miércoles, 23 de septiembre de 2020

El continuo de la degradación

Teódulo López Meléndez
Para esta fecha todo indica un agravamiento de la situación del país, uno progresivo como hasta ahora, pero uno que puede dar saltos cuantitativos y cualitativos. Cuando hablo de ello me refiero a los venezolanos, a su cotidianeidad, a un día a día preñado de sobresaltos y de carencias, todo enmarcado, obvio, en un cuadro político de cegatos irresponsables. 

El elemento clave de este último se llama elección parlamentaria, pues continúa degradándose. Se gira sobre ella desde el ángulo de la miseria, en ningún caso como el de asimiento de una posibilidad de apertura de las ventanas a la entrada de aire a una población con serios problemas respiratorios. El oficialismo juega mezquino, como es su hábito, pensando sólo en liquidar de una vez lo del “gobierno interino”, y obviando el inmenso daño que se causa a sí mismo cada vez que cruje cuando se le plantea el aplazamiento electoral. El oficialismo ha llegado a tal grado de torpeza que se asume como el más respetuoso de la Constitución, cuando la viola a voluntad. En su tanteo de las paredes pierde todo lo que le interesa de la elección, lo que no puede celebrarse puesto que los efectos dañinos sobre el futuro inmediato del país van a ser muy graves. 

Por su parte, el gobierno que es oposición parece interesado sólo en su prolongación, en su estar, Niega la elección, pero no es capaz de elaborar. No se les ocurre nada. Para poner un ejemplo, insiste en una supuesta consulta virtual y no se dan cuenta que el mecanismo existe y creen que con la abstención basta, premisa que está demostrada como falsa. Podría ocurrírseles, -sólo como ejemplo, no la estoy auspiciando- llamar a una votación masiva en nulo. O sumarse a la solicitud de aplazamiento, pero no se dan cuenta que si ese objetivo se lograse el mazo de cartas se barajaría de nuevo. 

Los que decidieron de entrada participar guardan silencio, creen que serán la nueva oposición, la única y real, la sustituta del llamado G4 y se dedican, en exclusividad, a hablar bien de la participación electoral. No perciben la persistente degradación de esa elección una que, si se aplaza, podría tener una posibilidad de algo más profundo y determinante: el bien del país, uno ya incapaz de plantarse frente al continuo. 

@tlopezmelendez

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Un nuevo realismo




Teódulo López Meléndez

Hay obsesiones rondando el imaginario colectivo. Una de ellas es la palabra legitimación, una que surge cualquiera sea el movimiento o la toma de postura de alguien. Otros alegan no podemos depender de la voluntad ajena, olvidando quien tiene el ejercicio real del poder y, por consiguiente, a quien habría que torcerle el brazo para obtener un resultado acorde al planteamiento que se quiere materializar.

La obcecación preside. Todo lo que se haga legitima, a lo que hay que añadirle los cierres de toda capacidad de raciocinio, encerrados como andan en posiciones tan sólidas como las de un bulto en henil. La ley de Sturgeon es un adagio derivado de una cita del escritor Theodore Sturgeon: "Nothing is always absolutely so" (Nada es siempre absolutamente así).

Períodos drásticos como el que aún nos acosa hacen pensar que cualquier cosa que quede en pie posiblemente se requiera como un elemento a la construcción del futuro. La población, una vez castigados los culpables, va a entrar en un proceso psicológico que implica dejar atrás los recuerdos incómodos y desagradables. Creo que a eso se le llama transición. En la búsqueda de ella no se pueden dar muestras de intolerancia como la que vemos a diario en un sector de los actores políticos que se lanza a insultar y descalificar. Es el equivalente al  «Nuevo Brutalismo» (del crítico arquitectónico Rayner Banham). Para esta masa amorfa de reclamos e improperios me asalta una frase: “Nada permanece si no se renueva constantemente”.

Tenemos una atmósfera de fracaso sobrevenida a un par de décadas de intensa actividad y los menos que podrían hacer los actores es revisarse con coraje. Hay que romper la costra de las costumbres mentales formadas en estas, constituyendo, con inesperada rapidez, otras nuevas a ver si nos adviene un nuevo realismo. Habría que recordarle a los ignaros que no es siquiera la democracia, concepto nebuloso y quizá demasiado recurrente, ni el Estado de Derecho ni la libertad, si no se enmarca todo dentro de un claro y preciso modelo venezolano de sociedad.

La esencia de una nación es que los individuos tienen muchas cosas en común y también que han olvidado muchas otras, dejó dicho Ernest  Renán. Iniciémonos con otra manera de decir y hacer las cosas.

@tlopezmelendez

miércoles, 9 de septiembre de 2020

El hombre sin futuro

 



Teódulo López Meléndez

Es evidente que si influenciamos el advenimiento de una nueva realidad es porque el presente no nos gusta y pensamos que el mantenimiento de las tendencias pueden conducir a resultados catastróficos. Como ya la utopía no es el incentivo es menester repensar al hombre inerte para que ejerza la reflexión sobre las ideas que han sido lanzadas al ruedo y crea en la posibilidad de su realización. La tarea comienza con la descripción de las taras del presente, con un llamado a la rehumanización, con el análisis puntual de las consecuencias posibles y con una acción que conlleve a su adopción y práctica.

Es menester perseverar y verificar su grado de modelación sobre la realidad. Algunos ensayistas han llamado a esta sociedad democrática que he descrito como instituyente, y en permanente movimiento, una “sociedad de transformación”. Está basada, obviamente, sobre la auto-organización, una donde la interacción cumple su papel de mejorar mediante una toma de conciencia. Esto es, mediante la absorción del valor de las relaciones simbióticas, lo que implica un cambio de valores.

