martes, 28 de abril de 2015

Un país sin noticias




Teódulo López Meléndez

   Es de suponer que cuando se da una noticia se está revelando el contenido de una información que nunca antes había sido comunicada, se está entregando un hecho novedoso, lo que algunos han denominado en la teoría de la comunicación un “recorte de realidad”.
   La entrega de este acontecimiento nos obliga a recordar que por tal se entiende un evento o una situación que ha adquirido un relieve tal que amerita ser comunicado, aunque pueda ir desde una calificación de histórico hasta meramente banal. La repetición del mismo acontecimiento convertido en una “noticia” permanente bien podría ser definido como propaganda, muy contrario al sentido filosófico el cual implica alteraciones con consideraciones sobre espacio y tiempo y disquisiciones sobre cómo deben ser entendidos, si como proposiciones o hechos con identidad dependiente de los conceptos en que están enmarcados.
    Determinar lo que es una noticia, definámoslo como el criterio de noticiabilidad  es, en el mundo de los massmedia, e incluso en el de la Torre de Babel que la tecnología ha impuesto en las llamadas redes sociales, un tema de alta complejidad. Una noticia  no parece ser lo que está aconteciendo. Los hechos en sí mismos pueden ser la noticia, su reconstrucción, bajo previa selección, un hecho informativo. No obstante, la conformación de lo que antes se llamaba “opinión pública”, concepto también disminuido, encuentra en el cúmulo de informaciones lo que entiende por su conocimiento, uno que contiene todos los elementos de la selección, de las formas de procesamiento y de los valores que se han amontonado sobre el hecho original. Es lo que algunos llaman “realidad construida”. Es así como el concepto de noticiabilidad se hace patente, desde el aparato informativo controlando y gestionando hasta los usuarios obsesos de redes sociales repitiendo en círculo. La noticia no goza, entonces, de una inocencia originaria, más bien de una entremezcla de suceso, de medio, de público y de empresas. Podemos citar la posibilidad de que un suceso se presione para su conversión en noticia o se repite hasta convertir en tal el hecho irrelevante, disquisiciones que hacemos ante el amontonamiento de los periódicos en los puestos de venta, lo que no se debe solamente a la presencia de Internet y a las versiones web de los periódicos, sino a otra circunstancia que puedo apreciar en mi país: desinterés por la noticia.
   No sólo parece tratarse de noticia como sinónimo de “mala noticia”; quizás que en el panorama específico de un país la ausencia de noticia ha pasado a convertirse en sinónimo de “buena noticia” o a la espera de una noticia que la historiografía pudiese definir como “acontecimiento histórico”. Puede deberse a una distorsión permanente de la noticia, especialmente en un país donde se pretende una hegemonía comunicacional donde un análisis somero, digamos de las estaciones de radio FM de la capital, sólo para ejemplarizar, nos revela alrededor de un 40 % transmitiendo consignas oficiales disfrazadas de “hecho noticioso”, lo que nos lleva de nuevo a considerarlos, en cuanto a credibilidad, según el viejo axioma de que más vale la fuente que la verosimilitud del hecho. Por otra parte, la velocidad del hecho informativo, adquirido en los teléfonos inteligentes, en la multiplicidad de blogs y en la disponibilidad de Internet hacen de la novedad un hecho instantáneo que se disuelve a pesar de que el elemento obsesivo haga a los “babelonios” girar intermitentemente sobre él.

