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miércoles, 4 de febrero de 2015

La evanescente realidad



La evanescente realidad

Teódulo López Meléndez       
    
  
Lo real es lo que existe, podría definirse por oposición a lo situado en el terreno de la imaginación o de la ilusión. No obstante, tal simplismo ha sido rechazado por la filosofía pues, para comenzar, los sentimientos y las emociones también son reales, tanto como la fantasía.
  
 El primero en desconfiar de los sentidos fue Platón al distinguir entre una realidad sensible e imperfecta captada por ellos y el mundo de las ideas, o Aristóteles, al suministrar el concepto de que cuando una posibilidad se concreta surge una nueva realidad. El punto fundamental estaba en la importancia atribuida a los sentidos en la comprensión del mundo, de allí a la conclusión platónica de que lo observado por los sentidos no era más que el reflejo de la verdadera realidad situada en el  mundo de las ideas, lo que conllevaba a considerarlo como una representación que carecía de un sustento propio.
  
Por supuesto que las visiones fueron cambiando, desde Aristóteles hasta Tomás de Aquino o hasta el empirismo afirmando que sólo existen percepciones del mundo o hasta Kant sumando lo percibido por los sentidos con las categorías mentales. Por otra parte, en el terreno de la lingüística se precisa sobre el significado de “realidad” como concepto abstracto y como concepto concreto, uno como el conjunto de todo lo que es real y lo segundo lo que es real para el sujeto concreto. Es decir, la “realidad” como algo conceptual o como cuantificable en el individuo existente.
  
Desde la filosofía clásica, con sus bases en esencia y existencia, desde los argumentos ontológicos hasta la reflexión sobre la “conciencia”, desde los esfuerzos por sintetizar racionalismo y empirismo hasta las distinciones entre realidad dada y realidad puesta como categoría de realidad, se ha tratado con insistencia de comprenderla a nivel de categoría. Lo que pretendemos mostrar, antes que un resumen de la filosofía sobre “realidad”, es que esta palabra ha sido y es esquiva en el campo de la fenomenología ontológica, lo real como opuesto a aparente, lo real como actualidad o realidad como existencia, la suposición de un acto de ser o la determinación de lo real por el grado de plenitud de ser.
  
Lacan llegó a diferenciar la realidad de lo real. La primera es sólo una percepción de los humanos y lo segundo es el conjunto independientemente de cómo lo perciban esos humanos. Así, la “realidad” está marcado por los medios lingüísticos culturales lo que lleva a la distinción entre significante y significado y, obviamente, a su tesis sobre el psicoanálisis y al sujeto asumiendo sus espejismos (Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis). O las tesis que pretenden actualización en el tiempo hablando de como la mente y el mundo construyen conjuntamente la mente y el mundo.
  
Quizás, para aproximarnos a nuestro tema deberíamos incidir en la distinción entre realidad y apariencia, pero primero debemos acercarnos a la Teoría de la Relatividad y a la física cuántica. Newton había establecido su “mecánica” que se suponía comprendía la naturaleza y sus leyes, pero la comunidad científica pronto percibió que las teorías no reflejan con exactitud la realidad. Einstein se puso a hablar del espacio-tiempo como una goma estirada que los cuerpos deformaban forzando así a otros cuerpos a acercarse. La cuántica, incluso llevada al terreno de la filosofía, puso bajo cuestionamiento el concepto de realidad tan como lo entendía la cultura occidental, con algo tan aparentemente sencillo como que no es posible medir todas las magnitudes físicas que definen un sistema, es decir, si no puedo saber el estado total de un sistema jamás puedo estar realmente seguro de lo que va a suceder. Podríamos concluir que la realidad es sólo que cada observador mide. Generalmente se habla en el terreno de la física de cosas como la inexistencia de una realidad profunda, de universos paralelos, de la realidad como creación de la conciencia. Tal vez fue el Físico Teórico Pascual Jordan quien mejor lo resumió: "La observación no solo afecta lo que se observa...también lo produce”
  
