martes, 18 de agosto de 2015

Hacia una sociedad civil




Teódulo López Meléndez

Asistimos a una percepción generalizada de la sociedad civil de la irrelevancia de las opciones electorales. La única explicación posible es la similitud de las ofertas políticas, pues, a pesar de la polarización y de las más que obvias diferencias, hay comportamientos muy similares que conllevan a pensar en ejecutorias igualmente viciadas. Quizás, en el fondo, la sociedad civil intuye el principio de la legitimidad aplicado a la alternativa que presume “no hay más nadie, deberán votar por nosotros” y se interroga, a la manera weberiana, sobre la justificación  del derecho a ejercer el poder.

Eso que llamamos sociedad civil siempre ha existido como concepto. Ya Aristóteles definía como tal a la comunidad donde vive el ser humano. Con Hegel el concepto fue a dar a lo no estatal e, incluso, antiestatal. Hoy hablamos de ella como no religiosa o militar, poniendo el énfasis en su capacidad para asumir propósitos o de promover causas. En otras palabras, la legitimidad de la sociedad civil proviene de su capacidad de representar preocupaciones e intereses que los ciudadanos manifiestan en el espacio público. Es obvio pensar que tales preocupaciones e intereses han sido debatidos en lo que comúnmente se llama “el diálogo civil”, puesto que nadie puede precisar esos dos términos si no ha habido un debate democrático.

La democracia se hace de ciudadanos y no de electores, hemos precisado en numerosas ocasiones. Sin una sociedad civil viva la legitimidad del poder se corroe y se pierden valiosas iniciativas que contribuirían a la mejora de las políticas públicas. En el campo meramente político es obvio que su ausencia reproduce todos los vicios de la democracia representativa, pero también del autoritarismo. Es por ello absolutamente necesario el “diálogo civil” para que el concepto de “sociedad civil” no se degenere a la emersión de organizaciones que pueden argumentar representación sin consulta.

Por supuesto que en el derecho privado existe el concepto de sociedad civil como la alianza de dos o más personas con fines legítimos. Lo estamos mirando desde el punto de vista de la ciencia política, lo que implica el concepto de ciudadanos  que actúan colectivamente para enfrentar consideraciones y tomar decisiones en el ámbito público. Sin sociedad civil cumpliendo los principios conceptuales señalados no puede haber democracia. Esa conjunción de movimientos sociales no solamente ejercen una función contralora, sino que deben ser la fuente elemental en la propuesta, o defensa, de nuevos derechos y valores. Para generarla debe haber voluntad de generarla, perogrullada aparente, pero que forma parte de una sociedad activa, dado que la reticencia, el desdén o la demora en organizarse para la expresión de ideas o propósitos, conduce a la pérdida de toda oportunidad para el logro concreto, de manera especial si se está bajo un régimen autoritario. No en vano  Jürgen Habermas le agrega  la posibilidad de defenderse de la acción estratégica del poder y del mercado y la viabilidad de la intervención ciudadana en la operación misma del sistema. Esto es, el concepto de sociedad civil ha ido adquiriendo complejidad teórica que lleva a implicar la derogación del concepto de política como delegación. En un mundo donde las entidades intermedias tradicionales (partidos, sindicatos, gremios) han ostensiblemente perdido fuerza la acción de la sociedad civil emerge como un nuevo desiderátum contemporáneo.

Sin duda que "Sociedad civil y teoría política",  de Jean Cohen y Andrew Arato, es una obligatoria referencia teórica, una que necesariamente parte de la lucha contra el autoritarismo, es decir, el concepto enmarcado dentro de la situación política actual. Aún más, en el supuesto de su abolición, sobre el retorno a una democracia representativa o un salto calificado a lo que nosotros hemos denominado una democracia del siglo XXI. De allí la importancia de este planteamiento teórico que comentamos, pues de la creación de una nueva realidad histórica
creemos se trata.

Entre otras cosas Cohen y Arato refutan a Hegel señalando que la economía no es parte constituyente de la sociedad civil e insisten en la autonomización de las esferas del Estado y la sociedad civil. Algo muy parecido a lo dicho por Gramsci que comprende a la sociedad civil, al Estado y al mercado como esferas autónomas con añadidos de Tocqueville, lo que denominan “un modelo centrado en la sociedad”. Resumiendo, las asociaciones voluntarias y de esfera pública son las instituciones fundamentales de la sociedad civil lo que le confiere el papel fundamental en la lucha por la democracia y por su calidad, creyendo nosotros que esto último pasa por un control permanente y deliberativo que la libere de las taras de la representatividad, agregando que la sociedad civil encarna la posibilidad de toda la ética moderna.

