martes 1 de julio de 2008

El patético tiempo del nuevo milenio




por Teódulo López Meléndez

La noticia se ha banalizado. Vivimos un mundo de instantaneidad peculiar en la cual se ha hecho parte del show massmediático. Es como un comercial más, como un espectáculo más, como una cotidiana entrega de los premios "Oscar". MacLuhan había dicho que "el medio es el mensaje", lo que sólo parcialmente continúa a ser verdad. En buena parte, la vieja acepción del maestro canadiense ha sido trastocada por otra que bien puede ser "la velocidad es el mensaje", para usar una terminología propia de Paul Virilio, el pensador francés apropiado para estos tiempos de muerte de la distancia.

La noticia, si suponemos por un instante que existe, es siempre vieja. Ello nos lleva a concluir que los massmedia sienten particular odio por todo lo que se mantiene. Así, podríamos decir que el medio es el principal agente de la “revolución” universal. En efecto, si algo se mantiene es contrario a sus intereses, pues no podrían alimentar la cadena electromagnética de la información. De esta manera los massmedia deben demoler todo lo existente, desde las instituciones hasta la inmovilidad. Cuidado aquí, pues hay que precisar que los medios nos siembran en ella; cuando digo que la demuelen me estoy refiriendo a un movimiento intrínseco a la velocidad de la luz con que transmiten la información, en ningún caso a nosotros receptores del mensaje que estamos como nuevas estatuas, como pequeñas antenas cubiertas en toda su capacidad receptiva.

Banal es, pues, la agreste palabra que nos surge en relación con la información. El proceso iniciado con la Guerra del Golfo, donde por vez primera asistimos a un conflicto bélico en directo, tuvo un replay caótico con la transmisión del "arribo del milenio", invención absolutamente massmediática. Allí murió el tiempo, lo que no es poco decir. Aparte de la “humanidad feliz” que nos fue ofrecida, se incurrió en un patético adelanto del futuro, de uno donde el tiempo es universal. La muerte de lo geográfico, la desaparición de la extensión y el exterminio de los husos horarios fue en sí la noticia, no que algunos tocaban tambores ante la aparición del primer sol del año 2000 en alguna perdida isla del Pacífico. Pocas semanas después una compañía suiza fabricante de relojes nos dio la primicia: sus aparatos ya no medirían más con el viejo método del día y de la noche, desde ahora en adelante no habría diferencia de horas, por ejemplo, entre Caracas y París; se establecía un reloj donde el tiempo se mediría en bites y la hora sería la misma en cualquier lugar de este pobre planeta reducido. Esa unificación equivale a la aparición del tiempo universal y, por consiguiente, a la pérdida de la distancia como un adelanto de la condena que pesa sobre los hombres: la prisión en la inmovilidad. La salida o fuga del sol deja de tener importancia, el viejo sistema de medir el tiempo es hundido en el tiempo mismo, con la consecuente pérdida de la historia y de las diferencias. En otras palabras, ambos hechos, la transmisión en vivo y en directo de la "apoteósica entrada del Nuevo Milenio" y la aparición de los relojes en bites donde, claro está, el punto de referencia es el sitio en Suiza donde está situada la fábrica, extermina las viejas referencias humanas y nos convierte, en cierta medida y paradójicamente, en astronautas, o, al menos, nos hace posesionarnos de la misma sensación de aquél que orbita la Tierra o llega a la Luna. El astronauta no tiene espacio, distancia ni medida. El astronauta está perdido en la oscuridad, lo que nos hace recordar la vieja afirmación de algún poeta: "La oscuridad es el tiempo".

La única noticia es que el nuevo límite del hombre es la velocidad de la luz, es decir, la velocidad con que la noticia se produce y es transmitida, no los sucesos en sí. La noticia es el hecho mismo que nos acontece, la unificación en una onda electromagnética soberana que nos hace innecesaria cualquier movilidad. Como bien lo dice Virilio, si a usted lo que le preocupa es que los días pasan, pues deje de preocuparse, que pronto dejarán de pasar.

En efecto, el nuevo horizonte es la pantalla, lo que da nuevas distorsiones y nuevas apariencias. Ya el tiempo deja de ser éste de la sucesión del día y de la noche, este cronológico que hasta el momento hemos contado. El tiempo lo es ahora aquél de la exposición, el de la duración de los acontecimientos, el tiempo instantáneo. Esto implica que "ya no estamos", no estamos con una presencia concreta, sino con lo que Virilio llama "una telepresencia discreta". En sentido estricto, podemos hablar de una nueva cultura, una que rompe drásticamente con lo que el hombre ha sido, nada menos que aquella de la dimensión temporal. Estamos presentes, pero lejos, lo que elimina la duración a favor de lo "directo". Al ser así, el presente debe ser reinterpretado, pues pasa a ser una disolución de acceso a lo real. En otras palabras, el tiempo cronológico deja de existir para dejar paso a uno cronoscópico. Lo que vemos es una fijación del presente, para aquellos preocupados por el paso de los días, como decíamos, ese paso desaparece. Esto equivale a una contracción y a un cambio dramático de la percepción. Ya no hay lugar de encuentro. Frente a la pantalla nos "comunicamos" por Internet con alguien "desaparecido". Frente a la pantalla nos entregamos "en directo" a un horizonte que no tiene nada que ver con la noción clásica de espacio. Frente a la pantalla sustituimos la luz del sol por la velocidad misma de la luz que nos cambia el "aquí" por el "ahora". El estrecho espacio de lo humano pasa a segundo plano desde el momento en que el tiempo se emancipa. Cuando carguemos en nuestras muñecas el nuevo reloj que ya no mide en segundos, minutos y horas, sino en bites habrá caído sobre nosotros el nuevo tiempo mundial liberado de husos horarios, cuando dejemos de contar siglos y no exista el pretexto para la fiesta absurda de las ondas electromagnéticas de adelantar milenios o lanzar cohetones por un año terminado en 00, eso de la alternancia del día y de la noche se habrá disuelto y "viviremos" como astronautas que jamás han abandonado el planeta Tierra, es decir, como seres que han perdido las referencias y se encuentran inmersos en la aceleración, una que nos dirá implacable de la extensión y duración de “los fenómenos de envejecimiento del tiempo-materia”. Podríamos hablar de un día sin fin en relación con la nueva "realidad" que las ondas electromagnéticas imponen sobre nosotros, una donde la sucesión de los hechos a la que estábamos acostumbrados desaparece a favor de una "intensidad" de iluminación y un nuevo hipercentro del tiempo donde hasta la ciudad suiza que momentáneamente sirve de referencia a los relojes en bites será absorbida. Si no tenemos límite, o también dicho de otro modo, si el horizonte convergente al que estamos habituados es sustituido por el que la pantalla nos da, no podremos imaginar. Este hombre inmóvil que se asoma, será hipersedentario en su deformación. Ya hoy existe gente que no llama por teléfono aunque esté en la misma ciudad o en el mismo barrio de su "interlocutor"; prefiere mandar un E-mail. Parecen sentir que la voz rompería la ubicuidad a la que nos estamos acostumbrando. La mediatización se convierte en la norma frente a nuestros ojos, ojos que, por lo demás, también desaparecerán absorbidos por un gran ojo, por uno proveedor de las nuevas apariencias. La pantalla, toda ella que una es, ha hecho del acto de comunicación un diluirse, una muerte.

II

Debemos declararnos en reflexión sobre el tiempo obligados por la algarabía insoportable de los massmedia en torno al supuesto fin del milenio. Releo un viejo libro de Indro Montanelli, Historia de Roma, y al seguir la evolución de aquella Ciudad-Estado se desarrolla en mí hasta el paroximo la insignificancia que atribuyo a los acontecimientos actuales del país donde nací y vivo. La banalidad de los actos humanos llamados históricos es impresionante. Roma, en realidad muerta como poder cuando cae el Imperio Romano de Oriente, es decir, cuando Constantinopla cae en manos de los turcos, para mí, y creo que no sólo para mí, ha sido la última noticia importante. Lo que estoy diciendo es de una sensación de inutilidad de las acciones humanas llamadas históricas y de una visión que se desarrolla que permite mirar los acontecimientos con distancia y placidez. Cuando Catón, el gran tribuno del Senado, vio llegar todos los objetos y conocimientos griegos a su amada ciudad supo que la Urbe estaba perdida. En buena manera vislumbró lo que los filósofos del posmodernismo llaman el "hombre estético". En otras palabras, vio que Roma caería vencida por la cultura griega. Los políticos jamás aprenderán que quienes hacen la historia que vale la pena son los creadores, más que todo los que viven en el lenguaje. Puede decirse que Anibal, con sus elefantes y su terquedad, cruzó los Alpes y que Bolivar cruzó los Andes en procura de imitar su grandeza, pero fue Polibio, trasladado a Roma como esclavo de guerra, (a quien realmente hay que prestarle atención), el que se preguntó sobre el sistema político romano en procura de una explicación de cómo aquellos toscos habían empleado la modesta suma de 56 años para acabar con una de las más esplendorosas civilizaciones que hayan existido sobre la faz de la tierra. Concluyó que no habían sido los romanos en destruirla sino los propios griegos, pero esa es conclusión permitida a un "intelectual" como Polibio, valga la transferencia temporal de un término odioso y desproporcionado como éste( por lo demás, en su versión contemporánea, de origen francés en relación con el caso Dreyfuss).

Puede que estemos manejando un concepto equivocado de "historia". Por ella damos batallas, hechos políticos, gobiernos y gobernantes. Puede que la verdadera historia sea aquella de la civilización(y de las ideas, generalmente catastróficas cuando llevadas del arte a la política) y que la historia política sea, apenas, una planta parásita que ha usurpado nombre y lugar. Si es así, entonces la historia es la del crecimiento espiritual del hombre. Lo que los hombres hemos estado denominando historia es sólo lo superficial, lo aparente, lo visible.

Disquisición aparte, cierto es que el fin del primer milenio fue tan lamentable como lo es éste. La humanidad se cansa, al parecer, con esa contabilidad, comprensible sí, dado que mil años suena como mucho. He repetido hasta el cansancio que los verdaderos finales no son los que las mediciones agonizantes del tiempo han determinado. Nadie puede negar que el siglo XX terminó tal vez con la llegada del hombre a la luna o con la caída del muro de Berlín. El nuevo será establecido por el descubrimiento de agua en Marte o por el mapa genético; dejémoslo a cargo de los inútiles historiadores.

Tenemos, además, los misterios y terrores que el hombre ha atribuido a un fin de siglo, quiero decir, a cien años. Peor si coincide con un fin de milenio. Cuando terminó el primero de la era cristiana se pronosticó el fin del mundo y ahora, cuando termina el segundo, un poquitín más prudentes hemos sido. Ya no abundan tanto los profetas, al fin y al cabo los hombres tenemos ahora a Internet y a los horoscopistas, más a Derrida, a Barthes, a Blanchot, a Hjemslev o a Wittgenstein, que son algo diferentes. Nostradamus fue el más destacado profeta del pasado, pero hubo muchos, como uno portugués llamado Bandarra que nació en una humilde villa denominada Trancoso y que no alcanzó la fama de aquél por la sencillísima razón de ser portugués, sin olvidar que Inglaterra estuvo por siglos "protegiendo" (entrecomillado porque es un decir) las expansiones y descubrimientos, más aún, la permanencia, de Portugal por el mundo. En cualquier caso los profetas decían lo que los humanos quisieran entender.

