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sábado, 17 de enero de 2015

Decadencia



Teódulo López Meléndez

   Una decadencia es la extinción de ciertas características de una sociedad, lo que podemos percibir claramente en nuestro presente. Esa ruptura societal es también señalada en términos sociológicos como ruina, dado que las condiciones generales empeoran a ojos vistas.
  
   Fue con La decadencia de occidente de Spengler (1.er volumen Viena, 1918; 2.º volumen Múnich, 1922) que se inició formalmente la conformación de una teoría filosófica del término, aplicada, claro está, a una civilización, aunque se puede hablar de decadencia de un grupo en particular o de un país. Al fin y al cabo la palabra implica declive, caída, empeoramiento, deterioro.
  
   Más contemporáneamente ha sido el historiador norteamericano Arthur Herman en La idea de la decadencia en la historia occidental (Edit. Andrés Bello, Santiago, 1998) quien ha vuelto sobre el concepto resaltando el pesimismo como uno de sus signos identificatorios, pero con afán histórico nos lleva hasta el romanticismo reaccionando frente a la revolución francesa y pensando el mundo se acababa. Herman habla de tres paradigmas del pesimismo, el racial, el histórico y cultural. En nuestro presente de país encontramos una absoluta caída cultural apreciable sobre todo en los dirigentes emergentes que dan muestras de una ignorancia conceptual, y en lo social, donde se ha aposentado un típico clientelismo populista.
  
   Es claro que el concepto de decadencia es mucho más antiguo y podemos rastrearlo en numerosos autores, siempre como un decaimiento casi lógico, si por lógica entendemos nacimiento, crecimiento y caída, como ha sucedido con todos los grandes imperios. Siempre a beneficio de inventario hay que reconocer en Herman la negativa a admitir leyes estrictas sobre el tema, esto es, su inexistencia nos conduce a pensar que frenar la decadencia es una decisión que un pueblo toma en ejercicio responsable. Lo fundamental es aprender, agregamos nosotros, que se está en decadencia, pues si esta admisión no puede haber esfuerzo. La caída cultural y social de Venezuela podría acometerse desde una gran insurgencia que nos devolviera el control, pero hay que partir de las admisiones.
  
   Después de la decadencia algo viene, no es ella el final, aún dentro de un necesario pesimismo intelectual que se afinca en la realidad. Las teorías sobre la decadencia son muchas y variadas, generalmente partiendo desde un panorama sombrío que no puede dejar de lado ni el concepto de poder, dado que este ha estado sometido a variaciones de fondo por influencia de la tecnología y porque hoy nos preguntamos si alguien tiene ese ingrediente para modificar realmente una relación social, que en nuestro caso, luce deslegitimada.
  
    Una decadencia encuentra en el plano de las ideas su expresión más acabada. Sin ideas ella es una acción progresiva hacia el oscurantismo que trae, por añadidura parasitismo. En la decadencia se asiste a una multiplicidad de voces anárquicas que encuentran vía fértil en las llamadas redes sociales, en una especie de renacimiento de un individualismo que ya no se expresa en un consumismo desenfrenado, dado que el modelo económico ha producido además escasez y carestía. Podríamos concluir en la aparición de un deber social atrofiado.
  
    Pareciera signo de Venezuela que a comienzos de cada siglo nos asalte la palabra decadencia. Bien lo supo José Rafael Pocaterra con sus “Memorias de un venezolano de la decadencia” (Biblioteca Ayacucho, Caracas). Ortega y Gasset, el prologuista de Spengler, reiteró que una cultura sucumbe por dejar de producir pensamientos y normas. Sobre los inicios del siglo XX venezolano se alzaron dirigentes de alta capacidad y formación, algo de lo que ahora carecemos. Había para el inicio del XX lo q Ortega gustaría de definir como “ideas peculiares”, unas ideas cargadas a fuerza de ser pensadas.
  
   Pocaterra no podía elegir. Estaba frente a un compromiso y lo cumplió a cabalidad, pensando como debía hacerlo, porque él era el pensador y, en consecuencia, el verdadero protagonista. Uno de los detalles claves para la decadencia es cuando un pueblo elige el mito.
  
   Hemos dicho el concepto de poder no se puede tomar de manera tajante. Podríamos, incluso interrogarnos, sobre el desafío de Pocaterra al describir la decadencia que le tocó en suerte, una que necesariamente implica al “poder” que la causa, conjuntamente, claro está, con todos los demás elementos de antecedentes históricos y de devaluación del cuerpo social.
   
    Gómez no era el poder, era una potencia, para usar la sutil e inmensa definición a la vez de Antonio García-Trevijano en “Teoría pura de la república” (edit. El Buey Mudo, 2010). La vieja definición de que el poder absoluto se corrompe absolutamente es válida, pero sus abusos muestran que le es inherente a su propia naturaleza y que resulta harto difícil puedan ser frenados por algún poder social (en muchos casos inexistente) o que esa “potencia” deje de imprimirle la característica que le es propia: hacerse obedecer.
  
    La decadencia de comienzos del siglo XX tenía otros antecedes históricos: las guerras civiles y los caudillos en armas. La de este en el derrumbe de una partidocracia que se empeña en reproducirse, pero en ambos casos se manifiesta en una “potencia” salvadora que se degenera, como lo hace el cuerpo social decadente.
     
    Por supuesto que de decadencia se habla desde hace siglos. Desde su expresión latina es declinación, ruina, algo que se aproxima a lo inanimado, desgaste, deterioro, lo que continuamente empeora. Sin entrar en disquisiciones sobre las teorías sobre ella podemos aceptar se refiere a lo que va perdiendo su valor e importancia, a un colapso societal. Tucídides usó la palabra sobre la guerra del Peloponeso y hasta para la peste que azoló a Atenas. En cualquier caso cuando hablamos de decadencia en referencia a los procesos sociales podemos clasificar por intensidades y duración. Esta de la cual nos ocupamos parece intensa y durable.