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sábado, 26 de julio de 2014

Convergencia hacia el centro



Teódulo López Meléndez

El país se inunda de simulaciones vestidas como propuestas. El país ve correr tinta con supuestas alternativas que no son más que justificaciones inventadas para el ejercicio vacuo del diario acontecer  de mantenimiento. Estamos en una discusión estéril sobre “salidas constitucionales” y demás yerbas aromáticas entre las cuales no faltan las violentas.

El país lo que recibe es una tormenta de distracciones, de diseños de “caminos verdes”, de políticos de segunda tratando de mantenerse en la palestra. Este país parece una gran fábrica de fuegos artificiales. Como ya lo es de dinosaurios ejerciendo el poder desde gríngolas ideológicas y con apego a normas jurásicas.

El caos es el cierto vertedero de cada día, con líneas aéreas suspendiendo vuelos, negándose a fletar aviones al Estado maula o con la suspensión de otros por retaliación. Sólo de apariencia el caos es aéreo, pues si se mira bien lo es también terrestre y marítimo para usar una imagen que nos indique que anda por todas partes, como yedra venenosa. Podríamos asegurar que el caos es existencial.

El país tiene, o debería tener, conciencia, de que la posibilidad del escape es sólo suya, que sólo él puede desarrollar la concentración de energía necesaria para producir un cambio histórico, pues de cambio histórico se trata más allá del planteamiento simple y llano de obstinación frente a un gobierno y frente a quienes se le oponen desde la socarronería.

La única posibilidad es la de la constitución de una gran fuerza organizada que imponga a los actores del drama una voluntad y un camino, mediante un ejercicio serio de política, con estrategias y tácticas adecuadas de una presencia incontrastable.

Ese movimiento tiene que ser hacia el centro, pues los extremos han asumido hasta la paranoia sus habituales desvaríos. Ese centro tiene que estar definido por el pragmatismo, uno que conduzca a la asunción de las posibilidades que nos quedan sin pensar en definiciones ideológicas congeladas. Ese pragmatismo debe estar centrado sobre férreos principios éticos y sobre las ideas, porque la acción política sin ellas es bastarda.

Las ideas deben ser sobre una definición de país, de uno donde se puedan combinar en armonía las diversas variantes, las actualizaciones de la teoría democrática y económica y la asunción plena de una realidad marcada por el tiempo: este es el siglo XXI y no podemos seguir con praxis añeja y desvaríos propios del pasado.

Es esa conformación la única manera de imponerse a los actores del presente dramático. El país no puede continuar como uno enceguecido de bandos ni de bandos de los bandos. Se requiere una convergencia de centroizquierda y de centroderecha con eje en el centro. Tengo tiempo llamándolo “unidad superior” y también como “tercera opción”, que ya en verdad no es definible como tercera sino como “la” opción.

Se requieren voluntades, como el despertar de la inteligencia nacional de su sueño absurdo y de omisión. Se requiere una “unidad superior” que entienda somos un país en emergencia, un país aún. Se requiere los ciudadanos se arranquen los anteojos de suela, alcen la mirada y perciban que la respuesta no está en los arranques sinuosos de una clase política moribunda sino en ellos mismos.

Es una tarea difícil, no por falta de conceptualización ni por realpolitik de su procedencia, que es tan obvia que lo proclama a gritos frente a la sordera, sino por un adormecimiento impuesto a la gente, uno que cree no existe cuando sólo se dedica en verdad a gritar su inconformidad en vano. Mientras, estamos expuestos a los avatares, a las sorpresas que el transcurrir de este drama pueda traer consigo. Si dejamos al azar o a los imprevistos que la historia suele acobijar, se nos impondrá otra realidad sin que hayamos hecho lo que debíamos hacer por construir una, porque los pueblos despiertos construyen realidades.




sábado, 19 de julio de 2014

La era de las falsificaciones




Teódulo López Meléndez

Venezuela sigue empeñada en las mismas discusiones, en un ritornello ocioso que no es más que tapaderas del vacío.

