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sábado, 23 de mayo de 2015

Lente Glocal


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Desde el domingo 31 de mayo
Con Anna Karerina Zambrano y Teódulo López Meléndez
Domingos 6 a 7 pm
Lente Glocal, donde el acontecer internacional tiene consecuencias

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martes, 28 de abril de 2015

Un país sin noticias




Teódulo López Meléndez

   Es de suponer que cuando se da una noticia se está revelando el contenido de una información que nunca antes había sido comunicada, se está entregando un hecho novedoso, lo que algunos han denominado en la teoría de la comunicación un “recorte de realidad”.
   La entrega de este acontecimiento nos obliga a recordar que por tal se entiende un evento o una situación que ha adquirido un relieve tal que amerita ser comunicado, aunque pueda ir desde una calificación de histórico hasta meramente banal. La repetición del mismo acontecimiento convertido en una “noticia” permanente bien podría ser definido como propaganda, muy contrario al sentido filosófico el cual implica alteraciones con consideraciones sobre espacio y tiempo y disquisiciones sobre cómo deben ser entendidos, si como proposiciones o hechos con identidad dependiente de los conceptos en que están enmarcados.
    Determinar lo que es una noticia, definámoslo como el criterio de noticiabilidad  es, en el mundo de los massmedia, e incluso en el de la Torre de Babel que la tecnología ha impuesto en las llamadas redes sociales, un tema de alta complejidad. Una noticia  no parece ser lo que está aconteciendo. Los hechos en sí mismos pueden ser la noticia, su reconstrucción, bajo previa selección, un hecho informativo. No obstante, la conformación de lo que antes se llamaba “opinión pública”, concepto también disminuido, encuentra en el cúmulo de informaciones lo que entiende por su conocimiento, uno que contiene todos los elementos de la selección, de las formas de procesamiento y de los valores que se han amontonado sobre el hecho original. Es lo que algunos llaman “realidad construida”. Es así como el concepto de noticiabilidad se hace patente, desde el aparato informativo controlando y gestionando hasta los usuarios obsesos de redes sociales repitiendo en círculo. La noticia no goza, entonces, de una inocencia originaria, más bien de una entremezcla de suceso, de medio, de público y de empresas. Podemos citar la posibilidad de que un suceso se presione para su conversión en noticia o se repite hasta convertir en tal el hecho irrelevante, disquisiciones que hacemos ante el amontonamiento de los periódicos en los puestos de venta, lo que no se debe solamente a la presencia de Internet y a las versiones web de los periódicos, sino a otra circunstancia que puedo apreciar en mi país: desinterés por la noticia.
   No sólo parece tratarse de noticia como sinónimo de “mala noticia”; quizás que en el panorama específico de un país la ausencia de noticia ha pasado a convertirse en sinónimo de “buena noticia” o a la espera de una noticia que la historiografía pudiese definir como “acontecimiento histórico”. Puede deberse a una distorsión permanente de la noticia, especialmente en un país donde se pretende una hegemonía comunicacional donde un análisis somero, digamos de las estaciones de radio FM de la capital, sólo para ejemplarizar, nos revela alrededor de un 40 % transmitiendo consignas oficiales disfrazadas de “hecho noticioso”, lo que nos lleva de nuevo a considerarlos, en cuanto a credibilidad, según el viejo axioma de que más vale la fuente que la verosimilitud del hecho. Por otra parte, la velocidad del hecho informativo, adquirido en los teléfonos inteligentes, en la multiplicidad de blogs y en la disponibilidad de Internet hacen de la novedad un hecho instantáneo que se disuelve a pesar de que el elemento obsesivo haga a los “babelonios” girar intermitentemente sobre él.