El vencimiento de los paradigmas existentes, o la derrota de la inercia, debe buscarse por la vía de los planteamientos innovadores e inusuales que, con toda lógica en los procesos humanos, serán descartados ab initio por el entorno institucionalizado. El derribo de los dogmas no es un proceso fácil ni veloz.

La inutilidad de los viejos paradigmas queda de manifiesto cuando el hombre comienza a sospechar que ya no le sirven exitosamente a la solución del conflicto o de los problemas. Está claro que la revocatoria de los anteriores requiere de un esfuerzo sostenido pues se deben revalorar los datos y los supuestos.

Nuevos paradigmas requieren, generan o adoptan nuevos actores. Cuando los nuevos prendan en la conciencia entraremos en un “encargo a la multitud”. Los nuevos paradigmas comienzan a bullir también en la lingüística, en la geografía y en la comunicación, sólo por nombrar algunas áreas, pero deben afianzarse en la política.

El hombre se queda sin los amarres del pasado y sin una definición del porvenir. Es una auténtica contracción del futuro definido en la especulación ficcional desde el ángulo tecnológico, uno ansioso de perspectivas.

@tlopezmelendez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Breve noticia

 



Teódulo López Meléndez

Estos días he estado organizando un pequeño volumen que he titulado “Breve noticia sobre el hombre”. En efecto, las noticias sobre el hombre son cada día más escasas. Una paradoja se le agrega en el caso venezolano: si uno se remite a lo que escribía años atrás, décadas atrás, encuentra una repetición de los comportamientos viciosos, unos que escapan a las características democráticas o autoritarias de un régimen en turno, unos que parecen sembrados en nuestra psiquis y en nuestras prácticas políticas.

En el contexto global vuelve a aparecer un divorcio entre las ideas y los gobernantes. El hombre se llena ahora de populismo y autoritarismo convencido de una democracia enclenque que no da respuestas. Si uno mira los años finales del siglo XX, el agotamiento ya está anunciado. Sin caer en determinismos históricos se presencia como, coincidente con esa medición del tiempo, brota el cansancio como norma, uno donde cambian las denominaciones o los adjetivos, pero uno recurrente.

En lo nacional venezolano los períodos son más cortos, quizás afortunadamente. El líder providencial, el Mesías, o las “venganzas” contra los demócratas convertidos en castas, están allí y acullá. El desinterés por la res publica es otra constante.

La pandemia ha vuelto a poner sobre el tapete los eventuales cambios del hombre, lo que no nos debe hacer olvidar que, en principio, se acelerarán los elementos que estaban planteados, tales como nanotecnología, inteligencia artificial o coches eléctricos, mientras miramos de soslayo otro virus que está en las puertas de nuestra existencia: el cambio climático. En el terreno de lo político olvidamos  que la democracia es esencialmente renovable, que si seguimos con los mismos conceptos y paradigmas vamos a consolidar esas dos peligrosas bacterias llamadas autoritarismo y populismo. Lo más destacable es que los jóvenes que aparecen en escena traen los mismos conceptos y la misma praxis, como provenientes de un contagio.

Hemos asistido sólo a una pandemia, sin embargo las reflexiones están allí, desde siempre, tanto que este pensador se queda perplejo cuando revisa lo dicho y se pregunta si no será lo mejor dejar quieta esta “Breve noticia sobre el hombre” y admitir que el hombre lleva en sí la pandemia.

@tlopezmelendez

miércoles, 26 de agosto de 2020

La falsa conciencia

 


Teódulo López Meléndez

En los tiempos de las innovaciones tecnológicas el hombre posmoderno intuye que ellas se quedarán cortas. La decepción de este hombre lo lleva a la convicción de que restar sensible es utópico pues mantener los sentidos en alerta ante una felicidad que no llegará es necio.

Diógenes irrumpe en la Atenas decadente. Siempre el cinismo lo hace en tales circunstancias. Sin embargo, el cínico de la antigüedad era un original solitario y un moralista provocador. En otras palabras, un marginal. Ahora el cinismo crece en el anonimato. El cínico de la posmodernidad es un asocial integrado, alguien que no comparte, pero que hace rutina de las prácticas y cumple los rituales que se le imponen.

El hombre cínico de este tiempo cree saber lo que necesita, paradójicamente se cree un iluminado y así se hace apático. El cinismo se mezcla con sexismo y un falso concepto de “objetividad”, constituyendo así el tobogán por donde occidente se desliza. No subsiste una Aufklärung, es decir, la vieja convicción de que el mal resulta de la ignorancia y que basta el saber para curarlo.

El cinismo hoy es la manifestación desagradable de una falsa conciencia supuestamente esclarecida. La impostura ha sido posmodernizada. No recuerdo quien acuñó la expresión  “mal del siglo”, pero si se puede asegurar que el del XXI será, o es ya, el cinismo. El cinismo ya no es una mezcla de humorismo, filosofía e ironía. La antigua alianza entre la dicha, la ausencia de necesidad y la inteligencia, no existe más. Es por ello que las religiones orientales patinan en sus viejos encierros y la cultura occidental deja de lado la tradición inteligente. La conciencia moderna se ha desgraciado. Por eso estos tiempos de conciencia desdichada reciben el impacto de la Aufklärung destrozada. Cuando los perros de Diógenes de Sinepe no sólo husmeaban sino que mordían había respuesta a la desilusión. La única coincidencia es que el cinismo, en las asumidas formas actuales, aparece cuando la civilización deja la inteligencia.

Un pintor italiano, Giorgio de Chirico, lo articula así: los hombres tienen caras redondas y vacías, miembros proteicos y son geométricamente parecidos a los humanos, pero sólo se les asemejan. El hombre que pinta se parece a todos y a nadie.