En Venezuela no se hace política, se hace albañilería. Se ha convertido al país en una mezcladora  de cemento en medio de la paradoja de que cemento no hay. La astucia, los cambios de traje, los retrocesos que muestran una ambición desmedida, se disfrazan de “planteamientos a discutir” cuando no son más que parches como en la vieja historia de aquel que metía los dedos en los huecos de la represa para evitar su colapso.

Se exige discutir las excusas y los acomodos como si de novedosas tesis de salvación nacional se tratasen.  Hasta las acusaciones semejan cucharadas de albañil tratando de corregir una pared derruida.

El país no requiere albañiles frisando. El país requiere de grandes movimientos mientras está pleno de albañiles. El país requiere de ideas, no de simulacros. El país requiere de obras de alta ingeniería inteligente, no de remiendos. El país no necesita distraccionistas lanzando al aire bolos para recoger en las esquinas algún émulo.

El país requiere la suplantación de los falsificadores. He hablado de las modificaciones sufridas por las tablas de dividir y multiplicar. Aquí mientras se dice sumar se resta. Es menester un gran fraccionamiento, que cada quien salga de donde no debe estar, para confluir en la evidente necesidad de ofrecer al país una nueva alternativa contra su anquilosamiento en un gobierno de fingimiento y parches y de una oposición de fingimiento y parches.

Aquí se amontonan todas las vaguedades, desde “salidas constitucionales” hasta monumentos religiosos argüidos como atractivos turísticos, desde repentinos “darse cuenta” de que la organización adversada en verdad tiene todos los planes para liberar a los presos hasta la repetición de frases empalagosas y vacías. La única posibilidad es realmente la conformación de un gran movimiento político que asuma la totalidad de la república por encima de los bloques levantados por los albañiles de turno.

El país oye las cucharadas de los albañiles sobre la pared derruida como un ritmo cadente que ayuda a su siesta. De paso, los corea. Cada paletada levanta seguidores. La profesión de albañil es muy respetable, pero la de político es otra. La del político es vislumbrar las salidas por encima de la monotonía de los ganadores de tiempo e, incluso, por encima del país que corea las paletadas de los albañiles y por encima de los fabricantes de imagen en un marketing político que sustituye a la política.

El país está inmerso en una era de falsificaciones. Más allá de “era” como espacio de tiempo quizás la palabra nos asalta como pequeño terreno donde se machaca, en este caso a un país absorto y minado por los engañifitas. En realidad aquí el tiempo no cuenta. De esta pésima obra se hace una reproducción infinita, diríamos que un “clásico”, pero ello equivaldría a un uso injusto y deleznable del lenguaje. En verdad no hay nada de clásico, no podemos recurrir al griego Theatron pues su etimología es “lugar donde se mira” y este país ha pasado a ser el lugar donde se falsifica y no se mira.

Los saltimbanquis siguen en las esquinas aprovechando el tráfico detenido esperando se les metan votos en sus sombreros de pedigüeños, mientras el país lo que requiere es destino. El destino pasa por una recomposición total, por lo que hemos denominado rebarajar  las cartas, por el despido de los actores de esquina, por dejar los fingimientos de mal teatro y la asunción del país como supremo objetivo de nuestros intereses.

Fingen, se inventan planteamientos trillados y repetitivos porque esta clase dirigente carece de imaginación. Se usan latiguillos más propios de la publicidad comercial para tapar la total falta de ideas y para justificarse en una sobrevivencia artificial como actores de la política y de lo político. Este es un pequeño terreno donde nos machacan. Estamos, en efecto, en una era, en una donde el principal mineral es la falsificación.






domingo, 13 de julio de 2014

Divorcio a la venezolana




Teódulo López Meléndez

La clase política venezolana es, seguramente, la peor que podamos recordar en nuestra larga historia de país viejo lleno de juventud.

He usado la palabra estulticia para referirme al diario bochorno de un debate intrascendente, donde los intereses sectoriales prevalecen, de tal manera obvia que se puede afirmar nadie mira a los intereses superiores de la república.

El gobierno no es gobierno ni la oposición es oposición. Esto es una entelequia, un campamento o un erial, como se prefiera.