En este modelo conceptual la sociedad civil es, entonces, una esfera de interacción social entre la economía y el Estado, incluidas las esferas intima, de asociaciones, de movimientos sociales y las formas de comunicación, lo que significa, señalamos, la obligación de cuerpos sociales precarios como el venezolano de ir hacia una gran resolución que emane desde sus propias bases.

Un conservador como Larry Diamond (Developing Democracy: Toward Consolidation) sostiene que está bien la separación de sociedad civil de economía y Estado, pero ve tal complejidad en la definición de lo que para él es “…espacio de la vida social organizada que es voluntariamente autogenerada, (altamente) independiente, autónoma del Estado y limitada por el orden legal o juego de reglas compartidas...” merece un análisis separado en sus esferas “económicas, culturales, informativas y educativas, de interés, de desarrollo, de orientación específica y cívicas”, no sin introducir la observación precisa de exclusión de los partidos considerándolos una “sociedad política” aparte con la cual, obviamente la civil puede influir, determinar o interactuar. Su aporte a la democracia, limitar el poder estatal, adiestrar a los ciudadanos para la democracia, ser el espacio para el desarrollo de los atributos de la ética, representar y organizar los que están fuera de esa “sociedad política” llamada partidos, generar y formar nuevos líderes para la vida pública
 Una sociedad que no dialoga, que no genera líderes y que no procura cubrir la abstinencia de los entes llamados al aporte mayor (universidades, dixit) no entra en el concepto de sociedad civil. Será una simple sociedad anómica en peligro de disolución. Digámoslo así: toda discusión sobre sociedad civil en el plano de las ciencias políticas lo es sobre la teoría democrática.

En el caso de regímenes dictatoriales la sociedad civil es una de las alternativas posibles a su superación. Las otras dos son o la intervención militar o la disolución por sí mismo por un proceso degenerativo indetenible. Hay que tener un proyecto discutido y generado en la sociedad civil. Sin él estará cual brizna de paja en el viento, de espaldas a sí misma, convertida en lo que muchos teóricos llaman ya una “sociedad acivil”.

Espacio público como escenario argumentativo
   
Otro ángulo interesante a considerar es el de “espacio público” desde su dimensión social, cultural y política, dado que es allí donde la gente se encuentra, o al menos se topa, estableciendo la posibilidad de una acción común.
   
Es obvio que el término haya pasado a las ciencias sociales dada su inmensa posibilidad para el “diálogo civil” en una identificación simbólica. Así, podemos encontrar en Kant una de las primeras referencias, pero fue  Jürgen Habermas (L'espace public: archéologie de la publicité comme dimensión constitutive de la société bourgeoise)  quien lo colocó en la dimensión de estos tiempos como un sitio donde proceder a la transformación de la vida pública.
   
“Espacio público” es para Habermas uno usurpable a la autoridad y donde metafóricamente se ejerce la crítica contra el poder del Estado. El debate conlleva a una diferenciación entre “espacio público” y “opinión pública”, concepto este último afectado por las manipulaciones, lo que lo lleva también al campo de la teoría de la comunicación.
   
Es perfectamente abordable, además, desde situaciones obvias de nuestro tiempo, como la apatía hacia la política, el desencanto, las ofertas incumplidas, el encierro en la vida privada como evasión o el ejercicio de una catarsis frente a lo que la desesperación considera inmodificable.    
   
De allí el espacio público (ya no entrecomillado) es retomado como uno que se ve, que está allí, que es común y bien puede ser tomado como uno ideal para el ejercicio de la ciudadanía. Desde el espacio público donde se delibera puede ocasionarse un sinfín de procesos políticos, pero también culturales y hasta económicos. El entremezclar espacio y público y ciudadanía conlleva una superación de la fragmentación, dado que en él no hay diferenciaciones irritantes de exclusión, por el contrario, se amplía la participación social, nace una pluralidad del uso de lo común y una mayor capacidad de ver que acentúa el control ciudadano sobre el poder.
   