@tlopezmelendez   

miércoles, 19 de agosto de 2020

El hombre receptor

 


Teódulo López Meléndez

El asunto que comienza a plantearse es el de los efectos del mundo tecno-mediático sobre la democracia. Ahora vamos más allá del poder massmediático en sí, para arribar al planteamiento de una eventual incompatibilidad de los valores democráticos con las normas universales de la comunicación. Si el hombre se convierte en un  mero animal simbólico este sistema político habrá perdido toda racionalidad. Giovanni Sartori lo define como “la primacía de la imagen, es decir, de lo visible sobre lo inteligible”. El hombre que “mira la pantalla” se está convirtiendo en alguien que no entiende. Los sistemas de medir la llamada “opinión pública” están trasladándose a un botón del telecomando y quien aprieta ese botón es alguien sin capacidad de pensamiento abstracto. Ese viejo carcamal llamado partido político depende ahora de fuerzas que escapan al trabajo de captación de miembros o a los planteamientos profundos sobre proyectos de gobierno. Las encuestas se hacen cada vez más sofisticadas y, al mismo tiempo, más erráticas, pero forman parte del conjunto de destrucción de algo que hoy es una entelequia y, no obstante, se sigue llamando “opinión pública”.

Los contendores de la democracia, en términos absolutos, han cambiado. Los viejos enemigos se derruyeron, pero muchos nuevos han surgido, el populismo, las nuevas autocracias constitucionales que se amparan en un Estado de Derecho falsificado y construido a la medida.

Si la democracia es un ejercicio de opinión, o “gobierno de opinión” conforme a la definición de Albert Dicey, la democracia es un cascarón vacío, pues como bien lo observa Sartori las opiniones son “ideas ligeras” que no deben ser probadas. Los llamados “programas de gobierno” que antes elaboraban los aspirantes al poder han caído en total desuso, por la sencilla razón de que no influyen electoralmente. Basta manejar dos o tres cuestiones machacantes para definir a esa debilidad variable llamada “opinión pública”. Ahora bien, en este era tecno-mediática las opiniones no son independientes, no surgen del conglomerado, al contrario, le vienen impuestas por el ejercicio de la manipulación. Numerosos analistas han señalado la desaparición de lo sensible y al hombre como un receptor que ve sin comprender.

@tlopezmelendez

miércoles, 12 de agosto de 2020

Desenraizar la servidumbre

 

 

Teódulo López Meléndez

Hay muchas clases de expresión autoritaria, no sólo la obvia de las dictaduras. Puede ejercerse sin la necesidad del poder, sólo por el hábito y costumbre que se han hecho normas en un cuerpo social. De manera que hay dominios implícitos tantos como explícitos. No es sólo la fuerza la que impone, dado que pueden hacerlo el hábito o la pasividad de la costumbre.

Es así como hay pueblos que esperan las voces de sus dirigentes, generalmente para corearlas y, en otras escasas, para aparentemente despreciarlas. La debilidad del obediente se manifiesta en ambos casos. He dicho muchas veces que quienes fungen como dirigentes son la expresión del cuerpo social, pues de ninguna otra parte salieron y a nadie más se parecen. Llega el momento en que los pueblos deben interrogarse sobre sus partos. La política no puede practicarse sin conocimiento del hombre, es una de las lecciones que se saca del “Discurso de la servidumbre voluntaria”, de Étienne de La Boétie, escrito a los 18 años, un libro intemporal y que habla del miedo y que sigue siendo una pieza indispensable de la teoría política y al cual apelo para dar título a esta nota.

Los dirigentes muchas veces abandonan sus roles fundamentales para encerrarse en sus cálculos y paulatinamente van subyugando a quienes en el fondo desean ser subyugados, para no tomarse la libertad de pensar y mucho menos la de unirse a sus semejantes para actuar. Hay especificidades en La Boétie, como aquella de que la lucha contra los autoritarismos no depende de declaraciones bélicas, ni de la llamada Comunidad Internacional, agregaríamos. En verdad depende  de vencer la disipación y la falsa crispación de parte de un colectivo que no ha pensado en asumirse.

En esta expoliación de la intimidad donde los dirigentes se manifiestan como dueños de la res publica uno concluye que la única vía es que el país venezolano recupere la facultad de tomar sus propias decisiones. No es que pretendo llegar a desencantos como los de Platón sobre la posibilidad real de la utopía. Es que llega el momento en que los pueblos deben asumir la palabra por encima de los dirigentes y, luego, escoger dirigentes que ejecuten sus decisiones. Con propiedad podríamos denominarlo desenraizar la servidumbre.

@tlopezmelendez

miércoles, 5 de agosto de 2020

Literatura y política


Teódulo López Meléndez

 

La crisis de representación de la democracia se emparenta con la representación literaria en el sentido de que representar es hacer presente lo ausente. La literatura contribuye de manera notable a los avances políticos en el sentido de estímulo social. En infinidad de ocasiones el escritor ha sido un descubridor de los secretos del poder y un lugar de resistencia. La verdadera literatura siempre impugna.

La relación entre política y literatura no es invariable, tienen que producirse hechos sociales que lleven al escritor a esa preocupación. Por lo demás, no debe dejarse de lado la mirada sobre la obra literaria recordando el tiempo en que fue escrita. Ninguna es una reconstrucción simple de la realidad, un espejo, una simple referencia al contexto. Así, el Quijote debe ser leído también como una referencia a la locura medieval.

Todo escritor tiene una visión que se traduce en su estilo y en la simbología de sus obras. “Todo libro es un diálogo” dejó dicho Borges. Hay escritores dogmáticos, pero no nos interesan. Tampoco una distinción entre eso que llamaban “escritores comprometidos” y los que se centran en la literatura. Resultaría muy extraño que a un dictador le gustase un libro no dogmático.

