lunes, 30 de marzo de 2015

El poder como estrategia



Teódulo López Meléndez


    Max Weber (Sociología del poder: los tipos de dominación, Alianza (2012) definió al poder como la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, incluso contra toda resistencia y cualquiera fuese el fundamento de esa probabilidad.
   Esta definición ha pesado a lo largo de la historia de la ciencia política, no sin profundos choques, del marxismo por ejemplo, hasta las más actuales concepciones. Ciertamente el concepto de poder se ha hecho elusivo, disperso, siendo Michel Foucault quien en la contemporaneidad lo abordó con mayor ahínco.
  La ciencia política ha procurado desmenuzar un concepto que incluso se ha llegado a señalar como fuera de ella misma. Muchos lo han limitado a un subconjunto de relaciones sociales donde algunas de sus unidades dependen del comportamiento de otras no sin la advertencia de que su ejercicio lleve por condición inherente la satisfacción de los fines de alguien. En las concepciones novedosas se le considera como debe ser, como una participación en la toma de decisiones, lo que quiere significar una relación interpersonal. Aún así, en esta concepción cercana al pensamiento de Hanna Arendt (Los orígenes del totalitarismo, 1951, 1955 ALIANZA EDITORIAL), hay que recordar que sin poder las cosas que suceden no habrían sucedido, de manera que con Karl Deutsch (Los nervios de Gobierno: Modelos de Comunicación Política y Control Paidós, 1968) hay que admitir que poder significa cambio de probabilidades en los acontecimientos del mundo, esto es, la posibilidad de alterar los cambios en proceso.
   Como decíamos, en Arendt el poder se deslastra de coacción pues es una capacidad de actuar concertadamente, mientras la autoridad (distinción también vigente en Weber) es una variante que ejercen unos pocos con reconocimiento de aquellos a quienes se pide acatamiento, pero no sin distinciones pues para Arendt el poder sólo puede sobrevivir por el grado de adhesión que logre. Mantener, entonces, el ejercicio de poder sin consentimiento, se llama dictadura.
  Foucault se centra en cómo se ejerce el poder, lo que lo reduce a un análisis de una situación estratégica compleja en un momento dado en una sociedad dada, distinguiendo entre violencia y poder, pues el poder requiere reconocimiento.  La crisis de los partidos políticos, por ejemplo, copiados en su verticalidad del modelo estalinista, han llevado a la exigencia de horizontalidad y a la aparición de las denominadas “organizaciones inteligentes” y, por ende, a una profunda revisión del concepto de poder.  
  La caracterización de la red implica heterogeneidad, elementos dispares unidos por líneas, definidos por las conexiones. En algunos casos han tenido éxito en la conformación de un poder actuante, caso de las revoluciones árabes o de las expresiones iniciales de los llamados “indignados” y en muchos otros han derivado en Torres de Babel donde la anarquía predomina y se hace imposible cualquier coordinación, a pesar del aparente propósito común. Por supuesto que las redes no son jerárquicas, aunque los detentadores que llamaremos “poder agonizante” (partidos, sindicatos, gremios, universidades) se cierren en las suyas propias tratando de crear una verticalidad disfrazada mediante la condena de cualquier alteración. A pesar de todo, incluso del languidecimiento de la red como instrumento de cambio político, es obvio que el tradicional concepto de poder es cuestionado, al emerger como sustitutos de la fuerza y la coacción un intercambio de negociación  y de estímulo. Si lo queremos decir de otra manera, el concwepto de poder cambia con la modificación de los paradigmas, lo que nos lleva de nuevo a Foucault en cuanto a centrarse en su ejercicio y también al concepto de realidad pero, más aún, a un análisis de la complejidad donde el poder se transforma en un análisis de los objetivos perseguidos por un sector particular.
      Bien podríamos decir que el análisis del poder se ha convertido en un buceo en un área específica de la realidad, en una profundización en alguna situación de una sociedad. En términos de Foucault (“La arqueología del saber”) el objetivo a estudiar son las instituciones de poder, la relación entre el sujeto y la verdad, dado que esta última se produce debido a numerosas coacciones y cada sociedad tiene o adquiere una especie de “política general” de la verdad, determinando lo que asume como verdadero o falso. En otras palabras, la búsqueda debe dirigirse a la historia de los discursos y su influencia en la creación de subjetividades. Ahora bien, poder así entendido es la capacidad de imposición a otros de mi verdad, lo que el filósofo francés termina llamando biopoder.
  La imposición del discurso es, pues, elemental procedimiento para todo régimen que pretenda construir verdades en la subjetividad de los sujetos que espera obedezcan.  En Venezuela la ritualización ha llegado a su máximo esplendor, una para la cual los venezolanos no consiguieron otras maneras de juego, unas encarnadas en maneras distintas de pensar que encarnen acontecimientos contra la estabilidad de un poder que ha asumido la especialización de construir realidad desde el discurso. El poder, así considerado, no es más que una estrategia.