Si tomamos de Habernas “por espacio público entendemos un ámbito de nuestra vida social, en el que se puede construir algo así como opinión pública” vemos en toda su dimensión el espacio público como el lugar de salida de la opinión pública, lo que lleva a una consideración que ya hemos expresado en este texto, el espacio público no como espacio político (recordemos la diferenciación con los partidos como sociedad política, a manera de ejemplo, sino como uno ciudadano, civil, como uno de la vida y no de un determinado sistema.  Hannah Arendt en “La condición humana” había señalado que la modernidad había extinguido las diferenciaciones tradicionales de las esferas pública y privada para subsumirlas en la esfera de lo social.
  
Se suele distinguir en el terreno de la filosofía política entre concepciones conservadoras, emancipadoras y sistémicas de espacio público. La primera se da ante un modelo autoritario donde el monopolio del Estado es tal que crea por exclusión a la sociedad civil como ente diferenciado. La segunda es tomada como una de racionalización del poder administrativo o o de generación del poder comunicativo. La tercera como un filtro del sistema político y la formación de temáticas. Entre todas hay aspectos comunes, aunque las más recientes tesis apuntan a hablar del espacio público informal, es decir, aquel donde se produce un entendimiento intersubjetivo que integra y es la verdadera causa de una opinión y de una voluntad verdaderamente democráticas, hasta tal punto de legitimar o deslegitimar el sistema político. Otros van más allá hasta considerarlo como el instrumento de la conexión de la política con la vida, siempre mirándolo como lo que debe ser: un escenario argumentivo. Se entra así en otro campo, el de la existencia de una soberanía popular que forma opinión y voluntad estructuralmente movilizadas, es decir, lo contrario al populismo que es antidemocrático por esencia. Se trata de orientar los temas hacia algo con sentido, lo que permite señalar el mal uso de algunos medios electrónicos como una dispersión. Se trata de lograr con el “diálogo civil” en el espacio público” que las cosas sean de otra manera, lo que conlleva a una sociedad civil deliberativa y actuante.
@tlopezmelendez


lunes, 10 de agosto de 2015

Cuervo TV

  

Los audios de Teódulo López Meléndez

De la anomia al empoderamiento




Teódulo López Meléndez

Cuando Emile Durkheim desarrolló el concepto de anomia tenía en mente a algunos individuos a los cuales la estructura social no podía suministrar los elementos necesarios al logro de las metas sociales. La sociología asumió el término hasta las definiciones de hoy colocando la responsabilidad en la incongruencia de estas normas que conllevan a la desorganización o aislamiento de los individuos. De allí se origina deanomia como equivalente a la ruptura de las normas sociales.

La criminología lo asumió colocando la conducta desviada del delito y el crimen en las capas socioeconómicas más vulnerables como efecto de un colapso de la gobernabilidad. En sus libros (La división del trabajo social y El suicidio) Durkheim muestra una disociación entre los objetivos culturales comunes y la imposibilidad de acceso de sectores a los medios para lograrlos. Luego Robert K. Merton (Teoría social y estructura social) amplió y modificó, en algunos aspectos, el concepto original.

La desinstitucionalización llega hasta la caída de las posibilidades y oportunidades para alcanzar nuevos estadios de desarrollo. Cuando se es anómico no se puede acceder a los medios o no hay normas para el comportamiento. En este rostro dual entre falta de oferta de la sociedad y la demanda de los individuos la anomia se implica en otras disciplinas como la psicológica. Va, necesariamente, sobre el comportamiento diario de la gente o haciendo trampa para evadir controles o pagando comisiones o recurriendo, como en el caso venezolano, a esa práctica del bachaqueo, una sin lugar a dudas anómica. Las consecuencias son las de una sociedad disfuncional.

La anomia social implica un menoscabo de valores y sobre todo un estado anímico que, en los tiempos actuales, podemos percibir claramente en las llamadas redes sociales. Hasta el comportamiento del hampa, una que no se limita a apropiarse del bien ajeno sino que mata sin necesidad, es un efecto de la anomia que hace de la muerte parte integrante de lo diario.

Filósofos y epistemólogos se han referido a la realidad como una abstracta reconstrucción desde la Grecia antigua misma. Durkhein se centró en el debilitamiento del orden normativo, tema asumido por la sociología y descrito por Raymon Aron en Las etapas del pensamiento sociológico. Muchos vincularon su evolución al de la sociedad industrial pero, en términos generales, se puede argumentar en la existencia de expectativas recíprocas que se rompen por irrespeto a las normas, uno que conduce a la pérdida de la solidaridad.