La “unidad” fue convertida en un fetiche, en un chantaje que sirve, según cada bando, para sostener la revolución o para enfrentar al régimen, proposición que en verdad sólo es usada para mantener clientelas y el juego perverso. Últimamente se le ha sumado un chantaje, adicional, la recurrencia a la palabra “antipolítica” para señalar cualquier muestra de desagrado con lo que sucede.

He apelado en innumerables ocasiones al concepto de “unidad superior”, una que ya es patéticamente imposible si los llamados a la “unidad” no son sustituidos por un firme llamado a la división.

El país tiene que terminar de dividirse, de fraccionarse, como única posibilidad de comenzar la regeneración. Tienen que dividirse los partidarios de ambos bandos. En el régimen y en la oposición formal han aparecido los bandos internos, pero aún, cobardemente, permanecen en sus senos por creencias atávicas venezolanas de que sin partido se está perdido o de que sin la ubre del poder no hay manera de sobrevivir. No logran entender, o no quieren, que es menester rebarajar las cartas como única posibilidad de encontrar alivio a este sofoco donde ya no bastan plantas de ozono.

Tiene que dividirse el PSUV y tiene que dividirse la MUD. Tienen que dividirse los partidos que en esta última han encontrado cobijo para elegir algunos concejales, alcaldes o diputados. Hay juventudes partidistas que no comulgan, que no tienen nada que ver con los eternos jefazos internos y que deben procurar una redistribución de las posibilidades. Es menester dividirse. La gente honesta que cohonesta los acuerdos por debajo de la mesa debe dejar de hacerlo, debe dividir. En este país todas las reglas matemáticas han sido cambiadas: ya la única posibilidad de multiplicar es dividiendo.

Por el país hay abundancia de pequeños grupos sin relación alguna entre ellos, tantos que un amigo tiene como propósito hacer un censo. A ellos hay que sumarles todos los que salgan de la multiplicidad de divisiones necesarias, como condición sine que non para recomenzar un reagrupamiento imprescindible. Sólo desde la división podrán entender los puntos en comunes y la inmensa posibilidad de lograr una unidad superior. Hay que dividir, hay que dividirse. Ya el único llamado posible en este campamento es a la división.

Es necesario un gran divorcio a la venezolana. En su momento escribí un texto titulado “Matrimonio a la italiana” para referirme al caso de unión allí de sectores del Partido Comunista y de la Democracia Cristiana para la formación hacia el centro, que fue cubierto bajo conceptos como  símbolo viviente de nuevas concepciones de la vida política, como un llamado a superar las incertidumbre, como una proclama del fin de los protagonismos, la elección de los directivos en primarias, como el fin de las dañinas cuotas y grupos internos. Se produjo la unión luego de una noviazgo de 12 años porque ambas partes entendieron que el PCI y la DC estaban muertos, que su ciclo había terminado y que las ideologías había que enterrarlas en aras de un pragmatismo sustentado por nuevas ideas y nuevos paradigmas.

Es tal el caso nuestro que la única invocación posible es a un divorcio generalizado, a una multiplicidad de traumas, dado que nuestros actores no se entenderán nunca terminados. Tómese este texto como un responsable y sólido llamado a la división.




domingo, 6 de julio de 2014

La fractura múltiple



Teódulo López Meléndez

Están fracturados el gobierno y la oposición. El país está fracturado. Los habitantes de este campamento viven en una especie de batalla donde las culpabilidades se usan como argumentos no para una evaluación equilibrada sino para tratar de ganar ventajas sobre los adversarios del propio bando.

Las horas de las batallas internas transcurren entre declaraciones torpes y zancadillas en las cuales los múltiples bandos de los bandos juegan bruscamente. De un lado se atribuyen responsabilidades sobre resultados y se hacen esfuerzos por reposicionarse. Del otro, los obvios fracasos de la gestión gubernamental lleva a movimientos que más bien parecen la instalación de una planta de ozono similar a esa tan polémica que ha sido colocada en nuestro principal aeropuerto.