Stephen Hawking (The Grand Design) también se pregunta, vaya novedad, si la realidad existe y cómo podemos estar seguros de tener de ella una percepción verdadera y no distorsionada y apela a las leyes de la física como un consenso aceptado, de manera que cuando dejen de serlo dejarán de ser la realidad, lo que está más que demostrado en la historia del pensamiento humano. Generalizando, tenemos modelos de realidad, pero no la realidad misma. Como Hawking lo afirma todo concepto de realidad depende de una teoría. Para aproximarnos al concepto de realidad social deberemos, entonces, partir de la base de llevar al plural la palabra y hablar de realidades.
La realidad social
  
La realidad social bien puede definirse como una construcción simbólica estructurada por una sociedad específica, esto es, como una combinación de subjetividades que parte siempre de sus propios parámetros y prejuicios, derivadas de sus relaciones internas y de la visión de su entorno, uno condicionado por diversos tipos de factores, desde la información que circula hasta los paradigmas internalizados en las mentes de sus componentes. En otras palabras, la realidad de un cuerpo social sólo puede lograrse mediante el recurrir a abstracciones y análisis que van desde la psicología social hasta el análisis de los llamados medios de comunicación, desde la investigación sociológica de campo hasta la penetración en el lenguaje prevaleciente, desde las relaciones económicas – con todo lo que ellas implican- , hasta una medición del grado de conciencia política. 
  
La realidad social es por tanto multiforme, dada la obvia multiplicidad de sus actores y de los factores que le son inherentes. Desde el control social que se ejerce sobre los individuos hasta los valores, las formas de ejercicio del poder en su seno hasta la implementación de los cambios culturales, muchos de ellos ejercidos mediante apabullante propaganda por regímenes inclinados al totalitarismo. Todo lo cual nos lleva al concepto de cambio, o mejor a su posibilidad, por cuanto podemos admitir tiene la condición de transformarse, aunque el elemento historia nos indique que tales cambios suelen suceder por lo que denominaremos rupturas.
  
Los intentos de cambios originados desde arriba suelen encontrarse la resistencia ante la intervención social generalmente inspirada por una concepción ideológica ortodoxa, lo que equivale a denominarla como trasnochada. Los exitosos suelen provenir de factores internos de gran variabilidad y que van desde el hartazgo ante un sistema autoritario, lo que bien podemos denominar como factor político en sentido muy estricto, hasta una concepción amplia y conveniente de la política que abarca todo tipo de transformaciones internas que van desde la aparición de una nueva generación (la que se requiere formada, lo que en infinidad de casos no sucede) hasta una necesidad existencial que encuentre formas de expresarse y no sea taponada por los actores que anunciándola hacen todo lo posible por convertirla en inviable.                       
  
La calidad de vida alcanzada, fundamentalmente por el ascenso a estadística de clase media, implica –y lo estamos viendo en algunos países latinoamericanos- nuevas y mayores exigencias. Las crisis económicas que han azolado al mundo muestran procesos migratorios o conflictos de calle. En un siglo XXI que ha comenzado en la indefinición nos encontramos desde cambios sustanciales en el modelo productivo hasta la aparición relevante de lo local, transformada en algunos casos en solicitudes de independencia, desde la crisis del Estado-nación hasta un replanteo de las ideas en sustitución de las ideologías entendidas como cuerpos cerrados de doctrina que se proclamaban con respuestas a todo en el campo de la organización socio-política.
 
