domingo, 9 de noviembre de 2008

ADOLFO BIOY CASARES: UN CONTRATO DE INMORTALIDAD




por Teódulo López Meléndez

La casa de Adolfo Bioy casares estuvo siempre llena de espejos. Esos objetos que reflejan y que el gran amigo de Bioy, Jorge Luis Borges, detestaba, tienen importancia en la vida literaria del escritor argentino. En efecto, en el cuarto de vestir de la madre había uno trifásico lo que convertía el lugar en una perspectiva infinita. En 1996 Bioy Casares reveló el secreto: mirando aquel espejo obtuvo la certeza de que existía algo que no existía. De allí busco reproducirlo en la literatura.

La lista es larga y, seguramente, incompleta. Hay que comenzar por La invención de Morel, pues no todo escritor tiene en la primera obra (así considera el autor esta novela) su salto a la inmortalidad. Bioy aseguraba que a partir de ella comenzó a escribir bien. Borges y él siempre intercambiaron temas, pero dejaron de entregarse textos para la lectura cuando Bioy vio el rostro de desagrado de Borges al leer el primer capítulo de La invención... De novelista a cuentista fue el camino de Bioy, uno a la inversa del común de los escritores. Pero hablábamos de lista: comencemos por un libro de cuentos que creo sigue inédito, Una magia modesta. Veamos: Plan de evasión, El sueño de los héroes, El perjurio de la nieve, Historia prodigiosa, Dormir al sol, Guirnalda con amores. Al inicio todo marcado por la búsqueda de una construcción matemática perfecta que le permitiese desaparecer detrás. “De allí – confesaba Bioy –procuré dejar de hacer máquinas de relojería para contar historias, para narrar”.

Recordemos que en La invención de Morel llega a una isla desierta (recuerdo también para Wells y Stevenson) que termina poblada de personas singulares que bailan “Té para dos”. Están allí un científico, una máquina de cine para la inmortalidad, una historia de amor y, sobre todo, una búsqueda de claves para develar un enigma, exploración exterior que modifica totalmente la historia.

El sueño de los héroes repite tres noches de carnaval de 1927 y un desliz basta para cambiar el destino. La confusión de identidades, tal vez bajo la influencia de Borges, aflora en este texto y se extiende hasta El perjurio de la nieve, uno de los cuentos más famosos de Bioy. Eduardo González Lanusa, en “Sur”, considera que el espíritu matemático continúa en La invención..., mientras Rosa Chacel (también en “Sur”) considera Los que aman, odian, escrita con su mujer Silvia Ocampo, un excelente ejercicio, una escuela eficientísima de raciocinio. Ernesto Sábato se ocupó de Plan de evasión; habla de un Bioy experimental y romántico que pugna por ocultar tales condiciones y considera este texto, en algunos aspectos, superior a La invención...Eduardo Kozarisky escribió sobre Guirnaldas con amores y consideró el volumen un triunfo sobre el trascendentalismo fácil de tanta literatura hispanoamericana. Todo fue dicho en “Sur”.

Marcelo Pichon Riviere, de “Clarín”, define la obra de Bioy como un conjunto de novelas, cuentos, aforismos, ensayos y relatos autobiográficos que se prestan a múltiples malentendidos y, fundamentalmente, parece destinada a ser mal leída o leída con desgano y prejuicios. Y define al escritor así; “En su juventud dominado por el inventor; en su madurez por el narrador y en su vejez por el escritor satírico”.

Al igual que su amigo Borges, Bioy tampoco tuvo nunca remilgos para hablar de los escritores. Si revisamos atentamente sus opiniones encontramos que uno que no le gustaba era James Joyce, a quien consideraba un modelo muy perjudicial para los jóvenes. En cambio, hablaba maravillas de Stevenson (uno de los mejores, en su criterio); se declaraba admirador de Wells y Conrad; definía a Wilde como uno de sus preferidos; decía disfrutar con algunas cosas de Fitzgerald aunque no lo consideraba un escritor muy importante; de Faulkner pensaba algo parecido a lo que pensaba de Joyce: un pérfido maestro para los jóvenes; amaba a Sciascia y consideraba que toda la originalidad de Sartre consistía en haber leído a Swedemborg.

