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sábado, 12 de abril de 2014

Marcos Pérez Jiménez, presidente constitucional






Teódulo López Meléndez

La mirada se dirige preferiblemente a los espectadores y no al espectáculo. Haberles dicho unos cuantos lugares comunes alimenta la catarsis. Como si de un debate electoral se hubiese tratado se apunta a la victoria, lo que, obviamente, no considera algún resultado. Como si de una primarias hubiese sido se toman preferencias por quien supuestamente estuvo mejor. El “oíste lo que le dijo” se enarbola entre risas nerviosas. Se exceden algunos al proclamar que fue el enfrentamiento entre civilización y barbarie, mientras otros establecen como vendetta conseguida haber interrumpido al especialista en “cortar” micrófonos en el remedo de Parlamento que maneja como pulpería de pueblo y, en consecuencia, haber hecho justicia a los diputados que no saben si algún día podrán hablar como se debe. Algunos se transfieren al boxeo y hablan del primer round con la elegancia que suele acompañar al desparpajo superfluo.

El país se aplicó a comentar durante el día el capítulo anterior de la telenovela. Es su hábito desde que este subgénero irrumpió para quedarse. Se omitió el cartel que suele acompañar a todo reality show, el que indica que no todo lo presentado se compagina con la realidad o que algunos hechos fueron cambiados para proteger a los inocentes. En el imaginario colectivo la palabra “diálogo” fue rápidamente cambiada por la palabra “debate”, cambio lingüístico no siempre apreciado por los escasos de vocabulario.

Aún así, hay que mirar al debate. Aquí no hay elecciones, a no ser las convocadas previamente para sustituir a los alcaldes de San Cristóbal y San Diego, presos políticos sobre los cuales el llamado a votar indica seguirán presos, siendo la libertad una de las “condiciones” establecidas para retomar la rutina de un régimen dictatorial que avanza y de una oposición formal que desea el tiempo pase para llegar a una nueva elección o a eso que llaman “salida constitucional”. El mundo celebra el inicio, dejando atrás todos los avances y eventuales pronunciamientos sobre la realidad del país. En la calle se cometen torpezas, como una huelga de hambre. Uno vuelve inevitablemente a los espectadores para concluir que los indicadores apuntan a que se sienten muy bien representados en la clase política mostrada en pantalla, mientras otros nos consolidamos en la tesis de que las posibilidades del país pasan por defenestrarla.

En medio de la confusión uno llega a recordar que el extraño lenguaje del régimen de ponerle femenino a toda palabra se aplica en un caso del Derecho Mercantil, donde bien se podría hablar de protesta y de protesto, siendo este último un documento para dejar constancia del no pago de un efecto de comercio. Mientras, sigue desaparecida la periodista Nairoby Pinto, en nuestra opinión un hecho de extrema gravedad.

Me asalta la infancia. Recuerdo de pequeñín el jingle que sonaba incansable repitiendo “Marcos Pérez Jiménez, presidente constitucional”. La invocación a la Constitución es, desde cuando tengo memoria real porque la remota la tengo de esa costumbre que los venezolanos no practican de leer historia, una acción recurrente de la política, hasta para permitir a uno de los Monagas exclamar que ese era un librito que servía para todo. Uno recuerda a la presente  evaporada y algunos conceptos básicos como las normas primarias que permiten una convivencia de un cuerpo social que sabe de la referencia a la hora de administrar los conflictos propios y necesarios de la política.

El país persiste en un punto peligroso. La economía sigue allí, con su carga de molestias y déficits. Los estudiantes, sobre los cuales las cifras espantosas prueban que jamás habían sido tan golpeados contando desde que Colón avizoró estas tierras, siguen allí, con errores propios de la juventud, pero incansables. La ratificación explícita del régimen sobre su encierro apunta a un gotero medio tapado a la hora de soltar una concesión de libertad o una ligerísima corrección del rumbo. El conflicto está intacto. El país no.



martes, 8 de abril de 2014

Los huecos del laberinto






Teódulo López Meléndez

En 1957 Monseñor Arias Blanco emite al país una pastoral que sería leída en cada templo. No hay un llamado a derrocar a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Lo que hay es una apelación a un cambio histórico que el ilustre prelado sustenta en la doctrina social de la Iglesia. Eran los tiempos de la migración rural a las ciudades, de la mala distribución de la riqueza y de una situación profundamente negativa para los trabajadores. Es así como aquella pastoral procura una respuesta que no se centra en un diálogo sino en una superación definitiva de aquel presente. Era un país naciente regido por un gobierno incapaz de entenderlo, desde sus formas dictatoriales y desde su inepcia conceptual.