La estrategia del poder y el poder como espectáculo

   El poder recurre a diversas maneras para mantener voluntades a su servicio, tales como el uso del miedo, retiro de las recompensas o la permanente amenaza de castigo a la resistencia. El poder, visto así, es asimétrico y su fuente la dependencia unilateral. Puede ejercerse poder por vía de la persuasión o del entendimiento, lo que implica, aún así, una percepción de cuánto poder tiene el sujeto y cuánto está dispuesto a ejercer, vigente aún en el sistema de redes.
   El poder recurre a la distracción mediante el desvío de la atención de los problemas fundamentales. Para ello suele utilizar un proceso de inundación de informaciones intrascendentes, distraccionistas, que colocan a la gente alelada en temas sin importancia. Pueden crearse artificialmente problemas para ofrecer de inmediato soluciones. Puede permitirse un desbordamiento de violencia hamponil que conlleve a exigencias de dureza, aplicar procesos de degradación de las condiciones de vida para hacer aceptable la supuesta acción correctora ideologizada del poder o recurrir a la vieja frase de que son necesarios correctivos muy duros, pero absolutamente necesarios y sobre todo, la constante recurrencia a lo emocional para cortar el ejercicio racional. Las estrategias del poder es algo que los venezolanos vivimos a diario sin que medie una comprensión de sus alcance. Así de nuevo con Foucault al aseverar que más que el poder el objeto de estudio es el sujeto, el manipulado, e ir a los objetos banales y verificar sus relaciones.
   Alguien que ha profundizado en el tema ha sido Peter Schröder (“Estrategias políticas”, Fundación Friedrich Naumann / OEA 2004), desde su vieja condición de asesor de campañas hasta su transformación en un exponente de sus tesis aplicadas. No mencionamos a Schröder como un manipulador totalitario, sino como un simple ejemplo de la complejidad del trazado de estrategias para la obtención del poder, lo cual no significa que el tema sea novedoso, más bien antiguo desde que la condición humana se planteó una jerarquización que condujese a la obtención de voluntades.
   Quizás sea más interesante recurrir al psicoanálisis por aquello de buscarse una respuesta ante el dolor de existir uno donde aparece la política que pretende elevar al sujeto en el territorio de una satisfacción de influjo simbólico que termina en un real inmutable, puesto que para el psicoanálisis la política siempre se ejerce por y para la subjetividades, lo que lo lleva a una desconfianza definitiva del campo político por su condición de semblante, uno que se basa en la represión de la verdad y en hacer pasar sus invenciones como la verdad misma. De aquí podemos concluir que todo discurso del amo del poder está en el territorio de lo inconsciente, al constituir un saber que no se sabe, lo que significa lo que hemos repetido: la verdad del discurso impuesto, lo que conlleva a algo peor, si se quiere: cuando la ideología totalitaria encuentra su límite culpa y penaliza a aquellos que no se identifican con ella. El esloveno Žižek habla de cómo la ideología política sólo puede construirse mediante el fantasma de la fantasía, una que no es otra cosa que un argumento que llena una imposibilidad, es decir, como una representación, lo que nos lleva a la política y al poder como espectáculo.
   Hay un ritual degenerativo en la política en general y en el ejercicio del poder en lo particular, especialmente en este último que se ejerce por cadenas radioeléctricas, conmemoraciones casi diarias de actos o palabras del caudillo, en ceremonias, inauguraciones o en anuncios repetidos o en muestras de cómo se manifiesta en respeto a la voluntad de los gobernados. El poder es ahora una dimensión simbólica del ritual, uno donde se ha sembrado la supervivencia y la incertidumbre sobre el futuro.
   Guy Debord (“La sociedad del espectáculo”) desde el ya lejano año de 1967 nos explicó como esta escenificación establecía una modificación ante la cual la ignorancia no tenía nada que decir. El espectáculo como poder unitario y centralizador, pues permite y desautoriza y él mismo se hace realidad. Es cierto que la práctica del ritual y de la representación no es novedosa en regímenes de poder totalitario, como quedó demostrado ampliamente en el siglo XX, pero la reaparición de sus prácticas en el siglo XXI, con modalidades y usos tecnológicos propios de los tiempos,  obliga a mirar el concepto de poder, especialmente en esta república experimental, con ojos que ya lo sacan del territorio de la ciencia política para colocarlo en otros muy diversos tal como lo hemos intentado.

