banquete de Platón, Los Tres Libros sobre La Vida (De Vita), y la Teología Platónica.

Giovanni Pico della Mirandola nació en la Ferrara en 1463, donde murió en 1494. Fue un célebre humanista y pensador italiano, prodigioso políglota y famoso erudito, que dejó tras su breve vida una obra notable, en la que se destacan sus Conclusiones Philosophicae, Cabalisticae et Theologicae, mejor conocidas como Las 900 Tesis.

Si bien ya vimos que en una obra anterior, la novela El efímero paso de la eternidad, López Meléndez introduce el tema del doble -una triple personalidad, en realidad, ya que María y la esclava del faraón son desdoblamientos de la protagonista principal- en La forma del mundo hará de este aspecto uno de los caminos fundamentales de la dispositio, pues en esta novela todo, se sugiere que la diégesis completa, el entero universo ficcional construido en la obra, es en realidad una clonación. En nuestro tiempo dominado por la ciencia, el término genético clon fue creado en 1903 por H. J. Webber y proviene del griego klôn, que significa “retoño, brote”. A comienzo del siglo pasado el término denominaba a los vegetales reproducidos por esquejes; hoy lo empleamos para designar a individuos genéticamente idénticos, provenientes de un mismo ser gracias a tecnologías de reproducción asexual.
Los gemelos humanos –producto de la reproducción sexual, pero en aquellos casos en que, excepcionalmente, un mismo embrión se ha escindido en dos individuos- siempre han fascinado a la humanidad. Se les han dado en el folclore y las leyendas características divinas o infernales, según tiempo y lugar, y los más famosos gemelos de la mitología son Cástor y Pólux, nacidos de un solo huevo puesto por su madre Leda, seducida por Zeus bajo la forma de un cisne. Llamativamente, la Ciudad propuesta por López Meléndez como escenario de las andanzas y descubrimientos ontológicos de los clones Elías, Pico, Marsilio y Yhamina, tiene la forma de un huevo.

La fascinación que producen los gemelos, los clones naturales, está abundantemente presente en la literatura de todos los tiempos. Ya en El Cantar de Gilgamesh, datada su escritura en más de 4.000 años, Enkidu aparece como un doble más o menos bestial del héroe que da nombre al relato. Las características del doble serán disímiles, según la época. Serán seres cómicos para Plauto y Molière, en sus sendos tratamientos de Anfitrión, y también para William Shakespeare en La Comedia de las Equivocaciones.
Evocando sólo el siglo XIX, que es la centuria privilegiada de la novela, advertimos una larga lista de obras que se ocupan del fenómeno, pero dándole al doble un matiz maligno y hasta satánico, muy al gusto del romanticismo. Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, curiosamente, se ocupará de ello dos veces, en sus relatos La Historia del Reflejo Perdido y Los Elixires del Diablo, antes de reincidir con una novela, directamente titulada Los Dobles. Théophile Gautier aportará su relato El Caballero Doble; Edgar Allan Poe, su William Wilson; Fiodor Dostoievski su novela El Doble; Mark Twain escribirá El Príncipe y El Mendigo; Oscar Wilde, El Retrato de Dorian Gray; Marcel Schwob su relato El Hombre Doble y Herbert George Wells el suyo, titulado La Historia del Difunto Mr. Elvesham. En el siglo pasado, el tema del doble fue relatado por Henry James en La Esquina Alegre, por Ambrose Bierce en Uno de los Mellizos y por Joseph Conrad en El Partícipe Secreto. Hermann Hesse le dedicó al asunto parte de su novela Demian y Jorge Luis Borges su relato El Otro, así como José Saramago su novela El Hombre Duplicado.

Sin embargo, posiblemente en literatura el dúo más famoso de los compuestos por un solo individuo sea El Extraño Caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, una novela escrita por Robert Louis Stevenson dos veces, en 1886. La primera vez que la redactó –en tres días de trabajo- su posterior lectura le inspiró un pavor tal que convirtió el original en cenizas, pero al día siguiente se entregó a reescribirla, cosa que hizo… nuevamente en tres días. La versión que ha llegado a nosotros de El Extraño Caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde es un clon, entonces, del texto original.
La insistencia de tantos autores en escribir acerca de los dobles ha llevado inclusive a cierta crítica -atenta a etiquetar siempre, aunque se trate de conjuntos de elementos que guardan serias diferencias entre sí- a emplear una denominación común para todas estas obras que hemos pacientemente enumerado. Se las llama “literatura de doppelgänger”; este último término proviene del alemán doppel, que significa “doble” y de gänger, cuyo significado es “caminante”.

¿Podemos incluir a La forma del mundo, como parte de la literatura de doppelgänger? Estimo que no, pues su propuesta va más allá de las historias de criaturas dobles. Mientras que en William Wilson, El Caballero Doble o Los Elixires del Diablo, por sólo renombrar algunas de las obras señaladas, el tema central es justamente la duplicidad de un solo ser, en La forma del mundo esa condición, que afecta no sólo a los cuatro protagonistas, sino al mismo universo ficcional construido por la novela, es fundamentalmente un recurso narrativo, una parte de la estrategia literaria del autor.

II. Jerónimo de Ferrara: el nombre humano del poder

Siguiendo el juego de correspondencias entre las creaciones literarias de Teódulo López Meléndez y los personajes históricos, así como Elías de Medimmus / Elías del Médego; Pico de Palemón / Pico de la Mirándola; Marsilio Coeli / Marsilio Ficino remiten a los iconos culturales pregnantes dados por los eruditos renacentistas de iguales nombres, el personaje Jerónimo de Ferrara cumple con la misma regla al establecerse como un sosías de otro hombre poderoso y terrible: el fraile Hieronimus (o Girolamo) María Francesco Matteo Savonarola, nacido en Ferrara en 1452, esto es, contemporáneo de los nombrados sabios. Ingresó en la orden dominica y paulatinamente se fue granjeando el apoyo popular, merced a sus fervorosos sermones, hasta que con 39 años fue nombrado prior de la iglesia de San Marcos, en la espléndida Florencia dominada por los Médici. El epiléptico y mentalmente perturbado Savonarola vivía obsesionado por el presentimiento de una muy cercana condena divina de los pecadores, que abundaban en Florencia no sólo en su fanática opinión. Su prédica –encarada a partir de unas alucinaciones sobre la llegada inminente del Anticristo- unida a una espectacular disciplina de castigos físicos y mortificaciones, impactaron en la plebe, que comenzó a reunirse de a millares en torno al santón. Su fama se expandió por toda la Toscana: la de un hombre que predicaba el ascetismo masoquista en el seno de una sociedad hambreada e indignada por el lujo, la molicie, las artes refinadas, el buen gusto y otros caprichos que puede darse una clase acomodada y dirigente. Los señores de Florencia, la familia Médici, eran de origen burgués, pero al enriquecerse durante generaciones con el comercio de ultramar habían adoptado todas las costumbres propias de la aristocracia renacentista: la protección de las artes, la filosofía, la literatura y todas las otras formas de mostrar su poder y riqueza, amén de las intrigas políticas, el nepotismo, la corrupción y el crimen político, como formas seguras de conservar el uno y la otra. En 1494 los seguidores de Savonarola concretaron una revuelta de proporciones que arrojó a los Médici de Florencia. Con el apoyo del monarca francés, Carlos VIII, el fraile alucinado se instaló en la ciudad como jefe político y espiritual de una suerte de república teocrática, la Savonarolense, para instaurar un régimen de terror en la otrora fastuosa capital de la Toscana. El Carnevale, los bailes, la música y los festejos en general fueron prohibidos; las mujeres, condenadas a llevar velo permanente; los blasfemos a que les amputaran la lengua y los sodomitas a la horca o la hoguera. En un espectacular auto de fe realizado el 7 de febrero de 1497 en la Piazza della Signoria –un acontecimiento que conocemos como La Hoguera de las Vanidades- se quemaron públicamente desde peines, espejos, cosméticos, fastuosas vestiduras y muebles de lujo hasta estatuas antiguas y contemporáneas e instrumentos musicales, pasando por libros de Petrarca y Bocaccio (acusados de impúdicos), volúmenes incunables, esculturas de Miguel Angel y cuadros de Sandro Boticelli, que ambos artistas tuvieron que arrojar a las llamas frente a la multitud para dar muestras de su entusiasmo por la reforma de las costumbres.
Mas Savonarola se atrajo la ira de otra familia burguesa ascendida al poder, los Borgia, ricos comerciantes de origen valenciano. Rodrigo Borgia fue proclamado papa bajo el nombre de Alejandro VI en 1492 y no tardó en sufrir las invectivas del implacable fraile toscano. Los poderosos Borgia, eran para Savonarola el emblema mismo de la corrupción, la lujuria, la avaricia, la gula, la soberbia y la codicia, así como del incesto. Probablemente, en estos aspectos el fraile toscano tenía razón, y la tensión entre ambos bandos creció hasta hacerse insostenible. Savonarola excomulgó a Alejandro VI y éste a él. El clan Borgia amenazó al alucinado de Florencia con un interdictio papal que privaría a los florentinos de los sacramentos cristianos, en cuanto al castigo espiritual, mientras que para la sanción temporal se reservaba el derecho de prohibirles el ejercicio de todo comercio exterior. Ambas promesas de la Santa Sede, con mayor o menor efectividad según cada caso de conciencia, decidieron a la asamblea de notables de la capital toscana a prender, en abril de 1498, al autárquico Savonarola y entregarlo a las tropas pontificias bajo los cargos de hereje y cismático. Torturado meticulosamente por el Santo Oficio (que cuidó de destrozarle todo, menos el brazo derecho, a fin de que pudiera firmar su confesión) el caído en desgracia fue ahorcado y luego quemado, por las dudas. Sus cenizas fueron arrojadas a las aguas oscuras del Arno, junto con todas sus reformas y severidades pasadas. Hoy Savonarola tiene erigida una estatua en Florencia, como para que el mundo no olvide a los enemigos de toda alegría (3, 4). Desde ella sigue acusando a la humanidad, y es el único objeto feo de una de las ciudades más bellas del planeta.