   Otro elemento radica en las columnas de opinión donde se escribe repetitivamente lo que una audiencia cautiva quiere oír, o en ejercicio de una oposición política intrascendente o de manipulación distraccionista, o paradójicamente en su opuesto, en una escritura que ya dejó de ser, por los elementos mencionados, de algún interés para los lectores. Encontramos que la noticia es reproducida una y otra vez, lo que en el periodismo del pasado era una virtud (que un medio se viese obligado a reproducir lo publicado por otro), mientras que ahora lo que se reproduce son las contradicciones y las manipulaciones de atribución del hecho a unos causantes supuestos usados hasta el aburrimiento lo que convierte a la noticia repetida en un eco perdido, en una merca consecuencia de una manipulación en la que caen, obviamente, sus opuestos.
   Puede argumentarse que estos criterios no son aplicables, con exactitud, a la noticia internacional, a lo cual se contra argumenta que tal no es relevante para un país que no entiende de su importancia, que ignora los acontecimientos de un mundo globalizado,- más aún, glocalizado- deben ser seguidos con especial atención para entender sus propios sucesos internos y hasta para superar la desidia de ignorar su propia historia. Si conforme a alguna definición “noticia es aquello que hace hablar a la gente”, hay países donde no se habla del mundo.
   Por lo demás, cabe una reflexión de la noticia como semantización, como estilo lingüístico, en situaciones donde la corrosión del lenguaje ha llegado a sus extremos, por haber perdido toda propiedad y en haberse convertido en un amontonamiento de signos que se emiten con total irresponsabilidad llegando a convertirse en significantes sin significados lo que, obviamente, lleva a concluir que sin significados no hay significantes, comentario especialmente aplicable a lo que hoy bien podría denominarse “periodismo ciudadano electrónico”.  Hay que admitir que la degeneración de la palabra proviene fundamentalmente de quienes hablan como actores públicos, de aquellos a los que los medios prestan atención por su protagonismo político. Si la noticia la consideramos, en teoría de la comunicación como un texto autónomo, sus actores, especialmente en el terreno de la política, lo convierten en un texto desechable.
  Recordemos ahora, en algunos aspectos, a Maxwell McCombs, el profesor autor de la teoría de la agenda-setting (su último texto, Communication and Democracy: Exploring the Intellectual Frontiers in Agenda-Setting Theory), ya conocida del público interesado hace más de 25 años, por su abundancia sobre la agenda de los medios sobre la pública, esto es, sobre la decisión de los medios de hacer o no de un hecho una noticia., pero más que todo porque ha alcanzado otros niveles, tales como la descripción de los atributos en cuanto se refiere a la relevancia que se otorga a ellos, dado que se establece que no sólo se determina sobre qué pensar sino también cómo debe pensarse sobre ello. El asunto nos coloca en el nivel de la ética. Si la noticia, en un país determinado ha pasado a convertirse sólo en el enredo verbal del establishment del poder y en el propio de quienes aspiran a sustituirlo, caemos necesariamente en el tema de la democracia y en su relación con las variantes de la agenda-setting, dado que, conforme a ella, podemos encontrar en un país pérdida total de los elementos claves de la comunicación, a saber, consenso, vigilancia y transmisión de la herencia social, convertida esta última en una deformación de la historia. Dicho en otras palabras, la noticia oculta entre sus pliegues la posibilidad de llegar a acuerdos, mientras aquí genera el desacuerdo, lo que ya harta a sectores crecientes de la población. Es obvio que sin consenso no hay democracia, mientras que si se divide entre dos sectores irreconciliables la noticia única radica en la ruptura, en la inexistencia de democracia. En este país asistimos, además, al acoso a los medios impresos con la carencia de papel o a procesos judiciales inéditos en la historia del periodismo, como procesar a la directiva de un diario por una cita hecha en su texto por un columnista de opinión. Concluimos en la identidad entre noticia y democracia, no sin olvidar, como la propia teoría agenda-setting lo muestra, las profundas desviaciones ya señaladas hasta el cansancio por todo analista serio de la comunicación. En cuando a la agenda-setting ha sido llevada a otros campos, como lo ha hecho la profesora española Raquel Rodríguez Díaz (Teoría de la agenda-setting, aplicación a la enseñanza universitaria) al estudiar el papel de los profesores en sus alumnos, como hace McCobbs al estudiar el papel de la noticia en quienes la ven, oyen y leen. Aplicable, por supuesto, a las formaciones mentales de los usuarios de las redes sociales, al avasallante diluvio de falsificaciones de los regímenes dictatoriales, a la invención o a la intrascendencia presentada como noticia.
   Iremos, para concluir, hasta Anthony Giddens, no por su criterio sobre una segunda modernidad, más bien por su concepto de “fiabilidad”. Las diferenciaciones entre modernidad de los clásicos y este grupo de pensadores europeos de los noventa son notorias, como las diferentes denominaciones, desde segunda modernidad o tiempo social tardío moderno hasta sociedad global del riesgo, desde sociedad postradicional hasta sociedad posindustrial, desde hipermodernidad hasta sociedad informacional, hasta sociedad del conocimiento con la revolución que implica. Quien escribe suele hablar de postmodernidad.
   En el tema que nos ocupa, Giddens (Consecuencias de la modernidad) aparece por sus opiniones sobre la fiabilidad de los sistemas abstractos o sobre las relaciones entre fiabilidad y competencia o entre fiabilidad y seguridad ontológica. En otras palabras, si buscamos en la intimidad del receptor de la noticia, encontraremos en buena medida la vieja calificación lacaniana de “yoísmo”, pero aquí vista desde el ángulo de la imposibilidad de relaciones sociales fiables, con sus consecuencias de dispersión y de multiplicidad angustiante de desvaríos, porque ante la desaparición de la noticia como acontecimiento en su definición filosófica, cada quien anda buscando construirse un yo que no puede pasar sino por un proceso reflexivo que aún no se da.
   Estamos en un nuevo orden que apenas se asoma, uno donde todos los conceptos están en dudas, desde el de poder mismo hasta las ópticas culturales. Giddens piensa que la fiabilidad estás puesta en capacidades abstractas y no en individuos (lo contrario de lo que aquí acontece), para añadir que la característica está en la posibilidad de resultados probables más que en una comprensión cognitiva, lo que pone el balance decisorio en el individuo común más que en lo que se denomina “sistemas expertos”. Su tesis sobre la reflexión de los procesos sociales implica que esa reflexión continuamente ingresa en el universo de sucesos explicados, se despega y reingresa. He aquí que hemos reingresado la noticia.