He aquí cuando Merton emerge, representante de lo que se ha dado en denominar “estructural funcionalismo”, llevando el concepto de anomia a dos vertientes, una que se da a nivel individual y la que se refiere a toda una estructura social, siendo evidente que es la última la que nos interesa para estos breves comentarios, pues concluye que la presión sobre la gente puede llevar a un comportamiento conformista o a uno no conformista, manifestaciones que vemos en el comportamiento anómico político y social venezolanos, entrelazándose hasta el punto de la confusión. Los individuos pueden manifestar conformidad con lo institucionalizado o la presión conducir a conductas desviadas, de entre las cuales cabe mencionar al hampa. Algunos lo llaman simplemente resentimiento.

En Venezuela las reglas sociales están absolutamente debilitadas lo que conlleva a la desorganización social. La impotencia ante ciertas realidades transforma el concepto de anomia en uno político, dado que la convicción de que toda acción es ineficaz transforma no sólo al individuo sino a la nación misma y acaba con toda institucionalidad que se ha alejado escandalosamente de todos los valores. Aparece la ansiedad y una sociedad violenta traducida, en buen venezolano, a “viveza”, una que se pondera de traspasar todos los límites. Cuando la acción política gobernante tiene como propósito transformar a los individuos en meros engranajes necesariamente se produce el disenso sobre “valores” impuestos, uno que aumenta su desesperación al no encontrar las vías de la ruptura y la reedificación de otros.

Si quienes deben cumplir las normas no son confiables, si obedecen a un interés de permanencia en el poder o a la ideologización de toda una sociedad, si los encargados de la aplicación de la norma son dependientes del poder o si la corrupción es evidente, se pierde la posibilidad del futuro lo que conduce a la emigración masiva, entre otras muchas, pues la única definición posible es la de admitir la existencia de un país anómico y como el suicidio no ha escapado de los estudios sobre la materia es perfectamente lícito asegurar en términos de anomia social que un país anómico se encuentra al borde del suicidio. De manera especial cabe señalar los cambios abruptos en la economía, entre los cuales una alta inflación y un desabastecimiento seguido de intento de control sobre el suministro de alimentos como forma de control político, a la vez que como forma de disfraz sobre la ineptitud e incapacidad de los gobernantes.

Como hemos señalado, fue Merton el que llevó el concepto de anomia hasta los territorios del hampa, del crimen y de las anomalías psicológicas, pasando por la existencia de normas despropositadas y que, además, no se cumplen, unas que quedan en los anuncios de los anuncios. De allí conformidad, ritualismo, retraimiento, rebelión. En cualquier caso la palabra es desorganización, una que conlleva a la ansiedad y a la agresión, una marcada por la ausencia casi total de un sistema simbólico válido en el cual reconocerse. Tenemos un tejido social roto donde sólo limita un Estado en uso ilegítimo del monopolio de la fuerza y un hampa desbordada con pérdida absoluta de todo límite, mientras la población se encuentra ante una ilegalidad y una ilegitimidad que la coloca al margen del acontecimiento efectivo, dado que en su estado de perturbación reinan los políticos aprovechadores o sin la esencia del conocimiento para interpretar los procesos históricos, y una casi imposibilidad de cambio hacia un orden social válido que se transforma en frustración.

La clave está en usar la anomia para empoderarse. Hemos dicho repetidas veces que un proceso de sustitución de la clase dirigente inepta y la imposición de nuevas normas de conducta implica siempre un trauma. Venezuela vive en un suspenso donde los nuevos valores están disponibles, pero no vistos por el cuerpo social anómico. Quizás podríamos definir la situación como prepolítica, lo que de inmediato lleva a concluir que se requiere un retorno de la política. En cualquier caso la palabra es desorganización, una que conlleva a la ansiedad y a la agresión, una marcada por la ausencia casi total de un sistema simbólico válido en el cual reconocerse. Tenemos un tejido social roto donde sólo limita un Estado en uso ilegítimo del monopolio de la fuerza y un hampa desbordada con pérdida absoluta de todo límite, mientras la población se encuentra ante una ilegalidad y una ilegitimidad que la coloca al margen del acontecimiento efectivo, dado que en su estado de perturbación reinan los políticos aprovechadores o sin la esencia del conocimiento para interpretar los procesos históricos, y una casi imposibilidad de cambio hacia un orden social válido que se transforma en frustración.


No tenerlas equivale a un rechazo de lo dominante, pero a uno sin músculo. O como han señalado otros, el autointerés es siempre incompleto, tiene que tener principios sociales que lo sustenten y lo validen. Sobre la base excluyente del “yo” no hay organización social sustitutiva que brote. Con marketing no se va a ninguna parte.