tlopezmelendez@cantv.net

Publicado en “Carohana” http://www.encarora.com/Caroreno/Revista/REVISTA%20CULTURAL%20CAROANA%205.pdf
y en http://www.creatividadinternacional.com/profiles/blogs/el-poder-como-estrategia

domingo, 15 de marzo de 2015

Venezuela sin tecnopolítica



Teódulo López Meléndez


   La irrupción de Internet, y todas sus variantes técnicas, han cambiado la política. No se trata de enumerarlas sino de comenzar advirtiendo que su presencia no sólo ha cambiado la política tal como se presentaba sino también su estructura misma. Es lo que se ha dado en llamar “tecnopolítica”, una que da formas inéditas al crear esferas públicas muy distintas de las tradicionales mutando así la propia naturaleza de la organización social.
   A lo largo de los últimos años hemos sido testigos de todos los esfuerzos por la realización de grandes movilizaciones, con resultados disparejos, pero también la aparición de toda una especulación teórica sobre las posibilidades: desde democracia directa, plebiscitaria o continua, uso electoral, vigilancia sobre las instituciones públicas y modificación radical de los procesos electorales, construcción de espacios autónomos y, por supuesto, de modificación radical de la ineficiencia de las políticas públicas. La tecnología abrió, así, un mundo lleno de promesas, desde el voto electrónico hasta la eventual construcción de una electronic town hall en una nación completa.
    El planteamiento de fondo, por encima de los entusiasmos, sigue siendo la sustitución de una caduca democracia representativa por una participación acentuada que bien puede llamarse democracia deliberativa o democracia del siglo XXI. Esto es, una democracia, como la hemos llamado, de interrogación ilimitada, una que implica acceso sin límites al conocimiento, a la transformación tajante de la relación entre dirigentes y ciudadanos y a una capacidad de movilización siempre disponible.
   Las ciencias sociales, hasta hace poco renuentes al abordaje de la tecnopolítica, hablan ahora de las multitudes conectadas, unas plenamente conscientes de sus capacidades y dispuestas a romper las inmensas limitaciones, de resistencia a la acción común, por parte de las tradicionales y vencidas maneras del ejercicio vertical de la política. La acción sinérgica se concibe como organización abierta a flujos y relaciones no fijas sino mutantes.
   Sin duda han sido los jóvenes los que con mayor pasión han asumido la manera tecnológica de la política. Han demostrado en la práctica su eficacia para la aparición de nuevas identidades ciudadanas y para la revitalización del protagonismo social y político, aunque las frustraciones posteriores sean evidentes, digamos por ejemplo del caso de la primavera árabe. Aún así, son los jóvenes los más cansados de la pérdida de legitimidad de la democracia, de la falta de oportunidades y del ausentismo de los espacios deliberativos por la caída estrepitosa de los mecanismos tradicionales de intermediación. Por la vía de la tecnopolítica han encontrado la fórmula de retoma de la participación decisoria en un siglo XXI de alta complejidad, pero también de modelos agonizantes que no terminan de ser sustituidos.
   La construcción de ciudadanía mediante comunidades virtuales y de software libre, ha hecho renacer un ideario de la democracia. También, como lo hemos visto en varios sucesos mundiales, modificando los modos habituales de las relaciones de poder rompiendo todo control unilateral de la información. Los argumentos críticos en contra señalan el acceso limitado a Internet o la advertencia de algún teórico de que no basta la tecnología para resolver la crisis de la democracia, tesis compartible, no sin reiterar la admisión de que la tecnopolítica permite la edificación de espacios hasta hace poco impensados que deberán encontrar en una dinámica interna la superación de la eficiente organización para llegar más lejos, a la superación de la utopía. No puede haber lugar a dudas que el ciberespacio ya está aquí como potencia instituyente de nueva ciudadanía.
   Es cierto que en muchos casos Internet sigue siendo una vía desmejorada de alivio psicológico, lo que se llama del “simple hablar” y que muchos intentos se han hecho fragmentarios, intermitentes o inconclusos pero, aún así, ha seguido conformándose la interacción no mediada, el rescate del espacio público, el protagonismo común y, sobre todo, la construcción de una ciudadanía social. Digámoslo: la tecnología no basta, se requieren procesos de cambio de cultura política, de la organización de la esfera pública y de los procesos del pensamiento. Una complejidad que no debe angustiar.