Por supuesto que en el mundo actual surgen otras fuentes de conflicto, desde un individualismo entendido como forma de defensa frente a la imposibilidad  de ejercicio de formas efectivas de cambio, hasta las explosiones propiamente dichas que hemos visto en los últimos años y terminadas en frustración. Encontrar un instante de cohesión capaz de producir cambios sociopolíticos significativos –más allá de una simple sustitución de un gobierno- es harto difícil cuando los errores amontonados han convencido a una población de la inutilidad de un esfuerzo. Ello implica la pérdida de valores tales como la comunicación, la empatía, la disposición para la acción común y, sobre todo, el respeto. Toda necesidad de cambio latente, o simplemente percibido implica para su concreción, un conocimiento de la propia historia, el saber de los imprevistos con que suele sorprendernos y la plena conciencia de que producirlo exige sacrificios en dramáticos precios a pagar.
  
La sociología ha discernido abundantemente sobre el concepto de “realidad social”. Desde las anteriores que la consideraban una integración de sustancias individuales por decisión voluntaria y racional hasta las más actuales que desdeñan de esa sustancia individual alegando que los individuos están modificados por los otros que han intervenido y modificado su propia realidad, constituyendo lo que bien podría denominarse una unidad primaria. Otros sostienen que lo social es pura imitación subsistiendo, obviamente, la individualidad que es lo que cada uno hace por sí mismo. Si concluyésemos que estas formas pertenecen a lo físico de cada individuo, pues no habría “realidad social” sino individuos con modulación social.
  
Desde los estudios de las Naciones Unidas sobre los alimentos que se suministraban a poblaciones sometidas a hambrunas por cualquier razón, desde económicas propiamente dichas hasta conflictos violentos, desde las concepciones más recientes del desarrollo sostenible hasta la realidad palpable de la movilización social, encontramos hoy la acción comunitaria como esencial, hasta la aceptación de formas de propiedad común conviviendo pacíficamente con la propiedad privada individual. Esto es, con pleno respeto por el individuo, al que preferimos llamar persona, la discusión excede a la teoría sociológica, y filosóficas claro está, y sus preguntas sobre la vida en sociedad, para trasladarse a cómo modificar la realidad social mediante un espíritu comunitario.
  
Una realidad social no es colocar un observador sobre un amontonamiento. Es la riqueza de la multiplicidad de alternativas que bien pueden concentrarse en objetivos, como un sistema "autopoiético", lo que plantea el concepto de conocimiento, hasta el punto de muchos hablar hoy de la necesidad de construir sociedades del conocimiento, como también este autor lo ha planteado como objetivo para su propio país. Ello implica desechar la comunicación como mera transmisión para convertirla en acontecimiento que autoriza al manejo múltiple de posibilidades o, si se quiere, es la apertura de una realidad a otra realidad. Cuando hablamos de cuerpo social entendemos que uno no acondicionado o cohesionado por la solidaridad ya no lo es, se ha convertido en un campamento, en una permanencia forzada, en un existir desprovisto. Sin embargo, hay que recordar que toda “realidad social” es siempre provisional, lo que llamaremos “un momento”, uno en el cual la “realidad” se ha hecho común, lo que quiere decir debe exceder a lo físico para ir hasta lo “imaginante”. No hay construcción posible de nuevas realidades sociales sin la presencia de la imaginación traducida a ideas. El conocimiento implica la toma y la respuesta, el conocimiento implica un juicio. Como el conocimiento puede definir la realidad.
  
En “La construcción social de la realidad", P. Berger y T. Luckmann plantean otro aspecto, si la realidad se construye socialmente es porque esta no existe, no está edificada y estas ideas socialmente determinadas es lo que llaman ideología. Es así como el hombre de la calle no tiene ningún interés en cambiarla, de manera que vive en el conjunto de los signos y valores que él considera lo real lo que les lleva a considerar una ilusión la pretensión de conocer una determinada realidad social en un proceso transformador. Si seguimos a estos autores concluimos en la ideología como una cámara oscura en el que la realidad parece invertida. En otras palabras, la pregunta es cómo es posible que los significados subjetivos se conviertan en facticidades objetivas, de manera que el objetivo de la sociología del conocimiento debe centrarse en las maneras que para ese hombre común de la calle se cristaliza la realidad ya establecida. Los objetivos fundamentales serían la conciencia, el mundo intersubjetivo, la temporalidad, la interacción social y el lenguaje.
  