@tlopezmelendez

miércoles, 8 de julio de 2015

El mito político


Teódulo López Meléndez
   Los mitos giran entre dioses, monstruos y héroes. Son creencias de una cultura, buena parte de ellos inducidos, y son consideradas como verdaderas. Originariamente se les puede considerar un relato oral, mientras en nuestro tiempo son producto del “marketing”.
   Los pueblos antiguos conservan los suyos cosmogónicos (la creación del mundo), las religiones los teogónicos (el origen de los dioses) y los pueblos engañados los que simplemente llamaremos poligónicos.
   La temporalidad de los mitos es distinta a la de la historia, con particularidades en los mitos políticos, generalmente provenientes de una falsificación de la misma. Paralelamente tenemos la leyenda, que es también una relación de sucesos más maravillosos que verdaderos, aunque con un fondo histórico que puede ser real, de manera que aquél a quien se ha hecho entrar en una puede ser identificado. No hay explicación sobrenatural en la leyenda, le basta relatar lo no comprobable.
   Para decirlo con palabras propias de los efectos civilizacionales actuales el mito es una organización de imágenes. Suele mediatizarse el político con valores y sentimientos para sostener una acción política de masas, especialmente si quien los genera pretexta lo que desde su intento de imposición denomina “revolución”, o “reconstrucción de la república” o “cambio social”.
   Para ello se recurre a la propaganda, a la manipulación mediática muy similar a la de una arenga militar, lo que le permite tratar de hacer de su edificación un permanente. Se llega así a hacer del ritual una sacralización hasta el punto de hacer ver que cualquier resistencia al proyecto de poder en curso es contraria a la propia identidad y a la propia legitimación social.
   La expresión “mito político” es original de George Sorel (Reflexiones sobre la violencia, 1935). La definición implica que no habrá movimientos revolucionarios sin mitos aceptados por las masas. El dramatismo del mito lleva al compromiso emocional dado que otorga significados a la acción política de sus constructores. Fascismo, nacionalsocialismo y comunismo deben mucho a sus tesis.
   En América Latina apareció, por esa vía, la divinización del líder populista siempre alzado contra la oligarquía, contra los enemigos extranjeros que pretenden mancillar la “patria” y contra los autores de todo tipo de “guerras” contra la pretensión hegemónica. Después de la muerte el mito tiende a cosificarse lo que hace al pueblo que lo sigue uno ahistórico. Como el mito político se funda en símbolos no pueden encontrarse conceptos, apenas un juego para movilizar permanentemente a favor de los herederos del mito.
   El mito político es una subespecie del mito que traduce todo a sentimentalismo, convirtiendo a la gente en una “unidad” que atrae, mediante su expansión publicitaria, a nuevos miembros y que permite movilizar sin la aridez y dificultades de los argumentos teóricos. Esto es, el lenguaje puede degenerarse, la reflexión echada al cesto de la basura y lograr la masa mediante la imposición de las imágenes que la creen.
   El mito político, su utilización, es un elemento de retórica discursiva, un elemento estratégico de comunicación para amalgamar voluntades en torno a la memoria del héroe así construido. Es una combinación de simbolismo que se hace para el objeto, no una representación, dado que la imagen transmitida es el héroe mismo. Es obvio que el mito generalmente se teje alrededor de un “héroe”, uno en el cual sus “hazañas” integran la combinación misma. La creación del mito político es, pues, un hábil ejercicio de artificialidad ejecutado por manipuladores, generalmente desde el poder, pues se requiere una gran presencia hegemónica comunicacional para su fundación. Una de las vías más utilizadas es la referencia constante a una figura histórica resaltante y clave con la cual se identifica al mito en construcción, hasta arribar, como en numerosos casos, a describirlo como de la misma estatura de la referencia e, inclusive, hasta como superior en la etapa subsiguiente.
   El mito político se corresponde con el dramatismo, con el lenguaje efervescente dirigido a crear conciencia que el mito no es el héroe, un ser individual, sino que ahora es todo el colectivo, uno donde todos son “hijos” suyos.
   El mito político es enmascaramiento, un modo para justificar un orden. Si la política es interrogación cotidiana, el mito tiende a cosificarse, aunque sirva por un lapso para lograr mediante la fantasía una voluntad colectiva. Así, pasa a ser la fuente fundamental de estabilidad del nuevo orden. Antonio Gransci, vecino en este tema a Sorel, el fundador del término que dio lugar a los grandes mitos políticos que azolaron al siglo XX, lo considera indispensable para que las multitudes se conviertan en protagonistas de un proceso real, pues, para él, se necesita “la pasión del pueblo”. En otras palabras, sin mito no hay expresión real de la teoría revolucionaria o. si se quiere, no podría haber reordenamiento social.
  