En la pre-tecnopolítica

   La política se ejercía a la espera de las decisiones de lo que comúnmente en Venezuela se dio en llamar “cogollos partidistas”. Se estaba, entonces, bajo el reinado omnímodo de los partidos políticos, unos en los cuales militar era sinónimo de orgullo y pertenencia. Los partidos se enorgullecían del número de sus militantes y de su poder de influencia, uno que se traducía en el “trabajo” de conseguir nuevos adherentes. En las sedes de los partidos políticos se hacía la política. La irrupción de la tecnopolítica llevó por ello a la frase, creo que originada en el 15M español, de cambio de las sedes a las redes. 
   La política era la encarnación de las decisiones verticales emanadas de la cúspide de la sede a través de los mecanismos de organización, una que era recibida como sacrosanta emanación de “la dirección nacional”, una que se fue endureciendo hasta convertirse en un cascarón hueco cuyo poder derivaba del acatamiento incondicional.
   La no participación en la toma de decisiones, aunada a la esclerosis en cuanto a toda comprensión de los procesos sociales y al endurecimiento de costras dirigentes, fue parte de la democracia representativa y pretecnológica. Lo interesante a destacar es que en Venezuela se sigue viviendo, dentro de su particular y dramática situación, en el mismo punto. Tenemos una población inerme que espera instrucciones, bien sea desde las múltiples sedes o de la sede única donde ha sido implantada el entendimiento entre todas.
   En la generalidad de los países irrumpió la ruptura de la comunicación unidireccional de arriba hacia abajo, con sus tradicionales medios de información de masas, a una de redes sustituyendo sedes, multidireccional, sin receptores cautivos sustituidos por una multiemisión, emisores en actividad de empoderamiento. Esta irrupción de la tecnopolítica provocó, sin que examinemos en detenimiento sus logros y fracasos posteriores, todos los movimientos de que hemos sido testigos, desde “primaveras” hasta “indignados”.   
   La tecnopolítica es, pues, definible como la apropiación de las herramientas digitales para permitir una acción colectiva, esto es, para permitir la reapropiación de la política por parte de los ciudadanos en lo que ha constituido el mayor desafío a lo que denominaremos “vieja democracia”, uno encarnado en un empoderamiento capaz de romper la verticalidad descendiente y frustrante de la obsoleta imposición desde arriba. En otras palabras, el avance tecnológico ha hecho posible la prescindencia de los intermediarios, la emersión de una conciencia-red con el uso de los elementos telemáticos y, claro está, la elaboración del relato desde una vocación colectiva.
   Si recordamos los episodios donde Internet, o en particular las redes sociales, ha tenido un protagonismo podríamos alegar fracasos, pero siempre en las conclusiones, no en el proceso de convocatoria y de empuje. Se ha alegado que la tecnopolítica, hasta ahora, ha tenido una manifiesta incapacidad para producir procesos pues tiende a quedarse en el acontecimiento intermitente o en la carencia de un lugar a donde dirigirse después de él. Podemos admitirlo, pero el hecho mismo del cambio en la transmisión cultural hace de la tecnopolítica un fenómeno fundamental de este tiempo, lo que algunos autores definen como la superación de lo alfabético-crítico hacia lo pos-alfabético y configuracional. No olvidemos que con el uso del instrumento tecnológico estamos poniendo en comunicación a mentes de estructuras internas diferentes y a ratos incompatibles, lo que exige una mutación de la subjetividad social y la aparición de una socialización de las multitudes conectadas, lo que exige nuevas maneras de expresión inteligente y de acción colectiva. Estos “enjambres sociales” no pueden conformarse desde la simple reacción sino desde la interacción y de la movilización de la psique.