sábado, 18 de abril de 2015

Los rasgos de la utopía




Teódulo López Meléndez
  
En 1516 Santo Tomás Moro publicó  Dē Optimo Rēpūblicae Statu dēque Nova Insula Ūtopia. Quedaba establecida la palabra utopía como una república óptima en una isla, en medio de un dominio absoluto de la religión católica, aunque el siguiente año de 1517 Lutero publicó sus tesis de Wittemberg lanzando la Reforma Protestante.

  Moro, frente a la proliferación de eclesiásticos, plantea un Estado guiado por el Derecho Natural, uno donde existía igualdad entre los ciudadanos y una pluralidad religiosa. Era del magnitud el planteamiento que aparece lo utópico, palabra aún de origen etimológico desconocido (aunque todo indica se trata de un doble juego de significados extraídos del griego), situada la posibilidad en una isla. No había, de manera equivocada, la eventualidad de concebir tal sociedad ideal fuera de un espacio aislado en contraste con la realidad existente. En verdad el planteamiento “utópico” estaba ya en Platón con La república y en otros textos griegos. No obstante es de Moro que nos llegan utopía, utopismo y utópico, un “no lugar”, una idea que tiene en su propia esencia la imposibilidad de realización, una propuesta modélica imposible de construir.
  
Este Estado imaginario donde reinan la paz y la justicia se alza, obviamente, sobre la realidad real inaceptable por representar lo opuesto. Desde ese lejano 1516 muchas cosas han transformado las concepciones políticas y la idea de que todos los seres humanos somos iguales es un principio aceptado, aunque en la práctica se niegue en muchos lugares. Así mismo, aparecieron las palabras distopía y ucronía, siendo la primera de invención de John Stuar Mill para describir una “utopía negativa”, esto es, una sociedad hipotética indeseable. La ucronía, por su parte, es más bien un género literario donde la novela se sucede a partir de un hecho que en verdad sucedió de manera diferente.
   