Esta sombra terrible que se oculta bajo el personaje de Jerónimo de Ferrara encaja perfectamente en la idea de un hombre que se propone acabar definitivamente con el Hombre, en el sentido que podemos encontrar al recordar que el fraile histórico condenó a la hoguera no sólo los instrumentos y emblemas del lujo, el ocio y la riqueza, sino también todos los elementos que tenían que ver con la expresión artística y literaria; en definitiva, con la expresión de la sensibilidad, la belleza y la imaginación humanas. Es en este sentido que podemos trazar un paralelo entre Jerónimo de Ferrara, de Ciudad, y Girolamo Savonarola, de la Toscana.
Jerónimo de Ferrara que, además, posee él también una identidad duplicada, como los clones de Pico de la Mirándola, Marsilio Fisino y Elías del Médego: él, además de un hombre virtual, es la encarnación del poder que desea destruir el cosmos, un orden, y que cuando comprende que lo necesita para seguir manteniendo su condición de poder, accede a reproducir ese orden para poder hacer de él su divertimento. Magistralmente, nos muestra Teódulo López Meléndez la debilidad del poder a través de esta larga metáfora de casi doscientas páginas: pues el poder debe crear un enemigo cuando ha destruido al anterior, ya que se define –como sus adversarios- él también por oposición. Cuando no puede crearse un enemigo nuevo, debe resucitar al anterior para seguir poseyendo identidad.
Por otra parte, también advertimos en La forma del mundo la presencia de otra constante característica de la prosa de Teódulo López Meléndez: la figura del escritor como aquel que revela la fisura entre la apariencia del mundo y lo que el mundo es: un clon global, una copia del original, en definitiva, otra apariencia más, una duplicación.

NOTAS

(1) “Si tiene el mundo la forma del lenguaje/ y el lenguaje la forma de la mente,/ la mente son sus plenos y vacíos / no es nada o casi y no puede salvarnos.” (Versión de José Angel Valente, fragmento). Por otra parte, Teódulo López Meléndez realizó sus propias traducciones e interpretaciones de la poesía montaleana. Es autor del volumen Novecento (Montale. Quasimodo, Ungaretti) (Ediciones Arquitrave, Bogotá, Colombia, 2005).

(2) “Cabría entonces precisar que las tres novelas mencionadas (Selinunte, El efímero paso de la eternidad y La forma del mundo) no son escritura fantástica. En cuanto a la irrealidad, sus brutales manifestaciones se aprecian en los periódicos a diario. Sucede que TLM es un moralista de viejo cuño. Entre los pescadores, obreros, cobradores de impuestos, putas -y más allá del pueblo elegido- encontró, dicen, el Señor con quienes firmar el nuevo pacto. De otra manera -no se siente Dios, aprendió con Huidobro que el poeta es apenas un pequeño dios- López Meléndez también busca religar la especie al Cosmos; para hacerlo encontró un sexto elemento que agregar a la vieja Tradición hermética china. El suyo es la historia no escrita por no vivida. Aún. Porque de eso trata la trilogía. De las relaciones de los seres humanos consigo mismos. De estas relaciones, se sabe, dependerá el lugar que ocupen en el Cosmos. Cada Hombre una estrella, es una antigua enseñanza. Cada estrella es una Historia, dice TLM. También sabemos que la historia de las cosas es una sucesión de secretos mal develados y de intereses que se ocultaron sin talento. Por ello los personajes -no en vano el protagonismo se reparte entre tres- a veces no son ellos mismos, sino sus réplicas, sus pesadillas, sus deseos. Lo exotérico y lo esotérico. ¡Qué fácil -y qué falso- decir que son novelas fantásticas enmarcadas por un futuro remoto! Como Karl Jung, pero en otros temas, también TLM encontró una piedra en su camino.
Encontró al anciano con un farol, el mismo de los Arcanos Mayores del Tarot y como el maestro alemán se dispuso a seguir la luz bamboleante. Nombres de la alquimia, imágenes más próximas Evola que a Crowley, pero más cercanos a Crowley que a von Agrippa pueblan los libros a los que nos referimos. En realidad la obra de TLM de los últimos 10 años, en poesía como en prosa, no se comprende sino desde el hermetismo filosófico. La portada de La forma del mundo lo dice sin necesidad de apelar a un diseño multicolorido. El mundo se representa como un huevo. ¿Quiere decir esto que TLM ha escrito un tratado esotérico (oculto), para ser descifrarlo por un iniciado? ¿Es López Meléndez un iniciado? Acaso la pregunta a formular sea otra: ¿fueron estas tres novelas concretas y brillantes escritas a partir de lo poco que se conserva de la filosofía hermética o, por el contrario, constituyen un mero trabajo de futurología exotérica? ¿Poseen un mensaje oculto o no? Un maestro del esoterismo en los tiempos de los gnósticos dijo que el conocimiento verdadero estaba reservado sólo para los iniciados, pero que aquellos que supieran de su existencia, aun cuando eran incapaces de comprenderlo, por esa sola razón, ya tenían asegurada buena parte de su salvación.
Pensamos que TLM no frecuenta a los elementales de la naturaleza, ningún dato biográfico suyo -abogado, profesor universitario, diplomático- permite suponer el viaje iniciático ni el duro período del aprendizaje. Su cultura es exotérica. Es una persona "normal", no un mago ni un alquimista. Probablemente las referencias , que no son pocas, a lo que algunos denominan la Tradición Hermética Occidental en estas tres novelas se deban a la utilización de sus lecturas sobre estos temas en calidad recursos literarios válidos. No sería el primero en hacerlo. Lo hizo Eco, para no ir más lejos. Hay, sin embargo, una diferencia. Eco plantea un juego racional. TLM se involucra. El péndulo de Foucault es, sin duda, una gran novela, una estupenda novela, una novela fatalmente condenada al olvido. Cruzar la brillantez escueta y barroca de la trilogía lópez-melendiana, en cambio, es quedar atrapado.
¿Por qué, entonces, hablar de lo esotérico? Por una razón sencilla: la intuición del poeta guió al novelista, le acomodó los símbolos secretos, plantó los signos del recorrido de la iniciación y planteó el problema que intentamos exponer en estas líneas. Que cada quien realice su propio viaje y llegue a la costa que le espera”.
Lagos Nilsson, Jorge Alejandro. La Forma del Mundo de Teódulo López Meléndez. En www.ameritalia.id.usb.ve/Amerialia.001.recensioni.Lopez.Melendez.htm

(3) “Fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada cómico. Un paisaje podrá ser bello, sublime, insignificante o feo, pero nunca ridículo. Si reímos a la vista de una animal, será por haber sorprendido en él una actitud o una expresión humana. Nos reímos de un sombrero, no porque el fieltro o la paja de que se componen motiven por sí mismos nuestra risa, sino porque a forma que los hombres le dieron, por el capricho humano en que se moldeó. No me explico que un hecho tan importante, dentro de su sencillez, no haya fijado más la atención de los filósofos. Muchos han definido al hombre como ´un animal que ríe´. Habrían podido definirle también como un animal que hace reír porque si algún otro animal o cualquier cosa inanimada produce la risa, es siempre por su semejanza con el hombre, por la marca impresa por el hombre o por el uso hecho por el hombre.”
Bergson, Henri: La risa. Ensayo sobre el significado de lo cómico. Editorial Losada SA, Buenos Aires, 1939.

(4) “He de indicar ahora, como síntoma no menos notable, la insensibilidad que de ordinario acompaña a la risa. Dijérase que lo cómico sólo puede producirse cuando recae en una superficie espiritual lisa y tranquila. Su medio natural es la indiferencia. No hay mayor enemigo de la risa que la emoción. No quiero decir que no podamos reírnos de una persona que, por ejemplo, nos inspire piedad y hasta afecto; pero en este caso será preciso que por unos instantes olvidemos ese afecto y acallemos esa piedad. En una sociedad de inteligencias puras quizá no se llorase, pero probablemente se reiría, al paso que entre almas siempre sensibles, concertadas al unísono, en las que todo acontecimiento produjese una resonancia sentimental, no se conocería ni comprendería la risa. Probad por un momento en interesaros por cuanto se dice y cuanto se hace; obrad mentalmente con los que practican la acción; sentid con los que sienten; dad, en fin, a vuestra simpatía su más amplia expansión, y como al conjuro de una varita mágica, veréis que las cosas más frívolas se convierten en graves y que todo se reviste de matices severos. Desimpresionaos ahora, asistid a la vida como espectador indiferente, y tendréis muchos dramas trocados en comedia.”
Bergson, Henri. (Opus cit.)
*Luis Benítez, poeta, novelista, dramaturgo y ensayista argentino

lunes, 5 de mayo de 2008

DOS ENTREVISTAS: “Comunicando” (Jaén, España) y “La Avispa” (Mar del Plata, Argentina)


Entrevista en la revista “Comunicando” (Jaén, España)

Estuvo en España presentado su último poemario Fin de la comedia y aprovechamos para hablar con él. Teódulo López Meléndez es novelista, ensayista, poeta, traductor de poesía y editor de Ala de cuervo. Reside en Venezuela y estuvo encantado de atender a “Comunicando”.