   En Venezuela no se ha creado una conciencia de red, ni modificación alguna en el uso de la herramienta digital y, mucho menos, la superación de la dependencia del verticalismo que emite coordenadas y órdenes, ni una coordinación de inteligencias que deje sin efecto el poder anulatorio de todo proceso de empoderamiento que siguen emitiendo los viejos jefes de la verticalidad. En otras palabras, el pésimo uso tecnológico que se da en Venezuela ha impedido la creación de entidades sociales.
      Una mirada a las experiencias vividas en torno a movimientos sociales originados en la red, puede darnos indicativos claves para comprender la omisión venezolana, como es el caso del 15-M español reflejado en libros como Tecnopolítica, Internet y r-evoluciones (Alcazan,Arnaumonty,Axebra, Quodlibertat, Simona Levy, Sunotissima, Takethesquare y Toret).
   En efecto, si miramos la red como confluencia de comunicación, conocimiento y afecto, elementos de la subjetividad, debemos tomarlos como componentes de la productividad social y del común, un espacio donde se puede construir un imaginario y una autoorganización, una real comunicación intersubjetiva entre singularidades que en Venezuela continúan aisladas y atomizadas.
   En otras palabras, las redes deben servir para expresar la indignación confabulada en común, (mientras aquí sigue presidiendo un exacerbado individualismo), no sin advertir que una vez producida esta se entra en serios problemas de organización. Un elemento debe ser la organización previa de diversos grupos que van sumándose al tejido de la red. Sin interconexión de estos intereses particulares hacia un punto de seguimiento común es imposible el encuentro de los valores colectivos, lo que conlleva a la recurrencia a los viejos métodos de la pre-tecnopolítica.
   La clave parece ser, desde la “primavera árabe” hasta los movimientos de “indignados”, lo que los analistas llaman comunicación entre realidades –la virtual y analógica- hasta ir conformando un proceso de alfabetización digital. Logrado este objetivo se abre la hibridación de lo común conectado. Esto que en los términos actuales se llama nueva subjetividad tecnopolítica requiere un cambio drástico en los procesos comunicativos, empezando por el lenguaje. Esto es, la visualización de un estado de ánimo generalizado sumido en el aislamiento debe ser abordado desde la comprensión de la ruptura de la intermediación, desde la multiplicidad de las conexiones y hasta la aparición de la nueva subjetividad que implica la multiplicación de la inteligencia colectiva. Es menester transformar el malestar personal en proceso de politización reunida. Para decirlo de manera más precisa, las redes deben ser neuronales, sociales y digitales hasta la creación de un estado de ánimo común.
   Los hábitos se modifican, se usan de otra manera las herramientas digitales y los canales de comunicación se transforman mediante la conformación del intelecto general. La nueva autonarración debe atravesar la realidad. En ello el lenguaje juega un papel esencial, dado que a lo establecido le es fácil determinar enemigos a los que puede encarcelar, pero muy difícil enfrentar sus contradicciones internas.
   Internalizar lo nuevo que viene siempre de un cambio implica dejar de lado las competencias, como la aparición de la necesidad común implica olvidarse de la búsqueda de espacios de poder. Lo que se debe buscar es el conocimiento que aparecerá de la inteligencia colectiva.