Los bandos no juegan en este momento contra su oponente, juegan dentro contra los bandos del propio bando. El país fracturado observa o toma bando, porque sigue pensando que su posibilidad es tomar bando, incapaz como es de percibir que el único bando que puede tomar es el suyo propio.

Mientras, un árbitro se establece, sin sacar tarjeta amarilla aún, permitiendo el juego brusco que le conviene, para usar los términos impuestos en estos días por un mundial de fútbol. La Ley de Registro y Alistamiento para la Defensa Integral de la Nación, la Brigada contra los grupos generadores de violencia y la autorización explícita dada por el Tribunal Supremo de Justicia para que las Fuerzas Armadas se conviertan en el principal partido político de la nación, atestiguan que el árbitro existe. El poder real radica en las fuerzas militares, mientras el gobierno se hace cada vez menos civil y la oposición cada día más torpe.

Desde el momento mismo de las últimas protestas planteamos la necesidad de una revisión táctica de su conducción y de sus comportamientos. Ahora lo que queda es barajarlo todo de nuevo, antes que andar en la discusión banal sobre los resultados de ellas –trágicas, por los muertos y los aún presos-, o enfrascarse en necedades como esa de “no supimos gerenciar las empresas expropiadas”, cuando en verdad lo que deberían preguntarse es si era oportuno hacerlo y sobre el camino inicial apegado a una ortodoxia ideologizada que obviamente conduciría al fracaso. El flamante orador de orden –si no me equivoco el primer jefe militar que hace de tal el Día de nuestra Independencia-, evoca los paradigmas de la vieja concepción pueblo-ejército-caudillo, con la especial diferencia de que ahora falta el tercer elemento, a menos que se considere como tal a una unidad de conveniencia de las Fuerzas Armadas o tal vez a un iluminado que brote de su seno y que el primero presenta los signos del desgaste. Sangre árabe tenemos, la suficiente como para que el papel de los militares egipcios se nos atraviese cada vez que intentamos analizar el porvenir de esta eventualidad que se llama Venezuela.

En el gobierno, con sus bandos enfrentados, hemos visto movimientos leves de cambios de ministros que, como siempre, son meros traslados, o el aparecer público de las disidencias tipo Giordani y compañía más las especulaciones que apuntan a un cambio más profundo porque parece llegada la hora ante el hundimiento de la economía. Del lado de la “oposición formal” lo único que parece mantenerlos es la convicción de que llegarán a las elecciones, que el camino para la sobrevivencia de su alianza partidista meramente electoral está dado y que seguirán imponiéndole al país “sus” candidatos y ejerciendo el monopolio de todos aquellos que detestan al régimen.

Así anda el país, entre bandos con bandos. Estamos en un juego bastardo donde no asoma por ninguna parte el interés superior que podemos identificar con el destino de la república. El país requiere recomponerse. Eso tenemos años llamándolo “unidad superior”, que ningún parecido tiene con el uso de la palabra “unidad” como sinónimo de chantaje, usada por ambos bandos y ahora con mayor razón para llamar al orden a los bandos dentro de los bandos. La “unidad” para mantener la revolución o la “unidad” para oponerse al régimen bajo la paternidad de la vieja clase partidista, son demoliciones lingüísticas y material de desecho de una clase política perversa. La unidad superior que nos interesa es la destinada a la preservación de la república.

Mientras, el país admite no se solucionará el problema del abastecimiento ni a mediano plazo, que el bolívar seguirá devaluándose, que la calidad de vida seguirá en picada, que vendrá un “paquetazo” memorable y/o que es la hora de emigrar, lo que se constata a diario con las simples noticias de conocidos. Lejos el país de plantearse su propio rumbo. El país fracturado toma partido por algunas de las fracturas de la fractura. El país inconsciente se hace bando de alguno de los bandos de los bandos. El país parece no tener aliento para empoderarse. Así los bandos y sus bandos tendrán razón: en el país fracturado arrastraremos la agonía, y los bandos, con sus bandos, triunfarán: llegaremos al 2019 con lo que quede de república.