¿Cómo se generó el poemario Fin de la comedia?

En el año 2000 fue publicada la antología de mi poesía bajo el título Viaje en la comedia. Creí articulado titular este nuevo libro, que no es un poemario sino la reunión de cinco, como Fin de la comedia. Titulé teniendo en mente la “commedia” a la manera en que es redescubierta por los padres de la lengua italiana en el “cinquecento”, a sabiendas que fueron los griegos a inventarla en el siglo VI antes de Cristo. Para ellos, quiero decir para los italianos, la palabra indicaba un comportamiento poético a mitad de camino entre la tragedia y la elegía. No olvidemos que Dante titula “Comedia” su poema, mientras Virgilio prefirió usar la palabra “tragedia”. También hay que recordar que los italianos del siglo XVI restringieron la palabra al ámbito teatral, es decir, al sentido de representación. En mi caso también utilizo la palabra en ese sentido, en el de la vida como escenificación, como un teatro. No sé si mi obra poética está concluida, lo que sí lo está es una concepción de la vida. Creo que en este volumen me he desprendido de las ataduras terrestres para indagar en los límites del universo y cuando uno llega hasta allí, hasta el silencio anterior –como se titula uno de los poemarios incluidos en este libro- no hay lugar a dudas que la comedia ha terminado.

Resides en Venezuela, ¿por qué lo presentas en España?

En primer lugar, pertenecemos todos a una sola patria que es la lengua española. En segundo lugar, la idea surgió después de que en el 2006 me fuera otorgado el Premio Paralelo Sur en Barcelona. En tercer lugar, en nuestro países recibimos con cierta frecuencia a escritores españoles y de toda América Latina que vienen a presentar sus textos; de manera que los españoles también ven con absoluta naturalidad que los latinoamericanos vengamos a España con el mismo propósito. Y, en cuarto y último lugar, por el empeño y la insistencia de mis amigos en Madrid y Barcelona.

¿Se puede vivir de la poesía?

Por supuesto que no y nadie debe pretender hacerlo. Por el contrario, se debe vivir para la poesía, entendiendo como tal toda la literatura. Siempre hay que desarrollar otros oficios para la supervivencia. Aunque, y es menester decirlo, el que sume la bendición-maldición de las letras debe saber que ha tomado un camino difícil, pero que lo pone en contacto directo con los grandes temas del hombre.

¿Qué panorama literario ves desde tu posición de escritor y editor?

Habría que responderlo por países. Sabemos bien que en este momento se ha impuesto una devastadora tendencia light, no sólo en nuestra lengua. Mi experiencia indica la existencia de estupendos poetas y escritores sin acceso al mundo editorial, lo que en parte corrige Internet. El mal general es la mercantilización de la cultura, la tasa del libro como producto mercantil. Ciertamente no se le puede pedir a nadie que trabaje a pérdida, pero es menester llamar la atención sobre el tratamiento del libro como si se tratase de una pasta dental. Primero fue la imprenta y después Internet, como hitos en la divulgación de la cultura; el libro era cultura, ahora es un producto que debe venderse y el mercado decide que debemos leer. No obstante, tengo la convicción de que esta ligereza y esta inmediatez de las ganancias será sustituida pronto por un reaparecer de la literatura profunda y digna, una que reasuma su inmenso papel de decirle al hombre sobre su permanencia y sobre su trascendencia.

Además eres responsable de Ala de Cuervo ¿el futuro es lo digital?

Sí, junto a la novelista Eva Feld tenemos la responsabilidad de la editorial Ala de cuervo, de la página web de ese mismo nombre y de la revista literaria que insertamos en ella. He unido la labor de editor a mi tarea como poeta, novelista, ensayista y traductor de poesía. He recibido, por ello, grandes satisfacciones. Sobre la segunda parte creo que convivirán durante un tiempo que no me atrevo a precisar. Es innegable la importancia de la web y la trascendencia de Internet, creo que ocuparán un espacio cada vez más grande, pero aún así pienso que el libro impreso no desaparecerá.

Fernando R. Ortega
“Comunicando” No 18, Jaén, España
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Entrevista en la revista “La avispa” (Mar del Plata, Argentina)

La obra de Teódulo López Meléndez es extensa y multifacética. Nacido en Venezuela en 1945, el autor abordó la poesía y la narrativa, el ensayo político y el literario, así como la traducción de autores universales. En esta entrevista exclusiva para La Avispa, nos brinda desde Caracas su opinión sobre múltiples tópicos, que van desde las características de su obra y cómo se entronca en el corpus de la literatura de su país y del continente, hasta la visión que tienen de nosotros -los autores latinoamericanos- en el Viejo Mundo.

-¿Cuál es su visión de la literatura venezolana contemporánea?

-En Venezuela hay algunos escritores, individualmente considerados, que merecen respeto. Como conjunto la literatura venezolana no es reconocida internacionalmente, aunque esto último es de gran relatividad, puesto que los parámetros o instrumentos de medida del mundo literario actual son extremadamente mediocres, especialmente en lengua española. En definitiva, en mi país hay individualidades importantes que merecen ser leídas pero no una literatura que amerite una visión.

-¿Qué relación tiene su narrativa con la tradición literaria venezolana?

-Muy poca, por no decir ninguna. En mi primera novela, Selinunte, la raza humana destruye un planeta y sale a buscar otro. En la segunda, El efímero paso de la eternidad, hago una nekyia, o viaje a los mundos interiores de una mujer. En la tercera, La forma del mundo, me voy a las más avanzadas formas de la biotecnología. En la cuarta, El indeterminado de cabeza de bronce, hago que el personaje central viva varias vidas a la vez y viole los parámetros del tiempo, y en la quinta, En agonía, voy sobre la actual crisis de mi país, siendo esta última donde se pueden encontrar relaciones con una tradición literaria venezolana, puesto que es de 1897 la primera novela (“Todo un pueblo”, de Miguel Eduardo Pardo) donde un escritor analiza las maldades de su tiempo. Ha habido, pues, en este país venezolano, escritores que han abandonado el ensayo y han recurrido a la narrativa para describir crisis nacionales más los vicios que nos corroen.

-¿Cómo define el papel de su obra narrativa en el contexto de la literatura latinoamericana actual?

-Muy posiblemente como extraña o excéntrica. No soy un escritor de ciencia ficción, a menos que Homero lo haya sido, pues allí se encuentra una nekyia como la que yo hago en la novela ya mencionada. Creo que hay una marcada tendencia latinoamericana hacia la novela histórica y hacia la novela light, con especiales excepciones en Argentina. Por lo demás, mi obra narrativa no tiene ninguna importancia en el contexto latinoamericano, pues soy un perfecto desconocido en estas áridas tierras.

-¿Qué autores de nuestro idioma han influido en su narrativa y de qué manera?

-Creo que Carpentier me enseñó la importancia de la música en la estructura de la novela. Del venezolano Guillermo Morón aprendí la frase corta como piedra. Creo que Onetti me enseñó algunas cosas imprecisables. En otros idiomas es que he tenido las enseñanzas más penetrantes. A esta mi edad, la poesía de T. S. Eliot me gusta cada vez más. Y los novelistas polacos, húngaros, checos.

-¿Cuáles son las diferencias estilísticas que usted aprecia en sus novelas, cómo ha sido su desarrollo desde la primera que publicó?

-Creo en la novela fragmentaria. Creo en la necesidad de dejar espacios en blanco, de dejar al lector la unión de los trozos. Me niego a la narración lineal. Creo en la multiplicidad de las historias que,aún contradictorias, son la misma realidad. Creo en la realidad como una multiplicidad. Y cuando me refiero a realidad seguramente me estoy refiriendo a la que encarna la ficción. En cuanto al desarrollo creo que siempre soy el mismo de estas características anotadas, aunque las técnicas siempre se perfeccionan y de vez en cuando uno consigue un narrador que enseña nuevas maneras, como es el caso de la portuguesa Lidia Jorge en cuyas novelas me he deleitado encontrando la cirugía plástica que impide ver cualquier cicatriz.

-Respecto de su obra poética: ¿cómo la definiría, cuáles son sus rasgos principales?

-Es hermética, sin duda. Ha tenido una larga evolución, desde el lenguaje sin freno a lo Whitman hasta textos de hoy que vienen escritos con el menor número posible de palabras y donde se busca lo que denomino “el silencio anterior”. Hoy quiero deshacer el poema en la página en blanco, deshacerme con el poema. Hoy escribo sobre mis viajes a los límites provisionales del universo en expansión y sobre el balance al final de mis días, no de uno personal, sino del correspondiente a una humanidad intervenida.

-Usted tiene una notoria obra ensayística: ¿cómo fueron recibidos sus ensayos en su país, a medida que iban siendo publicados?

-Fueron recibidos con absoluto desdén. Ahora mismo he “descubierto” un libro mío de 1987 titulado Reflexiones sobre la república y he quedado golpeado.Allí están descritos todos los males, vicios y enfermedades de la democracia venezolana y del país entero, todas las causas por las que la democracia estaba en serio riesgo. Fue absolutamente desoído. Estoy viendo la necesidad de reproducirlo en nuestra página web (www.aladecuervo.net) puesto que parece escrito hoy. Los vicios, males y enfermedades persisten y agravados. Pero quizás exagero con lo de “absoluto desdén”. La verdad es que mi ensayo El venezolano amaestrado (1972) tuvo siete ediciones y fue profusamente leído, seguramente porque entonces en Venezuela se leía. Mi primer libro de ensayo Introducción a la política (1969) seguramente provocó risillas nerviosas y piadosas. Jardines en el mundo (1986) tuvo alrededor de una veintena de críticas positivas, seguramente porque en ese tiempo en este mi país existía crítica y críticos. Mi ensayo Pessoa, la respuesta de la palabra (1992) creo que también fue intensamente leído y, además, le fue otorgado un premio (uno de los escasísimos que me han dado) con un jurado integrado por Juan Sánchez Peláez y Rafael Cadenas. Mi último intento en la ensayística, Por el país del hombre (Primera lectura del nuevo milenio) provocó una página completa en un diario nacional y numerosos artículos en el extranjero. La verdad es que al único concurso donde envié fue el de Pessoa. En términos generales sobre mis ensayos se guarda silencio: son polémicos, agrios, duros, sin recato, golpean en la médula.