La Conferencia Episcopal Venezolana emitió un documento sobre este otro presente con severas denuncias contra el régimen, con la ilación de lo que todos conocemos, con algunas críticas suaves a los sucesos de calle y con un llamado al diálogo enmarcado en una afirmación tajante que lo contradice: el “totalitarismo” está encarnado en el “plan de la patria”. Casi banal recordar que ese “plan” es ley y constituye el corazón mismo del actual régimen. En otras palabras, el diálogo sería sobre lo tangencial, aunque sea grave y doloroso, puesto que podremos considerar que quienes gobiernan no estarían dispuestos a arrancarse ese órgano vital. Por encima de las palabras duras no hay planteamiento alguno hacia una transición y menos hacia un cambio histórico como lo planteaba Arias Blanco. En otras palabras, para quienes comparan 1957 y 2014 desde el ángulo de la Iglesia, no hay nada en común.

En este cuadro uno recuerda la veteranía y sapiencia de la diplomacia vaticana. Como también debe hacer mención a UNASUR en sus esfuerzos de diálogo, puesto que es notorio que estos mis artículos de opinión irán a parar a un libro que escribo sobre este duro año 2014 con el único propósito de ayudar a entender a algún historiador ignoto que dentro de 50 años merodee por estos tiempos tormentosos.

La palabra “diálogo” tiene sus propias connotaciones y las reuniones sus propias reglas, tales como establecer número de delegados de cada parte, nombres, lugar de reunión y agenda. Contradictorio reunirse sin haber tenido la más mínima injerencia en los sucesos que se discuten y sin llamar a formar parte de la propia delegación a quienes desde la cárcel o desde la calle han sido sus protagonistas. No se hace porque se tiene una franquicia, que si bien es sólo electoral, bien sirve para revivir desde la falta de protagonismo y sirve como bombona de oxígeno para mantener con vida aparente a la clase dirigente sin perspectiva.

Sobre el presente seguramente habrá demoras, esguinces y contradicciones. Mientras, el acoso represivo sobre una zona de Caracas por más de seis horas es “resuelto” diciendo que se establecen siete u ocho puntos de control para evitar violentos y se llama a la población a no hacer caso de grupos minoritarios. Dije en Twitter que antes los alcaldes construían alcantarillas y ahora las tapan y que antes los alcaldes agradecían a sus electores mientras ahora los llaman “grupos minoritarios”. Me he permitido recordar mi constante afirmación de que las posibilidades de este país pasan por defenestrar a la clase dirigente.

En situaciones como la que vivimos el laberinto está lleno de huecos, no precisamente como respiraderos, más bien como efectos de una implacable polilla. Venezuela es un país sin memoria. Ya no recuerda en los sucesos de los años pasados se nombró una Comisión de la Verdad que jamás se instaló y que hubiese impedido, por ejemplo, la prisión de Iván Simonovis. Ya nadie recuerda al único firmante que se precinó y que hoy preside CEDICE y que dentro de pocos días tendrá una sesión en Caracas con la presencia de Mario Vargas Llosa. No podemos especular con que ahora alguien se haga la señal de la cruz sobre sí, pues tal vez colegiraríamos  que Parolín es santo y que Francisco ya hace milagros.

Lo digo porque es difícil hablarle a un país sin memoria. Este país suele arrebatarse de ira por dos días cuando al tercero ya no recuerda la causa de su ira y los protagonistas de las engañifas comienzan a tejer las nuevas. No hay respuestas sobre las preguntas de fondo, porque el avenir suele estar lleno de imprevistos. Baste recordar que hay que construir una nueva opción para el futuro desde el cual se cambia al presente, que debe procurarse un cambio histórico y que las restauraciones no conducen sino a una revolución repetida.   

