miércoles, 8 de julio de 2015

El mito político


Teódulo López Meléndez
   Los mitos giran entre dioses, monstruos y héroes. Son creencias de una cultura, buena parte de ellos inducidos, y son consideradas como verdaderas. Originariamente se les puede considerar un relato oral, mientras en nuestro tiempo son producto del “marketing”.
   Los pueblos antiguos conservan los suyos cosmogónicos (la creación del mundo), las religiones los teogónicos (el origen de los dioses) y los pueblos engañados los que simplemente llamaremos poligónicos.
   La temporalidad de los mitos es distinta a la de la historia, con particularidades en los mitos políticos, generalmente provenientes de una falsificación de la misma. Paralelamente tenemos la leyenda, que es también una relación de sucesos más maravillosos que verdaderos, aunque con un fondo histórico que puede ser real, de manera que aquél a quien se ha hecho entrar en una puede ser identificado. No hay explicación sobrenatural en la leyenda, le basta relatar lo no comprobable.
   Para decirlo con palabras propias de los efectos civilizacionales actuales el mito es una organización de imágenes. Suele mediatizarse el político con valores y sentimientos para sostener una acción política de masas, especialmente si quien los genera pretexta lo que desde su intento de imposición denomina “revolución”, o “reconstrucción de la república” o “cambio social”.
   Para ello se recurre a la propaganda, a la manipulación mediática muy similar a la de una arenga militar, lo que le permite tratar de hacer de su edificación un permanente. Se llega así a hacer del ritual una sacralización hasta el punto de hacer ver que cualquier resistencia al proyecto de poder en curso es contraria a la propia identidad y a la propia legitimación social.
   La expresión “mito político” es original de George Sorel (Reflexiones sobre la violencia, 1935). La definición implica que no habrá movimientos revolucionarios sin mitos aceptados por las masas. El dramatismo del mito lleva al compromiso emocional dado que otorga significados a la acción política de sus constructores. Fascismo, nacionalsocialismo y comunismo deben mucho a sus tesis.
   En América Latina apareció, por esa vía, la divinización del líder populista siempre alzado contra la oligarquía, contra los enemigos extranjeros que pretenden mancillar la “patria” y contra los autores de todo tipo de “guerras” contra la pretensión hegemónica. Después de la muerte el mito tiende a cosificarse lo que hace al pueblo que lo sigue uno ahistórico. Como el mito político se funda en símbolos no pueden encontrarse conceptos, apenas un juego para movilizar permanentemente a favor de los herederos del mito.
   El mito político es una subespecie del mito que traduce todo a sentimentalismo, convirtiendo a la gente en una “unidad” que atrae, mediante su expansión publicitaria, a nuevos miembros y que permite movilizar sin la aridez y dificultades de los argumentos teóricos. Esto es, el lenguaje puede degenerarse, la reflexión echada al cesto de la basura y lograr la masa mediante la imposición de las imágenes que la creen.
   El mito político, su utilización, es un elemento de retórica discursiva, un elemento estratégico de comunicación para amalgamar voluntades en torno a la memoria del héroe así construido. Es una combinación de simbolismo que se hace para el objeto, no una representación, dado que la imagen transmitida es el héroe mismo. Es obvio que el mito generalmente se teje alrededor de un “héroe”, uno en el cual sus “hazañas” integran la combinación misma. La creación del mito político es, pues, un hábil ejercicio de artificialidad ejecutado por manipuladores, generalmente desde el poder, pues se requiere una gran presencia hegemónica comunicacional para su fundación. Una de las vías más utilizadas es la referencia constante a una figura histórica resaltante y clave con la cual se identifica al mito en construcción, hasta arribar, como en numerosos casos, a describirlo como de la misma estatura de la referencia e, inclusive, hasta como superior en la etapa subsiguiente.
   El mito político se corresponde con el dramatismo, con el lenguaje efervescente dirigido a crear conciencia que el mito no es el héroe, un ser individual, sino que ahora es todo el colectivo, uno donde todos son “hijos” suyos.
   El mito político es enmascaramiento, un modo para justificar un orden. Si la política es interrogación cotidiana, el mito tiende a cosificarse, aunque sirva por un lapso para lograr mediante la fantasía una voluntad colectiva. Así, pasa a ser la fuente fundamental de estabilidad del nuevo orden. Antonio Gransci, vecino en este tema a Sorel, el fundador del término que dio lugar a los grandes mitos políticos que azolaron al siglo XX, lo considera indispensable para que las multitudes se conviertan en protagonistas de un proceso real, pues, para él, se necesita “la pasión del pueblo”. En otras palabras, sin mito no hay expresión real de la teoría revolucionaria o. si se quiere, no podría haber reordenamiento social.
  