   Otro elemento radica en las columnas de opinión donde se escribe repetitivamente lo que una audiencia cautiva quiere oír, o en ejercicio de una oposición política intrascendente o de manipulación distraccionista, o paradójicamente en su opuesto, en una escritura que ya dejó de ser, por los elementos mencionados, de algún interés para los lectores. Encontramos que la noticia es reproducida una y otra vez, lo que en el periodismo del pasado era una virtud (que un medio se viese obligado a reproducir lo publicado por otro), mientras que ahora lo que se reproduce son las contradicciones y las manipulaciones de atribución del hecho a unos causantes supuestos usados hasta el aburrimiento lo que convierte a la noticia repetida en un eco perdido, en una merca consecuencia de una manipulación en la que caen, obviamente, sus opuestos.
   Puede argumentarse que estos criterios no son aplicables, con exactitud, a la noticia internacional, a lo cual se contra argumenta que tal no es relevante para un país que no entiende de su importancia, que ignora los acontecimientos de un mundo globalizado,- más aún, glocalizado- deben ser seguidos con especial atención para entender sus propios sucesos internos y hasta para superar la desidia de ignorar su propia historia. Si conforme a alguna definición “noticia es aquello que hace hablar a la gente”, hay países donde no se habla del mundo.
   Por lo demás, cabe una reflexión de la noticia como semantización, como estilo lingüístico, en situaciones donde la corrosión del lenguaje ha llegado a sus extremos, por haber perdido toda propiedad y en haberse convertido en un amontonamiento de signos que se emiten con total irresponsabilidad llegando a convertirse en significantes sin significados lo que, obviamente, lleva a concluir que sin significados no hay significantes, comentario especialmente aplicable a lo que hoy bien podría denominarse “periodismo ciudadano electrónico”.  Hay que admitir que la degeneración de la palabra proviene fundamentalmente de quienes hablan como actores públicos, de aquellos a los que los medios prestan atención por su protagonismo político. Si la noticia la consideramos, en teoría de la comunicación como un texto autónomo, sus actores, especialmente en el terreno de la política, lo convierten en un texto desechable.
  Recordemos ahora, en algunos aspectos, a Maxwell McCombs, el profesor autor de la teoría de la agenda-setting (su último texto, Communication and Democracy: Exploring the Intellectual Frontiers in Agenda-Setting Theory), ya conocida del público interesado hace más de 25 años, por su abundancia sobre la agenda de los medios sobre la pública, esto es, sobre la decisión de los medios de hacer o no de un hecho una noticia., pero más que todo porque ha alcanzado otros niveles, tales como la descripción de los atributos en cuanto se refiere a la relevancia que se otorga a ellos, dado que se establece que no sólo se determina sobre qué pensar sino también cómo debe pensarse sobre ello. El asunto nos coloca en el nivel de la ética. Si la noticia, en un país determinado ha pasado a convertirse sólo en el enredo verbal del establishment del poder y en el propio de quienes aspiran a sustituirlo, caemos necesariamente en el tema de la democracia y en su relación con las variantes de la agenda-setting, dado que, conforme a ella, podemos encontrar en un país pérdida total de los elementos claves de la comunicación, a saber, consenso, vigilancia y transmisión de la herencia social, convertida esta última en una deformación de la historia. Dicho en otras palabras, la noticia oculta entre sus pliegues la posibilidad de llegar a acuerdos, mientras aquí genera el desacuerdo, lo que ya harta a sectores crecientes de la población. Es obvio que sin consenso no hay democracia, mientras que si se divide entre dos sectores irreconciliables la noticia única radica en la ruptura, en la inexistencia de democracia. En este país asistimos, además, al acoso a los medios impresos con la carencia de papel o a procesos judiciales inéditos en la historia del periodismo, como procesar a la directiva de un diario por una cita hecha en su texto por un columnista de opinión. Concluimos en la identidad entre noticia y democracia, no sin olvidar, como la propia teoría agenda-setting lo muestra, las profundas desviaciones ya señaladas hasta el cansancio por todo analista serio de la comunicación. En cuando a la agenda-setting ha sido llevada a otros campos, como lo ha hecho la profesora española Raquel Rodríguez Díaz (Teoría de la agenda-setting, aplicación a la enseñanza universitaria) al estudiar el papel de los profesores en sus alumnos, como hace McCobbs al estudiar el papel de la noticia en quienes la ven, oyen y leen. Aplicable, por supuesto, a las formaciones mentales de los usuarios de las redes sociales, al avasallante diluvio de falsificaciones de los regímenes dictatoriales, a la invención o a la intrascendencia presentada como noticia.
   Iremos, para concluir, hasta Anthony Giddens, no por su criterio sobre una segunda modernidad, más bien por su concepto de “fiabilidad”. Las diferenciaciones entre modernidad de los clásicos y este grupo de pensadores europeos de los noventa son notorias, como las diferentes denominaciones, desde segunda modernidad o tiempo social tardío moderno hasta sociedad global del riesgo, desde sociedad postradicional hasta sociedad posindustrial, desde hipermodernidad hasta sociedad informacional, hasta sociedad del conocimiento con la revolución que implica. Quien escribe suele hablar de postmodernidad.
   En el tema que nos ocupa, Giddens (Consecuencias de la modernidad) aparece por sus opiniones sobre la fiabilidad de los sistemas abstractos o sobre las relaciones entre fiabilidad y competencia o entre fiabilidad y seguridad ontológica. En otras palabras, si buscamos en la intimidad del receptor de la noticia, encontraremos en buena medida la vieja calificación lacaniana de “yoísmo”, pero aquí vista desde el ángulo de la imposibilidad de relaciones sociales fiables, con sus consecuencias de dispersión y de multiplicidad angustiante de desvaríos, porque ante la desaparición de la noticia como acontecimiento en su definición filosófica, cada quien anda buscando construirse un yo que no puede pasar sino por un proceso reflexivo que aún no se da.
   Estamos en un nuevo orden que apenas se asoma, uno donde todos los conceptos están en dudas, desde el de poder mismo hasta las ópticas culturales. Giddens piensa que la fiabilidad estás puesta en capacidades abstractas y no en individuos (lo contrario de lo que aquí acontece), para añadir que la característica está en la posibilidad de resultados probables más que en una comprensión cognitiva, lo que pone el balance decisorio en el individuo común más que en lo que se denomina “sistemas expertos”. Su tesis sobre la reflexión de los procesos sociales implica que esa reflexión continuamente ingresa en el universo de sucesos explicados, se despega y reingresa. He aquí que hemos reingresado la noticia.


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