En América Latina ha sido constante la vinculación entre cambios sociales y cambios estéticos. No estamos hablando de costumbrismo o de realismo social. Lo hacemos de una literatura que experimenta con el lenguaje y la forma. Hay escritores que construyen nación. Tampoco hablamos de lo testimonial. Lo hacemos del escritor que vislumbra al hombre superadas las grietas de esta transición y logra imaginarlo en un nuevo contexto social.

La literatura debe subvertir ahora los estancamientos inducidos y fosilizados por las viejas ideologías y, obviamente, las relaciones de poder. La tarea se cumple adelantándose al hombre como será, porque con ello basta para delinear las formas políticas de su organización social.

Lo que trato de reclamar a la literatura de hoy es una categoría epistémica de alta densidad teórica que sirva para conceptualizar y que implique rescatar para la palabra escrita su estatuto de acción sobre el mundo. En otras palabras, un divorcio preventivo de la decadencia y una ubicación anticipativa del futuro.

@tlopezmelendez

 

 

 

 

 

 


miércoles, 29 de julio de 2020

Política del espíritu





Teódulo López Meléndez

A ratos se agotan las reservas de lectura. El hábito de leer y leer, que Hemingway incluía en su catálogo de recomendaciones a los escritores, se acentúa en pandemia como la vieja frase de Borges dando prioridad a la identificación del ser más por lo leído que por lo escrito o la recomendación de volver a los viejos textos que se reproduce, una y otra vez, (releer, releer, nos insisten)  en los más sabios.

Agotadas las reservas y cansada la vista por la pantalla, de repente recordamos un escondite. Allí encontramos observaciones válidas proferidas hace un siglo. Mientras el virus sigue su mortal camino se nos vuelve a decir, desde el pasado, que las civilizaciones han comprendido que son mortales. Y se anexa la desaparición de los imperios y de las civilizaciones, con todos sus hombres y artilugios, con sus dioses y leyes, con sus academias y sus ciencias puras y aplicadas, la tierra visible hecha de cenizas.

Nadie puede asegurar lo que mañana continuará vivo. “No perdamos la esperanza”, es el réquiem de los libros de autoayuda y de las religiones y de los impotentes ante la realidad. Él lo dejó dicho: “…la esperanza no es más que la desconfianza del ser frente a las previsiones precisas de su espíritu”.

Es cartesiano, asoman algunos. Es que era muy desconfiado, agregan otros. Si se tiene conciencia del vivir es imposible para el poeta no internarse en la crisis de una época, de la suya y, sin hacer de historiador, en todas las otras. El poeta es afín a los infiernos, aún si partimos de la sentencia de Jean Cocteau, “el infierno existe, es la historia”.

Ya aquí es obvio que estoy sobre Política del espíritu, de Paul Valéry. Pero siempre los poetas solemos ayudarnos en cuanto a lo que el espíritu requiere releer. En una mención de una línea Álvaro Mutis, en el libro que termino, dice del poeta francés e instantáneamente comprendo que es allí donde debo ir y el escondite lo resuelve, para volver a preguntarse en cuarentena sobre lo que sobrevivirá y sobre las novedades del tránsito humano. Las enfermedades de este tiempo se nos muestran arrogantes, aunque tengamos deducidos los futuros ya mostrados en la pre-pandemia. Es que hay demasiados “científicos” y muy pocos curanderos del espíritu y de la cultura.

@tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles 29 de julio 2020)

miércoles, 22 de julio de 2020

El viejo furor futurista




Teódulo López Meléndez

En este mundo de la ruptura de la doble visión del ojo, de una humanidad disléxica, de la pérdida absoluta de distancia y de los relieves, de la desaparición del aquí, abandonamos la perspectiva del espacio para asumir la perspectiva del tiempo. En cualquier caso, como lo quería Marinetti, belleza estará asociada a velocidad. Entre otras cosas, el mundo postindustrial está ante una miniaturización del producto tecnológico.

Paul Virilio acuñó la palabra “anímatas” para describir a esos extraños visitantes que a la larga se irán integrando a nosotros como nuevos órganos sustitutivos de aquellos atrofiados o inservibles o, simplemente, para cubrir otras necesidades, unas no propias de la evolución de la especie, dado que el caso parece ser que esa evolución ha terminado. Sí, el sueño dislocador de Marinetti de una identificación plena del hombre y el motor se asoma. Esa será la nueva salud, anunciada por el propio Nietzsche y convertida ahora en un espacio reducido y circunscrito, dado que lo exterior se anula. Si el hombre es ahora el espacio a conquistar la metafísica reaparece en la forma más insospechada, puesto que este hombre postevolucionista intervenido por los objetos de la biotécnica se convertirá, literalmente, en un hombre metafísico.

El futurismo asociaba velocidad a automóvil. Hoy la velocidad está en las ondas electromagnéticas. Dentro de poco Internet entrará por la vía de la electricidad, no del teléfono. Bien podemos decir que la velocidad de la luz es el nuevo límite, uno en que nos paralizamos. Ya no hay interpretación subjetiva o disociación de apariencias objetivas. Está rota la unidad de percepción del hombre y su relación con lo real, si es que a algo podemos seguir llamando así. El ojo humano ha sido superado por la imagen de síntesis. Virilio nos lo recuerda al hablarnos del hombre inicialmente móvil, luego automóvil y finalmente mótil, es decir, uno en cuyas casas pronto no existirán ventanas como las de Shakespeare y Pessoa en sus sonetos, más sólo pantallas y cables que ocuparán los antiguos lugares de ellas.

Podemos combatir la atrofia de los miembros impidiendo que las ondas electromagnéticas transmisoras nos hagan meros receptores de una “luz” aséptica alimenticia en sí misma.

@tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles 22 de julio 2020)

miércoles, 15 de julio de 2020

La guardería virtual




Teódulo López Meléndez
  
La política debe ser ensayo colectivo y dialogal para enfrentar los peligros de derrumbamiento de un mundo o, en nuestro caso, para abrir la constitución de uno sustitutivo. Para que no surjan nuevos dogmas es menester pensar siempre. Algunos, como Raúl Fornet (Filosofar para nuestro tiempo en clave intercultural) llaman a esto “desobediencia cultural”, por analogía con “desobediencia civil”, esto es, arribar a una filosofía intercultural que impida una estabilización que tranque de nuevo unos mecanismos que deben estar en permanente movimiento para impedir o la aparición de renovados totalitarismos o en un mero aparato formal como le sucedió a la democracia representativa.

Los grandes referentes caen cada día y ante los vacíos no nos queda más, a cada uno de nosotros, que ir a nuestro propio mundo interior aunque se produzca lo que Fernando Sabater, en alguna entrevista de prensa,  llamó despectivamente “el cacareo on-line de la guardería virtual”.

Una antropología filosófica no se refiere a una esencia inmutable, sino a un agente de la transformación política y social. Quiere decir, debe producirse un giro epistemológico en las investigaciones. Como nunca hay que esclarecer las relaciones entre el sujeto humano y el mundo objetivo. La ética es asunto clave en la política del siglo XXI. Hay que aprehender nuevas formas de decodificar la realidad. Edgar Morin (Los siete saberes necesarios para la educación del futuro), lo plantea como la necesidad de una reforma de pensamiento, paradigmática y no programática. Es necesario pensar para una realización de humanidad.

Lo que hay que hacer es poner ideas y valores que muevan a la acción política. No se pueden ofrecer certidumbres, pero sí una acción inteligente. Muchos sostienen que la antropología política es el fundamento de la Filosofía Política moderna, pues a toda propuesta en el campo político la preside una imagen del hombre, de sus necesidades e intereses y de sus representaciones valorativas. Una antropología no destinada al estudio de formas remotas sino al presente de transformación. Y una axiología política para escudriñar en los valores políticos. El destierro del pensamiento nos ha reducido a guardería virtual de un interminable cacareo on line.

@tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles 15 de julio 2020).        

miércoles, 8 de julio de 2020

Los venezolanos dominados





Teódulo López Meléndez

Los recursos que llamaremos estéticos forman parte del juego político contemporáneo en la personalización, dramatización y puesta en escena. Hay vinculaciones de términos, pues vemos dramatización, simulacros, hedonismo y narración en la actual praxis política. Podemos decir que el proceso político viene falsificado de esta manera, pues se construye una máscara, una de efectismo forjador de opinión.

Cuando no se tienen criterios o reflexión para juzgar, el espectáculo es convertido en la única realidad real. Jacques Rancière, en El espectador emancipado, traza un cuadro sobre la función del espectador colocado como punto central entre la estética y la política. Él lo llama la paradoja del espectador, lo que lleva a concluir con una aparente obviedad, no hay teatro sin espectadores. Esto es, si los ciudadanos no tuviesen centrada su atención en el espectáculo que se le ofrece el teatro mismo caería. Mirar es lo contrario de conocer. Lo que se nos muestra es una apariencia y frente a ella el espectador no actúa. Este pathos, de símiles entre estética y política, nos muestra al ciudadano inerme, uno que pone en las tablas la auto-división del sujeto debido a falta de conocimientos y de información.

A la política no se puede asistir como al teatro, a ocupar una butaca y permanecer en silencio mientras la obra se desarrolla. En la democracia se nos ha impuesto una estética de manipulación. En las dictaduras una de aplanamiento. En las tablas se distinguió entre la verdadera esencia del teatro y el simulacro del espectáculo. En la democracia hay que distinguir entre la representación que nos ofrece el poder, y quienes quieren sustituirlo, por una acción colectiva donde todos actúan. Como diría Artaud, hay que devolverle a la comunidad la posesión de sus propias energías. Debord insiste en el problema de la contemplación mimética, un mundo colectivo cuya realidad no es otra que la desposesión.

En este indudable bosque de signos todo comienza cuando ignoramos la oposición entre mirar y actuar y cuando tomamos claridad de que lo visible no es otra cosa que la dominación configurada. Este venezolano es un circo de función continua o, si se prefiere, para estar actualizado, un autocine permanentemente abierto.

@tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles 8 de julio 2020).

miércoles, 1 de julio de 2020

El nuevo continuum




Teódulo López Meléndez

Estamos ante un estructura laberíntica en el mundo de las comunicaciones, una que aparenta ser de fluidez  y que parece reducirlo todo a la historia de la tecnología y, en consecuencia, la comunicación a la ideología maquinal, a lo que se ha denominado la era tecnotrónica.

La ciudad cableada es la utopía que tenemos delante, una que conlleva a nuevas relaciones, una a la que algunos atribuyen poderes demiurgos de emancipación y otros un poder apocalíptico de alienación. En cualquier caso es obvia la relación de interdependencia entre la técnica y lo social lo que conlleva a la necesidad de una praxis crítica de la educomunicación.

Marchamos hacia un mundo de formas culturales híbridas, uno donde el egocentrismo cultural ha caído y donde no existe un modo dominante de interpretación. Es ahora muy difícil discernir un sentido en el tiempo.  Los actuales modos tecnológicos de comunicación han transformado la temporalidad de la cultura y eliminado el futuro como una promesa, entre otras razones porque lo mediático rehúye la complejidad.      

Los contenidos del mundo están intervenidos por la tecnología, todos sin excepción, con la consecuente incertidumbre, una a la que sólo se puede responder pensando y conociendo. En buena parte, la velocidad y multiplicación de la comunicación también ha generado ceguera.