   En el caso venezolano de la conformación de un mito político con la figura de Hugo Chávez, la profesora Maritza Montero, de la Escuela de Psicología de la Universidad Central de Venezuela, (Génesis y desarrollo de un mito político), partiendo de los sucesos del 4 de febrero de 1992 (intento de golpe de Estado), traza toda la evolución de este proceso que bien organiza en apartados tales como marginación de aspectos negativos, abstracción del condicionamiento histórico, creación de una genealogía mítica, construcción de una imagen predominantemente positiva, dramatización y polarización más resistencia a la crítica, conexión entre el proceso de mitificación y la situación de crisis, marcado componente emocional unido a identificación con el personaje mítico.
   Esto es, todos los ingredientes que conllevan al mitologema que recrea lo sucedido, dado que el carácter alegórico conlleva a que a partir de una cosa se represente y pase a significar otra. Para investigar esta fábula la profesora Montero realizó numerosos focosgroup para verificar como se incorpora a la narración el conjunto de representaciones míticas mediante los atributos conferidos.  O lo que es lo mismo, la interpretación mítica se realiza a partir de categorías extrarracionales provenientes, sin embargo, de ámbitos no míticos, pero que ignora o se produce paralelamente a la demostración lógica.  La expansión del mito requiere del establecimiento de un campo de batalla, vamos a llamarlo polarización, que conforme la expresión de una lucha feroz entre opuestos.
 
  Quizás debamos recordar el mito platónico de la caverna donde los hombres encadenados consideran a las sombras que ven como verdad. El mito político se encierra en una supuesta transformación de lo vivido y en la posibilidad de dar un nuevo sentido a la crisis, al contrario de los mitos platónicos o cosmogónicos. Como es frágil requiere de constantes restauraciones. Un tratadista clásico de los mitos como Ernest Cassirer (El mito del Estado, 1945) advierte sobre la invalidez de los mitos para la fecha en la que escribe, al inicio de la postguerra. Gyõrgy Lukács
(El asalto a la razón, 1953) señala al mito político como prueba de una ubicación histórica irracional y de una falsa conciencia. El mito político se construye, pues, desde una manipulación ideológica.
  
   En su libro Mitologías, escrito entre 1954 y 1956, Roland Barthes describe al mito como un lenguaje y se pregunta sobre la existencia de “una mitología del mitólogo”. Existen los mitólogos, los que fabrican los grandes mitos contemporáneos en pleno siglo XXI, sin percatarse de la fragilidad y temporalidad de ellos. En Mitos y símbolos políticos, Manuel García Pelayo nos describe el símbolo político como un antagonismo porque necesariamente hay que distinguirlo de quienes no lo siguen, generalmente denominados, agregamos nosotros,  como “enemigos del proceso”, pero al mismo tiempo como elemento de integración dado que fortalece una “identidad” dentro del mito político creado. Si este carece de significación los creadores del mito terminan sembrando desintegración. Las grandes fracturas y las grandes derrotas terminan cayendo como pesadas losas sobre los países que fueron sus víctimas. 