Volviendo a Roma, uno recuerda que los historiadores republicanos describieron con pestes y culebras la era monárquica, olvidando que sin los reyes Roma jamás hubiese puesto sus legiones a dominar a todos los pueblos del mundo conocido y dos de sus generales no hubiesen tenido las amabilidades de Cleopatra, obligada, la pobre, a recurrir a las artes amatorias para frenar el impulso de la gran potencia.

Decíamos que esto del tiempo es una banalidad y, en cierto modo, una torpeza. A mí me tiene sin cuidado que el próximo año sea el 2010 o el 2500. Sigo sin explicarme porque los hombres celebran ruidosamente un año nuevo, como si la llegada del bienvenido equivaliese a una garantía de vida por ese lapso. En verdad nos morimos en cualquier fecha y ésta sólo es una referencia para la lápida, dado que es hábito cristiano la de enterrar a los muertos, mientras la incineración es un avance tan importante como la de ver, valga McLuhan y su aldea global, un terremoto mexicano en directo o a los chechenos huir de las tropas rusas o a los soldados australianos combatiendo las milicias armadas por Indonesia para exterminar a los timorenses orientales.

Ciertamente los que me leen no avanzarán mucho en el nuevo siglo o en el nuevo milenio(entendiendo, además, que, a pesar de los medios de comunicación y su increíble torpeza o mala intención mercantilista, el 2000 es el último año del siglo y del milenio). Estamos condenados a la muerte, afortunadamente, aunque los hombres se distraigan con esta estupidez massmediática de un nuevo milenio sin pensar en que la tecnología puede ser una maldición o una bendición y en tantas otras cosillas que ocuparán el pensamiento, de los escasos que piensan, quiero decir. Mientras tanto nos conformamos con pasarla bien, con estar con el pequeño grupo de gentes que nos garantizan un testimonio de que existimos, con disfrutar de los objetos de consumo o con emborracharnos para celebrar que estamos vivos para una medición del tiempo contado a partir de determinado acontecimiento, según las diversas culturas. En el caso nuestro, occidentales, desde el momento en que Jesús anduvo por Judea, donde, por cierto, allá en Jerusalén, la gente que arriba padece de un extraño pero comprensible síndrome, creyendo que lo que pasará, en cualquier caso, pasará allí. Lo representan quiénes llevan la muerta Utopía hasta el delirio del suicidio colectivo. Interesante resultaría preguntarse qué acontecimiento, qué suceso, qué verdadera noticia será señalada como la fecha que dará inicio al siglo XXI. Tal como están las cosas deberá ser un acontecimiento científico relacionado con el espacio, nunca una acción "histórica" dada la mediocridad y la intrascendencia de las ideas políticas y seguramente menos una acción del espíritu dado que el apagón de la inteligencia que sufrimos es tan total que podríamos decir que allí radica el fin del mundo que los hombres pronostican en la proximidad del final de cada milenio.

Tenemos ahora la chatura de la pantalla y relojes que han escondido el día y la noche y que pretenden convertirnos a todos en astronautas sin las viejas referencias que construyeron al hombre como hasta ahora lo hemos conocido. Deberemos sumergirnos en la poesía, mientras los ilusos siguen contando un tiempo que no pasa.

tlopezmelendez@cantv.net

domingo 22 de junio de 2008

ENTREVISTA PARA PSICONAUTAS

Marisol Marrero: Mírate detenidamente en el espejo y dime que ves. ¿Cómo es esa imagen? ¿Cómo va vestida? ¿Qué expresión tiene su rostro?

TLM: " mi rostro cuarteado por los vientos...", un verso mío que está en alguno de los poemarios, es lo primero que atino a ver. La imagen es nítida y precisa: el espejo está limpio. Va vestida de cotidianeidad. “Tengo una expresión de tristeza...", otro verso mío es lo que me viene a la mente ante la tercera interrogante.

¿Crees que ejerces un efecto perturbador sobre las personas?

Depende de algunas etapas de mi vida. Cuando ejercí la política, sin duda. Ahora, que yo sepa, perturbo con la palabra escrita a los amigos que leen mis poemas y novelas. En lo personal, el no pasar desapercibido es, posiblemente, una perturbación. Déjame confesarte que eso sucede muy a mi pesar.

¿Podemos sobrevivir despojados de nuestros "defectos" (ira, envidia, etc.)?

Podemos sobrevivir, hasta la muerte, siempre y en cualquier circunstancia, incluso podremos sobrevivir a lo ilimitado que la tecnología nos ofrece como nueva barbarie.

¿Dónde crees que hay que buscar el mal?

Nunca he tenido interés en buscarlo, ni creo que haga falta, puesto que el mal lo encuentra a uno. Está en lo humano, es una de las caras de la moneda y se manifiesta vilmente cuando destruye.

¿Qué tratas de evitar en la vida?

Procuro alejarme de lo mediocre; me temo que eso conlleva al aislamiento. Detesto el odio: acostumbro decir, ante la incrédula mirada de mi interlocutor de turno, que soy un pozo de ternura. El odio es una falta de inteligencia. Jamás he odiado a nadie: a quienes me han hecho daño les pago con indiferencia. No tengo necesidad de evitar el odio en mí, puesto que soy, simplemente, incapaz de sentirlo. El odio ajeno hacia uno es imposible de evitar si asumes la vida con entereza. Soy orgulloso, de manera que me avergonzaría provocar compasión. Para mí equivaldría a una pérdida de virilidad. Asumo mi fracaso como una victoria. Recuerdo otro verso mío: "Huelo a hombre que el viento esparce..."

¿Existen rasgos personales contra los que trataste de luchar porque pensaste que eran negativos?

Sí. Traté de combatir la impulsividad y la impaciencia, ambas caras de una misma moneda. Quizás no me había dado cuenta que ambos rasgos son tan consustanciales en mí que sólo envejeciendo podía controlarlos. Ahora miro al mundo con ojos diferentes, aunque a veces me alzo a decir una palabra fuerte o hago un incontrolable gesto de impaciencia. Sin embargo, ahora distingo lo trascendente de lo intrascendente y constato que en esta vida lo primero se presenta rara vez y lo segundo es lo cotidiano. Ahora, hombre que algunas cosas sabe, lo que trato de controlar es un bostezo que refleja mi cansancio.

Si los psiquiatras fallan con los escritores - me consta en lo personal- ¿crees que podemos crear psiconautas (exploradores de las alturas y profundidades del psiquismo)?

Si fallan es porque los escritores suelen ser más brillantes que los psiquiatras y porque los escritores no padecen enfermedades mentales, a no ser en casos específicos y muy concretos. Otra cosa es que el psiquiatra sea también escritor, como tu admirado Jung, o como Herrera Luque, aquí entre nosotros. Los escritores solemos tener enfermedades del alma, no de la mente. Estas enfermedades tratamos de curarlas escribiendo; si no curarlas, decirlas. En buena parte, los escritores hacemos desnudos en público. Los "locos normales" lo hacen en privado ante el psiquiatra. Por lo demás, ese bello término de psiconauta, que presiento de tu invención, es algo consustancial al escritor. Somos psiconautas, taladros que viajan hasta las profundidades del ser. El poeta es un viajero de los grandes círculos planetarios que están en los pequeños circuitos del hombre. El novelista es un dios que arremete contra lo creado y procura crear una sustitución, un mundo a su manera. Puedo aceptarte que ahora nos llames psiconautas. La "locura" que padecemos los escritores que merecemos tal nombre es la lucidez y debo decirte que resulta incurable. Vemos más allá de lo normal, podemos ver adentro y afuera, en buena parte somos especialistas en el hombre. Ese es un rasgo de la literatura que podría conspirar contra ella misma y es aquel que se traduce en la expresión común "ese escribe para escritores".

¿Cómo elegimos a nuestros enemigos personales?

No elijo enemigos. Además los que tengo son absolutamente gratuitos. Otros no tanto, pues son consecuencia lógica de alguna arremetida mía contra un acto corrupto o contra una injusticia. Creo que tampoco elijo amigos. La amistad se produce naturalmente, sin forjaduras ni forzaduras.

Todos tenemos una herida básica ¿Cuál es la naturaleza de tu herida básica?

La misma de todos: ese grito desgarrador que lanzamos al nacer al ser despojados de la paz del vientre materno y ser lanzados a una realidad que nos agrede en la nalgada del partero para que despertemos y comencemos a caminar este tránsito emocionante y lleno de desafíos que es la vida. Es cierto que, después de eso, hay alguna herida primordial. Por más esfuerzo que hago por responderte con honestidad no encuentro qué decir. A pesar de que creo conocerme. Quizás la respuesta esté en el primer poema que publiqué: "Yo vine para ser un testigo con alma de emigrante..." El ser testigo involucra una quietud excepcional, pero con alma de emigrante implica una movilidad también excepcional. Posiblemente mi herida primordial sea esta aparente contradicción. Tal vez vine a hacer una "especialización" en el hombre y eso es muy doloroso. Otro poema mío dice: "es un secreto/el sitio y el momento/de mi identidad". Esa tendencia mía hacia otras ciudades y países puede indicar que es difícil encontrar al hombre. O tal vez ya lo encontré y el dolor, a la vez que me inmoviliza, me desplaza. El último poema que cito indica un desconcierto vital, un "no encontrarse" y "un no saberse". Quizá, entonces, mi herida primordial sea la ignorancia. Posiblemente no sé dónde detenerme, donde está el "árbol de copas hacia abajo" que cobija con raíces. Quizá he perdido "la casa", el cobijo. Es así que se tiende a pensar que no es otro que la muerte.

¿Cómo afecta esta herida la visión de ti mismo y de los otros?

Puede que lo he dicho en la respuesta anterior se traduzca simplemente en "mientras más sé menos sé". Algo parecido a la famosa sentencia "lo único que sé es que no sé nada". Entre mis muchas preocupaciones nunca ha estado la religiosa. Si me he ocupado de bucear en el más allá, ha sido por necesidad cultural, no por buscar respuestas a una angustia personal. A la muerte la miro con naturalidad, no me produce ningún efecto especial, en el sentido de temor. Te confieso una sensación, por llamarla de alguna manera, que siempre me acompaña: quiero siempre envejecer rápido, estar en el final, llegar a la inevitable muerte. En tal sentido creo que amo la muerte. Creo que el dolor es vencible, me refiero a uno ontológico, de manera que puedo asegurarte que jamás me suicidaré. Al mismo tiempo siento una gran seguridad. Es como si todo estuviera preestablecido y si hay vida después de la muerte -tema por el que tampoco me devano los sesos- hay en mí la certeza de una colocación. Ahora bien, esta herida primordial mía, la ignorancia, posiblemente afecte la visión de mí mismo en el sentido de considerarme inútil. Con relación a los otros, igual. La literatura es, así, el mejor remedio, pero también parte de la maldición. Afecta, porque llegamos a la pregunta final de si esto tiene sentido o si merece la pena.