La complejidad seguirá creciendo mientras las formas  se aferran a paradigmas agotados, lo que implica que la difícil respuesta es la de cambiar el pensamiento y la forma del pensar. No pareciera que a ello contribuya el sistema de información tecnológica si lo consideramos como información con pocas ideas, bajo la premisa de un uso utilitario. Nos permite, sí, una intereacción con los otros, una posibilidad de convocatoria, o de eliminar la soledad de lo real con la inmersión en lo virtual donde una de las atracciones es que el otro está lejos.

Aumentarán las relaciones entre el hombre y las máquinas lo que llamamos las nuevas relaciones sociales virtuales, ciberespacio como una disposición técnica de la inmersión.

Este universo existe porque lo observamos El hombre decidirá si marcha hacia una estética de la desaparición e implanta una sociabilidad telemática. El hombre deberá procurarse un nuevo continuum.

@tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles 1de julio 2020)

miércoles, 24 de junio de 2020

De la literatura





Teódulo López Meléndez

A Victoria de Stefano en su cumpleaños 80.

En el siglo XXI encontramos una degenerativa propuesta de la definición de persona. Podríamos decir que aquéllas no son más que detentadoras de poder. De allí a nadie puede extrañar que nuestra época sea la de los tecnológicos espectáculos. El mundo tiene que ser lo suficientemente fuerte para autoreproducirse constantemente en las apariencias y así llegar a convertirse en una falta de mundo. El escritor, en cambio, es un constructor y la imaginación creativa se alza como el único antídoto contra una absorción y extinción de la trascendencia. No quiere decir que el escritor trascienda. Aún hoy hablamos de Homero, pero cualquier lector de Peter Sloterdijk puede ir comprobando como los muertos se vuelven cada día menos importantes. Es lo que él llama “una humanidad horizontalmente reticulada”.  De allí que preguntarse por un propósito de la literatura carece de sentido  en un mundo donde los sentidos han sido derivados produciendo una fatal ruptura de la integridad del todo. Como lo recordaba Jünger el instante creador se produce fuera del tiempo  y por lo tanto ya no puede ser anulado.
  
El escritor, al asumir el mundo de la “no-apariencia”, deja de jugar con otro polo de referencia. Aquí no hablamos de un escritor como testigo de su tiempo o como alguien en que se pueden conseguir todos los retratos de su época. Lo que quiero decir es que el escritor derrota la apariencia ordinaria. Es un introductor que desvía hacia “lo que pasa en otra parte”.  El escritor descompone y recompone la estructura fundamental del mundo, es decir, vuelve a una especie de conocimiento original, se hace el demiurgo que llega a la parte no accesible al común y se hace poseedor así de los secretos. En pocas palabras, para seguir con Goethe, se aleja de las apariencias.
  
En un mundo en desbandada, como este, el escritor es un ser paradójico: es un trastornador que fija. Como bien lo dice Sloterdijk, no parece haber (en el mundo de las apariencias) alguien que cumpla el rol de posibilitar tránsitos. El escritor, al fijar el instante, cumple con ese papel, pues posibilita la única posible regeneración, aquélla que se vincula al nuevo  inicio. La literatura es la violadora antagonista del fin.

@tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles 24 de junio 2020).

miércoles, 17 de junio de 2020

Pasado sin presente



Teódulo López Meléndez


El hombre está sembrado en la incertidumbre. Se ha sembrado, aún más, en la incredulidad, en la perplejidad y en la ausencia. Las luchas hacia una nueva realidad parecen convertirse en una rueda trancada por objetos lanzados a su paso. Siente el agotamiento de la posibilidad de decisión, lo que significa la ausencia de la capacidad de reordenar, de autoconcretarse, de llegar a alguna parte, más cuando el lugar de arribo al que pudiera aspirarse se ve como sumergido en nebulosas.

Si bien la incertidumbre ontológica o la incertidumbre social o la incertidumbre económica pueden ser citadas como permanentes compañeras de viaje, ahora, como hacía muchísimo tiempo no sucedía, nos encontramos frente a una herida de ausencia de perspectivas y sin estímulos para enfrentar la desnudez.

Tanto como los hechos históricos puntuales que nos tocó vivir  a finales del siglo XX, la evaporación de los supuestamente homogéneos cuerpos de doctrinas (ideologías) ha lanzado al vacío a importantes grupos carentes ahora del envoltorio protector, sin que un sano pragmatismo con ideas o de ideas termine por involucrarse en la conducción hacia una meta. La verdad se ha hecho, cada vez más, el concepto nietzscheano.

La política es el factor clave de la incertidumbre. La política de la modernidad se agotó y con ella la forma claramente preferida, esto es, la democracia, dejando el vacío presente. Ya no se mira a las formas políticas de organización social como paradigma emergente que siembre la posibilidad de un objetivo a alcanzar.

Quizás como nunca hemos dejado atrás el pasado sin que exista un presente. Los envoltorios protectores se diluyeron cual bolsas de plástico biodegradable. Las soluciones a las interrogantes se evaporaron. El deterioro de lo social-político refuerza en la incertidumbre. El temor por el futuro colectivo se convierte –otra paradoja- en una angustia personalizada de gritos. Ante la falta de protección suplicamos por una, encerrados en envoltorios de fragilidad pasmosa. Las acciones colectivas se tornan cada día más difíciles y que sólo vemos ante trastoques políticos puntuales, ante amenazas puntuales, y que de origen están condenadas a apagarse, como hemos sido testigos en este tiempo de pasado sin presente.

@tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles17 de junio 2020).

miércoles, 10 de junio de 2020

Democracia sin política



Teódulo López Meléndez

Ya la sociedad no genera sus dirigentes por la sencilla razón de que ha dejado de orientarse a sí misma. Sólo es capaz de percibirse en los símbolos tecnológicos-mediáticos. Las sociedades actuales, nos lo recuerda Peter Sloterdijk en “El desprecio de las masas”, son inertes, en su individualismo feroz se hacen suma desde su condición de microanarquismos. La expresividad se le murió a la masa postmoderna y, en consecuencia, no puede generar dirigentes. Hay una plaga inconmensurable asegurando que lo que sucede es que no es la hora de los líderes sino de la masa. El concepto de “opinión pública” está cuestionado desde los inicios mismos del siglo XX, pero, hoy en día, bajo los efectos narcóticos, se puede muy bien asegurar que estas sociedades atrasadas sólo son capaces de generar gobiernos facistoides que le den afecto. Vivimos, lo dice Sloterdik, “un individualismo de masas”.

Lo grave, más allá de las consolaciones, es que realmente marchamos hacia una democracia sin política. Si no hay política no hay funcionamiento social. He dicho en otras ocasiones que la necesidad es de más política, porque lo que produce cansancio es su ausencia, como en el caso venezolano presente, y no una presencia excesiva. Lo excesivo es el vacío.

Los acontecimientos pasan ahora a gran velocidad. Es lo que hemos denominado la instantaneidad suplantando a la noticia muerta. Es la velocidad la noticia. Paul Virilio, gran acuñador de términos, nos ha regalado éste otro, “dromología” o “economía política de la velocidad”, ciencia que se ocuparía de las consecuencias de la velocidad, porque es en función de ella que hoy se organizan las sociedades. El ejercicio de la política es ahora, y también, instantáneo. La democracia sin política pasa a ser un cascarón vacío. Por si faltara poco, los teóricos de la supuesta y final victoria de una democracia que bautizan liberal, consideran inseparables los conceptos de libertad y neoliberalismo. No hay “dirigentes” que lo contrasten.

Una democracia sin política obliga a preguntarse si habrá repolitización. Jacques Derrida, en “Espectros de Marx”, da una respuesta demoledora: “La población caerá en un idealismo fatalista o de escatología abstracta y dogmática ante los males del actual régimen”.

@tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles 10 de junio 2020)

miércoles, 3 de junio de 2020

A la mejor contradicción




Teódulo López Meléndez

Se está haciendo popular la supuesta interrogante que el líder mongol Kublai Kan lanzó a Marco Polo (a su  servicio durante 17 años): “¿Ud. es un hombre serio o siempre dice la verdad?” No creo tenga relación con el presidente Xi, apretando las tuercas sobre Hong Kong. Kublai acababa de proclamarse emperador de China, pero tenía serias dudas sobre la lealtad de los herederos de la dinastía Song, mientras Xi ve a un Trump dispuesto a la confrontación y se apresta a un imperio donde deberá fabricarse su propio viajero veneciano.

El futuro está por escribirse lo que cambiará el pasado. A este debemos mirarlo como una transición, como un período juzgado desde un presente en cambio que de otra manera será mirado. Uno recuerda a Hegel, con aquello de “la historia del mundo no es un suelo en el que florezca la felicidad. Los tiempos felices son en ella páginas en blanco”.

Antes se escribían notas reflexivas en las páginas de  libros impresos y muchos en papelitos que se pegaban alrededor de las viejas máquinas de escribir. Hoy se abre un archivo en la laptop y lo que aflora son contradicciones. No hay nada más parecido a Venezuela que este tipo de registro. Se pierde la noción del tiempo y uno ve (¿efectos secundarios de la cuarentena?) imágenes no ensamblables.

Se asiste a cosas como el retorno de los mantras, considerados -insisto- desde el punto de vista de la psicología, esto es, figuras retóricas para procurar la repetición neurótica del sujeto y reforzar un pensamiento circular. Y uno entonces capta el texto para cumplir con el artículo de opinión, pues todo es contradicción, aunque por allá la voz de Harold MacMillan resuene con su “hechos, mi querido muchacho, hechos”.

Hechos accidentales de la historia que la propia historia aparta bruscamente de su camino. Lo que se denomina transición por momentos se hace sólo paréntesis. Aquí me encuentro haber mencionado en Tuiter a Thomas Carlyle: “Si algo no se hace, ese algo se hará por sí solo algún día, y de una manera que no agradará a nadie”.

Es ocioso de mi parte centrarme en contradicciones en el territorio suyo, pero el escritor norteamericano Theodore Sturgeon, en lo que se conoce como la Ley de Sturgeon, dejó dicho: “Nada es siempre absolutamente así”.

@tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles 3 de junio 2020)

miércoles, 27 de mayo de 2020

El juego político




Teódulo López Meléndez

La expresión “el juego político” es de uso común en el estudio y análisis, admitiendo que el “juego” no se refiere al azar. Dejarlo aquí es propio de una degeneración teatral que se le endilga a las campañas electorales, pero que también involucra a los políticos menores que creen la partida está decidida antes de empezarla.

Las cosas que uno lee son pavorosas, como “vamos hacia unas parlamentarias arregladas”, lo que significa que unos jugadores se muestran incapaces de modificar las reglas del juego. Todo juego necesita un árbitro y si de algo disponen estos “jugadores” es de incidir en la designación de un nuevo Consejo Nacional Electoral. Tienen todas las herramientas para procurarse uno que, si bien no satisfará a  quienes desean uno de “oposición”, será mejor que el actual. Designan un comité de postulaciones para aquellos que aspiren ser sus integrantes, pero lo congelan. No saben de movimientos tendientes a procurar concesiones dentro de la aceptación de la imposibilidad de realizar elecciones normales en un sistema democrático.