Sea como sea, la utopía se ha alzado siempre como un planteamiento que señala una dirección de cambio, aunque sea un sueño inalcanzable, o como un reflejo de los anhelos de una sociedad determinada, o como una útil crítica pues muestra los límites de la política existente, o como el anuncio de la necesidad de actuar en procura de un mundo mejor.
   
A pesar de la evolución conceptual de la palabra utopía sigue prevaleciendo la negativa, de manera que se responde normalmente calificando de utópico aquello que parece irrealizable. No obstante hay que señalar que la búsqueda de lo utópico es calificable como un hecho antropológico básico, como expresión fundamental de la libertad, como un motor de la transformación social.
   
La utopía, así, aparece como asociada a la condición humana. La búsqueda de nuevos estadios sociales se hace tarea moral nacida de una insatisfacción que aparece de manera especialmente fuerte en momentos de crisis, de derrumbe o de hecatombe de un mundo. Es obvio que la utopía, posibilidad de edificar nuevos cimientos, surge en la necesidad de un nuevo orden social. La conformidad con lo existente tarde o temprano se rompe e irrumpen lo que se han dado en denominar cambios históricos, unos que han encontrado en el brote de las ideas y de los sueños el combustible necesario para percibir que no se ha llegado y que quizás sea imposible llegar, pero que el esfuerzo mismo ha producido transformaciones. No obstante, debemos precisar que no todo es quimera, sino un posible a buscar.
   
Un planteamiento de este tipo no constituye la aparición de una nueva ideología a engrosar la larga lista de los cuerpos cerrados que pretendían tener la respuesta a todo dentro de sus límites, axiomas y dogmas. Pueden transformarse en ello y los ejemplos históricos son abundantes. Rousseau planeaba sobre la Francia de 1879 y Robespierre resolvió mediante el terror. O El manifiesto comunista derivando en el totalitarismo de Stalin y de la URSS. No olvidemos, por supuesto, la condena de Marx al llamado “socialismo utópico” de Saint-Simon, Fourier, Proudhon y Robert Owen considerándolas irrealizables y apelando a lo que llamarían “socialismo científico”.
  
El componente profético de la utopía también ha llevado a la consideración de las llamada utopías clásicas que se asocian al fin de la modernidad por basarse en un fundamentalismo metafísico o, por contraste, al naufragio de las utopías esencialistas sustituidas por unas antiesencialistas y antifundamentalistas, como en el caso de Vattimo (Nihilismo y emancipación, 2003), todo como consecuencia de la caída del “socialismo real” y del desencanto con el neoliberalismo. Quizás la respuesta del pragmatismo con ideas que reclamamos para el siglo XXI se define como rechazo al escepticismo y al dogma.
    
No deja de venir a la mente el Quijote como un planteamiento utópico, pues en la novela de Cervantes se plantea una sociedad alternativa. En el terreno de la poesía Marío Benedetti publico Utopías y Eduardo Galeano dejó dicho ¿Para qué sirve la utopía? / Sirve para eso:/para caminar. 

Los rasgos de la distopía

Hay quienes se empeñan, no obstante, en señalar en toda utopía una especie de protofascismo primitivo y un idealismo opuesto al realismo democrático. Hay quienes, creo, se olvidan de la distopía, aún admitiendo que toda utopía lleva dentro una. La perfección de las sociedades humanas puede considerarse utópica, pero no buscarla es lo que engendra las distopías. El planteamiento de una democracia posible, por ejemplo, en sustitución de la representativa, es producto de una insatisfacción y a las insatisfacciones se las debe colocar en el camino de las transformaciones. El ser humano se actualiza y en su búsqueda especula y piensa en las nuevas formas. En innumerables ocasiones la vigencia grosera de una distopía sólo puede enfrentarse mediante el diseño de formas alternativas sustitutivas y superiores.

No hablamos de escuelas ni de clasificaciones, de asuntos referibles a lo que se ha dado en llamar el “pensamiento utópico”. Hablamos de una exigencia mental de posibilidades partiendo de la base de que las realidades existen para ser cambiadas. En otras palabras, siempre es posible presentar alternativas a un presente desagradable mediante la estructuración de nuevos significados y significantes para los conceptos agotados. Así, democracia no es ya lo que definíamos en el siglo XX. Ahora hay una perspectiva de empoderamiento, de control y de ejercicio que busca sustituir a los enquilosados procedimientos de una burocracia enclaustrada.