 tlopezmelendez@cantv.net   




jueves, 12 de marzo de 2015

Hoy 11 de marzo en mi cuenta de FB

López Meléndez hoy en su cuenta en Face Book

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 12, 2015
Teódulo López Meléndez publicó estas notas en su cuenta de Face Book en torno a la suspensión de la reunión de cancilleres de UNASUR en Montevideo. Para leer en orden ascendente.
En definitiva lo que corresponde a UNASUR no es un panfleto antiimperialista. Lo que tiene que hacer es manifestar su grave preocupación por el deterioro de las relaciones entre USA y Venezuela, pedir urgentes contactos bilaterales de alto nivel y ofrecerse como mediador.

Otro detalle: Uruguay presidente pro-tempore de UNASUR: La agresión de Maduro contra su vicepresidente provocó un llamado al embajador venezolano. No se admite públicamente, pero pesa: Maduro le dijo estúpido a Pepe Mujica por su llamado de atención sobre un golpe militar de izquierda.

En las acciones norteamericanas hay que leer un mensaje a UNASUR: Uds. no actuaron para bajarle la presión a la olla sino para aumentarla. Ya vieron las consecuencias.

Para este fin de semana se esperan fuertes manifestaciones en Brasil. El debate se concentra en la conveniencia o inconveniencia de Impeachment contra Dilma. Sudamérica no está en condiciones de jugar al “ángel protector”.

La convicción norteamericana de que era imposible morigerar al régimen venezolano llegó al máximo después de la visita de UNASUR a Caracas. No olvidemos que Argentina, y especialmente Brasil, están en serios problemas internos, suficientes como para evitarse complicaciones.

Como dije en su momento una de las razones que llevó a EE.UU a romper el muro de contención que se había impuesto fue la deplorable actuación de UNASUR en Caracas. Varias cancillerías sudamericanas están aprehensivas lo que conllevó al aplazamiento de la reunión de cancilleres en Montevideo