   En el caso venezolano de la conformación de un mito político con la figura de Hugo Chávez, la profesora Maritza Montero, de la Escuela de Psicología de la Universidad Central de Venezuela, (Génesis y desarrollo de un mito político), partiendo de los sucesos del 4 de febrero de 1992 (intento de golpe de Estado), traza toda la evolución de este proceso que bien organiza en apartados tales como marginación de aspectos negativos, abstracción del condicionamiento histórico, creación de una genealogía mítica, construcción de una imagen predominantemente positiva, dramatización y polarización más resistencia a la crítica, conexión entre el proceso de mitificación y la situación de crisis, marcado componente emocional unido a identificación con el personaje mítico.
   Esto es, todos los ingredientes que conllevan al mitologema que recrea lo sucedido, dado que el carácter alegórico conlleva a que a partir de una cosa se represente y pase a significar otra. Para investigar esta fábula la profesora Montero realizó numerosos focosgroup para verificar como se incorpora a la narración el conjunto de representaciones míticas mediante los atributos conferidos.  O lo que es lo mismo, la interpretación mítica se realiza a partir de categorías extrarracionales provenientes, sin embargo, de ámbitos no míticos, pero que ignora o se produce paralelamente a la demostración lógica.  La expansión del mito requiere del establecimiento de un campo de batalla, vamos a llamarlo polarización, que conforme la expresión de una lucha feroz entre opuestos.
 
  Quizás debamos recordar el mito platónico de la caverna donde los hombres encadenados consideran a las sombras que ven como verdad. El mito político se encierra en una supuesta transformación de lo vivido y en la posibilidad de dar un nuevo sentido a la crisis, al contrario de los mitos platónicos o cosmogónicos. Como es frágil requiere de constantes restauraciones. Un tratadista clásico de los mitos como Ernest Cassirer (El mito del Estado, 1945) advierte sobre la invalidez de los mitos para la fecha en la que escribe, al inicio de la postguerra. Gyõrgy Lukács
(El asalto a la razón, 1953) señala al mito político como prueba de una ubicación histórica irracional y de una falsa conciencia. El mito político se construye, pues, desde una manipulación ideológica.
  
   En su libro Mitologías, escrito entre 1954 y 1956, Roland Barthes describe al mito como un lenguaje y se pregunta sobre la existencia de “una mitología del mitólogo”. Existen los mitólogos, los que fabrican los grandes mitos contemporáneos en pleno siglo XXI, sin percatarse de la fragilidad y temporalidad de ellos. En Mitos y símbolos políticos, Manuel García Pelayo nos describe el símbolo político como un antagonismo porque necesariamente hay que distinguirlo de quienes no lo siguen, generalmente denominados, agregamos nosotros,  como “enemigos del proceso”, pero al mismo tiempo como elemento de integración dado que fortalece una “identidad” dentro del mito político creado. Si este carece de significación los creadores del mito terminan sembrando desintegración. Las grandes fracturas y las grandes derrotas terminan cayendo como pesadas losas sobre los países que fueron sus víctimas.