Diría María Zambrano que el hombre es el ser que padece su propia trascendencia en esa búsqueda suya de unidad de la filosofía y  de la poesía de donde proviene el leiv motiv fundamental de su obra: la razón poética. Egon Friedel  (Historia cultural de los tiempos) habla del “fin de la realidad” basándose en los descubrimientos científicos que nos han mostrado la incertidumbre del cosmos. Hoy se dice de la contingencia, de la indeterminación, de lo inesperado, de la codeterminación y hasta del escepticismo sobre los comportamientos de la realidad como para mirar sus fenómenos. La ciencia ha elevado la observación por encima de la materia. De allí tesis sobre el caos, sobre la incertidumbre o sobre las estructuras disipativas, proceso en el cual el arte y la filosofía han hecho lo suyo, contribuyendo a una evasión del ya esquivo concepto de realidad. Hoy nos caracterizamos por el derrumbe de las certezas, desde los conceptos mismos de sujeto y objeto. La realidad se desrealiza, bien puede ser la conclusión.
  
La tecnología nos ha introducido en la simulación del ciberespacio que nos dota de un espacio imaginario donde lo físico es sustituido por lo digital, a la copia de un mundo donde nunca ha existido un original, tal como ha sido bien definido en casi todas las aproximaciones filosóficas a este simulacro. La realidad  ha sido absorbida plenamente por la realidad virtual. En este proceso evanescente lo material se evapora hacia una subjetividad acentuada que implica un creciente desconocimiento por la separación que implica entre la realidad  tal como fue descrita, sobretodo en la cultura occidental, y el modelo tecnológico virtual, uno donde la realidad real pasa a un segundo plano, si es que tal realidad real pudiera ser precisada. Esta realidad alternativa nos lleva a concluir que viviremos de los efectos sin concreción.

La realidad virtual
  
La realidad virtual es una simulación de otra simulación para permitir al usuario, mediante el uso del artefacto tecnológico, una apariencia de presencia dentro de ella. Esto es, modifica las coordenadas de espacio-tiempo para hacerse un continuo donde lo importante es que el otro no tiene presencia física, que está lejos. Este “compartir” permite una “relación” que es percibida como “real” y como una posibilidad de manifestar identidad.
  
Por supuesto que la tecnología ha abierto con ella posibilidades impensadas, incluso en el campo de la medicina o de la arquitectura, pero a nuestro objetivo lo que interesa destacar es que su principal “producto” es la sensación de presencia, la posibilidad de ser otro durante el espacio de la inmersión. Este “hacer cosas especiales” nos la presenta como un mundo activo e ilimitado. Si vemos el avance tecnológico constatamos la aparición de instrumentos que permitirán sentir hasta la forma propia de los objetos situados en el interior de lo virtual o cascos que colocan, en cada ojo, pantallas diferentes de manera de conformar un relieve. Sin detallar instrumentos parece avanzar a la conformación de una habitación con visión de 360 grados entregándonos cualquier circunstancia imaginable.
  
Por supuesto que los aparatos tecnológicos suelen ser espectaculares, lo que conlleva a visiones parciales o exageradas, pero por encima de ello hay que precisar que su objetivo es engañar a los sentidos a los que se dirige, concediendo una simulación de vida mientras niega se trate de un simulacro donde se puntualiza lo importante es la “experiencia”, de manera que termina la distancia de la representación.
  
En este caso específico podemos entender la tecnología como un procedimiento técnico de acción sobre lo “real”. Existe una heterogeneidad tecnológica que en el terreno de la “realidad virtual” está desvirtuando al sujeto. Si la realidad pasa a ser fundamentalmente objetual con el sujeto desaparece una perspectiva para abordar el mundo donde la abstracción fingida hace desaparecer toda concreción. Si tuvimos una sociedad oral y una sociedad escrita resulta obvio que estamos entrando en una sociedad electrónica, lo que quiere decir asistimos a una sustitución de lo que subjetivamente hemos denominado una “realidad real” por una virtual donde el tiempo se hace atemporal, el espacio inmaterial y donde no hay referencias que llamaremos históricas, en el sentido de inexistencia de referencias a pasado o futuro, dado que desaparecen las secuencias.
  