sábado, 7 de marzo de 2015

Política y lenguaje: Deterioro paralelo



Teódulo López Meléndez

Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje.
 Octavio Paz

   El tema del lenguaje ha sido siempre de interés de la filosofía. Sobre el desgaste del lenguaje o sobre la muerte de las palabras o sobre la relación entre mundo y lenguaje actuaron dos filósofos contemporáneos entre sí, como Heidegger y Wittgenstein, dejándonos expresiones como el hundimiento del lenguaje en la decadencia o de la búsqueda del sentido original de las palabras. Sobre las palabras, como signos convencionales, dejaron abierta la duda sobre la correspondencia entre ellas y los objetos.
  Más allá, o más acá, de los filósofos expresando su búsqueda, encontramos la referencia directa a un deterioro del lenguaje en el siglo XXI, uno que parece compartido entre los medios tecnológicos y los actores políticos. Admitimos al lenguaje como un cuerpo vivo en constante transformación y sujeto a periodizaciones, pero también que toda descomposición del lenguaje implica una descomposición social. Quien tiene una lengua empobrecida simplemente ya no piensa.
   El impacto tecnológico sobre el lenguaje ha provocado incertidumbres e interrogantes pues, en cualquier caso, están modelando nuevos procesos cognitivos y nuevas estructuras mentales. El lenguaje es expresión del pensamiento, la capacidad lingüística elabora reflexiones. El empobrecimiento del lenguaje a través del Messenger, del chat o de redes sociales con número limitado de caracteres ha sido señalado en innumerables ocasiones.
   Al mismo tiempo que uno de los temas claves de las primeras dos décadas de este siglo ha sido el deterioro de la democracia; podemos apreciar un deterioro paralelo del lenguaje, de una crisis del debate público que conlleva a señalar a los actores políticos como unos vacíos de contenido y como pervertidores de este último. El lenguaje de los políticos se ha vuelto nimio, liviano, una nominación de insignificancias. La mentira descarada, la destrucción de la sintaxis, la aberrante “feminización” en ruptura de todas especificidades de nuestro idioma, la ausencia de sustancia argumentativa, el uso de todas las argucias para engañar, han convertido a los inertes ciudadanos en receptores de lenguaje corrompido. Seguramente lo que Giovanni Sartori llamaría “videopolítica”.  
    El filósofo italiano acuñó el término pensando en la imposición de la imagen, pero sus comentarios son pertinentes sobre la incidencia del lenguaje en el tema que nos ocupa porque se trata de una transformación radical del “ser político” y de la “administración de la política”. En efecto, este efecto distorsionador es más notorio en regímenes totalitarios, pero igual en democracias deformadas donde existe una oposición que contribuye a que los procesos de opinión no se produzcan de abajo hacia arriba sino en cascadas que se contraponen a lo que viene de abajo. En otras palabras, lo que resulta es una opinión masivamente heterodirigida que vacía a la democracia como gobierno de opinión, dado que lo que se produce con el descarrilamiento verbal es un seudoacontecimiento resultante de una manipulación. Sartori agrega a la lista las estadísticas falsas, amén del predominio del ataque y de la agresividad, como lo presenciamos a diario.
   Los significados se tuercen y se define incorrectamente todo lo del ámbito público, desde poder hasta revolución, desde inflación hasta la política carcelaria, pasando por convertirlo en instrumento de violencia. Rafael Echeverría (Ontología del lenguaje, Dolmen, Santiago 1994) definió este derrumbe como “el giro lingüístico” que tomó el lugar de la razón.
    Si la filosofía definió al lenguaje como el que permite el advenimiento y apertura del Ser, podemos advertir que el de los actores políticos y del debate público siembra anticipadamente la oscuridad. El empobrecimiento del lenguaje desarticula el pensamiento y sin él no hay ideas y sin ideas es imposible cualquier vía de escape de la realidad mortificante que atosiga a un cuerpo social en ese oscuro momento.
   Es evidente que la palabra deterioro equivale a disminución de lo entero. No saben ya los actores de una vida pública acezante nombrar totalidades, redactar su textura. También podemos denominarlo decadencia que encuentra en la conducta desorientada su normal consecuencia. Estamos ante la ausencia del diálogo que se origina en el lenguaje y que ha sido sustituido por balbuceos, uno que sólo encarna simulación. La cesura del lenguaje transmisor equivale a sumisión social en el marasmo. La clase política no dice, dicta. El lenguaje ha sido reducido a instrumento de imposición que, por ende, elimina todo pensamiento. El lenguaje es, en la admisión de las diferencias, un reconocimiento de semejanza.  Un pueblo habita en su lenguaje de manera que el deterioro programado y ejecutado sin piedad por la clase política es un atentado a la pervivencia misma de ese pueblo.