La modernidad, con todo lo que representó de confianza en la razón y en la ciencia, nos presentó la posibilidad de un progreso continuo e indetenible. La postmodernidad nos muestra sus fallos y fracasos y la necesidad de inventarnos el siglo XXI, uno requerido con urgencia de ideas y desafíos. Algunos consideran el realismo político como el contrario a la utopía social, cuando, en verdad, el pragmatismo que requieren los tiempos exige más ideas y más sueños.

Ya está dicho que no se puede pretender convertir una utopía en una teoría científica. Es menester recordar que desde el “socialismo científico” lo que nos ha quedado es la presencia de una ideología, lo que es otra cosa, una y unas absolutamente agotadas por sus pretensiones de ser cuerpos cerrados de doctrina con respuestas para todo y, en consecuencia, derivaciones de cárceles al pensamiento. De ese pragmatismo con ideas que he mencionado debe haber abundancia de planteamientos a confrontarse sobre las posibilidades de organización política y económica, sin que falte una ética cívica.

Los fracasos del siglo XX, y los que se permiten extenderse en estas primeras décadas del XXI, obligan a lo que mencionábamos, a la confrontación de las ideas como expresión natural de lo humano, al enfrentamiento de las contradicciones y, en el campo específico de lo político, a considerar la democracia como una interrogación ilimitada. Los incumplimientos históricos dieron lugar, y dan, a las distopías. Seguir jugando a las viejas definiciones equivale a sumirse en paradigmas agotados y a cancelar toda posibilidad de transformación. Las distopías son la advertencia, dramáticas y crueles, de los desvaríos.
En su origen griego “dis” significa malo y “topos” el lugar. En otras palabras, distopía viene a ser una utopía negativa, es decir, aquel lugar donde se transcurre indeseablemente, de manera contraria a lo que sería el ideal.
  
Distópica es 1984 de George Orwell, pero la creación escritural no se basa en el aire, hay un fundamento real para reflejar un drama. La advertencia literaria es una cosa, pero las sociedades distópicas existen. Eso tenía en mente John Stuart Mill,  cuando en 1868 inventó la palabra en un discurso parlamentario.
   
Las distopías van hacia la derivación totalitaria, hacia un capitalismo-socialismo de Estado, hacia una mediocridad generalizada que hemos llamado decadencia y a sociedades que se agotan en sí mismas llegando al aislamiento y a la propaganda convertida en política de Estado.
   
La presentación de una utopía puede esconder una distopía, o una pretensión de tal. La manipulación –lo que hemos llamado el poder como estrategia- apunta en ese sentido. La distopía a un conocimiento profundo de la gente, incluidas las prácticas para lograr su respaldo.
   
La distopía implica la construcción de un gigantesco imaginario. El pesimismo, el fatalismo y el miedo son sus logros. Toda distopía propone la creación de un mundo nuevo, es decir, un “altermundismo”. Este “mundo feliz” equivaldría a la dictadura perfecta, una donde el placer sería servir al amo con orgullo. 
   
Una distopía es siempre una patología en la cual se falsea una historia, tal como se hace con cada momento del presente, convirtiéndose la irracionalidad en ideología, siempre basada en el “pueblo”, la “patria” y en la “defensa de los oprimidos”.
   
En una distopía vemos surgir una nueva clase que suele ser perturbada con señalamientos de enriquecimiento ilícito y de las cuales se defiende con propaganda que pretende probar que está en construcción una utopía.
    
La distopía repite los lemas de la utopía y logra lo que esta pretendía desterrar, a saber, la desesperanza, la falta de humanidad y de sentido vital. La distopía es invasora, amenazando que irá casa por casa, dejando en claro así que la libertad está limitada.
   
Sin una oferta de identidad los habitantes seguirán siendo distópicos errabundos que se la gozan.