Es obvio que se puede hablar de una sociedad tecnológica en cuanto se han erosionado los mapas cognitivos y las coordenadas de tiempo y espacio haciéndonos entrar, en la realidad virtual, en una especie der eterno presente donde lo inmediato es el protagonista. Las consecuencias exceden al sujeto humano para tenerlas sobre amplios aspectos desde el concepto mismo de democracia, con todos los que implica, hasta el orden jurídico y económico. Está claro que una época cambia fundamentalmente cuando hay modificaciones cualitativas de la experiencia humana y, por ende, de la cultura. La priorización del lenguaje audiovisual, la multimedia y el hipertexto conlleva a formas distintas de percepción. El cúmulo de problemas ontológicos, gnoseológicos, epistemológicos, axiológicos y teleológicos ya provocan abundantes reflexiones.
 
La prevalencia del control de la experiencia sensorial, nos ha convertido en necesidad apremiante la generación tecnológica de realidad virtual. La filosofía ha discutido a largo si la conciencia es o no real, si es simplemente una “virtualidad”, el ser intencional como puramente virtual. Recordemos que una posibilidad no es real, es simplemente un proyecto. El hombre crea -lo ha hecho en una “realidad real” proyectando sueños e ideas, personajes y obras-, lo que ahora parece transformarse en una sustitución por lo que crea la tecnología para intervenir los sentidos. No se trata, pues, de una prolongación del hombre creador que crea virtualidades. Más bien asimila al humano –con todo lo que le rodea- a un sujeto desaparecido.





sábado, 17 de enero de 2015

Decadencia



Teódulo López Meléndez

   Una decadencia es la extinción de ciertas características de una sociedad, lo que podemos percibir claramente en nuestro presente. Esa ruptura societal es también señalada en términos sociológicos como ruina, dado que las condiciones generales empeoran a ojos vistas.
  
   Fue con La decadencia de occidente de Spengler (1.er volumen Viena, 1918; 2.º volumen Múnich, 1922) que se inició formalmente la conformación de una teoría filosófica del término, aplicada, claro está, a una civilización, aunque se puede hablar de decadencia de un grupo en particular o de un país. Al fin y al cabo la palabra implica declive, caída, empeoramiento, deterioro.
  
   Más contemporáneamente ha sido el historiador norteamericano Arthur Herman en La idea de la decadencia en la historia occidental (Edit. Andrés Bello, Santiago, 1998) quien ha vuelto sobre el concepto resaltando el pesimismo como uno de sus signos identificatorios, pero con afán histórico nos lleva hasta el romanticismo reaccionando frente a la revolución francesa y pensando el mundo se acababa. Herman habla de tres paradigmas del pesimismo, el racial, el histórico y cultural. En nuestro presente de país encontramos una absoluta caída cultural apreciable sobre todo en los dirigentes emergentes que dan muestras de una ignorancia conceptual, y en lo social, donde se ha aposentado un típico clientelismo populista.
  
   Es claro que el concepto de decadencia es mucho más antiguo y podemos rastrearlo en numerosos autores, siempre como un decaimiento casi lógico, si por lógica entendemos nacimiento, crecimiento y caída, como ha sucedido con todos los grandes imperios. Siempre a beneficio de inventario hay que reconocer en Herman la negativa a admitir leyes estrictas sobre el tema, esto es, su inexistencia nos conduce a pensar que frenar la decadencia es una decisión que un pueblo toma en ejercicio responsable. Lo fundamental es aprender, agregamos nosotros, que se está en decadencia, pues si esta admisión no puede haber esfuerzo. La caída cultural y social de Venezuela podría acometerse desde una gran insurgencia que nos devolviera el control, pero hay que partir de las admisiones.
  
