viernes, 26 de febrero de 2016

La sociología de la acción colectiva



Teódulo López Meléndez

Por qué los grupos sociales se comportan como se comportan es la pregunta fundamental de la teoría de la acción colectiva. No se trata de preguntarse de lo que no-ocurre sino de lo que ocurre, a propósito de lo que en Venezuela le repiten a uno en cada esquina: “esto no se aguanta, no sabemos por qué no estalla”. Parsons, sobre quien volveremos en este breve texto producto de las inquietudes venezolanas, habló de una “unidad” compuesta de un agente actor, de objetivos o fines de la acción, de la situación en el momento de emprender la acción y de los medios adecuados que debe seleccionar el actor para emprender la acción.

No quisiéramos perdernos en los laberintos de la sociología, pero hay que mencionar a Weber sobre los criterios racionales en orden decreciente pues se llega al momento de no medir por la vía racional las consecuencias de la acción, más bien situada en el terreno afectivo. En verdad, la sociología de la acción colectiva se ha paseado extensamente sobre la problemática de por qué los individuos deciden actuar colectivamente, como hacen para coordinarse, cuáles deben ser las condiciones del entorno y cuales las consecuencias. Así se habla, por ejemplo, de la teoría cíclica del cambio social y cultural, de sociedades con mentalidad sensual, ideacional o idealista.


James M. Jasper (“¿De la estructura a la acción? La teoría de los movimientos sociales después de los grandes paradigmas”) nos pasea por las grandes teorías de los movimientos sociales precisando como son reexaminadas en búsqueda de un mayor empirismo. En verdad estas teorías ligaban la resistencia y la acción colectiva a la historia y a la sociedad, para ir hoy hacia enfoques analíticos con teorías culturales y al redescubrimiento de las emociones.

Así, se pasea desde el enfoque “materialista culturista” sobre movilización u oportunidad (Tilly o Kriesi), hasta “la sociedad programada” (Touraine, o Melucci), desde “la teoría de la acción racional o Teoría de Juegos “(Olson o Coleman) hasta el “pragmatismo, Chat, feminismo, teoría homosexual, enfoques cultural-estratégicos o emocionales”( Jasper o Polletta) denominándolas de “movilización de recursos” o de “los agravios repentinamente impuestos” (Ed Walsh) o de reducciones a “estructuras de oportunidad, de movilización y marcos de alienación” (Zald) o las batallas entre quienes negaban al proceso político como un paradigma o quienes afirmaban era un paradigma cabal. Jasper no escatima esfuerzos en pasar revista a este complejo tema de las ciencias sociales citando a Jeff Goodwin observando el papel de las oportunidades políticas en el surgimiento de movimientos culturales, políticos y revolucionarios

Como puede apreciarse, dar una respuesta a la pregunta básica es un tema de alta complejidad en el terreno de la sociología de la acción colectiva. Jasper pide dejar de ver a la sociedad como matriz del comportamiento colectivo, dejando de lado que los papeles son definidos exclusivamente por el estatus, las formas de autoridad o las normas y los valores, para pasar a considerar la sociedad como un lugar de combinación y conflicto entre acción estratégica e identidad. Esto es, la acción deja de residir en un actor colectivo procurando dirigir la “historicidad” sino, más bien,  en los esfuerzos de la gente común (el “sujeto” de Touraine) o la tesis de Mancur Olson (“La lógica de la acción colectiva”) donde se pregunta si los actores participan sólo si ganan personalmente algo que no obtendrían por no participar. O la tesis de la “pragmática racional” (Mustafá Emirtbayer) que rechaza que las entidades interactuantes permanezcan estables a través de las interacciones para sostener que “las unidades involucradas en una transacción derivan su intención, significado e identidad de los cambiantes roles funcionales que operan dentro de la transacción”.

Jasper pide incluir el análisis las emociones sumándolas al flujo de acción temporal de los grupos contestatarios hasta llegar al papel del cuerpo en la acción humana y al término “experiencia vivida” como atención etnográfica sobre quienes se movilizan y sobre quienes no, lo que nos hace recordar experiencias venezolanas como el “Caracazo” o “la salida”.  Concluye advirtiendo que los medios de acción importan tanto como las metas y los escenarios o tanto como los actores.