-¿Cuál es su perspectiva respecto de la situación de los autores literarios latinoamericanos en el contexto de la literatura escrita en español?

-En nuestros países se escribe mejor que en España. Al voleo recuerdo cuatro escritores españoles que merecen la pena. En estos días leía en una revista madrileña los poemas de un autor consagrado y tuve taquicardia. Métase en una librería española y lo que conseguirá de bueno son las traducciones, especialmente de Europa del este, de los grandes escritores de entreguerra. De resto encontrará los latinoamericanos lights y, también, hay que admitirlo, algunos latinoamericanos excelentes, entre los cuales unos cuantos argentinos. Pero España tiene el poder editorial, lamentablemente Buenos Aires ya no es el emporio editorial que fue, puesto que con muchísimo gusto todos los escritoreslatinoamericanos voltearíamos de nuevo nuestros ojos hacia allí en procura de las ediciones.

-Desde su conocimiento de los ámbitos literarioseuropeos ¿Cuál es la visión que éstos tienen de los autores latinoamericanos?

-Les interesa lo exótico, donde haya mucho “local”, mucho realismo mágico, si unos cuantos indios mejor. Por supuesto que quedan algunos escasos editores con criterio, tanto en España como en otros países europeos. Pero al lector común le interesa el “colorido”, lo exótico, lo “raro” de América Latina. Una obra experimental, llamémosla posmoderna sin titubeos, tendrá escasa suerte. Hay que anotar, no obstante, que la industria editorial ha enseñado a los lectores que debe leer el libro que no le preocupe, que no altere, que no le produzca reflexiones perturbadoras. El lector culto, el que va a buscar el texto importante, es cada día más escaso.

-¿Cuáles son sus consejos, como autor reconocido, para los autores noveles?

-Si bien no me gusta dar consejos, en La Avispa dejaría plasmados los siguientes: escriban con autenticidad, no escriban para buscar la fama o el éxito, no hagan concesiones al mundo editorial (tarde o temprano el libro será publicado), sean ustedes mismos sin dejarse llevar por modas o corrientes, no les importe nadar contracorriente, sean acuciosos con sus textos (revisen, no se apresuren a tratar de publicar, miren con lupa lo escrito), tomen conciencia de lo que están escribiendo y con humildad lleguen a conclusiones sobre lo propio (aprendan a escuchar al sincero y no se dejen influenciar por la habladuría galopante que cae sobre el libro cuando es publicado…hay mucho joven escritor influenciado negativamente por una crítica malintencionada). En suma, si son escritores crean en sí mismos y al diablo el éxito instantáneo. No hay libro importante en la historia de la humanidad que tarde o temprano no haya sido reconocido. En descubrir a Pessoa se tardaron 50 años. Escriban y escriban, rompan o boten, pero escriban. Hay mucho escritor que no escribe. Escriban.

-¿Cuáles son sus proyectos inmediatos?

-Tengo siete poemarios inéditos que no quiero publicar por separado sino en un solo volumen. Estos días entregué para arte final un nuevo libro de ensayos titulado El último texto (Segunda lectura del nuevo milenio), donde me ocupo muy especialmente de los sistemas políticos vista la crisis universal de la democracia. Creo que estará impreso en unos dos meses. Por lo demás, de golpe y porrazo, me he dado cuenta de que tengo detrás una larga obra y me estoy ocupando de reproducirla, al menos, puesto que la mitad fue escrita a máquina en tiempos sin computadoras. A mis 61 años cumplidos creo que estoy volteando hacia lo escrito más que preocuparme por escribir. Tengo diez años publicando un libro anual y escribiendo sin parar. A lo mejor hago un pequeño alto…un decir, puesto que si me asalta una idea vendrá el nuevo texto, siempre el último ,como digo en el libro de ensayos que menciono en esta respuesta, un “último” que lo es mientras se comienza el nuevo. Me está asaltando la idea devolver a la traducción de poesía. Soy un escritor, no hay nada que hacer al respecto.

QUIÉN ES TEÓDULO LÓPEZ MELÉNDEZ
Un referente de la literatura latinoamericana actual, Téodulo López Meléndez es reconocido por sus lectores, dentro y fuera de América Latina, como una de las voces más interesantes de nuestro continente. A su destacada trayectoria como poeta y narrador, se suma una notoria producción ensayística –tanto en su vertiente literaria como política– que ha agotado varias ediciones venezolanas. Asimismo, se destaca su labor como traductor de autores de alcance universal, como Fernando Pessoa, Eugenio Montale, Giuseppe Ungaretti y Quasimodo.

Obras del autor
Ensayos políticos:
«Introducción a la Política» (Gobernación del Ed.
Lara, 1969).
«El venezolano amaestrado»
(Editorial Fuentes-5 ediciones-1978.
«Reflexiones sobre la República» (Editorial Fuentes, 1978).
“Por el país del hombre (Primera lectura del nuevo milenio)”. (Edit. Ala de Cuervo, 2002)
Ensayos literarios: «Jardines en el mundo»(Academia Nacional de la Historia,1986).
«Pessoa,la respuesta de la palabra»(Academia Nacional de la Historia,1992).
Poesía:
«Alienación itinerante» (Gobernación del Ed. Lara,1972).
«Los folios del engaño»(Monte Ávila,1979).
«Mestas» (Universidad de los Andes, 1986).
«Mesticia» (Universidad de los Andes, 1996).
Mester» 1997 (en la antología).
“Logogrifo” (Ateneo de Los Teques, 1999).
“La muralla del último farol” (en la antología).
“Viaje en la comedia” (Antología)(Editorial Ala de Cuervo, Caracas,2000)
Narrativa:
«Los escribientes moriremos» (Universidad «Lisandro Alvarado»,1978)
«Los álbumes son libros en blanco cuyas hojas se llenan» (Ibid, 1992).
«Selinunte» (novela). Universidad de los Andes,1996.
“El efímero paso de la eternidad”.(novela). Edit. Memorias de Altagracia.1998.
“La forma del mundo” (novela) (Editorial Ala de Cuervo, Caracas, 2001)
“El indeterminado de cabeza de bronce” (novela)(Editorial Ala de cuervo, 2004)
“En agonía” (novela). (Ed. Ala de Cuervo, 2005).
Traducciones:
“Poemas inéditos de Fernando Pessoa” (del portugués). Fundarte,1991, 4 ediciones.
«Antología poética de Giuseppe Ungaretti” (del italiano). Ediciones JOB,1992.
“Novecento” (Montale. Quasimodo, Ungaretti) (Ediciones Arquitrave, Bogotá, Colombia, 2005)
Luis Benítez
La Avispa Nº32 - Mar del Plata - Argentina

jueves, 1 de mayo de 2008

Notas sobre la novela “Selinunte” ( 1996) de López Meléndez



“Selinunte” o el poder

por Luis Benítez

I. El sospechoso formato de la ciencia ficción

Selinunte es la primera novela publicada por Teódulo López Meléndez, quien sorprendentemente, elige un (engañoso) formato de narración de ciencia ficción para darle cuerpo a su obra. Desde el primer momento, el lector sospecha que hay alguna clave o razón oculta para que un autor que en otros géneros narrativos de su multifacética producción (el cuento y el relato) nunca apeló a un formato similar a éste, se decidiera a hacerlo con su primera novela. Pese a las revalorizaciones operadas desde antes mismo del establecimiento de la posmodernidad, el de ciencia ficción sigue siendo un formato reputado como de “clase B” para aplicarlo a la novela. Esto sucede particularmente en América Latina, quizá no por prejuicio remanente, sino porque en nuestra cultura literaria este género fue siempre poco cultivado. La causa de esto último se le ha endilgado a la característica supuesta de que la ciencia ficción es un género privativo de las letras de los países desarrollados, más compenetrados y atravesados por la tecnología. Una afirmación que se evidencia como falsa, ya que desde los años 70, cuando la ciencia ficción se convirtió en un subgénero de difusión más masiva en nuestros países latinoamericanos, nuestro contacto con la tecnología siguió las directivas de la cultura globalizada, en cuyo centro se mueve continuamente la conceptualización de la tecnología y la ciencia como eje de todas las actividades humanas del presente. Esto es, si bien la tecnología no ocupa aún en nuestros países exactamente el mismo papel que en los desarrollados, hace tiempo ha acaparado el espacio de legitimante y es parte fundamental de todo lo que hacemos quienes socialmente disfrutamos, en mayor o menor medida, de los encantos de nuestra época. La ciencia ficción adolece de un problema mayor: sus posibilidades como formato dependen demasiado de los conceptos científicos, que aunque planteados como fantásticos, actúan a favor de una supuesta verosimilitud. Al ser la ciencia la medida de todas las realidades en el universo burgués, lo legitimante, en la ciencia ficción esta cualidad de discernir entre lo cierto y lo falso está colocada en el futuro, no en el presente. Reputada como una actividad humana en constante e indetenible progreso –hija predilecta del positivismo del siglo XIX- la ciencia en la ficción debe ser proyectada hacia sus logros futuros para que le brinde verosimilitud al presente virtual de la obra literaria en cuestión. Dirá la obra “en el ahora de mi tiempo, esto es lo que posibilitará la ciencia en el mañana del lector”. La conocida receta de la literatura fantástica, que obliga a partir de unos supuestos evidentemente no reales, pero donde el afán de verosimilitud debe cumplir un papel fundamental a lo largo de todo el discurso, produce en la ciencia ficción esta nueva vuelta de tuerca, colocando el presente del relato en el futuro del lector.