¿Cuáles son las cualidades y los atributos que encuentras más distintos a ti mismo?

Evidentemente las que yo no tengo. ¿Y cuáles son? Discuto el concepto mismo. Por ejemplo: la paciencia debe ser, a la vista de todos, una cualidad. Sin embargo, buena parte de las veces resulta utilitarista. Un atributo, en mi criterio, es enfrentar la vida con dignidad, es decir, pasar por ella sin permitirse nunca provocar la compasión ajena. En cuanto a diferenciación, somos intelectuales y, en consecuencia, seres ex-céntricos; en otras palabras, seres fuera del centro, distintos. Se nos ha llamado de diversas maneras, "poetas malditos", "locos", etc. Al haber desarrollado una percepción mucho más amplia del mundo y de la vida estamos expuestos a una sensibilidad hipertrofiada: sentimos lo que los demás no sienten y reflexionamos sobre esos dos temas como no lo hace el ser mediocre, es decir, la generalidad. Si somos seres distintos, ¿qué sentido tiene la pregunta?

¿Qué es lo que más aborreces de la vida?

Nada aborrezco, por la sencilla razón de que en algo he logrado comprenderla y entre otras cosas he aprendido de la inmutabilidad del ser.

¿Cuál es el miedo que te resulta más intolerable?

Me molesta la falta de coraje. No soporto al cobarde.

Crea un personaje ficticio con las características que rechazas.

Yo soy un personaje ficticio. Soy una invención de mí mismo. ¿Para qué inventar otro? No puedo inventar uno con las características que rechazo, porque en el fondo siento rechazo por el hombre como es, rechazo sólo porque el ser humano no es como debería ser. Tal vez realidad y ficción sean la misma cosa.

Háblame del mundo de hoy en torno a la supuesta creación de una nueva mitología en tu novela "Selinunte"

Vivimos en un mundo sin tensión dialéctica, carencia originada en la caída de las utopías. Ello conlleva la existencia de un solo polo hegemónico fundamentado sobre la producción y el consumo como engranajes en permanente movimiento. El hombre considerado como consumidor es producto de un vicio denominado "economicismo" o "capitalismo salvaje". No hay utopías y los mitos parecen limitarse a iconos de figuras emblemáticas que tocan una especie de sentimentalismo iluso subyacente en la psiquis colectiva. Los mitos, en sentido estricto, son aquellos creados por las primeras grandes civilizaciones, fundamentalmente la griega.
Vivimos una Edad Media tecnológica. La técnica no sirve sólo para el bienestar, sino también para la evasión. La técnica es un perfecto instrumento para alejar la necesidad de pensar. Este oscurantismo se traduce en un mundo sin códigos ni perspectivas, donde el sentido de la vida parece reducirse a consumir más y mejores productos que ablanden la dureza de la existencia. Si después de la Edad Media vendrá el Renacimiento es algo que jamás sabré.
Creo que algunos procesos se repiten, sin que se me pueda llamar determinista. En este sentido, ante el fracaso de las instituciones y de los grandes vicios de la democracia, creo que se está engendrando en alguna inteligencia la misma semilla de la Europa pre-facista.
Este mundo que nos tocó en suerte es, pues, gris y miserable, lo que justificaría aún más el concepto de la inmovilidad del "nirvana" o de la generalidad de las filosofías orientales. El mayor logro del hombre sería, así, superar el deseo y permanecer inmóvil.
Si creo o no creo en mi novela una nueva mitología es un planteamiento riesgoso. Lo ha afirmado un importante e insospechado crítico argentino. En cualquier caso, no fue mi propósito. El mito, en sentido estricto, es un hecho cultural. Puedo decir que sí, que creo cultura, como lo hace cualquier escritor que merezca ese nombre. El verdadero mito, así entendido, ha sobrevivido hasta hoy. En cualquier caso para mí el mito está en el lenguaje, quiero crear lenguaje. Tal vez por eso pocas personas entiendan mi narrativa, pues no es otra cosa que un delirio de la palabra.
Al unir la cultura clásica con el mundo del futuro simplemente estoy manifestando que, a pesar de mi concepto del hombre, creo en su capacidad de crear inmortalidad; de la pervivencia, junto a las deformidades humanas, de la grandeza que está en su interior y que la poesía es la única cosa que en verdad nos hace permanecer vivos. No sé si esta es una virtud o una insuperable maldición de la palabra.

¿En quien te convertirías si tuvieras que disfrazarte para salvar tu vida?

Me disfrazaría de sonido.


Al cogito cartesiano "pienso, luego existo" yo opongo "amo, luego existo". ¿Estarías de acuerdo?

Pienso que quizás Descartes no estaría tampoco en desacuerdo. El amor es un pensamiento, una idea.

La física cuántica da origen a una nueva metáfora que producirá una nueva imaginería. ¿Crees que en tus novelas te aproximas a esto?

Si no me equivoco el gran aporte de la física cuántica fue la demostración de la inexistencia de la materia. No hay un elemento final que podamos decir es el "elemento". En realidad todo es energía que gira. La cuántica demostró, a mi modo de ver, como falsa la supuesta separación entre la física y la poesía. Esa penetración de la cuántica en el descubrimiento de la esencia de la vida es altamente poética. De allí su vecindad con las conclusiones milenarias de las filosofías y religiones orientales. Sabes bien que se han hecho los estudios respectivos de esas vecindades. Conceptos como el de "espacio vacío" han quedado aniquilados y la demostración de la influencia del observador sobre lo observado tiene una importancia enorme. Sí, admito que en mis novelas está la presencia de la física cuántica, como está en Borges. Sin conocimientos de cuántica no se puede entender al maestro argentino y el punto clave para hacerlo es el cuento "En el jardín de los senderos que se bifurcan". Por una esencial relación, cuando se conoce la cuántica, lo oriental comienza a influenciar tu escritura. Acostumbro contar la existencia de una claraboya en el llamado "cuartico de los santos" en mi casa de Carora. De niño me acostaba en una hamaca a mirar el movimiento circular de miles de partículas que podían verse en el rayo de luz que entraba - y entra- por el cristal. En mi escasa edad de entonces me preguntaba porque dentro de esa luz se veían tantas cosas y fuera nada. Sólo lo vine a entender con la cuántica. Además, cuando conoces esta nueva física que sustituyó la clásica o mecánica, inevitablemente te sientes integrado a una fuerza universal. Todo es energía y no hay espacio vacío ni siquiera entre planetas con distancias astronómicas en años-luz que los separan, o supuestamente los separan. Comienza uno, entonces, a penetrar con un aceptable grado de comprensión en los planteamientos de las sabidurías milenarias. Fíjate que mi segunda novela se titula "El efímero paso de la eternidad" y está centrada en una nekyia, o viaje a las regiones interiores de la mente; pues bien, no es un concepto nuevo ni mucho menos; eso es lo que intenta Homero en el canto XI de "La odisea". Formamos todos parte de la energía universal que es lo existente. Ahora bien, al hacerme la pregunta estabas pensando en "Selinunte". Sí, podría hablarse de una nueva metáfora en esta novela, de una metáfora sobre lo que espera al hombre que no es otra cosa que el viaje interminable en el espacio. ¿Imaginería me dices? Un imaginero es un pintor de imágenes y alguien criticaba en mi novela que era una sucesión interminable de imágenes. Imaginería tiene también que ver con lo sagrado; me nutro de la antigüedad clásica, especialmente la griega, para demostrar, o al menos intentarlo, que la poesía pervivirá en una sociedad tecnológicamente avanzada. Tal vez haya eso que el poeta y crítico argentino Luis Benítez señalaba como una nueva mitología.

¿Crees que hay un Dios cuya esencia es la locura?

El poeta y novelista chileno Jorje Alejandro Lagos Nilsson escribió en "El Universal" que de la lectura de Selinunte había concluido que Dios se parecía a un personaje de un novelista inglés, borracho y loco. La física cuántica demostró que no era verdadera la famosa frase de Einstein "Dios no juega a los dados".
Sí, hay esencia de locura. Dios no escapó a la locura que acompaña a todo creador.

¿Cuál es la parte esencial de tu "yo" que se oculta tras tus personajes?

No se escribe para ocultar, se escribe para decir. Quizás lo correcto sería preguntarnos que parte de ese "yo" se muestra en los personajes. En realidad hay algo de nosotros en cada uno de ellos, lo que no significa, de modo alguno, que sean autobiográficos. Hay algo siempre, puesto que es posible que le hayamos atribuido la visión de un amanecer o se haya extasiado delante a un mar embravecido como nosotros mismos lo hicimos alguna vez.

¿Crees que el miedo a la vida y el miedo a la muerte son equivalentes?

Sí, lo creo. Te respondo al revés: yo, que digo amar la muerte, lo hago porque amo la vida. El amor a la vida y a la muerte son equivalentes.

¿Cuáles son tus prejuicios más incorregibles?

No tengo prejuicios.

Si tuvieras un hermano, ¿cómo te lo imaginarías? Deja que él hable con su propia voz.

Si tuviera un hermano me lo imaginaría como mis hijos, como Roberto y Mario Romano. Así sería. Tú los conoces, conoces sus voces, sabes como hablan.

¿Eres obsesivamente crítico contigo mismo y con los demás?

Soy implacable conmigo mismo. Lo era con los demás, pero ahora tengo una mayor comprensión, de manera que mi única víctima soy yo.

¿Qué bálsamos utilizas para tus heridas?

Uso saliva. Cuando era niño aprendí que la mejor manera de atemperar el dolor cuando uno se quemaba o se hería era utilizando las propias sustancias que el cuerpo generaba.

¿Tienes miedo de hablar de tus flaquezas?

No hago más que hablar de ellas.

Cuándo revisas tu vida, ¿qué ves?

Veo lo efímero.

Todo ser humano tiene su parte mala, ¿cuál es la tuya?

Debo tenerla, pues todo es dualidad; sin embargo no encuentro maldad en ninguna de mis actuaciones en la vida.

¿Tienes algunos sueños que se repitan? Relátalos.

Sueño todas las noches, como todo ser humano, pero sólo por vía de excepción recuerdo lo soñado. Jamás se ha repetido un sueño.

¿Dirías como "Fausto": "Este globo terrestre ofrece todavía campo para grandes acciones. Han de realizarse cosas dignas de admiración; siéntome con fuerza para una osada actividad”?

Mi opinión sobre una Edad Media tecnológica al fin de este milenio me impide hacer semejante proclamación de heroísmo. Por lo demás, no será este globo terrestre el escenario de las grandes acciones, sino el espacio exterior. Lo que provoca admiración también ha cambiado de signo: en esta sociedad de capitalismo salvaje lo digno de admiración bien puede ser ganarse unos millones de dólares. Finalmente, no, no tengo fuerzas para intentar utopías ni para arremeter contra molinos de viento.

¿Qué es lo que más te deleita?

Los niños. Uno de los secretos de la vida es no perder la infancia. No porque el mundo adulto sea áspero, no, no estoy hablando de evasiones. Me refiero a conservar una especie de limpieza original. Fíjate que los escritores nos nutrimos, fundamentalmente, de infancia y de cultura. Con ambas hacemos lenguaje.