En el caso de Talcott Parsons (“The Structure of Social Action”) hay un abordaje de la racionalidad social y del problema complementario del factor no racional desde Max Weber, en gran medida contrario a Hobbs y a Rousseau y más bien cercana a Durkheim. Incluye la psicología, la ciencia política y la biología. Su concepción de la acción social es la de una preocupación con lo racional y no racional que explican el comportamiento humano, quizás resumible como la fenomenología en lugar del experimento, la semántica en lugar de las matemáticas, resumidas en la frase  “Una acción es social, cuando la situación de un actor es otro actor”. Hay un orden de acción social cuando todos los involucrados se convierten en actores, pero también cuando la situación de un actor es él mismo como actor.

Fue Alberto Melucci quien insistió en buscar la interrelación de las causas internas y externas de los movimientos sociales, negándolos como resultados de contradicciones estructurales o como posibilidad de construcciones individuales guiadas por la lógica, para plantearlos como consecuencia de objetivos, recursos y obstáculos de los individuos en su vida cotidiana. En otras palabras, implica una identidad colectiva en cuyo propio interior se define el sentido. Los individuos se comunican, negocian y producen significados y calculan los costos y beneficios. De tal manera se construye una identidad colectiva desprendida de los individuos permitiendo el surgimiento de una alternativa significativa del mundo, tal como un mecanismo cultural. Melucci señala que su triunfo es existir, nombrar lo innombrable y así cuestionar los mecanismos de dominación. Juegan un elemento latente y otro visible que crean nuevos códigos culturales, señalando que el problema específico se asocia a la lógica general del sistema reduciendo su complejidad para resolver las incertidumbres lo que origina nuevas. El poder está condicionado por la información, su principal instrumento, pero a la cual se ciñe, mientras los movimientos de acción social pasan a ser la contracorriente que implica la comprensión de las relaciones significativas como desafío simbólico. Transgredir como superación de los signos vacíos, con lo que un movimiento social se hace profeta atribuyendo nuevos significados.

Un poco más alejado del planteamiento teórico de la sociología de la acción colectiva, pero inmerso a profundidad en su comprensión práctica está James Davies (“When Men Revolt anda Why”) quien señala cuando sí y cuando no se producen estallidos o explosiones sociales. No en sociedades tradicionales estables y estáticas. Sí en aquellas que vienen de un largo período de aumento de los niveles de vida y de altas expectativas que de golpe se estrellan o comienza un proceso de reversión abrupto produciendo un descontento súbito. Esa expectativa sostenida de capacidad de satisfacer necesidades rota de improviso produce un estado de frustración que muestra una realidad distinta de la esperada. Al contrario, cuando el deterioro es gradual, aunque sostenido, la inexistencia de alimentos, medicinas, libertad o seguridad, conlleva a un estado de ánimo de supervivencia, de adecuación, de resolución de la escasez como asunto personal o familiar en lugar de uno proclive a las rupturas.

No basta el malestar de las clases medias o de más bajos recursos, se requeriría a los profesionales y a los intelectuales ejerciendo liderazgo pero, señala Davies, están condicionadas por vínculos con los detentadores del poder. Condición necesaria sería deshilachar esas conexiones. Ese paso hacia la acción colectiva sobreviene en un cuadro de quiebra, de colapso de la moneda, de corrupción desatada, de un ejercicio inadecuado del poder, ante una población inerme por la caída gradual que la hecho reducirse al hábito de las colas, del “arregle”, como podría considerarse usando un venezolanismo.

De manera que este profesor emérito de la Universidad de Oregón, al afirmarnos que es condición para una explosión social un cambio repentino de suerte después de un largo período de crecimiento y de expectativas saturadas, y al agregar como improbable que un pueblo se rebele cuando está en la más miserable de las situaciones, para tratar de hacernos entender su teoría denominada “Curva J”, explica como el sobrevivir día a día anula toda capacidad de reacción. Esa “Curva J”, también conocida como "Davies' J-Curve" tiene su plantilla matemática que muestra a las revoluciones como una súbita inversión de fortuna, un desarrollo económico seguido por una depresión, una representación matemática de una “J” cabeza abajo que excluye la adecuación gradual, pues llega el momento en que sólo importa la supervivencia personal o familiar, una excluyente de toda acción colectiva.

No podemos dejar de mencionar la acción de los gobiernos para contrarrestar la posibilidad de la acción colectiva. Desde recompensas a la fidelidad hasta la falsificación de situaciones pasando por efectos distraccionistas, tema abordado en otro de nuestros textos. Llegando al límite de este breve texto puede suponer una indiscreción citar a Maquiavelo, pero el florentino siempre nos dejó claro que el gobierno que se defiende de la acción colectiva jamás actúa para reparar o para hacer justicia, sólo castiga para prevenir.