Selinunte aborda varios tópicos empleando este sorprendente formato, pero el del poder no es el menos fundamental. Es posiblemente el eje mismo de su discurso, como veremos en distintas instancias de este capítulo. ¿Por qué o para qué, entonces, el autor emplea el formato peculiar de la ciencia ficción para hablar del poder? En realidad, saber por qué o para qué un autor eligió una frase específica para decir algo en particular o por qué y para qué optó por tal o cual formato para su obra, no es lo más importante. Selinunte o cualquier otra obra, de cualquier autor, se transforma en un objeto literario independiente de su autor al ser publicada. Desde entonces nos pertenece a los lectores y será lo que leamos en sus páginas, no lo que el autor se propuso narrar en ella –si es que un autor se propone algo al escribir una obra-. Lo importante quizá sea observar detenidamente cómo afecta el formato elegido a lo contenido en la narración, cómo la potencia o debilita, como refuerza el discurso vertido o lo desvanece.

En Selinunte, lo que hace el formato de ciencia ficción es potenciar la imagen colectiva de una colectividad humana (los élemos) volcada a la conquista –un acto de poder- de un nuevo planeta (el que da nombre al texto), sin obviar que para ello debe destruir a otras culturas (como los séculos, destruidos por los conquistadores élemos), un paso inevitable y también, otro acto claro de poder (1). Inclusive la batalla donde los élemos se quedan con el planeta Selinunte destruyendo a la cultura sécula es minuciosamente narrada por López Meléndez al promediar el libro, mediante un flash back sustancioso que, retrotrayéndose a los orígenes de la civilización imperante en el planeta-título, muestra a través de un combate entre naves espaciales cómo el tema del poder y sus actos se traslada al espacio, en la mejor tradición del género elegido. Pero lo que podría parecer una transposición a las palabras de los sonidos e imágenes de Play Station se revela como algo más, escondido detrás de esas “bajas cualidades” del subgénero ciencia ficción. En el marco de Selinunte, del conjunto de la obra, la batalla espacial por la conquista del planeta se ofrece como la graficación dramática del eterno afán de lucro de nuestra especie, que respaldada por su necesidad de abandonar su planeta de origen en decadencia y apropiarse de un nuevo mundo donde sobrevivir –una argumentación remanida de la ciencia ficción, repetida hasta el cansancio en centenares de películas y novelas como pretexto del conflicto necesario que de base al relato- puede justificar todas sus atrocidades como siempre lo ha hecho: por el imperio de una causa mayor, el de la supervivencia cultural. A partir de esta premisa, todo lo que suceda con las culturas que ofrezcan resistencia puede ser adjudicado a la tranquilizante categoría de los “daños colaterales”. Pero la validez literaria de Selinunte no está dada por estos primarios movimientos, donde se muestra una batalla y una masacre como fundamento de toda la belleza posterior de la civilización que los triunfantes élemos edifican sobre las ruinas de la cultura a la que hacen desaparecer; si el discurso se quedara allí, tendríamos algo muy parecido a un panfleto corto de vista, reducido a la exhibición de los actos del poder y al esbozo de sus consecuencias.

¿Atempera el formato elegido, los horrores relatados por Teódulo López Meléndez en este pasaje capital de su novela inicial? En absoluto: el mostrarlos bajo la máscara que le permite un supuesto relato de ciencia ficción los potencia por distanciamiento y este no es recurso de la ciencia ficción sino de la así llamada “literatura mayor”. La frialdad que proporciona la narración de una batalla de conquista y destrucción a través de los resortes de la ciencia ficción, en el contexto de un relato como Selinunte, donde abundantemente se apelará a los conflictos internos entre los personajes, exacerba el contraste entre continente y contenido. La escena de la batalla surge a la mitad de la lectura, cuando ya nos hemos empapado de los conflictos que sobrellevan Arquíloco y Neóbula, Licambes y Magdea, Heraclio y Sarielba, la variada serie de personajes que revelan una profundidad sicológica absolutamente diferente de la habitual pintura plana con que corporizan los autores de ciencia ficción clásica a los caracteres que necesitan para que la maquinaria de sus narraciones funcione. Al incluir en el medio del volumen la batalla que originó la civilización posterior, lo que hace López Meléndez con consumada habilidad es brindar engañosamente un aparente momento de “acción de aventuras en el espacio” –un distanciamiento de la conflictiva plasmada en los capítulos anteriores- para que el contraste sea tan fuerte que el sentido de ese combate narrado llegue a nosotros con una fuerza que no tiene en el contexto que tendría que ser el natural para esas escenas con rayos láser, naves espaciales que estallan y el resto de la liturgia de la guerra de las galaxias. Paradójicamente, percibimos que la brutalidad, el horror y la sanguinaria voracidad de una civilización destruyendo a otra llegan verdaderamente a nuestra sensibilidad gracias a ese distanciamiento. También gracias a esta batalla espacial –otra aparente paradoja- Selinunte se revela como algo que trasciende en mucho su formato de ciencia ficción. Siendo las escenas de batallas espaciales posiblemente lo más representativo del subgénero, al articularlo el autor en su discurso narrativo lo que hace es desenmascarar la falsedad del formato que ha elegido. Selinunte no es un relato de ciencia ficción, sino, ladinamente, la estrategia que emplea una novela de fines del siglo pasado para potenciar sus recursos, que entre otras cosas, hablan del poder, pero también del eterno conflicto del hombre consigo mismo y con los demás (una tópica de la que difícilmente puede dar cuenta una obra de ciencia ficción) (2).

II. El factor griego: ¿dato perturbador o indicio connotante?

En Selinunte asistimos a un completo desfile de personajes que, además de una profunda conflictiva en su relación consigo mismos y con el resto de los caracteres creados por López Meléndez, están reunidos por un factor común: todos sus nombres son griegos y remiten a una cultura entonces, que fue la base misma de nuestro Occidente. Este dato perturbador se bifurca en varias direcciones a través de la obra.

Por una parte, la referencia cultural se enlaza con el nombre mismo de la obra. Selinunte es el nombre de una ciudad griega del sur de Sicilia, ubicada en la actual provincia de Trapani, a 6 kilómetros al oeste de Hypsas. Selinunte es el nombre romano de la antigua ciudad griega Selinus. Los colonos que la erigieron en el siglo séptimo antes de Cristo provenían de otra ciudad helena, Megara Hyblaea (este es el nombre, también, de uno de los personajes de la novela de López Meléndez). Llegó a tener unos 25.000 habitantes y a convertirse en un importante centro comercial de la Magna Grecia –de la que era la colonia más occidental- hasta que una armada de 100.000 cartagineses al mando de Aníbal la destruyó en el 409 A.d.C.

Selinunte, antes de su final a manos de Cartago, era una avanzada cultural griega que no por ello dejaba de ser un oponente bélico de consideración para sus vecinos: de hecho, sostuvo un conflicto que parecía interminable con otras ciudades no griegas, por los clásicos problemas de poder económico local. Segesta, su máximo oponente, fue varias veces atacada pese a que era aliada de Atenas.

Para los fines que nos ocupan, estos datos históricos sólo sirven como paralelo, pero muestran –y no sólo anecdóticamente- la relación que establece el autor entre la Selinunte real, un emporio comercial embarcado en guerras de conveniencia, y los “griegos” de la ficción de López Meléndez, que también van a la guerra por motivos que tienen que ver con su supervivencia como cultura. Entendamos estos paralelos como constructores del marco referencial sobre el cual se erigirá la novela, al menos de momento.

Se establece una metáfora entre la acción virtual que muestra la novela y lo protagonizado por una colonia histórica, en los orígenes mismos del Occidente que compartimos. Una colonia –al conquistar los élemos Selinunte, la colonizan ellos también- que se perfila desde el vamos como un asentamiento cultural, como parte de la Magna Grecia en territorio siracusano, habitado antes por los barbaroi que debían ser sojuzgados por la cultura griega, reputada como “superior”, al menos, desde luego, para los mismos griegos. De modo parecido, los élemos se presentan como “héroes civilizadores” (el eufemismo favorito de los conquistadores dotados de la suficiente tecnología bélica como para imponerse en el campo de batalla) ante los derrotados séculos. Séculos o población original que, como bien nos advierten las descripciones proporcionadas por los mismos élemos vencedores, no habían contaminado su planeta con las necesidades de la tecnología superior de los invasores, no habían erigido templos ni edificios de las dimensiones que disponen los élemos se levanten sobre la superficie de ese mundo conquistado y, antes bien, son presentados como una cultura “inferior”. Aunque dotada de naves espaciales como sus vencedores, los séculos son notoriamente inferiores en cuanto a posibilidades bélicas y eso sellará en el relato las nulas posibilidades que tendrán de mantener su independencia y conservar su territorio frente a los ávidos élemos.