Te pregunto con Mefistófeles (Goethe): ¿Qué es abominado y siempre bienvenido? ¿Qué se anhela con ardor y se rechaza sin cesar? ¿Qué es lo que siempre se protege?

La tercera de tus preguntas es de fácil respuesta: los hijos. Las otras dos hay que responderlas al tenor de estos tiempos. Se aborrece el dinero, pero siempre ayuda. La de en medio tendría que responderla alguien que esté dispuesto a venderle el alma al diablo y ese no es mi caso.

Estamos influidos por los libros que leemos ¿quién eres tú a la luz de esos libros?

Un conocedor de lo humano.

¿Qué piensas de la afirmación de Freud "no existen otros que nos influyan, sino nuestras propias ideas sobre esos otros son las que nos influyen”?

El quid está en que nuestras propias ideas no han nacido bajo nuestra exclusiva responsabilidad.

¿Qué piensas de la afirmación de Jung "el amor es a la vez divino y demoníaco”?

Todo lleva en su seno lo opuesto, pero siempre uno de los elementos predomina. Para mí el amor en una invención humana, un hecho cultural, uno que ahora mismo está en peligro lo que se traducirá en un cambio civilizacional de grandes consecuencias.

Cómo dijo Nietzsche ¿Crees que el arte impide que muramos de realidad? ¿Cómo lo explicarías?

Precisemos: para mí el arte no es evasión. Tampoco para Nietzsche. El concepto mismo de realidad es erróneo. Digamos, entonces, que el arte es la manifestación de un desacuerdo - por utilizar una expresión suave- con la realidad real. El arte es un desacomodo. En lo personal, si no escribiera, la realidad me hubiera matado. Así, la escritura no es evasión, sino el método más efectivo que se haya inventado para lograr la supervivencia.

¿Cuál crees que es el animal más peligroso de la Tierra?

El hombre.

¿Crees que vivimos en una época de desmesura?

Lo que caracteriza este tiempo es la pequeñez, no la grandeza.

¿Cómo puedes encontrar a un león que te ha devorado? Sigue el rastro que el viento esparce...

Me estás citando. Te refieres a aquel verso mío "huelo a hombre que el viento esparce..." Si me ha devorado presumo en el león una indigestión tremenda. Soy indigerible.

¿Por qué el hombre debe desprenderse de aspectos de sí-mismo? (Lo hace a diario y desde que nace).

De lo que soy - fracaso, poesía, palabra, invención - me desprendo cada vez que publico un libro y ni siquiera eso parece verdad, dado que estás demostrando que soy el mismo desde el primer libro hasta el último que escribiré antes de morirme. Entonces, puede que en vez de desprendimiento debamos hablar de dictado incesante.

¿Qué puedes decir de los personajes femeninos de la literatura?

Recuerdo a Flaubert afirmando "Madame Bovary soy yo". Recuerdo a "Madama Sui”, ese increíble retrato de Roa Bastos de una putita paraguayo-japonesa. Obviamente viajo hacia alguna literatura inglesa. En lo personal -en mi novela Selinunte- tenemos a Ariadna, una mujer cuya mano en la de Teseo (Gobernador de los hombres) es más importante que el poder, o Sarielba, cuyas vacilaciones de mujer ejecutiva sumen en la perplejidad a Heraclio (su pareja circunstancial) o a Neóbula, cuyos comportamientos vecinos a la promiscuidad alimentan la imaginación del poeta Arquíloco. Más allá, en mi segunda novela, asistimos a un viaje al interior de Leshaa Akrab, viaje que consiste en la aproximación a su mundo mental, condición indispensable para proyectar el viaje hacia las esferas espaciales superiores. En esta novela el personaje femenino es depositario del universo todo.

¿Crees que la maldad se contagia?

Por supuesto que no.

¿Qué es lo último que querrías ser?

Ser vida es lo único.

¿Qué cualidades admiras más en los escritores de este país?

No creo que se puedan generalizar cualidades y defectos. Sin embargo, pienso que entre nosotros una cualidad que se debe tener, so pena de perecer, es la de la constancia.

¿Qué significa para ti la palabra engaño?

Como diría un diccionario, "la acción y efecto de engañar".

¿Cómo son o como definirías a las mujeres que te educaron? (Madre, tías, abuelas, nanas, maestras).

Como dulces y bondadosas. Tuve una infancia feliz y una educación adecuada. No recuerdo ni el más insignificante rasguño en la época de mi proceso educativo.

¿Cuáles crees tú que deberían ser las características de un buen escritor?

Detesto pontificar, pero siento que la fundamental es el rigor. Me molesta el escritor descuidado, el que no está sobre su texto con una lupa en la mano. El descuidado, el que cree que todo le salió a la perfección y envía a la imprenta textos que dan pena; ese me saca de quicio. Mi tesis es: no importa lo que dijo, pero si lo dijo con rigor merece respeto

¿Qué es lo que no perdonas en los escritores nuestros de cada día?

La complicidad para repartirse premios y prebendas, para alzar al olimpo a escritores mediocres, para copar -y cerrar para los demás- los medios de expresión literarios. No perdono el "endiosamiento" de algunos a quienes se coloca como "figuras consagradas" que pueden decir lo que les venga en gana, no perdono la alabanza desmesurada al joven que publica su primer libro y se le llama "genio" en una insoportable manifestación primitiva de estupidez. No perdono el silencio a que se somete a todo aquel que no pertenece a la "mafia" de turno. No perdono la ausencia de una crítica seria y su sustitución por prestidigitadores de la alabanza interesada. Se me hace intolerable aquel que logró alzarse con una parcela de poder y gasta todo su tiempo en excluir a los demás. En suma, las mediocridades, las patanerías y las ridiculeces no son perdonables.

¿Cuál es tu escudo? ¿Con qué te proteges? ¿Contra quién? ¿De qué manera?

Mi escudo es el aislamiento. Me protejo contra las insignificancias, la mediocridad y la pérdida de tiempo.

¿Qué es la originalidad en un escritor?

Original es aquél que crea lenguaje.

¿Crees que todos los pensadores originales coinciden en el fondo?

En el pensamiento, como en la ciencia, siempre estamos ante una ilación. Nadie viene de la nada, como si antes nadie hubiese pensado. Es curioso -tal vez sea una virtud que concede la madurez- cómo se pueden descubrir coincidencias entre quienes alegan sostener las posiciones más encontradas. En algunos casos pueden encontrarse en una teoría los más fuertes argumentos para defender la opuesta. En el pensamiento originalidad no significa encontrar algo que nadie antes había vislumbrado; creo, más bien, que la expresión debe referirse a los orígenes, a lo primordial, a una nueva manera de volver sobre lo mismo.

¿De qué naturaleza es ese manantial que murmura en los poetas?

En los poetas murmura el manantial original, el de la esencia de la vida, el lenguaje de los pájaros, la música de las esferas.

"La expresión crea ser", dijo Bachelard. ¿Qué piensas?

Es por ello que recurrimos a la palabra. Alguna vez escribí: "Me empeño en dar a las palabras/potencia de linterna". Antes te hablé de una inconformidad: es decir, el lenguaje nos permite convertirnos en deicidas, conforme a la afortunada expresión de Vargas Llosa. Esto no quiere decir que no nos asalte la frustración. Recuerdo un verso de Rafael Cadenas: "La palabra no es el sitio del resplandor, pero insistimos, /insistimos nadie sabe por qué". O aquel otro de Jesús Serra: "Soy/el hombre que pesca en las palabras, /carne".

El esfuerzo psicoanalítico de Freud se realiza sobre el tema del sexo como origen de todos los traumas. ¿Qué piensas?

En Freud este planteamiento fue un extraordinario punto de avance, pero después vino tu admirado Jung y situó las cosas en su sitio. Después de cada avance del pensamiento donde se exacerba una visión actúa el tiempo y lo que era primordial se integra al conocimiento como otra faceta, una más entre sus pares.

¿El lenguaje fragmenta lo que la intuición percibe como simple?

Sobre la intuición está la inteligencia. El lenguaje no fragmenta, marcha hacia el centro, aún cuando deconstruya.

Hay pensadores que dicen que primero no fue el Verbo sino el Eros...

El Verbo es uno de los padres del Eros.

La psiquiatra Julia Kristeva dice que en el amor "yo" ha sido "otro". El individuo deja de ser indivisible y acepta perderse en el otro. ¿Podrías localizar aquí uno de los orígenes de las grandes obras literarias?

El amor, invención de occidente, como en su momento lo señaló Denis de Rougemont, puede que esté también incorporándose a la lista de cadáveres de este comienzo de milenio, al lado de la historia, de las revoluciones, de la noticia y de las utopías. Ese tema me interesa ahora. Las grandes obras literarias son el simple producto del talento con el esfuerzo. El autor que concluye la gran obra es también producto de la fortuna.

El amor es presentado en "El Cantar de los Cantares" como un antídoto contra la muerte. ¿Qué piensas?

La muerte no tiene antídoto.

En tus respuestas te acercas a Jung ("Psicogénesis de las enfermedades mentales") en lo que se refiere a que los poetas saben más sobre el alma humana que los mismos psiquiatras...

Un de los méritos fundamentales de Jung es haberse acercado a lo humano desde una perspectiva que tiene mucho de poético. Un ejemplo es, sin duda, sus estudios sobre el mandala. Quizás cometa una aberración al decir que Jung acercó la psiquiatría a lo humano, pero quiero decir que se alejó de lo propiamente animal para aproximarse al alma. Otra aberración: uno puede - haciendo un ejercicio de imaginación- concebir a Jung abandonando la psiquiatría para dedicarse a escribir poemas. Por eso me explico que tú, poeta, asumas a Jung con tanta pasión. Jung sabía que el alma no era la mente. Los poetas somos burbujas de la fuente primordial, nos nutrimos de la esencialidad de la vida. Los poetas no somos locos, somos seres deslumbrados en la Luz. Llega un momento en la búsqueda de la sabiduría en que el conocimiento de lo humano abruma.

¿No crees que esto trae una gran responsabilidad?

No, los poetas somos esencialmente irresponsables.

En un mundo sin utopías, ¿qué papel juega el escritor?

La gran interrogante de este triste comienzo de milenio versa sobre si la literatura tendrá capacidad de devolver la fuerza a la utopía. Mi respuesta muy personal es que sí, puesto que pienso que la basura de la literatura "light" cejará ante la verdadera literatura. Mientras tanto, los que no somos "light" debemos meternos en nuestros escondrijos, pero debemos seguir escribiendo, desde nuestras flaquezas, debilidades y falta de talento, para que la literatura cumpla con el gran desafío que sobre ella se explaya.

¿Qué significa el sonido para ti que tienes una buena caja de resonancia? ¿No serás tú mismo el sonido del cual te disfrazarías? ¿No será que no puedes salir de ti mismo?