Si ese desconocido historiador para el cual armo el expediente no logra entender seguramente la explicación se encontrará en que nació en el exterior hijo de venezolanos que emigraron mientras una clase dirigente vivía de la alharaca y de los simulacros.

miércoles, 2 de abril de 2014

El reinado de la confusión





Teódulo López Meléndez

Desde el inicio de una huelga de hambre hasta una proclama absurda que fijaba el primero de abril como día de un “paro nacional”. Las muestras han sido de una dirección confusa o, quizás, de la ausencia de una dirección. Uno puede perdonar errores de lenguaje, pero no en una situación tan grave. De allí, una dirigente estudiantil tuiteando “no puede haber diálogo sin…, lo que contradice su posición de no ir a tal diálogo, pues es evidente que al condicionarlo lo acepta. Hablando de lenguaje bien sería quitar la B a la GN o a la PN, pues bolivariana en tal represión no lo parece, lo que suele no ser entendido y que no es más que poner de manifiesto el valor de los símbolos. O cuando uno, recordando viejos sistemas de resistencia, apela a un “Día sin nadie en la calle”, para encontrarse con la respuesta de que eso haría feliz a Maduro; debe ser que entienden que uno se refiere a un día sin manifestantes. Lo dicho: la destrucción del lenguaje es uno de los daños fundamentales.

La falta de memoria es proverbial o se trata de brotes anarcoides. En el último “paro nacional” existían una CTV y una Fedecámaras fuertes, más una sólida presencia en PDVSA y sabemos de sus resultados. Proclaman alegremente que el primero de abril es el día de “paro nacional” mientras millones de personas siguen su vida rutinaria. No saben de lo que hablan. O vemos que, mientras en la plaza pública se proclama la muerte de la república, se anuncia como próxima acción recurrir con solicitud de amparo ante el TSJ de las interpretaciones complacientes y de las barricadas que lo separan del Derecho.

Uno puede explicarse, más no justificar, semejantes gazapos, mientras la represión es brutal y caen muertos, heridos y presos. Si algo se requiere es un replanteo táctico mediante la asunción de variantes que no automáticamente suministran inteligencia y coherencia. Las maniobras, los acomodos, la espera del momento de la “normalidad” para ir a negociar, corren a la par de los errores.

Podríamos atemperar esta observación recurriendo al ABC de la estrategia y de la táctica, no sin el presentimiento de que las letras ABC forman parte del lenguaje y que, en consecuencia, también las letras ABC presentan óxido y casi no se le pueden colocar vocales intermedias e intentar un mínimo de sujeto, verbo y predicado.

No obstante, digámoslo, que la estrategia implica planificación y coordinación apuntando a un fin predeterminado y que la táctica es el método o forma usados para conseguir ese objetivo. La estrategia se revisa y se ajusta, las tácticas se cambian. El movimiento que hemos visto requiere de ambas vertientes. No hay variantes excluyentes. Bien pueden administrarse y alternarse. Existe eso que llaman repliegue táctico y eso otro que llaman movimientos ficticios para confundir.  Las luchas se conducen exitosamente cuando no hay dudas razonables sobre lo que la dirección plantea, si es que tal dirección existe.

Los logros alcanzados, repito que a un altísimo precio, están a la vista: deterioro obvio del régimen en el escenario internacional y disminución consistente y progresiva en su apoyo interno, caída de la máscara y asunción plena del criterio de que nadie lo sacará por ninguna vía sin que obtenga como respuesta una violencia desatada y sin escrúpulos. Esos logros tienen nombre y apellido, los de nuestros muertos. Esos logros no se echan por la ventana con torpeza ni con cansancio ni con abulia ni con meteduras de pata.