El paralelo con la larga saga de conquistas y de destrucción de otras culturas que llevó a la erección de Occidente de este lado del globo no puede ser más obvio, con que no sobreabundaremos con otro comentario de lo mismo, salvo un detalle del doble discurso de Teseo, el gobernante todopoderoso y alma mater de la cultura élema, al tomar posesión de Selinunte: dispone que se erija entre otros edificios, una suerte de museo que conserve los vestigios de la anterior cultura sécula, dándole a la “humanitaria” medida el mismo grado de importancia que a otras decisiones suyas, tendientes a conservar muestras de fauna y flora del planeta conquistado, en vistas a que la acción civilizatoria de la cultura élema no tardará en destruir esas virginidades. Aquí también huelgan los comentarios, referentes a la piadosa costumbre del mismo tenor que observamos en nuestra cultura histórica.

El otro aspecto de la grequicidad de los personajes de Selinunte es el hecho de que, al modo de los personajes del teatro griego, los de Selinunte tienen razón de ser en la medida que encarnan distintos conflictos del alma, les prestan su carne virtual para que logren expresarse a través de ellos. Desde Aristófanes hasta Freud, que representó con nombres griegos sus teorías, desde Nietszche hasta Jean Paul Sartre, lo griego ha sido siempre el territorio donde el espíritu –al menos para Occidente- se encuentra más a sus anchas para mirarse a sí mismo y representarse por medio de las sucesivas máscaras individuales. No en balde, entonces, Teódulo López Meléndez ha elegido las máscaras de Teseo, Ariadna, Teócrito, Arquíloco, Neóbula, Licambes, Magdea, Heraclio y Sarielba –desde luego, “sus” Teseo, Ariadna, Teócrito y Arquíloco, distantes de los reales referentes históricos y mitológicos- para dar rienda suelta a su intención de retratar, por una parte, el drama de una cultura enfrentada al dilema y la posibilidad de destruir a otra para autopreservarse y por el otro, los conflictos y contrastes entre las distintas posibilidades de ser humano que componen esa misma cultura; lo “macro” y lo “micro” que conforman el sistema social mundial total en cualquier época y lugar (3).

El drama que establece la fisura para un autor de nuestro tiempo es el de contemplar no la confrontación entre ella y lo que realmente sucede en la relación que sostiene el individuo consigo mismo y con los demás (4). El verdadero drama, lo que da pie inicial a los productos estéticos de nuestro tiempo es algo mucho más estremecedor. Se trata de la sinergia entre esos conflictos intra y extraindividuales y el doble discurso que establece la fisura sobre el sentido de lo “real”. La carga sobre la sensibilidad de alguien que aprecia un paisaje tan complejo es generalmente insoportable, a menos que la obra escritural establezca una pausa, suspenda durante un período los poderes destructivos de esta asociación. Al interponerse en su papel de supuesta interpretación, la obra estética alivia, puesto que mientras es creída representación de una o varias facetas de esa asociación permanente y omnipresente, brinda un sucedáneo de sentido a esta caótica sinergia. Se trata sin embargo de un conjunto de presiones y pulsiones que posee un ritmo propio e inaccesible a la conciencia individual en su plena magnitud, por lo que pronto el producto estético de esa conciencia individual capaz de focalizar el problema al menos en sus límites más difusos, se revelará como lo que fatalmente es: insuficiente no ya para resolver el dilema sino siquiera para imponerse a esa misma conciencia como paliativo, como linimento, como bálsamo, como barbitúrico. Esta carga de imposibilidad disparada por un atisbo del verdadero papel que cumple el producto estético en nuestro tiempo, puede ser el impulso que lleve a seguir las coordenadas de una obra posterior o bien puede acarrear el desastre de una renuncia a seguir intentándolo, produciéndose entonces un vacío de sentido aún mayor que el de la instancia anterior. En Selinunte, las mediaciones de interposición de un sentido en las acciones de los personajes son brindadas con extraordinaria continuidad, no por explicación agregada a sus actos o pensamientos (lo que siempre fue y será un burdo recurso que asesinará la acción), sino por la intentada –y muy lograda- coherencia narrativa, donde las piezas individuales que mueven su partida de ajedrez sobre la cuadrícula del planeta-escenario encajan para conformar un cuerpo colectivo que a su vez acciona dentro de los límites y en las dimensiones que le señala la microcultura élema. Los personajes de Selinunte poseen varios atributos simultáneos: son símbolos sociales, son individuos actuantes en una múltiple relación comunal, son máscaras griegas de los eternos conflictos en los que cree nuestra cultura occidental y también son copartícipes y cómplices de la ocupación colonial y la consolidación de un discurso, el de Teseo, el gobernador no sólo del planeta, sino también de los destinos y direcciones espirituales de sus gobernados. El padre fundador que de una vez y para siempre, trazó con su acto de poder primigenio –la conquista, la colonización y lo que es más importante todavía, la organización de un mundo- los destinos y el rumbo de todos aquellos que lo sucedan en el tiempo-espacio que ocupa Selinunte. Una organización que implica también la de sus conflictos, desde que éstos se desarrollan en y entre individuos que forzosamente participan de la perpetuación de las consecuencias del acto fundante de Teseo. Una formidable metáfora respecto del accionar real de los individuos en torno del abismo que abre la fisura.

Tomando la simbología griega, Teseo, el héroe civilizador de Selinunte, no es ni por asomo el viejo Urano castrado por su hijo Saturno tras crear un mundo –Selinunte-, sino más bien el mismo Saturno, que regla la existencia de sus descendientes hasta en el más mínimo detalle, a fin de que la creación “natural”, la fundada por su padre Urano, se transforme en su propia creación, articulada por él como suplantación del orden anterior por un “artificio”, una construcción cultural de la que Teseo es el autor. Veamos que Teseo se ocupa de organizar un mundo que metamorfosea el anterior, donde la cultura sécula poseía un lugar no sólo en su planeta de residencia, sino en el orbe mismo donde este planeta desarrollaba su órbita, descrito como un conjunto de galaxias donde la cultura élema se expande afanosamente en busca de supervivencia. Esto es, se produce un acto creativo que forzosamente debe destruir el statu quo anterior para originar uno nuevo y Teseo en su papel de demiurgo es el encargado de dirigir y arbitrar los medios para que ello efectivamente ocurra. Teseo no reviste lo anterior de un sentido de continuidad; establece un corte, una castración del mundo antiguo, que ya no se reproduce más, sino que se aliena, se transforma en otro del cual apenas se conservará un recuerdo de museo, las flores y plantas, los animales que había en el planeta antes de la colonización élema, y por supuesto, el mismo grado de reminiscencia le será adjudicado como único papel posible a los restos y las reliquias que se conserven de la cultura sécula.

La fisura que se evidencia en las contradicciones entre el mundo que Teseo dice haber creado –discurso que también se recita a sí mismo, pues necesita de su propia droga ideológica para soportar la existencia de su creación , igual que cualquier otro de sus gobernados- y el que efectivamente creó, basándose en un crimen cultural que definitivamente, no resuelve la eterna conflictiva de los individuos, sino que le brinda apenas un nuevo escenario, es una buena pista para ver reflejada por un instante, en el espejo virtual bruñido por López Meléndez en Selinunte, la faz de la Gorgona a la que se refieren la mayoría de las obras occidentales desde el siglo XIX hasta la actualidad, en mayor o menor medida, con mayor o menor conciencia, detalle y especificidad (5).


NOTAS

(1) “La inteligencia, el gusto, la osadía científica, artística, literaria o industrial, el valor, la habilidad manual, son fuerzas que cada uno de nosotros recibe al nacer, como el que ha nacido propietario recibe su capital, como el noble, antes, recibía su título y su función. Será todavía necesaria, entonces, una disciplina moral para hacer aceptar, a aquellos a quienes menos ha favorecido la naturaleza, la situación inferior que deben al azar del nacimiento. ¿Se llegará a reclamar que el reparto sea igual para todos y que no se conceda ninguna ventaja a los más útiles y meritorios? Pero, en ese caso, sería necesaria una disciplina enérgica de otro tipo para hacer aceptar a los últimos un tratamiento simplemente igual al de los mediocres y los impotentes.”
Durkheim, Emile: El suicidio. Ed. Gorla, Buenos Aires, 2004.

(2) Como tan bien señala Marisol Marrero en su ensayo sobre la obra de Teódulo López Meléndez: “En Selinunte se busca un nuevo planeta para sobrevivir y es allí donde se encuentran las claves para conocer al hombre interno, ese eterno desconocido. Y aparece el génesis del sí-mismo, "donde la maravilla aún era posible", y afloran las viejas pasiones de la raza humana y también su imperturbable repetitividad, y esto asusta. Asustan las profundidades de ese sí-mismo arquetípico "elemental, primitivo, esencial". Al fin de cuentas, el gesto simple de una mano que acaricia..."lucidez y debilidad parecen ser la misma cosa"… Selinunte es un viaje en la pesadilla del hombre. Es la eterna lucha contra la muerte, es el delirio inútil ante la orgía humana. El fracaso de este mundo comienza desde adentro, la amenaza proviene de sus profundidades”.
Marrero, Marisol: Teódulo López Meléndez. El escritor de la palabra delirante. Ed. Ala de Cuervo C.A., Caracas, Venezuela, 2006.

(3) Nuevamente el ensayo de Marisol Marrero da en la clave de estas correspondencias: “¿Quién soy? ¿Quién dices que soy? ¿Cuál es el origen? ¿Hacia dónde vamos? Aparte de estas preguntas, surge el génesis del sí-mismo, del planeta nuevo allá en lo profundo del desconocimiento: "Toboganes las laderas de las altas montañas, manos inclinadas donde se pueden encontrar y leer los indicios del futuro. `Peloritani llamaremos esta cadena central´, se dijo un día y las cumbres ásperas y agudas parecieron no disgustarse, saliéndose de su contenedor el cielo y haciéndose tridimensionales como una holografía, como si la imprecisión de sus atrevimientos hubiesen sido originados por un láser loco de luz incoherente y se estuviesen viendo interferencias producidas por un objeto a su vez tocado de luz indirecta. "Alienus, dijo el poeta, gonere, agregó el Comandante. Alienígenas nacieron las altas montañas que como un gusanillo se habían apoderado del pecho y de la espalda del planeta nuevo donde la maravilla aún era posible". (op. cit.)