Me aproximo a Schopenhauer en cuanto al mundo como representación. Seguramente me disfrazo de mí mismo. Salgo de mí mismo cada vez que escribo. También lo hago cuando trato a otro; eso equivale a que presumo de transparencia. Hablaba de sonido por la música, una relación que no mucha gente conoce. Soy lo que en Lara, mi región natal, llaman un "sordo", es decir, alguien incapaz de distinguir una nota de otra o de ensayar algún paso de baile. Disfruto intensamente a los clásicos, aún cuando mi ignorancia sea total. La sensibilidad del escritor me ayuda a comprender. Amo a Carpentier porque creo que su literatura es de una identificación casi lineal con la música. Carpentier era un músico. Creo en la literatura como sonido. Al mismo tiempo, no hay nada más efímero que el sonido, aún con los modernos sistemas de grabación, pues, al reproducir, ya han alterado. Ser un sonido significa en mí una ambición. Creo que el sonido es anterior a todo. Cuando estamos en el vientre materno escuchamos el sonido del universo. Algunos intentamos seguir escuchándolo aún cuando estemos vecinos a la muerte.

¿Te darías la libertad de intentar ser diferente a lo que eres?
Yo soy lo que soy y no puedo ser otra cosa, es decir, un escritor, un inútil.

Podrías bajar la guardia y decir que es lo que te duele realmente, me refiero a lo de la herida básica...

En esta entrevista no he tenido la guardia alta en ningún momento. Lo que me duele es ser hombre, la herida básica está en la condición humana.

¿Qué hay detrás de la inteligencia deslumbrante? (Freud: inconsciente-forma patógena/ Jung: Inconsciente-maleficio).

Tal vez me inclinaría por Freud, aunque no creo que en este punto se contradigan, dado que la inteligencia impide la felicidad y, en ese sentido, es una enfermedad y también un maleficio. Por lo demás, dominar la propia inteligencia es un ejercicio difícil. Si lo logramos puede que entonces seamos falsos. La inteligencia es siempre deslumbrante, a tal punto que impide el éxito.

No me digas que no lloras, todos lo hacemos. Nos educan diciéndonos "no llores, no muestres tus sentimientos, los hombres no lloran..."

Jamás me fueron dichas esas cosas, no hubo para mí educación frustrante y machista. Lloro, sí, pero no necesariamente con la manifestación exterior de las lágrimas. Hay una conjunción de sonidos que siempre me hace llorar y es la Novena Sinfonía de Beethoven: cada vez que la escucho lloro y en cada ocasión con lágrimas. Los escritores somos el dolor humano. Somos el llanto. Somos unos adoloridos de lo humano.

Cuándo lloras, ¿con quién cuentas?

Ya lo dije antes: he aprendido que el dolor sólo se vence con las sustancias que el propio hombre segrega. Quizás a eso se deba que una de las palabras que aparece más en mis libros sea saliva. Yo segrego palabras; con ellas cuento.

sábado 7 de junio de 2008

Dos notas sobre la novela “El efímero paso de la eternidad” (1998)


La palabra estalla en “El efímero paso de la eternidad”

por Marisol Marrero


La escritura ha tomado
la significación simbólica
de un acto sexual
Freud


La novela de Teódulo López Meléndez El efímero paso de la eternidad, es un viaje hacia el infierno subterráneo de lo eterno femenino. Este texto no es más que la descripción del acto sexual, utilizando el lenguaje mismo de la naturaleza lleno de una sensualidad exuberante. Por eso busco en los pliegues de sus frases lo oculto, la cantinela, el mantra, cuando en la página la palabra estalla.
En este novedoso texto, recordando a Aristóteles, se puede decir que "hay dos placeres máximos, el sexo y el pensamiento". Añadiría yo que ambos están llenos de demonios y que el primero de ellos es el autor mismo, que escinde su "yo" por la auto observación de "yoes" parciales, lo que le lleva a personificar en varios héroes los conflictos de su propia vida anímica.
Kairos: El viaje tiene dos vertientes fácilmente identificables; una es el recorrido hacia el centro de su propia psique. La otra es la penetración erótica hacia el fondo insondable de la mujer, a través de la vagina (kairos), que es la puerta de entrada a su inframundo, pasando por sus montañas internas que semejan volcanes en erupción. El escorpión de esta novela es también dual. En un sentido defiende el centro al proteger la entrada. Aquí podríamos citar la vieja leyenda malí según la cual a la primera mujer se le transformó, para la defensa, el clítori en alacrán. Por el otro lado, el escorpión(falo) es avezado en la penetración a los infiernos. Entre los mayas el dardo simboliza el órgano sexual masculino. Es así que este reviste toda la ambivalencia simbólica, como en la serpiente. En este texto, aunque altamente intelectualizado, subsiste el horror del macho ante el eterno mito de la vulva con dientes. La hembra del escorpión devora al macho, lo que se reproduce en los humanos con la fuerza del coito, en los intercambios y los giros en barrena.
Incertum: En esta parte del texto el autor lo dice: "lubricaremos con semen" y agrega "los dedos tirabuzones para hurgar" en lo desconocido, para saber: la curiosidad sexual del niño en las inolvidables etapas descritas por Freud en el proceso de desarrollo de su sexualidad. Así, las sábanas donde se produce el acto, manchadas por los humores propios del amor, se cambian por esa "inmensa sábana blanca".
Katabasis: Esta parte del texto describe el descenso a lo largo del laberinto, donde "... empujando de un lado a otro ayudado por el vértigo de la caída", "nada amortigua ni refrena el avance", "una sensación de ahogo comienza como una descomposición de las partículas del aire"; "el calor iba en aumento, pero se soportaba porque el envión parecía impedirnos la toma de los caminos alternos que veíamos vertiginosamente desplazarse a nuestro paso como invitaciones al equívoco..." Si estas palabras no describen la penetración de la mujer, no soy una de ellas.
Pedipalpo: Este otro momento del descenso describe la batalla sobre Lesha, la protagonista femenina, "donde las lenguas de Ofiuco Megeros y del fuerte Tamiat" incursionaron poniendo a prueba la voluntad del escorpión (falo) que controló los deseos de aguijonear la carne. Según una leyenda malí "la concepción que es para los demás signo de aumento, es para ellos la señal de la muerte inminente", porque los pequeños del escorpión desgarran sus flancos y comen sus entrañas antes de salir a la luz. También en esta parte de la novela aparecen los negros celos ante el engaño, dado que se presenta el rival Tamiat, "dador de exquisiteces". Pero los celos se alimentan espiritualmente y estimulan la pasión a través de la imaginación, concibiendo ideas que se le atribuyen al objeto celado. El autor lo dice así: "Uno y otro hombre se alternaban en la mente". Los celos constituyen un trabajo incesante de reflexiones y conjeturas que atormentan hasta poblarnos de pesadillas. Es una actividad permanente de vigilar gestos, movimientos, actitudes, miradas, risas, cuchicheos.
Y entramos en Dédalus, el laberinto donde se desenvuelve el autor, Asterión, el minotauro (tauro), signo zodiacal del novelista. El ego, el centro del mundo subterráneo, sus miedos inconscientes. Podríamos decir que en el fondo de cada palabra anida una frase inconsciente. ¿Qué hay detrás de los "huesos", "cráneos carcomidos", "fuegos", "lava", "carbones encendidos", "furia líquida", que el novelista explaya a lo largo de El efímero paso de la eternidad? Diríamos que el toro y la ternera en el laberinto: efectivamente, van de laberinto a laberinto, de oscuridad a oscuridad. Las contracciones de ella, su respiración entrecortada, sus secreciones. Asterión va hacia la cópula total, la pasión profunda estalla en palabras. Delira el lenguaje al recordar, se abisma "en lo otro", cae hacia adentro. Al leer con asombro los arrebatos de los signos en esta novela uno vuelve a recordar que todo discurso amoroso está urdido de deseo.
En la parte titulada Anabasis sigue la penetración procurando lo más profundo del ser. Ofiuco, el personaje masculino, está mordido en el tobillo y la serpiente se le escapa, se escinde, el "yo" se parte en dos, en Ofiuco y Tamiat, el otro hombre de este drama, éste último el amante creador de monstruos que se rebelan a los dioses. ¿Por qué esta escisión del personaje masculino? En cualquier caso, entra en escena otro "yo", muy oculto, Albumazer, el viejo sabio alquimista que dice: "Mi sabiduría es mi dolor". Respecto a este aspecto, el don Juan de Castaneda dice que "el miedo y la claridad causan la derrota del hombre". También nuestro recordado amigo Ludovico Silva planteaba que la mucha claridad lo estaba matando, más que el alcohol y el cigarrillo; argumentaba que sus vicios eran productos de esa claridad.
Al final de El efímero paso de la eternidad el centauro porta en la mano izquierda la semilla de la mujer, los sexos se entrelazan, la cópula se realiza, la semilla se hace carne pese a todos los riesgos, pues las crías devoran, se sublevan, traicionan. Nadie los tocará sin exponerse a su picadura.

“El efímero paso de la eternidad” o la novela del tiempo femenino

por Luis Benítez

I. Protagonistas / coprotagonistas: ser tres para ser una

La segunda novela de Teódulo López Meléndez también tiene por escenografía un decorado de ciencia ficción, pero a diferencia de lo que sucede en Selinunte, en El efímero paso de la eternidad este decorado conservará adrede su condición de tal, no intervendrá definitivamente en la trama del discurso, no será empleado como recurso con la misma intensidad. En El efímero paso de la eternidad, lo que importará será establecer un clímax favorable para que la palabra sea la encargada de definir los contornos concretos de las situaciones, para que la forma se suelde “excesivamente” al sentido, suplantando al escenario supuesto de una ciudad-planeta de un tiempo futuro. Lo que pasará a primer plano no será exactamente lo visual, como sucedía en Selinunte, construida en mucho de su estructura a través de fuertes imágenes plásticas; en El efímero paso de la eternidad será el mismo discurso el encargado de tomar ese espacio, como recurso para internarnos en el universo que busca el autor: el de un viaje iniciático, un periplo que comienza en el tiempo ordinario de Leshaa Akrab, la protagonista de El efímero paso de la eternidad, una modelo de escultores del futuro que se desdoblará, como ya veremos, en dos personalidades más: la amante de un faraón enterrada viva junto con el monarca egipcio y María, una cantante argentina incrustada por la historia que desliza sus claves en El efímero paso de la eternidad en la época de la última dictadura militar que asolara a su país (1). El viaje de iniciación que muestra El efímero paso de la eternidad empieza a través de la primera sección de la novela, titulada Nekya, un término que alude al descenso a los infiernos de la mente, como bien aclara el autor en el glosario que cierra la novela. Los dos segmentos siguientes de El efímero paso de la eternidad, Albumazer y Eridanus, serán la continuación y el cierre (relativo) del viaje iniciático. La narración implementada por López Meléndez para subrayar lo vertiginoso, lo alejado de las posibilidades del lenguaje para mostrar o demostrar una intensidad semejante, ahondará en construcciones que atiendan a la alusión y a la vez a la elusión, dos mecanismos de gran sentido en la búsqueda de la epifanía poética, trasladados de género a la narrativa. El espacio de la acción, del suceso narrado, es demasiado estrecho para lo que desea escribir el autor en El efímero paso de la eternidad y es por ello que apela a recursos extragenéricos, que trasporta a la prosa narrativa a fin de subrayar mejor las pocas probabilidades de la descripción –un sine qua non de la prosa narrativa- para dar cuenta del objetivo que él se propone (2). Es que si bien Leshaa Akrab conserva la memoria de sus desdoblamientos, estos, al ser aludidos por el relato tomarán para sí mismos esos segmentos del discurso, cada uno haciendo desaparecer momentáneamente a los otros dos. Quiere esto decir que la aparición de la amante del faraón o de María y su terrible historia, no surgen en la narración como interacciones con los demás protagonistas, ni siquiera en la escala de acción más reducida que brinda la técnica de las historias simultáneas. López Meléndez logra representar magistralmente este juego de sustituciones témporo-espaciales, brindando la ilusión de que mientras María desliza su clandestina existencia por las páginas con las que atraviesa un período histórico de la Argentina, Leshaa Akrab y la amante del faraón se sumergen en la esfera de la vida potencial, sin ser anuladas, desde luego, pero llegando a su expresión más mínima. Resulta como si se transformaran las otras dos coprotagonistas en parte de la sombra de María, quien a su vez, cuando una de ellas avanza al primer plano y, por así decirlo, domina momentáneamente el plano de la acción, se sume a su vez en esa misma sombra con la que quedó latente en ella y esperando su momento de ocupar el multiplicado cronotopos que propone El efímero paso de la eternidad. Este juego de sustituciones, por supuesto, tiene un sentido clave en la narración instrumentada por López Meléndez. Es una función necesaria del texto para que éste organice una escena continua, la del viaje iniciático, que atraviese al mismo tiempo a las tres mujeres que son una sola y anule el tiempo y el espacio donde todo esto sucede. Es necesario, porque difícilmente se puede representar a través del lenguaje algo que está ubicado fuera del tiempo y del espacio, a menos que la capacidad de sugestión que el lenguaje posee –una capacidad poética, insisto, no prosística- permita deslizar la narración de la novela a territorios limítrofes, marginales, mejor conectados con esa inmanencia a la que desea aludir/eludir, en un constante juego de ida y vuelta, la única forma de llegar a destino tan esquivo, tan intangible, tan concreto como resulta cuando el autor logra llevarnos hasta allí. Es por ello que decimos que el discurso ocupa el escenario entero, que desplaza a la escenografía de relato de ciencia ficción, pese a las alusiones hechas a estructuras y claves de ese subgénero. López Meléndez necesita tanto orientar como despistar para llevar adelante su juego en El efímero paso de la eternidad, debido a que no puede irse directamente hacia un objetivo literario como el señalado.