Es la hora de los señalamientos. No estamos para mirar con imperturbable frialdad este cuadro. Estamos para apelar a un sentido común que parece escaso. Asumimos como deber llamar la atención y así lo hacemos sin que midamos los malentendidos o las incomprensiones, bagatelas a la hora de la suerte de una nación.



viernes, 28 de marzo de 2014

Crucigrama





Teódulo López Meléndez
Me parece haberlo visto entre las ruinas de Pompeya, vecino a las figuras petrificadas por la lava del volcán iracundo, en alguna calle desolada apenas incidida por algún turista errabundo. Sí, me parece haberlo visto entre los restos de comida solidificada e inclusive vecino a la fundida estatua de una pareja que hacía el amor. Era un crucigrama, que gracias a una guía espontánea y voluntariosa supe se llamaba “cuadrado sator”, uno que, sin embargo, no indicaba nada de concesión de poder por traspuesto, nada de la designación de una hermana como ministra para aliviar la pesada carga de alcalde olvidado entre los indeseables a los que no se les puede permitir salir de la pobreza pues pueden derivar en oposición.

Un simple pasatiempo, una plantilla para cruzar palabras verticales y horizontales, uno para el cual, no obstante, se requiere habilidad y conocimiento del lenguaje. Tal como un scrabble sobre un tablero de 15 x 15 casillas donde gana el que acumule más puntos. Algo así como capturar tres generales en uno de los países que casi alcanza más trisoleados que el ejército norteamericano o jugar sudoku para romperse la cabeza con una lógica inexistente ingresando los números del 1 al 9 como pueden ingresarse conspiraciones e intentos de magnicidio, tratando de no repetirse, aunque cada día se juegue a fecha en que una “memorable hazaña” fue cometida por el desaparecido sin que hubiese ocurrido la sorpresiva erupción y un escándalo de corrupción perturbase los baños del imperio.

No hay palabras a cruzar en esta Pompeya recalentada por protestas, a no ser por los que luchan denodadamente por recobrar protagonismo y marchan bajo la erupción con un pliego de peticiones que recuerdan a Gustavo Cisneros como gran figura en la autopista frente a la multitud, acompañado de Miss Venezuela de traje típico y de brazos de Osmel Sousa, mientras en el balcón se veía al Secretario General de la OEA junto a Roy Chaderton matando las horas y a un denodado Centro Carter vigilando que el papel se firmaría no se conviertese en algo realizable como un crucigrama. Los tiempos son otros: nuestras mujeres bellas caen muertas o se les ve iracundas en un desafío que no tiene nada de sudoku.

La diplomacia carcomida gusta de empezar los crucigramas con la palabra “diálogo” y procurar derivaciones. La palabra en cuestión permite degenerar la palabra a nivel de una pimpina desde la cual Poncio Pilatos vertió el agua en una ponchera. Es cómoda la palabra, especialmente si ya ha sido utilizada como argucia por el régimen al cual se llega con entrañable simpatía. Siempre hay gente dispuesta a jugar al crucigrama. Lo está, porque siempre ha jugado a realizar el crucigrama y el sudoku termina en 9, sólo que representando el final de la segunda década del siglo.

El derecho se hace palabreja y la conjunción vertical, de arriba hacia abajo, como una daga rasga cualquier posibilidad de idioma, porque en el arriba del hemiciclo sólo hay orden de silencio, de gritos sobre “fascistas” y, por ende, se levanta la inmunidad parlamentaria a gusto, a voluntad, a decisión unipersonal del co-dictador. Uno recuerda nadie se entrega a una dictadura, uno recuerda lo que dijeron los perseguidos del ayer sobre el deber de mantenerse libre o de imponerse el pensamiento, 24 horas sobre 24, de tratar de fugarse. Uno recuerda dónde el perseguido o la perseguida puede rendir mayor utilidad, por ejemplo viajando, sin pedir aún el asilo, hablando allí y acullá.

No hay crucigrama repetido. Las palabras con acento venezolano que cruzan el mundo son otras. La mirada del mundo, por encima de la diplomacia ramplona, habla de un deterioro irreversible, como tampoco es la misma dentro, dónde se nota una caída vertiginosa en el apoyo popular que espera tarjetas de racionamiento, precios inimaginables de los productos básicos y cansancio de llevar silla y sombrilla a la espera del acto normal de comprar comida. En las colas no se hacen crucigramas, más bien se cocina la ira.

El precio ha sido alto, altísimo, aún con letras de cambio por pagar, pero este país, donde una clase dirigente agotada hace crucigramas, las palabras que surgen son para indicar el peor de los temores: una clase dirigente nueva se asoma no a jugar.