   Después de la decadencia algo viene, no es ella el final, aún dentro de un necesario pesimismo intelectual que se afinca en la realidad. Las teorías sobre la decadencia son muchas y variadas, generalmente partiendo desde un panorama sombrío que no puede dejar de lado ni el concepto de poder, dado que este ha estado sometido a variaciones de fondo por influencia de la tecnología y porque hoy nos preguntamos si alguien tiene ese ingrediente para modificar realmente una relación social, que en nuestro caso, luce deslegitimada.
  
    Una decadencia encuentra en el plano de las ideas su expresión más acabada. Sin ideas ella es una acción progresiva hacia el oscurantismo que trae, por añadidura parasitismo. En la decadencia se asiste a una multiplicidad de voces anárquicas que encuentran vía fértil en las llamadas redes sociales, en una especie de renacimiento de un individualismo que ya no se expresa en un consumismo desenfrenado, dado que el modelo económico ha producido además escasez y carestía. Podríamos concluir en la aparición de un deber social atrofiado.
  
    Pareciera signo de Venezuela que a comienzos de cada siglo nos asalte la palabra decadencia. Bien lo supo José Rafael Pocaterra con sus “Memorias de un venezolano de la decadencia” (Biblioteca Ayacucho, Caracas). Ortega y Gasset, el prologuista de Spengler, reiteró que una cultura sucumbe por dejar de producir pensamientos y normas. Sobre los inicios del siglo XX venezolano se alzaron dirigentes de alta capacidad y formación, algo de lo que ahora carecemos. Había para el inicio del XX lo q Ortega gustaría de definir como “ideas peculiares”, unas ideas cargadas a fuerza de ser pensadas.
  
   Pocaterra no podía elegir. Estaba frente a un compromiso y lo cumplió a cabalidad, pensando como debía hacerlo, porque él era el pensador y, en consecuencia, el verdadero protagonista. Uno de los detalles claves para la decadencia es cuando un pueblo elige el mito.
  
   Hemos dicho el concepto de poder no se puede tomar de manera tajante. Podríamos, incluso interrogarnos, sobre el desafío de Pocaterra al describir la decadencia que le tocó en suerte, una que necesariamente implica al “poder” que la causa, conjuntamente, claro está, con todos los demás elementos de antecedentes históricos y de devaluación del cuerpo social.
   
    Gómez no era el poder, era una potencia, para usar la sutil e inmensa definición a la vez de Antonio García-Trevijano en “Teoría pura de la república” (edit. El Buey Mudo, 2010). La vieja definición de que el poder absoluto se corrompe absolutamente es válida, pero sus abusos muestran que le es inherente a su propia naturaleza y que resulta harto difícil puedan ser frenados por algún poder social (en muchos casos inexistente) o que esa “potencia” deje de imprimirle la característica que le es propia: hacerse obedecer.
  
    La decadencia de comienzos del siglo XX tenía otros antecedes históricos: las guerras civiles y los caudillos en armas. La de este en el derrumbe de una partidocracia que se empeña en reproducirse, pero en ambos casos se manifiesta en una “potencia” salvadora que se degenera, como lo hace el cuerpo social decadente.
     
    Por supuesto que de decadencia se habla desde hace siglos. Desde su expresión latina es declinación, ruina, algo que se aproxima a lo inanimado, desgaste, deterioro, lo que continuamente empeora. Sin entrar en disquisiciones sobre las teorías sobre ella podemos aceptar se refiere a lo que va perdiendo su valor e importancia, a un colapso societal. Tucídides usó la palabra sobre la guerra del Peloponeso y hasta para la peste que azoló a Atenas. En cualquier caso cuando hablamos de decadencia en referencia a los procesos sociales podemos clasificar por intensidades y duración. Esta de la cual nos ocupamos parece intensa y durable.