Leshaa Akrab, que asesinará a su amante, no será entonces importante dentro de la novela porque cometa un crimen pasional, como sucedería en otra propuesta donde la “acción virtual” ocupara el primer plano. Será importante sólo en función de lo mismo que le brinda sentido a la copresencia de la amante del faraón y de María, la cantante perseguida por la dictadura militar argentina: porque Leshaa, María y la judía sepultada viva tras la muerte de su señor son, más que personajes dotados de carnadura propia, recursos literarios del autor para llegar a lo que se propone, escalones iguales, idénticos, en un viaje iniciático que no nos lleva ni hacia “arriba” –reputado el sitio de las esferas superiores- ni hacia “abajo” –dirección entendida como conducente al inframundo- sino a otra dimensión donde, naturalmente, ninguna de las tres existe, produciendo el escalofrío especular de que el escritor y su lector, tampoco. ¿Entonces qué, la nada? Tampoco esa categoría: lo que señala más bien López Meléndez es que su texto conduce a una rendija entre la nada y su obligado opuesto, el todo. Es el tipo de destino que tenían, muy probablemente, los viajes iniciáticos de la antigüedad clásica. Un puerto donde las cadenas de anulaciones anteriores permitiera arribar a un conocimiento que incluso trascendiera el último par de opuestos, aquel que discrimina entre lo cierto y lo falso.

II. En el kairós

En El efímero paso de la eternidad encontramos, desde el título mismo de la obra, una alusión –sí ésta de tipo directo- al kairós, una de las posibilidades de entender el tiempo según la filosofía griega clásica. Kairós, además, será la vagina (como puerta de ingreso a la instancia de la nekya, en el viaje iniciático aludido por la novela). Vale decir, que dentro de los desdoblamientos instaurados abundantemente por López Meléndez, la voz griega kairós se adueña de dos significados: el de origen y el asignado en la estructura narrativa.
El kairós es, en sí mismo, un paso dentro de la eternidad dado en la escala de la temporalidad sucesiva, un espacio de ruptura abierto por la incisión que se produce al intercalarse ambas escalas temporales. “La puerta entre los mundos” (categoría espacial siempre aludida en la literatura de iniciación mística) es precedida siempre por una “puerta en el tiempo”, que no otra cosa es el kairós, definido como un instante que contiene todos, el momento de lo inefable. Es, si considerado fuera de sus parámetros, efímero, mas a su vez –en su propia medida del tiempo- dura lo que la misma eternidad.

Kairós, para la escritura bíblica, será algo diferente: es el instante en que se produce el encuentro entre el dios revelador y el hombre histórico (a fin de cuentas, también una referencia a una iniciación). Sin embargo, aunque la apropiación cristiana de éste y muchos otros términos griegos le da otro significado, redirigido hacia la divinidad, el que nos interesa es el originario.

En el mundo griego antiguo existían diversas nociones del tiempo, plasmadas en otras tantas expresiones idiomáticas. Por ejemplo, tenemos la expresión êmar –de ella derivó îmar, que en griego moderno significa el período luminoso de la jornada- aplicable exclusivamente a expresiones bien concretas, como nostimon êmar, “el día del retorno”. También existía aiôn, para aludir a la duración de la existencia humana; Platón usó esta expresión para referirse a la fuerza de la vida, que abandona al hombre en el momento de la muerte. Además, para designar al momento adecuado para la realización de algo, empleaban los griegos la expresión hôra, la que seguramente emplearon en Salamina como “el momento de derrotar a los persas”. Cuando se referían al tiempo que vemos escaparse a través de los relojes, los griegos usaban otra expresión: Chronos, entendido como una divinidad –es el Saturno de los romanos- significativamente hijo del cielo (Uranós) y de Gea (la Tierra), el matrimonio sagrado de lo masculino y lo femenino, lo positivo y lo negativo, la luz y la oscuridad, lo espiritual y lo material. El hijo de estos simultáneos principios era entendido también como la transformación permanente de lo concreto. Chronos es el cambio continuo, la dinámica que impulsa el paso de la existencia –en su aspecto positivo- y también el transcurrir que todo lo devora después de que ha pasado cierto período. La isla de Rodas era el sitio elegido por los antiguos griegos, cada año (cuidadosamente medido) para venerar a este dios y símbolo del devenir. Durante la ceremonia se sacrificaba un hombre al transcurrir del tiempo, bajo las mismas intenciones que animaban a los aztecas: obligar a chronos, que es todo sucesión y cambio, a devolver vida forzado por esa muerte, en todo tiempo y lugar innecesaria.

En lo que hace al término que nos interesa, kairós, lo empleaban los griegos para referirse a un momento de oportunidad, de ocasión favorable, un instante donde la conciencia y la circunstancia se complementan para producir un cambio o una revelación. Nótese la diferencia con el hôra, al que nos referimos antes. Así como el chronos es el tiempo del transcurrir, kairós es el tiempo de la máxima intensidad; así como el chronos es el tiempo cuantitativo, el kairós es el tiempo en su sentido cualitativo. El ahora habitual es un dominio del chronos, en tanto que la trascendencia del momento es una característica del kairós. Esta categoría especial del tiempo exige del hombre que sea aprovechado ese instante: en la Carta a los Efesios, san Pablo indicará que conviene vivir “exagorazómenoi tón kairón”, esto es, “haciendo buen uso del tiempo”. Como tiempo favorable para la realización de los actos del cuerpo y del espíritu, el kairós lo es también para la plenitud y el placer superlativos, para acceder a otros planos de conciencia. En definitiva, kairós es el momento del éxtasis, del religare (de donde proviene el término latino religio, religión), el instante propicio para la reunión del yo individual, separado del resto de las partes del universo, con las otras porciones de lo existente, la unidad. Esta noción del kairós como instante propicio para el éxtasis, que destruye la división y las categorías, se apoya también en la interpretación de Arcelisao de Pitane, el séptimo patriarca de la academia platónica. Nacido en el 300 a.d.C. en una aldea de Esparta, Arcelisao interpretó que dada la imposibilidad de acceder a la esencia misma de las cosas, la aparente validez de todas las posiciones –contrapuestas y enfrentadas- que tratan de dar respuesta a los problemas centrales de la filosofía, lo limitado de nuestra capacidad de raciocinio y las distorsiones inherentes a la aprehensión de la realidad a través de los sentidos, el único camino que le queda al sabio es la suspensión del juicio, el epojé, para aproximarse al sentido último de lo existente. El epojé arcelisiano necesita de la ocasión adecuada, cuando la conciencia, por una parte, y la circunstancia, por la otra, se tornan favorables, se encuentran en un tiempo que se puede definir como característicamente cualitativo (kairós).

Una de las mentes más brillantes del Siglo de Oro español, el escritor y jesuita Baltasar Gracián, maestro del conceptismo, admirado por Arthur Schopenhauer y por Friedrich Wilhelm Nietzsche (quien tomó de él, probablemente, su estilo marcadamente aforístico), afirmaba lo que parece un contrasentido: “¡Cuán mucha es la nada!” y también que la cifra cero tiene ambiciones de infinito. Sabemos que el cero es un símbolo, una representación del kairós.

En el instante en que Leshaa / María / la amante del faraón, la mujer triple de Teódulo López Meléndez, rompe la estructura temporal anterior, el chronos donde vive sus múltiples existencias signadas por hechos sucesivos (su relación conflictiva con Ofiuco Megeros en la ciudad de Philologus; su existencia clandestina en una Argentina dominada por una dictadura; su condición de enterrada viva en una tumba real, respectivamente, son circunstancias propias del chronos), ingresa en la ocasión favorable, el instante de eternidad del que hace buen uso iniciando la nekya, el descenso iniciático a los infiernos de la condición humana.

Leshaa / María / la amante del faraón, la mujer triple, aparece como el personaje que desencadena el discurso que constituye realmente la novela El efímero paso de la eternidad; una sucesión paroxística de imágenes sinestésicas, donde los sentidos a los que apela el autor se funden y desdoblan. Lo táctil se ve, lo visual se gusta, los sentidos así no sólo se desordenan, como lo quería Arthur Rimbaud para lo mismo, sino que se multiplican, como Leshaa / María / la amante del faraón, la mujer triple, lo hace.

Dentro de la tradición cultural occidental, que garantiza la primacía desde hace más de 3.000 años de lo masculino sobre lo femenino, aquellas virtudes que estimamos “positivas” son símbolo de lo varonil. La lógica, la capacidad misma de razonar, lo luminoso, lo fuerte, lo estable, son todos valores asignados a una simbología masculina. En vez, lo femenino tiene por atributos lo irracional, lo oscuro, lo débil, lo inestable. Se oculta así que la primera organización de lo humano fue realizada por un matriarcado, que las primeras deidades que forjaron los hombres en sus mentes y representaron en cuerno, marfil y hueso eran divinidades femeninas. Esta relegación a lo marginal de toda la simbología femenina arrastró consigo a aquellas variantes de la conciencia que no deben interrumpir el flujo normal del pensamiento especulativo –atribuido como vimos, sólo a los hombres- indiscutiblemente este último dominio del chronos. Entonces, según esta arbitraria división, quedaría para el otro tipo de tiempo imaginado por los griegos la condición de “femenino”: el kairós es el dominio de lo no utilitario –el hôra-; de lo no luminoso –el êmar-; de lo que no tiene que ver con la duración de la vida y sí mucha relación con su opuesto, la muerte, en tanto que es ésta momento de ruptura de la continuidad de la existencia –el aiôn-. Consecuentemente, de los cinco tipos de tiempo que imaginaron los griegos cuando estaban construyendo nuestra cultura, sólo el kairós podría asimilarse a la simbología femenina.