(4)“Entonces, ¿qué motivos pueden moverles a impedirte tan obstinadamente que seas dichoso haciendo o que te plazca? ¿Por qué razón te someten durante todo el día a una esclavitud perpetua, de tal modo que apenas puedes hacer algo de lo que te acomoda? ¿Para qué te sirven tus riquezas por cuantiosas que sean? Como ves, todo el mundo dispone y manda en ellas más que tú, y nada tienes, ni siquiera tu noble persona, que no sea confiada a la dirección y a los cuidados de otro. Por el contrario, Lisis, tú no eres el amo de nadie ni nada puedes hacer de lo que deseas.”
Platón: Diálogos. Editorial Alba, Madrid, España, 1999.

(5) “Hoy día nadie se atreve ya a pensar una sola proposición a la que no pudiera añadirse –en cualquier campo- la indicación de a quién favorece. El único pensamiento no-ideológico es aquel que no puede reducirse a operational terms, sino que intenta llevar la cosa misma a aquel lenguaje que está generalmente bloqueado por el lenguaje dominante. Desde que todo gremio político-económico civilizado ha comprendido como evidente que lo que importa es transformar el mundo, considerando mera y frívola travesura el interpretarlo, resulta difícil limitarse a citar las tesis contra Feuerbach. Pero la dialéctica incluye también la relación de acción y contemplación. En una época en que la sociología burguesa ha “saqueado” (la palabra es de Max Scheler) el concepto marxista de ideología para pasarlo por el agua del relativismo general, el peligro que consiste en no comprender la función de las ideologías es ya menor que el representado por una acción mecánica, puramente lógico-formal y administrativa, que decide acerca de las formaciones culturales y la articula en aquellas constelaciones de fuerza que el espíritu tendría más bien que analizar, según su verdadera competencia.
Adorno, Theodor H.: La crítica de la cultura y la sociedad, en Crítica cultural y sociedad. Ediciones Ariel, Barcelona, España, 1969.

*Luis Benítez, poeta, novelista, dramaturgo y ensayista argentino


Selinunte, cosmogonía futurista

por Marisol Marrero*

"Selinunte" o el encuentro con el sí-mismo

En la mitología Teseo marchó al encuentro del minotauro. En la novela "Selinunte" Teseo marcha en pos de la ocupación de un nuevo planeta. Ese encuentro con lo nuevo es el conocimiento del sí-mismo, se llame todo o Selinunte.

El sí-mismo es aquello que somos sin saberlo. No está en la conciencia del yo, sino fuera de ella. El centro, paradójicamente, está a la vez en el hombre y fuera de él. Se busca afuera lo que está dentro y lo de adentro se descubre por lo que está afuera.

En Selinunte se busca un nuevo planeta para sobrevivir y es allí donde se encuentran las claves para conocer al hombre interno, ese eterno desconocido. Y aparece el génesis del sí-mismo, "donde la maravilla aún era posible", y afloran las viejas pasiones de la raza humana y también su imperturbable repetitividad, y esto asusta. Asustan las profundidades de ese sí-mismo arquetípico "elemental, primitivo, esencial". Al fin de cuentas, el gesto simple de una mano que acaricia..."lucidez y debilidad parecen ser la misma cosa".

Selinunte es un viaje en la pesadilla del hombre. Es la eterna lucha contra la muerte, es el delirio inútil ante la orgía humana. El fracaso de este mundo comienza desde adentro, la amenaza proviene de sus profundidades.

El yo inconsciente engendra incesantemente una multitud incontable y siempre renovada de criaturas. En los escritores esto es notable, pues al proyectar sus contenidos inconscientes en los personajes, se transforman en encuentros con sus propios miedos, con sus abismos. Escribir, para López Meléndez, supone -en Selinunte, es obvio- la capacidad de imaginar el futuro, de verse en esos parajes alucinantes donde se desplaza con los juegos del lenguaje. Esta es la narración desde el delirio, desde la desmesura del lenguaje. El yo impensable aflora sin límites, estableciendo así una extraña y original relación entre los dogmas del pasado y los del futuro.

¿Quién soy? ¿Quién dices que soy? ¿Cuál es el origen? ¿Hacia dónde vamos? Aparte de estas preguntas, surge el génesis del sí-mismo, del planeta nuevo allá en lo profundo del desconocimiento: "Toboganes las laderas de las altas montañas, manos inclinadas donde se pueden encontrar y leer los indicios del futuro. `Peloritani llamaremos esta cadena central´, se dijo un día y las cumbres ásperas y agudas parecieron no disgustarse, saliéndose de su contenedor el cielo y haciéndose tridimensionales como una holografía, como si la imprecisión de sus atrevimientos hubiesen sido originados por un láser loco de luz incoherente y se estuviesen viendo interferencias producidas por un objeto a su vez tocado de luz indirecta. `Alienus´, dijo el poeta, `gonere´, agregó el Comandante. Alienígenas nacieron las altas montañas que como un gusanillo se habían apoderado del pecho y de la espalda del planeta nuevo donde la maravilla aún era posible".

Casi siempre, la búsqueda de los orígenes, de la interioridad a través del viaje, es estresante, por eso "soñemos con el fin del viaje" y hagamos de Naxos, una colonia de tránsito, "base provisional del hombre en la búsqueda del aposento final". En ese itinerario "el hombre debe tener memoria para no repetir el tropiezo en la piedra, para evitar la locura del viaje interminable".

Son hechos simbólicos productos de la psiquis, pues el autor se recrea y se reconstruye en su obra. El es su obra, y allí, en ese verse, "afloran las viejas pasiones" del hombre. "Los ríos de Selinunte se deslizan ante los ojos como si nacieran de verdad de las grandes montañas, pero tal vez nacen en otros astros y vienen por canales desconocidos hasta este sitio. Son mito y son memoria, pueden tener una vida efímera pero marcan..." Nuestro autor es Selinunte, es ese río que surge de los espacios desconocidos, y es mito y es memoria. La eterna pregunta del hombre ¿de dónde venimos? trata de responderla en la literatura y se recrea en ella día a día. Quiere que su marca quede en este mundo misterioso, porque siente, que allí muy en su fondo, en su sí-mismo, "aún la maravilla es posible".

"Selinunte" como cosmogonía:

Este texto, más que una novela, es una cosmogonía futurista. El escritor crea un mundo como un arquitecto demiurgo. Pone las piedras del psiquismo una a una. Traza los caminos del caos al orden. Crea un mundo habitable para el hombre, pero como resultado de un trabajo agotador; no se trata de "hágase la luz y la luz se hizo". Se trata de responder con hechos a situaciones como la iluminación del planeta, la energía a usar, la proveniencia; trabajo y más trabajo. Es la poesía del saber primero, inspirado. La cosmogonía de este escritor es poesía que el hombre hace para representarse en unidad con su génesis, con su historia. Teodorov dice que "las obras no son más que reflejos y huellas del espíritu", basándose, seguramente, en el psicoanálisis de Freud al plantear éste que "el otro es una representación de nuestra psique"; en efecto, los personajes de Selinunte no son sólo ficciones, sino la manera de ser del autor, su pasión, su estilo de pensamiento, sus abismos, el encuentro con sus miedos, en fin, la vía más corta a su inconsciente donde se muestran los principios que mueven al hombre: el poder, el sexo, el amor, el intelecto, la poesía.

Relación de pareja en “Selinunte”:

Karl Marx decía que la relación natural y necesaria entre el hombre y el hombre se funda en la relación natural y necesaria entre el hombre y la mujer y que una civilización se juzga, en definitiva, por la imagen que se forma del amor. La novela de Teódulo López Meléndez está signada, desde al principio al final, por la relación de pareja; de esta amanera aparecen Teseo-Ariadna, Arquíloco-Neóbula, Licambes-Magdea, Heraclio-Sarielba.

Sólo a través del amor puede descubrirse la esencia del mundo. Cada relación asume la relación del yo con el mundo, con su infinitud y sus límites al mismo tiempo. El cara a cara del hombre y la mujer implica una búsqueda ininterrumpida. López Meléndez, al descubrir a los otros, se reinventa a sí mismo al dar origen a estos seres de ¿ficción? y éstos lo asustan porque "encuentra en la raza humana un proceso repetitivo", aunque asuma el "eterno retorno" de la vida y la esperanza. "Hemos visto el fin de nuestro planeta"..."también la ocupación de uno nuevo".

Teseo-Ariadna: Estos personajes nos remiten a examinar las dos vertientes del poder que simbolizan: la solar (diurna-lógica-masculina) y la lunar (nocturna-instintiva-femenina).