martes, 28 de abril de 2015

Un país sin noticias




Teódulo López Meléndez

   Es de suponer que cuando se da una noticia se está revelando el contenido de una información que nunca antes había sido comunicada, se está entregando un hecho novedoso, lo que algunos han denominado en la teoría de la comunicación un “recorte de realidad”.
   La entrega de este acontecimiento nos obliga a recordar que por tal se entiende un evento o una situación que ha adquirido un relieve tal que amerita ser comunicado, aunque pueda ir desde una calificación de histórico hasta meramente banal. La repetición del mismo acontecimiento convertido en una “noticia” permanente bien podría ser definido como propaganda, muy contrario al sentido filosófico el cual implica alteraciones con consideraciones sobre espacio y tiempo y disquisiciones sobre cómo deben ser entendidos, si como proposiciones o hechos con identidad dependiente de los conceptos en que están enmarcados.
    Determinar lo que es una noticia, definámoslo como el criterio de noticiabilidad  es, en el mundo de los massmedia, e incluso en el de la Torre de Babel que la tecnología ha impuesto en las llamadas redes sociales, un tema de alta complejidad. Una noticia  no parece ser lo que está aconteciendo. Los hechos en sí mismos pueden ser la noticia, su reconstrucción, bajo previa selección, un hecho informativo. No obstante, la conformación de lo que antes se llamaba “opinión pública”, concepto también disminuido, encuentra en el cúmulo de informaciones lo que entiende por su conocimiento, uno que contiene todos los elementos de la selección, de las formas de procesamiento y de los valores que se han amontonado sobre el hecho original. Es lo que algunos llaman “realidad construida”. Es así como el concepto de noticiabilidad se hace patente, desde el aparato informativo controlando y gestionando hasta los usuarios obsesos de redes sociales repitiendo en círculo. La noticia no goza, entonces, de una inocencia originaria, más bien de una entremezcla de suceso, de medio, de público y de empresas. Podemos citar la posibilidad de que un suceso se presione para su conversión en noticia o se repite hasta convertir en tal el hecho irrelevante, disquisiciones que hacemos ante el amontonamiento de los periódicos en los puestos de venta, lo que no se debe solamente a la presencia de Internet y a las versiones web de los periódicos, sino a otra circunstancia que puedo apreciar en mi país: desinterés por la noticia.
   No sólo parece tratarse de noticia como sinónimo de “mala noticia”; quizás que en el panorama específico de un país la ausencia de noticia ha pasado a convertirse en sinónimo de “buena noticia” o a la espera de una noticia que la historiografía pudiese definir como “acontecimiento histórico”. Puede deberse a una distorsión permanente de la noticia, especialmente en un país donde se pretende una hegemonía comunicacional donde un análisis somero, digamos de las estaciones de radio FM de la capital, sólo para ejemplarizar, nos revela alrededor de un 40 % transmitiendo consignas oficiales disfrazadas de “hecho noticioso”, lo que nos lleva de nuevo a considerarlos, en cuanto a credibilidad, según el viejo axioma de que más vale la fuente que la verosimilitud del hecho. Por otra parte, la velocidad del hecho informativo, adquirido en los teléfonos inteligentes, en la multiplicidad de blogs y en la disponibilidad de Internet hacen de la novedad un hecho instantáneo que se disuelve a pesar de que el elemento obsesivo haga a los “babelonios” girar intermitentemente sobre él.