   Se recurre al eufemismo, un recurso aceptado en todos los idiomas, pero cuando un régimen, o quienes argumentan oponérsele, viven de él, se convierte en un enmascaramiento, en la forma habitual de las engañifitas, en una deformación del lenguaje que alcanza los linderos de un intento de dominación. Asistimos a diario a un emparentar  de palabras que sólo muestran vacío cultural. La vida pública se ha convertido, pues, en un territorio reservado a los depredadores. Ese deterioro del lenguaje deteriora la política y, a su vez, la política deteriora el lenguaje, en un realimentarse perverso que lo primero que aleja de la palabra es toda credibilidad.
   En Venezuela hay análisis como El personalismo en el discurso político venezolano (Un enfoque semántico y pragmático) (Universidad del Zulia, Maracaibo. 1999), y muchos otros más de admirable oficio, de la profesora Lourdes Molero de Cabeza, estudio sobre los discursos de Hugo Chávez en la campaña presidencial de 1998 y durante su primer año de gobierno, donde podemos apreciar el personalismo en la perspectiva lingüística mediante la construcción del “yo” vía autoreferencias o comparación con personajes históricos. La autora destaca el estudio del discurso político desde Hobbes y el señalamiento en Austin y Searle del lenguaje como una forma de acción y a Chilton y Schaffner (Política como Texto y conversación: enfoques analíticos al discurso político) puntualizando como los términos del debate político, como los procesos políticos mismos, están constituidos por textos y habla y son comunicados por esos medios.
   La política como discurso ha sido objeto de estudios desde hace mucho tiempo, en particular el lenguaje que corresponde al totalitarismo. George Orwell lo abordó en su obra fundamental 1984, pero también hay consideraciones suyas muy interesantes en un artículo publicado en 1946 bajo el título “La política y el lenguaje inglés”, donde insiste como la decadencia del lenguaje tiene causas políticas y económicas y de cómo el lenguaje se vuelve tosco por lo disparatado de nuestros pensamientos, pero al mismo tiempo la dejadez de nuestro lenguaje hace que pensemos disparates. Orwel observa como la voz de los políticos va careciendo de lenguaje nuevo, llenándose más bien de oscuras vaguedades. Si bien su crítica se centraba en el inglés son oportunos sus comentarios sobre la brecha entre los objetivos reales y los declarados y sobre los padecimientos del lenguaje en una atmósfera enrarecida.
   El tema es puntual en el proceso de degradación generalizada de la política y del lenguaje al que asistimos en estas dos primeras décadas del siglo XXI, especialmente si se vive en un país donde ambos han llegado al extremo de la esterilidad. En países como España y Argentina, amén del nuestro, se vuelve a reflexionar sobre si la desvitalización del lenguaje se debe a la decadencia de valores morales y políticos o si el lenguaje no hace otra cosa que reflejar su agonía. Es obvia la presión degradante de la decadencia cultural sobre el lenguaje, apreciable en los mensajes emitidos desde el poder donde la vulgaridad y lo grotesco son mostrados como bienes adquiridos gracias al “proceso” encabezado por quienes hablan. Es tal el grado de importancia de esta caída de la palabra que podemos hacer una equivalencia con la subordinación a una voluntad despótica. En otras palabras, se trata de convertir sus cadenas significantes (llamadas en psicoanálisis “armazones de semblante”) en la verdad misma. El goce de la masa reunida, usada como escenografía, es harto difícil de superar como tal, pero es también cierto que la propia estructura de este discurso que excluye la realidad puede dar lugar a un deseo inconsciente de terminarla.
   La filóloga, escritora y política española Irene Lozano nos habla en su libro “El saqueo de la imaginación” del cambio de sentido de las palabras en el lenguaje político lo que conlleva a un engaño generalizado para los valores de una sociedad y, obviamente, para la relación semántica entre las palabras. Y agrega que esta inestabilidad léxica o confusión semántica reflejan una carencia de sentido.
   Ciertamente sabemos de una crisis generalizada, de un mundo agotado que se muestra incapaz de producir los elementos claves sustitutivos, a lo que debemos añadir, si es el verbo que cabe, el deterioro paralelo del lenguaje y de la política, las dos bases posibles para encontrar el camino. Por si fuera poco, el renacimiento de la manipulación lingüística llega en variados casos a tales extremos que muestran un retorno totalitario al uso de la destrucción de la palabra como arma fundamental de una neodominación. Para esta ideologización que desplaza el sentido original de las palabras Jorge Majfud encontró la expresión “narración invisible” en su texto “Teoría política de los campos semánticos”. “Palabras envenenadas”  llama Lozano a estas a las que atribuye precisamente “un saqueo de la imaginación”.
   La consecuencia obvia de esta degeneración del lenguaje y de la política es la dificultad de hacer entender un lenguaje que hable con la verdad, que disienta de aquél que pronuncia el poder (de quien lo ejerce desde cualquier trinchera) y que rompa con la cascada diaria de la alteración, dado que el ciudadano ha sido degenerado a polichinela incapaz de entender para encontrarse a sí mismo.