El deslumbramiento amoroso hace aparecer la metáfora del sol. María Zambrano plantea que "seguro de su poder solar, el amor elige como punto de mira el reverso de la metáfora solar: la metáfora nocturna. Condicionado en el tiempo, limitado en el instante, pero también magistralmente confiado en su poder, se refugia en lo ciego, en lo negro". Así, el amor bebe en dos fuentes, la de la luz y la de la sombra. De esta manera los viejos mitos continúan entre nosotros y nuestro autor, al escribir del amor, encuentra en Grecia los personajes arquetípicos que se adecuan a los personajes del futuro. Anclado en la mitología hace una síntesis entre dos poderes separados(cóncavo-convexo). La psique emprende un viaje celeste, estelar, lo que motiva una acción en la palabra que se condensa en la obra. María Zambrano también dice que "todo intento de revivir el mundo pagano del Olimpo ha sido en su raíz juego, diversión, deseo de olvidar el porvenir..." No pasa así en esta novela, pues aquí, lejos de olvidarse el porvenir, se introduce en él mediante la mitología y se crea una nueva cosmogonía. La aparición del amor marca y define su condición perenne, incluida la soledad, porque la soledad del amor es parecida a la del poder. La historia de la literatura nos muestra a los amantes sumergidos, al igual que a los poderosos, en la soledad. Ambos nacen en ese terreno. Ariadna es el otro del sí-mismo, dado que el amor es el intento de "vivir en otro", de "vivir de otro".

En Selinunte "las mujeres tenían serpientes en los brazos". La serpiente es el símbolo de la fuerza convertida en espíritu, además de factor de poder. La fuerza, arcano undécimo del Tarot, aparece bajo la imagen de una reina que doma a un furioso león, al que no mata, sino que aprieta contra su pecho. ¿Qué mejor imagen para simbolizar a Ariadna que en los mitos ilumina los rincones oscuros del inconsciente? Parece que el autor quiere decirnos que lo femenino (Luna) ilumina lo masculino (Sol). Paradoja alucinante en que lo oscuro ilumina a lo brillante. Esto me hace recordar al Zohar, I,17ª,donde se dice "y llamó a la oscuridad noche, dice la escritura. Y es que hizo surgir del lado de la oscuridad, una luz..."

El tesoro de las mujeres (de ellas proviene el mal, según la Biblia), su húmeda oscuridad, su nocturnidad inconsciente, profunda, inaccesible, por un lado y la sabiduría, por el otro, es su secreto, siempre bien oculto para no soliviantar las aguas incapaces de acceder a la conciencia. La instintividad de Ariadna hace de Teseo el poder. Ella dice: "Lucidez y debilidad parecen la misma cosa". Puede que el pecado de Teseo sea el de poseer una inteligencia demasiado grande. El hombre de estas condiciones duda más y su decisión es escogida entre tantas posibilidades que los demás ni siquiera hemos entrevisto". En realidad ambos son polos de lo mismo, la diada eterna del ser humano.

Teseo, en su viaje hacia el Minotauro, desciende a los abismos de su inconsciente y gracias al hilo de Ariadna puede volver a la luz. Ella es absolutamente necesaria para la derrota del monstruo. En la parte femenina del ser humano está la creatividad, la salvación contra el mismo dominio perverso que ésta representa. A la vez ella es el monstruo y el arma contra éste. Es el dominio perverso del poder y a la vez su contra porque el poder comienza por imponerse al mismo que lo ejerce. Teseo no puede con su fuerza y es gracias a Ariadna que persevera. Ariadna ilumina psicológicamente los rincones oscuros del poder y le exige a Teseo que sea digno de su admiración, con las implicaciones propias del amor: "No se puede amar lo que no se admira", aunque siga siendo débil como consecuencia de su lucidez.

Arquíloco-Neóbula: Donde nos acercamos más al encuentro con el sí-mismo es en la relación intensa entre el poeta Arquíloco y Neóbula. El sí-mismo es una unidad paradójica formada por la luz y la sombra; nada más cercano al carácter de estos dos personajes donde lo erótico asume un papel de purificación, de catarsis. Más que una relación es un arte que, al decir, purifica. López Meléndez ha dicho que Arquíloco tal vez sea una manera de envejecer y morir. Pues bien, el poeta de Selinunte asegura "... que se diga si no he hecho poemas con mi sexo en aquello que no era sexo sino vaciarme dentro de la vida mientras absorbía la divina amargura que sus entrañas licuaban para mi lengua".

No se puede penetrar esta relación entre contrarios sino asumiendo la embriaguez y el extravío que produce el espíritu del texto cuando se oye a Arquíloco en su borrachera alcanzar el "desgarramiento del alma" en la penetración y la poesía se compenetra con el erotismo: "Su rostro haré de sílabas y coordinaré en tal manera que su nariz semeje la velocidad del águila y el resplandor de un poniente. Sus brazos recorreré con calma y de entre sus dedos que regaré piadosamente surgirán amapolas y una fuente de versos que la refresque solícito colocaré en las proximidades de sus pies". O al decir: "Dame la targelia de tu sexo y ella me la dio y yo fui dios aquella tarde en que los músculos de mi miembro se desgarraron a la par de sus entrañas". Ah!, pero Néobula "nació puta como su madre". Desde muy joven ella era "factor de perturbación sexual en la escuela". Y llega la vejez y Arquíloco sigue haciendo poesía de "cuando Neóbula no era tan puta ni tan vieja". Y se emborracha porque "el vino es bueno para la imaginación, querido Teócrito...tu vino me ha hecho desvirgar de nuevo a Neóbula, tanto tiempo después, tantas veces después, que no me falte tu vino que en los barriles viene ella..." Diría Mefistófeles en Fausto: "Con esa bebida en el cuerpo, presto verás una Helena en cada mujer". Sólo que junto al erotismo, al amor, a los arrebatos místicos hay una chispa de insatisfacción; la sombra siempre emerge cuando menos se espera y así: "Ni sobre una mujer el volcán se apagará". En la zozobra y desesperación nocturnas aflora el inconsciente de Arquíloco: "Seguramente mi corazón es cobarde, pero si una diosa apareciera, aún así este sabor amargo que me corroe los dientes no se ablandaría..." El enemigo interior es más difícil de combatir que el exterior, de allí la lucha contra ese volcán, contra esa cosa que no se sabe lo que es. El escritor atiende a estas profundidades oscuras de las que emana un misterioso mensaje, de allí el creador - el diablo contestatario - produce la creación, devela el volcán primigenio.

En los "Epodos" se observa el uso de la metáfora cuántica. Los problemas entre Arquíloco y su suegro Licambes son considerados desde variadas posibilidades. Son esquemas distintos de análisis de la negativa del padre de Neóbula a cumplir el compromiso: a) se la niega porque Licambes está loco; b) por el origen servil de la madre del poeta y c) léase a Horacio y todo quedará claro.

Heraclio-Sarielba: Heraclio se parece a Heracles, porque es el símbolo de la dificultad de la victoria del alma humana sobre las dificultades. Ambos constituyen una pareja complicada que produce los diálogos más profundos de la novela, especialmente cuando "exploran de nuevo el fracaso". El espacio amoroso de esta pareja es muy urbano, lleno de arrebatos filosóficos, de discursiva intelectual. Por ejemplo, Sarielba se pregunta si existe Selinunte, manejándose tal vez en un plano cuántico donde no existen "objetos reales, sino más bien miríadas de posibilidades de incontables realidades". "Aquí está representada una ciudad - le dice Sarielba a Heraclio- "Esta ciudad-planeta no es tal, es una escenografía para lo matemático de lo humano. Selinunte es desmontable, pero si lo hiciéramos habríamos dada por terminada la obra. Jamás ha existido Selinunte sino como un teatro". Ambos vuelven a explorar el fracaso, Selinunte es apenas una posibilidad que se asoma, aunque sea también una realidad griega del siglo VII a.C apostada en tierras sicilianas. El novelista ha contado que cuando se detuvo ante las ruinas y miró la transparencia del mar decidió que iba a escribir una novela con ese nombre. De manera que, en este caso, no fue el escritor quien buscó al género novela, sino el género novela el que buscó al escritor.

Arquíloco, el poeta de Selinunte, habita las páginas más hermosas de este libro, como también lo hacen - con serias dudas - Heraclio y Sarielba. Ellos, desde el origen siciliano de la novela, ven el futuro del mundo como un gran holograma, por eso las descripciones geográficas del "nuevo planeta" lo son de la isla que fuera parte de la Magna Grecia. El juego de estos dos personajes abarca celos, traiciones, el regreso como admisión del fracaso, el abandono, en suma, Heraclio proyecta su verdad sobre Sarielba. Al fin, despierta del olvido al ver a la mujer regresar a su lado. Seguramente es López Meléndez el escritor no siciliano que más se ha metido en el interior de la geografía y de la mitología siciliana. No olvidemos que allí está la herencia cultural del mediterráneo como cruce de todas las culturas que pulularon en aquel mar excepcional. Por eso Arquíloco, en un pasaje de la novela dice que el planeta donde ha llegado es un muestrario de la raza humana: "Yo puedo comprobar a través de sus rostros que la grandeza del hombre está en el mestizaje... todo estaba allí hasta sus remotos orígenes, nariz doria, cabello gotio, ojos parios... sangre bárbara". Aquí no se pierde nada, todo se conserva como en la teoría de la relatividad de Einsten.

Selinunte es el arquetipo de Anatolia, retorno a la luz, al calor, a la visibilidad. Hora, entonces, de preguntarse: ¿que extraños mecanismos hacen que salga a la luz a través de la escritura de nuestro novelista? El también estuvo más abajo en Salerno, en Paestum, donde se alzan dos hermosos templos griegos muy bien conservados, sin embargo escogió las ruinas de Selinunte para su fantasía delirante. ¿Un resurgir como el Ave Fénix de las cenizas, de las ruinas? Seguramente que sí, porque la estructura de la fantasía está basada en la actividad del inconsciente. Sin duda hay que afirmar con Freud que tanto el Eros como el Poder están en la esencia de Selinunte.

*Marisol Marrero, profesora, poeta, novelista, ensayista y psicóloga social venezolana