   Otro elemento radica en las columnas de opinión donde se escribe repetitivamente lo que una audiencia cautiva quiere oír, o en ejercicio de una oposición política intrascendente o de manipulación distraccionista, o paradójicamente en su opuesto, en una escritura que ya dejó de ser, por los elementos mencionados, de algún interés para los lectores. Encontramos que la noticia es reproducida una y otra vez, lo que en el periodismo del pasado era una virtud (que un medio se viese obligado a reproducir lo publicado por otro), mientras que ahora lo que se reproduce son las contradicciones y las manipulaciones de atribución del hecho a unos causantes supuestos usados hasta el aburrimiento lo que convierte a la noticia repetida en un eco perdido, en una merca consecuencia de una manipulación en la que caen, obviamente, sus opuestos.
   Puede argumentarse que estos criterios no son aplicables, con exactitud, a la noticia internacional, a lo cual se contra argumenta que tal no es relevante para un país que no entiende de su importancia, que ignora los acontecimientos de un mundo globalizado,- más aún, glocalizado- deben ser seguidos con especial atención para entender sus propios sucesos internos y hasta para superar la desidia de ignorar su propia historia. Si conforme a alguna definición “noticia es aquello que hace hablar a la gente”, hay países donde no se habla del mundo.
   Por lo demás, cabe una reflexión de la noticia como semantización, como estilo lingüístico, en situaciones donde la corrosión del lenguaje ha llegado a sus extremos, por haber perdido toda propiedad y en haberse convertido en un amontonamiento de signos que se emiten con total irresponsabilidad llegando a convertirse en significantes sin significados lo que, obviamente, lleva a concluir que sin significados no hay significantes, comentario especialmente aplicable a lo que hoy bien podría denominarse “periodismo ciudadano electrónico”.  Hay que admitir que la degeneración de la palabra proviene fundamentalmente de quienes hablan como actores públicos, de aquellos a los que los medios prestan atención por su protagonismo político. Si la noticia la consideramos, en teoría de la comunicación como un texto autónomo, sus actores, especialmente en el terreno de la política, lo convierten en un texto desechable.
  Recordemos ahora, en algunos aspectos, a Maxwell McCombs, el profesor autor de la teoría de la agenda-setting (su último texto, Communication and Democracy: Exploring the Intellectual Frontiers in Agenda-Setting Theory), ya conocida del público interesado hace más de 25 años, por su abundancia sobre la agenda de los medios sobre la pública, esto es, sobre la decisión de los medios de hacer o no de un hecho una noticia., pero más que todo porque ha alcanzado otros niveles, tales como la descripción de los atributos en cuanto se refiere a la relevancia que se otorga a ellos, dado que se establece que no sólo se determina sobre qué pensar sino también cómo debe pensarse sobre ello. El asunto nos coloca en el nivel de la ética. Si la noticia, en un país determinado ha pasado a convertirse sólo en el enredo verbal del establishment del poder y en el propio de quienes aspiran a sustituirlo, caemos necesariamente en el tema de la democracia y en su relación con las variantes de la agenda-setting, dado que, conforme a ella, podemos encontrar en un país pérdida total de los elementos claves de la comunicación, a saber, consenso, vigilancia y transmisión de la herencia social, convertida esta última en una deformación de la historia. Dicho en otras palabras, la noticia oculta entre sus pliegues la posibilidad de llegar a acuerdos, mientras aquí genera el desacuerdo, lo que ya harta a sectores crecientes de la población. Es obvio que sin consenso no hay democracia, mientras que si se divide entre dos sectores irreconciliables la noticia única radica en la ruptura, en la inexistencia de democracia. En este país asistimos, además, al acoso a los medios impresos con la carencia de papel o a procesos judiciales inéditos en la historia del periodismo, como procesar a la directiva de un diario por una cita hecha en su texto por un columnista de opinión. Concluimos en la identidad entre noticia y democracia, no sin olvidar, como la propia teoría agenda-setting lo muestra, las profundas desviaciones ya señaladas hasta el cansancio por todo analista serio de la comunicación. En cuando a la agenda-setting ha sido llevada a otros campos, como lo ha hecho la profesora española Raquel Rodríguez Díaz (Teoría de la agenda-setting, aplicación a la enseñanza universitaria) al estudiar el papel de los profesores en sus alumnos, como hace McCobbs al estudiar el papel de la noticia en quienes la ven, oyen y leen. Aplicable, por supuesto, a las formaciones mentales de los usuarios de las redes sociales, al avasallante diluvio de falsificaciones de los regímenes dictatoriales, a la invención o a la intrascendencia presentada como noticia.
   Iremos, para concluir, hasta Anthony Giddens, no por su criterio sobre una segunda modernidad, más bien por su concepto de “fiabilidad”. Las diferenciaciones entre modernidad de los clásicos y este grupo de pensadores europeos de los noventa son notorias, como las diferentes denominaciones, desde segunda modernidad o tiempo social tardío moderno hasta sociedad global del riesgo, desde sociedad postradicional hasta sociedad posindustrial, desde hipermodernidad hasta sociedad informacional, hasta sociedad del conocimiento con la revolución que implica. Quien escribe suele hablar de postmodernidad.
   En el tema que nos ocupa, Giddens (Consecuencias de la modernidad) aparece por sus opiniones sobre la fiabilidad de los sistemas abstractos o sobre las relaciones entre fiabilidad y competencia o entre fiabilidad y seguridad ontológica. En otras palabras, si buscamos en la intimidad del receptor de la noticia, encontraremos en buena medida la vieja calificación lacaniana de “yoísmo”, pero aquí vista desde el ángulo de la imposibilidad de relaciones sociales fiables, con sus consecuencias de dispersión y de multiplicidad angustiante de desvaríos, porque ante la desaparición de la noticia como acontecimiento en su definición filosófica, cada quien anda buscando construirse un yo que no puede pasar sino por un proceso reflexivo que aún no se da.
   Estamos en un nuevo orden que apenas se asoma, uno donde todos los conceptos están en dudas, desde el de poder mismo hasta las ópticas culturales. Giddens piensa que la fiabilidad estás puesta en capacidades abstractas y no en individuos (lo contrario de lo que aquí acontece), para añadir que la característica está en la posibilidad de resultados probables más que en una comprensión cognitiva, lo que pone el balance decisorio en el individuo común más que en lo que se denomina “sistemas expertos”. Su tesis sobre la reflexión de los procesos sociales implica que esa reflexión continuamente ingresa en el universo de sucesos explicados, se despega y reingresa. He aquí que hemos reingresado la noticia.