Si vamos al discurso que pronunció en 1990 para agradecer el premio Cervantes, si bien debía citar escritores españoles, no dejan de ser interesantes sus referencias. Por supuesto, Cervantes en primer lugar; Jorge Manrique de quien dice haber aprendido las inexorables verdades de nuestro destino, Fray Luis de León y Marcelino Menéndez y Pelayo. No más.

Ocupémonos de una relación muy particular. Bioy y Borges se encontraron por vez primera en casa de Victoria Ocampo. No podía ser en otro sitio, dado que Bioy rondaba (o era ya amante) de Silvina. No creo que ninguno de los dos se llevaba bien con Victoria, dominante al máximo, pero escribían en “Sur” y aceptaban las invitaciones de la mujer que siempre tenía a algún escritor extranjero hospedado en su casa.

El entendimiento fue instantáneo. Nacieron los “escritores” Isidro Parodi y Bustos Domecq. El mismo Bioy cuenta que escribían los cuentos de estos personajes hasta la madrugada en medio de risotadas, lo que hacía que Silvina se levantara a preguntar “de que reían los dos locos”.

Bioy y Borges hacían largas caminatas. Una anécdota refleja los éxitos amorosos del primero y los grandes fracasos del segundo. Una noche Borges se preguntó, debajo de un balcón, como estaría durmiendo Fulana de Tal. Cuando se lo contó a la muchacha ésta le respondió que esa noche estaba durmiendo con Fulano de Tal.

El 13 de junio de 1975 habló en la Sociedad Argentina de Escritores(SADE) donde le era entregado un premio a Bioy. Ese discurso refleja lo que el gran ciego pensaba de su amigo. Lo definió como un curioso habitante de Buenos Aires, ciertamente no longevo, ya que su máximo plazo de vida sería tal vez de 5 o 6 horas. Admitió lo que Bioy le había dado, no directamente “porque nada se enseña así, sino por medio del ejemplo, cortésmente, disimulando”. Por ejemplo, la convicción de que el escritor más eficaz es aquél que parece no serlo. Borges nunca gustó mucho de La invención de Morel. Prefería El sueño de los héroes y Diario de la guerra del cerdo.

El amor de Bioy por Borges era también extraordinario. Quizás por eso no pierde ocasión de decir las suyas sobre María Kodama. Borges lo llamó desde Ginebra dos días antes de morir. Bioy resume así el impacto cuando le dieron la noticia de la muerte en una calle de Buenos Aires: “Y tuve que resignarme a seguir viviendo en un mundo en el cual no estaba Borges”.

Bioy aprendió a escribir escribiendo. Por ello asegura que su primer libro es La invención..., aunque detrás haya muchas páginas. El legado lo deben dejar o tomar los jóvenes escritores. Bioy deja la seguridad de que no debe escribirse para los críticos, no debe escribirse para el renombre sino para la coherencia y eficacia del texto. Mezclaba tramas fantásticas y situaciones y personajes reales. Aseguraba que el secreto era decir de manera eficaz natural. Deja precisión y claridad, un estilo vigilado y cuidado y la prueba de que fondo y forma son una misma cosa. Tenía una visión trágica pero no desesperanzada del mundo. Comprensión y piedad se entrecruzan en sus libros. Consideraba que vivir era un acto de heroicidad. Hizo que en los textos donde la fantasía era lo principal la realidad pareciese como fundamento. Amaba la vida profundamente. En una ocasión afirmó que si le ponían delante un contrato de inmortalidad los firmaría sin mirar las cláusulas. El viejo lo firmó sin darse cuenta.

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