Esta última cualidad cerraría el círculo de nuestra especulación respecto de El efímero paso de la eternidad, mostrando que esa figura geométrica, el cero atribuido al kairós, implica una fisura dentro del tiempo masculino especulativo, un hueco, un agujero en lo temporal objetivo y sucesivo, una fisura que abre la posibilidad no sólo de escapar del fluir de chronos que se dirige exclusivamente hacia la muerte, no solamente la ocasión propicia para acceder al éxtasis, sino también otra posibilidad implícita. La de huir del dominio de la ley masculina, de Ofiuco Megeros, que como el Teseo de Selinunte, domina y posee un doble discurso. La metáfora desplegada por Teódulo López Meléndez se aclara pensando que para estar en manos del eufemismo, la descripción del mundo que hemos reseñado más extensamente antes, es condición sine qua non “estar” dentro del mundo. En el tiempo de la eternidad –aunque su paso sea efímero, como todo momento lo es, más allá de su intensidad cualitativa- que es el kairós, la descripción eufemística del mundo no puede tocarnos, dado que el kairós es, en sí, la fisura misma de toda descripción totalizante. El epojé arcelisiano, la suspensión de los sentidos durante el éxtasis, el mundo que se extiende a partir de la nekya, escapan a toda descripción racional y el universo burgués es una de ellas: una construcción cultural que, durante un instante provechoso, es borrado por otra.

NOTAS
(1) “El Bedeutung es el objeto al que se refiere el signo. Naturalmente, no se ha de entender, en forma ingenua, que este objeto es siempre un objeto físico individual, sino que suele ser una clase de objetos. En cambio, el Sinn es el modo como este objeto se presenta a la mente o es entendido. El ejemplo más clásico es el de la pareja de expresiones / estrella vespertina / y / estrella matutina / que, según Frege, aunque en la astronomía clásica se consideraban como dos estrellas diferentes, en realidad ambas se refieren a Venus. El planeta Venus, por lo tanto, es el Bedeutung de ambos signos, pero hay dos Sinnen, dos sentidos, dos modos de intencionar el objeto, como ´Héspero´ o como ´Fósforo´ (Quine, 1953).”
Eco, Umberto: Segno. Ed. Instituto Editoriale Internazionale (ISEDI), Milán, Italia, 1973.

(2) “1] Novela de vagabundeo. El protagonista es un punto que se mueve en el espacio, que carece de características importantes y que no representa por sí mismo el centro de atención artística del novelista. Su movimiento en el espacio (el vagabundeo y en parte las aventuras, que consisten principalmente en pruebas) permite al al artista exponer y evidenciar la heterogeneidad espacial y social (estática) del mundo (países, ciudades, culturas, naciones, diferentes grupos sociales y las condiciones específicas de su vida). Este tipo de representación del héroe y de estructuración de la novela es el naturalismo de la antigüedad clásica ( Petronio, Apuleyo, peregrinación de Escolpio y otros, viajes de Lucio el asno) y la picaresca europea: Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, Franción, Gil Blas y otras. El mismo principio, pero de una forma más compleja, predomina en la picaresca de Defoe (El capitán Singleton, Moll Flanders y otras), en la novela de Smollet (Roderick Random, Peregrin Pickle, Hamfry Clincker). Finalmente, el mismo principio de representación del héroe fundamenta, en su forma más compleja, algunas variedades de la novela de aventuras del siglo XIX que continuaron la línea de la picaresca. La novela de vagabundeo se caracteriza por una concepción puramente espacial y estadística de la heterogeneidad del mundo. El mundo es la contigüidad espacial de diferencias y contrastes; y la vida representa una alternancia de distintas situaciones contrastantes: buena o mala suerte, felicidad o desdicha, triunfos o derrotas, etcétera.”
Bajtín, Mijaíl Mijáilovich: Estética de la creación verbal. Siglo XXI Editores, México DF, México, 1998.

viernes 30 de mayo de 2008

Mesticia



por Rafael Rattia


Por bondad de su autor, Teódulo López Meléndez (Barquisimeto, 1945), confieso que he tenido el gratificante placer de leer y regocijarme en el singular poemario que ostenta el título de esta breve 'reseña literaria'; sí, esa pretensión tienen las líneas que siguen modestia aparte. Así son los avatares de la vida intelectual: cuando más deprimido está uno por los implacables impactos que ejerce la abominable 'realidad' real sobre nuestra frágil sensibilidad estética, justamente cuando uno está a punto de sucumbir ante la hórrida tentación del caos psíquico que genera esta 'asquerosa vidilla', entonces el cartero toca a tu puerta y ¡zas!, ahí está la redención provisional por medio de la poesía. Sin más preámbulos diré a mis lectores, ¿cuántos son, cuántos se han ido?, las impresiones que me causó el largo y sostenido canto del bardo larense, López Meléndez. Lo primero que impacta en MESTICIA es la pluralidad temática que exhibe este impecable ejercicio de fascinación imaginativa; desde el lacerante desasosiego dicho y vivido por el inmortal Fernando Pessoa, pasando por una especie de ars lingüística, no sin antes recorrer los insospechados territorios ígneos de la memoria, el exilio, la extranjía, la incertidumbre, la muerte, la Historia, la lluvia, la sed, el miedo, el deseo, la pintura y todos los presentimientos que suelen asediar las más altas cavilaciones de un auténtico poeta. Por ejemplo, hay un bello poema que, a modo de prolegómeno, el autor quiso titular 'Perdido' donde el lenguaje conviértese en borrasca y las sílabas caen, por doquier, heridas, sin códigos. Son palabras del poeta; sólo me remito a transcribirlas como acto de fe. Este escritor patentiza una vasta y sólida cultura universal en la que se destaca un cierto escepticismo en torno al poder descriptivo de la palabra que funda la realidad objetiva. Tan sólo puedo testimoniar un tono desafiante en la confección de algunos versos que por momentos truécanse en epitafios capaces de conmovernos hasta las lágrimas dada la contundencia que intrínsecamente reflejan algunos fulgurantes aforismos contenidos en dicho poemario. Tal por ejemplo: 'sin palabras un poeta no es hueco en el vacío gangrena' (p. 12 Sin Palabras). También observo una serena irreverencia propia de quien ha alcanzado un nada deleznable grado de lucidez en relación a las potencialidades creadoras de la palabra poética. Es como quien contempla la ceniza sin entusiasmarse demasiado con el Ave Fénix. El escritor sabe perfectamente que la infinita libertad del verbo poético no admite ningún tipo de cortapisas. Puedo decir, sin temor a equivocarme, o tal vez con derecho a hacerlo por la vehemencia de mi subjetividad de lector, que el autor de MESTICIA abre las esclusas de su desbordante imaginación hasta dejar al lector exhausto, casi sin aliento. La expresión poética de este aeda andariego ilumina los más recónditos intersticios del topos ouranos de la espiritualidad del sujeto leyente. En MESTICIA hay casi de todo: lascivia, erotismo tanático, deseo carnal, coitaciones virtuales, naufragios de lengua y saliva; pérdida y recuperación del poder evocatorio de una memoria empeñada en dejar la marca metaforizada de una escritura a modo de palimpsesto. Esta última afirmación puede comprobarse en el largo y bien estructurado canto titulado 'Medusa' que se va fragmentando intencionalmente a la manera de un sugerente caleidoscopio semántico en el que los motivos marinos y sus inagotables corolarios y fulgurantes sinonimias se van destejiendo y, simultáneamente, dibujan un maravilloso fresco de fragantes imágenes corporeizan nuestra propia y secreta náyade terrena.

Desde el 22 de enero, y en ese instante a 20 pies de altura me pregunto cuál es el oculto sentido de esa entidad, no me atrevo a decir libro, que conocemos como El efímero paso de la eternidad, justo en la págna 81 me detengo y no debo seguir adelante, necesito una pausa pues línea tras linea, capítulo, párrafo, entrada, me asalta la sensación de estar enfrentado un documento (?) críptico. De dónde pudo salir una escritura como esa, sus misteriosos intereses, nada la vincula a la literatura venezolana, está colgando de una galaxia oscura y sin duda tenebrosa, y es mejor que así sea, si entrara en contacto con los lectores sería la alucinación mortal de quienes no están preparados para la gratuidad de una dimensión impune. Análisis del horror del vacío cósmico pervertido al quedar atrapado en la historia humana, esta novela (?) es aquello que Lovecraft presintió y que nos mostró en su estatuto realista: espanto encerrado en una cripta o demonio sin identidad atrapado en el espacio. Pero esto que leo se me antoja la inmersión en ese abismo sin fondo donde sueños y dolor se juntan por medio de la aceptación de la más completa orfandad, la del prometeismo llevado a su expresión mortuoria, la potencia humana degradada en su extravío en un futuro que aterra porque está construido con el miedo de la criatura hecha de mal de un pasado vivo en la tumba del mito. Horror, naturalismo, exploración de la raza humana en una perspectiva amoral, fuera de la historia y librada a su absoluta incertidumbre, esa donde las referencias cesan, astrologia medieval con galaxias oprimiendo la memoria de unos seres que juegan a ser monstruos, nada me auxilia para situar este texto demencial y perfecto. Dije Lovecraft, pero tampoco Karel Capek me socorre, hay algo impune y criminalmente eficiente en esta expresión (?), escritura que parece haber conjurado todas la fisuras de un tema como este. Sólo estoy seguro de que es un texto revelado, pero cómo probar esto cuando su autor, hoy, nos acosa con sus análisis del socialismo del siglo XXI y democracia. Lenguaje de revelación buscando revelarse a sí mismo, descifrase y hacer elocuente un sonambulismo vedado como comunicación, iniciado en sueños del futuro cuya semilla arranca de la sospecha del mal como tarea humana. Texto críptico, si los hay, contra el realismo y explorando sin piedad oscuras tensiones del terror. Dónde termina lo animal orgánico y empieza la fabulación de una raza perdida en lo sideral devorador. Has traido la perturbación a este pobre sujeto que se admira con tu hallazgo aún secreto y que me deslumbra hasta el supremo placer del silencio. ¿Quién eres en verdad TLM?

sábado 24 de mayo de 2008

Los primeros ensayos

por Marisol Marrero

Ensayo político:

Introducción a la política (1969)
El venezolano amaestrado (1972)
Reflexiones sobre la República (1978)

Ensayo literario:
Jardines en el mundo (1986)
Pessoa, la respuesta de la palabra (1992)

Ensayo político:

Teódulo López Meléndez comienza escribiendo ensayo político. Pertenece a una generación que llega a la vida pública en 1958, a la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Si se quiere, una generación frustrada, pues ninguno de sus miembros alcanzó la Jefatura del Estado. Sus miembros, brillantes en su casi totalidad (incluyendo los que mueren en la insurgencia guerrillera), partían de un profundo idealismo: se iba a la política a servir, la política era una especie de sacerdocio laico. Además, creían que no bastaba la acción, sino que debía fundamentarse en un marco teórico. No extraña, entonces, que nuestro autor comience a escribir para acompañar su actividad en el marco del social-cristianismo. Su primer libro es Introducción a la política que, visto a la distancia, es prácticamente un manual para jóvenes, lo que no deja de extrañar si consideramos que el autor tiene 24 años en el momento de la publicación. Allí pasa revista a todos los conceptos básicos que podían servir de referencia a la acción: el concepto de política, el análisis de los partidos políticos(con criterios que se realizan ahora en nuestros días, casi 30 años después), la concepción del Estado y su organización, conceptos que advierten sobre un economicismo vigente hoy, análisis sobre el personalismo (muy en boca en algunos pensadores cercanos a su corriente política original) y largos párrafos sobre la comunidad internacional y la organización en grandes bloques integrados, signo anunciatorio de su vocación por la diplomacia que lo llevará a vivir en varios países. Por supuesto que el libro está marcado por los conceptualistas más vecinos al pensamiento social de la Iglesia como Jacques Maritain, Giorgio La Pira y Emmanuel Mounier, pero la bibliografía del volumen indica un conocimiento muy profundo de pensadores de todo tipo, tal vez demasiado amplio para el joven que comienza. Un signo inequívoco del fin poco afortunado en política podemos encontrarlo en radicales planteamientos de reforma del Estado, planteamientos aún hoy polémicos e irrealizados.

En el interregno aflora la poesía, como el inicial Alienación itinerante, pero el ensayista que escribe para sustentar la pelea política vuelve con un volumen que habría de convertirse en un best-seller, como es el caso de El venezolano amaestrado, que agota edición tras edición y aparece en primer lugar de venta en los registros que sobre tal asunto lleva la prensa de la época. El volumen registra una impresionante lista de notas críticas elogiosas y es asumido como texto por las Escuelas de Comunicación Social de las universidades nacionales. Aún hoy -años después de la última edición- es considerado uno de los libros que los estudiantes más fotocopian en las bibliotecas. Sin embargo, este libro marca una variante en el pensamiento político del autor. Es furibundamente marcusiano, profundamente marcado por la llamada Escuela de Franckfort. Herbert Marcuse y compañía (Adorno, por ejemplo) destilan en sus páginas en un descarnado análisis de los medios de comunicación venezolanos, especialmente la televisión, en una profundización impecable en el concepto de alienación y en una demostración desgarrada del fracaso de la educación venezolana. No se ha dicho antes, pero ha debido decirse en su momento, que López Meléndez encarnó con este libro el mejor alumno de Marcuse que haya existido en el país.

Aflora el narrador en el primer libro de cuentos, Los escribientes moriremos, pero el ensayista político que comparte con Teodoro Petkoff y Américo Martín los primeros lugares de venta en este tipo de literatura, vuelve a las andadas, siempre de manos de la Editorial Fuentes, con un volumen que consideramos especialmente importante, Reflexiones sobre la República. Lo es, a nuestro modo de ver, por varias razones, entre las cuales porque el autor escribe despojado de cualquier influencia ideológica y porque es la primera gran advertencia que se lanza (hecho que nadie ha reconocido) sobre la desastrosa evolución que en los años posteriores tendría Venezuela. La primera observación significa que en este volumen López Meléndez se convierte en el intelectual que puede mirar y reflexionar sobre su país y ello advierte que el autor se está alejando de la actividad política para dedicarse al pensamiento. No es fácil colocarse en esta actitud. Sólo una gran madurez intelectual lo permite, como en el caso de Mario Briceño Iragorry, sin que esta referencia signifique que estamos estableciendo parangón o comparación de ningún tipo. Y luego, en este libro, desafortunado en su momento por la crisis que acabó con la editorial que lo publicaba, está preanunciado todo el proceso de degradación que nos ha llevado a la denominada crisis moral. No es un libro moralista Reflexiones sobre la República, aunque sí de reclamo intenso. Salvador Macías, memorable articulista de El Impulso de Barquisimeto, aseveró que la voz de ese libro le parecía de la estatura del ex-Premier y pensador francés Pierre Mendes France.

Ensayo literario:

TLM es lo que escribe en sus ensayos:

Jardines en el mundo es un texto de ensayos que se inscribe en la tradición del libro de viajes, pero de uno impulsado por la pasión de los libros y de sus autores. Cada lugar que describe, cada lugar que visita, es el asiento de un escritor, es la búsqueda constante de los congéneres, una identificación de literatura y movimiento.

En la primera parte del libro que da título al volumen va a Florencia a buscar a Papini. En Gardone ve la casa de D´Annunzio. Del hemisferio norte nos cuenta de las narraciones navideñas de sus escritores. En Punta Rossa descubre a la Maga Circe y asegura que "basta ir allí para descubrir la literatura, porque Ulises pasó por esta costa y Circe trató de encantarlo".

En todo el texto se muestra a plenitud el espíritu de observación de nuestro autor. Ve el paso de las estaciones y el reflejo de éstas en su espíritu: "el tiempo exterior va con el interior". Aflora, no obstante, un gran cansancio, al afirmar "la vida debe ser empujada, vivir exige esfuerzos". Se pasean ante sus ojos los carnavales de Venecia, con Casanova, y de Viena, con los valses de Strauss, la Universidad de Coimbra con murciélagos que hacen la limpieza, Teresa en Avila, el lugar de Aleixandre, la Sevilla de Machado, Alberti, Juan Ramón, García Lorca. Papini es una callejuela que desemboca en la gran avenida D´Annunzio, pero, como del gran toscano quería ver los libros, tocarlos, aprender idiomas como él. En algunos párrafos rechaza la "brujería", este autor que ahora toma la alquimia para dibujar con ella nuevos textos. Marcha a Bomarzo de mano de Manuel Mujica Láinez: "estoy seguro que no hay otro caso en que una ciudad haya salido de una novela para materializarse, como lo ha hecho ésta...". Y agrega: "Aquél parque lleno de monstruos de piedra fue construido en la segunda mitad del siglo XVI, pero puedo jurar que, en verdad, fue edificado por un novelista a millares de kilómetros de aquí, en la Argentina, y transportado por los medios específicos dela literatura hasta este punto en que lo miro este mediodía brumoso de primavera". El poder la palabra, aquí como en todo este volumen, es el verdadero creador de realidad.

López Meléndez descubre unos ensayos cortos de Baudelaire sobre los cosméticos, visita a Víctor Hugo en el metro de París, se encuentra con Alberto Moravia por las calles de Roma, se detiene en Italo Calvino, salta a Brasil a hablarnos de Manuel Bandeira y hasta en la tumba de Marx se detiene para llamarlo un "clásico".

En la segunda parte del libro titulada "Verbigracia" se hace más político y abarca asuntos como el Convenio Andrés Bello, el problema de la integración tanto andina como europea, la formación de bloques regionales, del exilio (interior y exterior), en fin de una serie de temas que rompen la delicia de la primera parte consagrada a escritores y que quizás ha debido incluir en otro volumen, pues nos quedamos con ganas de la magia en que nos mantenía sumergidos

Reconstruyendo a "Pessoa en La respuesta de la palabra":

Pessoa, la respuesta de la palabra es la historia de la derrota de un poeta. Un profundo análisis de Pessoa, que, como dice la contraportada "no se trata de un ensayo sobre la poesía de Pessoa de manera directa, pero sí indirecta, pues se demuestra como el contexto histórico-social determinó la obra de aquél hombre".

Para López Meléndez, Pessoa es un mito que sigue la misteriosa alquimia de las transformaciones psíquicas de sí mismo. El escritor lo observa, pero éste es a su vez un poeta del cual forma parte, al ser de la misma naturaleza creadora. Lo reconstruye paso a paso por las calles de Lisboa y los fantasmas de nuestro autor se proyectan en la gran pantalla de Pessoa y sus diatribas. Obsesivo como él, se sitúa en las calles de la ciudad donde por dos años siguió las rutas, los itinerarios, por bares y recovecos, deteniéndose donde aquél lo hacía, respirando los mismos aires que dieron aliento, asimilando la saudade hasta la última gota. Como Pessoa, López Meléndez escribe "en la mediocridad del país, en su crisis política, en la ausencia de crítica y de escritores trascendentes".

Según Jung existen cuatro métodos para explorar lo ignorado en un paciente, en este caso un escritor. El más simple es el de la asociación, cuyo principio consiste en la búsqueda de los complejos más marcados, aquellos que se manifiestan por perturbaciones en la experiencia de las asociaciones. Para López Meléndez, lo mismo que para Pessoa, escribir es la magia de crear, pero el escritor es un frustrado y un solitario que encuentra la libertad en el sueño, en las imágenes que proyecta. Y le teme al exceso de cigarros y a las iras que le traen desconsuelo, porque, al fin y al cabo, aquél es un lunático que "saca cuentas y prepara artículos para la Revista de Comercio". Como Pessoa, López Meléndez se ocupa de política, de economía, de crítica literaria, de historia, de poesía.

Pessoa, al mostrar sus debilidades, se empeña en subrayar la "ridiculez" del amor, aunque en sus cartas a Ofelia aparece un enamoramiento normal y corriente, en el cual la familia de la pretendida le aterra. El amor se enfría, renace, pero al fin termina, atribuible según nuestro escritor, a las interferencias de Alvaro de Campos, el homosexual heterónimo del poeta portugués. Lo que quiero significar es que en este volumen no hay aspecto del gran poeta luso que nuestro autor no aborde. En buena medida, otros libros de López Meléndez, parten de esta vecindad con Pessoa. Por ejemplo, Selinunte, novela que nuestro autor escribiría mucho más tarde, puesto que, como aquél, pretende la aproximación del ideal griego con la sociedad moderna, mientras López Meléndez, incluso, va más lejos al intentar llevar ese ideal hasta un futuro lejano y planetario. "El modernismo de la mano de Pessoa supera la necesidad de una mera visión y sensibilidad para constituirse en instrumento para constituirse en instrumento de rescate del subconsciente portugués y transformarse en motor de un pequeño pueblo que asume una tarea planetaria". Al igual que en Selinunte, donde un pueblo asume una tarea planetaria. Como dijo Jung, "el inconsciente no es mero depositario del pasado, sino que también está lleno de gérmenes de futuras situaciones psíquicas e ideas". Los hombres para Pessoa, como seguramente para nuestro autor, "son lugares psíquicos donde se encuentran las fuerzas básicas y primordiales del dinamismo universal". Los mismos pasos de Pessoa: rechazar el camino mágico, superar el camino místico y finalmente acogerse al camino alquímico. Y sigue escribiendo con manos, que como en las de Pessoa descritas por él, "las venas transparentan la piel".

viernes 16 de mayo de 2008


Dos notas sobre la novela “En agonía” (2005)