Las elecciones  parlamentarias –ya lo he dicho- mostrarán el fraccionamiento de las fuerzas políticas del país, lo que será el tablero para el juego, a falta de uno proveniente del amontonamiento de ficciones, una de las cuales terminará inevitablemente con su realización. Si en lugar de jugar a colocar las piezas en la mejor posición posible, nuestros políticos siguen mostrando su evidente escasez mental, quedarán fuera del juego, lo que será muy lamentable, no por ellos, sino por el país.
A veces el juego se realiza mientras algunos se distraen con el color del tapete. El intercambio de acusaciones y “ofertas” sobre DirecTV y la torpeza sobre la importación de gasolina iraní, son dos ejemplos patéticos de que no hace falta más de un jugador para jugar el juego, pues uno sólo jugará si el otro se limita a ver como le llenan la cesta. No se puede depender del patrocinador, pues entonces juego no habrá, sólo emisión de propaganda.

Habrá elecciones parlamentarias y ante las reacciones a uno le provoca asumir el cinismo frente a los amateurs. Debe ser porque asalta aquella frase de Oscar Wilde: “El cinismo consiste en ver las cosas como realmente son, y no como se quiere que sean”.

@tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles 27 de mayo 2020)

miércoles, 20 de mayo de 2020

La dispersión





Teódulo López Meléndez

No se trata en este texto de la dolorosa marcha de millones de nuestros compatriotas. Hay otra diáspora que dudamos en llamar de la sindéresis, aunque la palabra aquelarre nos asalte.

Se acusa a un dirigente político de haber planteado que él debe ser candidato presidencial cuando las realidades muestran que tal escenario no existe y que si es un político lo sabe. Se gira sobre las mismas acusaciones de siempre, como gente que pretende llegar a una “convivencia” o de crisis internas en algún frente que, de existir, serían perfectamente comprensibles. Sólo elenco parcialmente para mostrar una opinión pública que dejó de serlo y vuela sobre los hábitos de las ramas, incapaz de discernir.

Se desoyen las observaciones de quien realmente tiene el poder. Aquí lo que realmente está planteado es la realización de las elecciones parlamentarias, unas peligrosas hasta para el poder, pero convenientes a la hora de los balances. Aquella mayoría, de la cual aún se evoca la legitimidad, provino de un sistema electoral adecuado para el PSUV y que se le volteó, pero si alguna concesión harán a quienes con ellos “dialogan” será el retorno de la representación proporcional de las minorías. Va a salir de allí una Asamblea Nacional profundamente fraccionada, sin mayorías claras y entonces los entendimientos obligados volverán a la luz del día.

Un rápido repaso por la realidad latinoamericana muestra este fraccionamiento resultante. Recordamos por ejemplo a Perú, luego de la polémica decisión de disolución del Parlamento ante la obstrucción. Son esfinges que se hunden al quedar su enigma solucionado, me parece recordar en una expresión de Heinrich Heine. Las circunstancias son las circunstancias y los entramados especulativos sólo responden a la necesidad de espectáculo, como por ejemplo hablar de bonos y de dinero para “justificar” ante los lectores una supuesta acción antiunitaria.

Vendrán las elecciones parlamentarias y seguramente asistiremos al espectáculo de “ir o no ir, ese es el dilema”, admisible en cuanto somos repetitivos, o “no se puede ir a elecciones con este régimen”, pero, como decía de las circunstancias, pasa que ellas dan las diferencias. O quizás con Hegel pudiéramos decir que los tiempos felices son páginas en blanco.

@tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles 20 de mayo 2020)

miércoles, 13 de mayo de 2020

El entramado bambolea




Teódulo López Meléndez

Ya asistimos a lo insólito con la mirada del descubridor de añicos. Podemos ver el protagonismo de acciones sin precedentes en siglos y pensar es lo más natural. En un espacio de 21 años hemos adquirido un excepcional complejo de sumisión a la inferioridad. Uno puede irse a la antigüedad clásica y encontrar griegos prestando sus servicios como soldados o detenerse en Roma engrosando sus legiones, pero esto de negociar con mercenarios su acción para ir contra un régimen carece hasta de congruencia hereditaria.

Los términos de la política en un país cuyo anhelo de retorno se enmarca en el de un programa cómico de la televisión amerita historiar la ridiculización. Francia tuvo desde el Mayo famoso hasta la pasión por Coluche, la evolución desde  Sartre hasta su sepelio por un procaz humorista televisivo. Los pueblos se desvanecen hasta creer que los verdaderos héroes son aquellos que satirizan a los políticos o a los pensadores. Es cierto que el humor es temible, pero hasta este es categorizable.

Los tiempos mediocres engendran profetas huecos, nos parece recordar como una afirmación de Camus. Hoy los pueblos dejan transpirar sus confusiones mentales en las redes sociales, no siempre por culpa propia, sino por unos actores que nos demuestran que no hay indicios de nacimiento de una nueva realidad. La visión de lo humano nos indica que toda transformación política realmente importante está precedida de cambios del panorama intelectual. Con excepciones, aquí esas cosas llamadas “influencers” son las que hablan, sobre sus propias estrecheces mentales, y las que realmente importan a la vasta audiencia.

Mijail Gorbachov, en un momento crucial, viajó a la RDA y soltó una frase famosa, “la vida castiga a los que la posponen”. No se puede vivir posponiendo. Este es un país que reduce su reserva moral a hombres para la teoría. Ya no existe un modelo venezolano de sociedad. Nos han hecho un canal de espectáculos en serie y como ocupación principal nos han impuesto seguir el thriller con la ansiedad propia del espectador que se divierte.

Hemos perdido la capacidad de distinguir los signos de nuestro tiempo y, en consecuencia, la de trabajar con sus carencias y ventajas. Ya no alzamos la mirada y el entramado bambolea.

tlopezmelendez

Artículo en el diario El Universal (Miércoles 13 de mayo 2020)