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viernes, 19 de septiembre de 2014

Fiebre



Teódulo López Meléndez

El joven Miguel Otero Silva bien noveló a la generación del 28 en su novela Fiebre. La calentura, para decirlo en términos coloquiales, es ahora otra, la que invade a unos venezolanos acosados por dengue y chikungunya, mientras no se oye al poeta Pío Tamayo proclamando a la reina libertad sino el llamado angustioso a acetaminafen.

Lo que ahora se escucha es de la eliminación del Ministerio del Ambiente, de la falta de fumigación, de las redes sociales plenas de adoloridos pedidos de auxilio para encontrar alguna medicina. Sairam Rivas, la joven chica de la Escuela de trabajo social de la UCV, sale en libertad, si plenamente se puede llamar tal a la prohibición de hablar.

Quizás deberíamos ir más bien a Casas Muertas, dado el anuncio de la venta de CITGO, del vencimiento de una deuda que es causa para solicitar un procedimiento contra el profesor de Harvard Ricardo Hausmann y del lenguaje altisonante, si lenguaje se puede llamar, que insiste en los manuales periclitados y en las formas económica vencidas. Baste ver que los críticos asomados en el partido de gobierno parecen rectificar pidiendo más socialismo en una especie de asunción de los mitos para regenerarse de sus palabras anteriores.

El país tiene fiebre, una muy alta, una difícil de atacar en medio de la escasez. No hay prevención, pero menos decisión, dado que nos permitimos recordar nuestra solicitud de meses atrás a los usuarios de las redes sociales para que exigiesen fumigación sin que nadie se tomase la molestia o simplemente nuestro texto anterior llamando a una defensa social. El país pareciera acostado soportando la fiebre sin ponerse siquiera compresas aliviadoras.

El país padece de la indolencia, tiene fiebre. El inadmisible uso político de las enfermedades nos ha hecho ver acusaciones al presidente de un Colegio Médico por su simple militancia política o la denuncia reiterada de una nueva conspiración mientras los supuestos golpistas tienen fiebre y el anuncio formal  de que habrá acetaminofen desconociéndose si alguna vez tendremos las medicinas para las diversas enfermedades que padecen los integrantes de cualquier cuerpo social. Hay escasez, pero no de fiebre.

El país está afiebrado, mientras los zancudos pican en repeticiones de constituyente, de elecciones parlamentarias y de aplazamientos. Es que no hay en ninguna parte espirales, tabletas o insecticidas, menos en el campo de la política porque la política tiene fiebre y ya se habituó a las picadas de “país tropical”.

No titularía Otero Silva Oficina No 1. Quizás repetiría aquella travesura de “los tres cochinitos” contra la dictadura militar o invertiría el título de otra de sus novelas para poner “este país llora cuando quiere llorar”.
El país tiene calentura, de esa que tumba, no de la que irrita y mueve a la acción. El país está afiebrado, “tumbado” como coloquialmente se responde cuando se está en la cama golpeado por una enfermedad. El país necesita acetaminofen, antivirales y hasta pastillas anticonceptivas, aunque luzca difícil hacer el amor con un “fiebrón”.

Al país hay que bajarle la fiebre, porque esta fiebre es peligrosa y cobra vidas. Al país hay que medicarlo. Las responsabilidades son obvias, los retardos patentes, las sustituciones de las calenturas por otras de asunción de una defensa absolutamente necesarias. Al país inmóvil le cayó la plaga. El país está enfermo, el país guarda reposo, el país está en la cama.

Quizás Otero Silva, en una reescritura de La piedra que era Cristo volvería a cambiar el ambiente y las parábolas, pero hoy tenemos que decir que el país tiene fiebre porque el país tiene fiebre, sin metáfora, sin parábola y sin imagen.


viernes, 12 de septiembre de 2014

Defensa social



Teódulo López Meléndez

Se debe escribir un artículo de opinión mientras se leen las noticias del día sobre las balaceras de la mañana en Caracas y no provoca. Se debe escribir un artículo de opinión mientras las panaderías lanzan alerta sobre sus existencias de harina de trigo y pequeños políticos se tiran de las greñas y no provoca.

A este país la única definición que le es posible es el de uno agredido y cuando un país está siendo agredido por enemigos internos la única posibilidad es organizar una defensa social. Lo hemos planteado repetidas veces a través de las intrascendentes redes sociales. En verdad la defensa individual se ha hecho irrelevante. Si la defensa no es colectiva será inútil.

Tomamos, para ejemplarizar, el caso grave de inexistencia de medicinas y apelamos a una Iglesia para que promoviera su recepción con ayuda de la feligresía y el silencio fue la respuesta. Se debe escribir un artículo de opinión y no provoca.

Sobre lo ocurrido en Maracay hay que esperar informes serios, los que no abundan de ningún lado si uno ve como se utilizan fotografías sacadas de Internet o se ordena promover acciones judiciales contra todos los que informaron sobre el caso. Como se ordena juicio contra un economista por haber realizado un análisis de la situación financiera del país. Todo se resuelve con represión, mientras se acerca octubre, uno que amenaza con convertirse en clave en la historia económica del país.

Para que haya defensa social se requiere partir de la solidaridad. Si ella no preside la acción de este país cristiano no será posible. Se requiere comunicación, una que excede al mero intercambio de información, pues debe ser la identificación de destinos. Y el elemento clave, la voluntad, una que se manifiesta individualmente, pero que no se hace motor del cuerpo social.

Hay que crear líneas de defensa social. Un país agredido debe hacerlo. Entre los agresores el gobierno, uno al que no se le puede creer, pues si dice que en mes y medio se “normalizará” el abastecimiento de medicinas la conclusión será que llegarán algunas para luego desaparecer de nuevo.

Se debe escribir un artículo de opinión para repetirle al país lo que ya se le ha dicho, pero que no internaliza, y no provoca. El país parece cada vez más un campamento en estado de desesperación sin que logre articularse.

El concepto de defensa social es originario del Derecho Penal, pero perfectamente utilizable en el campo de lo social genérico, pues se pena a la transgresión y este es un país transgredido a diario por agentes disolventes que amenazan con conducirlo  a situaciones aún más graves de las que vivimos. El país debe penalizar a los agentes corrosivos.

Organización, voluntad y solidaridad, pero ya hemos mencionado que esos elementos deben obtener como identificación el reconocimiento de destinos. Es precisamente lo que pasa: la ausencia de destinos claramente definidos, pues se trata desde la defensa social amalgamar un nuevo país.

El país está dejando de ser territorio de la materia prima esencial que no es otra que el lenguaje. Aquí puede decirse lo que sea sin que medie una responsabilidad por lo dicho. Hemos devaluado la palabra y el poder se ha convertido en mediocridad extrema garantizada sólo por la orden de proceder contra.

El país es una queja, una solicitud de auxilio, un desgarramiento sin conclusiones. El país debe pasar a ser una defensa social manifestada en cada una de las calamidades que lo acogotan. El país debe defenderse de las agresiones. El país debe tomar aliento y ejercer una legítima defensa. Cuando el país se recuerde de cuáles son las características que lo hacen tal, entonces el lenguaje volverá a merecer la pena.