sábado, 1 de febrero de 2014

Ese difícil espacio llamado tiempo





Teódulo López Meléndez

A quienes nos ocupamos de la cosa pública, de la que deberíamos ocuparnos todos, siempre nos llegan las observaciones sobre el arribo supuesto del “tiempo de”, bien para referirse a la posibilidad de una explosión social o para justificar las acciones que algunos aspirantes a dirigentes alardean para su esfuerzo de posicionarse.

El concepto de tiempo nunca ha sido cosa fácil. Desde Aristóteles el hombre gira sobre él y en este mundo de hoy es objeto de estudio sociológico. Muchos lo miran como diferenciación entre cambio y continuidad. Para muchos otros, hay que ir a buscarlo en la capacidad creativa, en las formas de los comportamientos sociales y hasta en las formas de la comunicación. El manejo del tiempo tiene relación directa con el poder, dado que va coaligado con la evolución en los criterios sociales. Cambio y duración están en las causas de la incertidumbre colectiva. Fernand Braudel  (La historia y las ciencias sociales) agrega que existen múltiples tiempos sociales lo que da lugar a una dialéctica de duraciones. Norbert Lechner (Las sombras del mañana) habla de una especie de enfermedad llamada “presentismo” que contrarresta la infinitud del deseo.

La resolución a la que todos aspiramos puede estar condicionada por la causa que originó los trastornos, pero lo que nunca podremos saber con exactitud es el tiempo necesario para superarlos. Lo que sí podemos asegurar es lo que hemos repetido, y seguimos repitiendo, esto es, que hay que construir el futuro y pensar desde él.  Hay que producir ideas sustitutivas, sin duda, pero también hay que tener conciencia de un mínimo de continuidad.

La sociología hoy nos habla de la necesidad de una permanente disposición al cambio y de una reflexión continuada, elementos ausentes de la realidad venezolana. Es ello lo que determina el momento exacto de la oportunidad.

Si bien la mirada contemporánea es fragmentaria, se cree en la realidad como límite, lo que conduce a la negación de las complejidades infinitas de lo real. De allí a perder el ímpetu del cambio sólo hay un paso, la espera se hace especulación de “el tiempo de” y los anteojos de suela y/o las gríngolas oscurecen la posibilidad de ver elementos más allá del fango de lo cotidiano. Así, el observador es quien construye la realidad y si no sabe observar la realidad, y no modifica con su mirada, las aristas de lo visible se hacen insuperables.

La retracción de la palabra”, dijo George Steiner, al hablar de la derrota del humanismo. Quizás pudiésemos emplear la expresión para estos tiempos venezolanos donde una especie de locura colectiva ha producido la desnaturalización del lenguaje y donde se recurre a la incoherencia, a la inestabilidad emocional y al otorgamiento de crédito a cualquier especulación sin sentido.

“El tiempo de” puede ser, claro que puede serlo, objeto de seguimiento y análisis. Desde los síntomas que se asoman se puede establecer un abanico de posibilidades y hasta de eso que comúnmente se llama “imprevistos”. Algo que hemos aprendido del pasado es la volubilidad de los acontecimientos, siempre dispuestos a salirse de los cauces previstos, y la intemperancia de las ideas, proclives a ser desviadas hacia lo contrario de lo que pretenden demostrar. El arribo de determinados momentos de cambio pueden olfatearse y de allí la precisión de un liderazgo que actúa en consecuencia. Todo ello es cierto, pero la acción constante es la que determina su aparición, no el azar. Aún así, podemos recordar el aserto según el cual las “revoluciones” no se “hacen”, ocurren.

Las formas de comunicación han sido elevadas inclusive, en la sociología del presente y en lo referente al concepto de tiempo,  a proporciones que podrían parecernos exageradas. Si tomásemos esta vía de análisis la conclusión sobre el destino venezolano apuntaría a un pesimismo extremo, dado que encontramos en la “red-digitalización” sólo perturbaciones emocionales con ausencia obvia de coherencia. Si recurrimos a los comportamientos sociales podremos observar sólo movimientos de “praxis política” circunstanciales que los determinan y que pueden focalizarse como condenados a efímera permanencia.

Sólo con nuevos criterios sociales provocados por el entendimiento de las complejidades infinitas de lo real los pueblos encuentran el punto de “el tiempo de”. Hay que suplantar la divagación absurda y el ejercicio banal de la política y de lo político y plantearle a este país la construcción de “el tiempo de”. Este último, aún sabiendo lo que queremos en él y después de él, suele ser de una peligrosa indefinición. Podrán colegir lo que podría ser si sólo se plantea como el simple acto de salir de un régimen.  Como bien lo dijo Hanna Arendt, no son las causas las que determinan los acontecimientos, son los acontecimientos los que buscan sus causas.


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