viernes, 28 de marzo de 2014

Crucigrama





Teódulo López Meléndez
Me parece haberlo visto entre las ruinas de Pompeya, vecino a las figuras petrificadas por la lava del volcán iracundo, en alguna calle desolada apenas incidida por algún turista errabundo. Sí, me parece haberlo visto entre los restos de comida solidificada e inclusive vecino a la fundida estatua de una pareja que hacía el amor. Era un crucigrama, que gracias a una guía espontánea y voluntariosa supe se llamaba “cuadrado sator”, uno que, sin embargo, no indicaba nada de concesión de poder por traspuesto, nada de la designación de una hermana como ministra para aliviar la pesada carga de alcalde olvidado entre los indeseables a los que no se les puede permitir salir de la pobreza pues pueden derivar en oposición.

Un simple pasatiempo, una plantilla para cruzar palabras verticales y horizontales, uno para el cual, no obstante, se requiere habilidad y conocimiento del lenguaje. Tal como un scrabble sobre un tablero de 15 x 15 casillas donde gana el que acumule más puntos. Algo así como capturar tres generales en uno de los países que casi alcanza más trisoleados que el ejército norteamericano o jugar sudoku para romperse la cabeza con una lógica inexistente ingresando los números del 1 al 9 como pueden ingresarse conspiraciones e intentos de magnicidio, tratando de no repetirse, aunque cada día se juegue a fecha en que una “memorable hazaña” fue cometida por el desaparecido sin que hubiese ocurrido la sorpresiva erupción y un escándalo de corrupción perturbase los baños del imperio.

No hay palabras a cruzar en esta Pompeya recalentada por protestas, a no ser por los que luchan denodadamente por recobrar protagonismo y marchan bajo la erupción con un pliego de peticiones que recuerdan a Gustavo Cisneros como gran figura en la autopista frente a la multitud, acompañado de Miss Venezuela de traje típico y de brazos de Osmel Sousa, mientras en el balcón se veía al Secretario General de la OEA junto a Roy Chaderton matando las horas y a un denodado Centro Carter vigilando que el papel se firmaría no se conviertese en algo realizable como un crucigrama. Los tiempos son otros: nuestras mujeres bellas caen muertas o se les ve iracundas en un desafío que no tiene nada de sudoku.

La diplomacia carcomida gusta de empezar los crucigramas con la palabra “diálogo” y procurar derivaciones. La palabra en cuestión permite degenerar la palabra a nivel de una pimpina desde la cual Poncio Pilatos vertió el agua en una ponchera. Es cómoda la palabra, especialmente si ya ha sido utilizada como argucia por el régimen al cual se llega con entrañable simpatía. Siempre hay gente dispuesta a jugar al crucigrama. Lo está, porque siempre ha jugado a realizar el crucigrama y el sudoku termina en 9, sólo que representando el final de la segunda década del siglo.

El derecho se hace palabreja y la conjunción vertical, de arriba hacia abajo, como una daga rasga cualquier posibilidad de idioma, porque en el arriba del hemiciclo sólo hay orden de silencio, de gritos sobre “fascistas” y, por ende, se levanta la inmunidad parlamentaria a gusto, a voluntad, a decisión unipersonal del co-dictador. Uno recuerda nadie se entrega a una dictadura, uno recuerda lo que dijeron los perseguidos del ayer sobre el deber de mantenerse libre o de imponerse el pensamiento, 24 horas sobre 24, de tratar de fugarse. Uno recuerda dónde el perseguido o la perseguida puede rendir mayor utilidad, por ejemplo viajando, sin pedir aún el asilo, hablando allí y acullá.

No hay crucigrama repetido. Las palabras con acento venezolano que cruzan el mundo son otras. La mirada del mundo, por encima de la diplomacia ramplona, habla de un deterioro irreversible, como tampoco es la misma dentro, dónde se nota una caída vertiginosa en el apoyo popular que espera tarjetas de racionamiento, precios inimaginables de los productos básicos y cansancio de llevar silla y sombrilla a la espera del acto normal de comprar comida. En las colas no se hacen crucigramas, más bien se cocina la ira.

El precio ha sido alto, altísimo, aún con letras de cambio por pagar, pero este país, donde una clase dirigente agotada hace crucigramas, las palabras que surgen son para indicar el peor de los temores: una clase dirigente nueva se asoma no a jugar.



viernes, 21 de marzo de 2014

Fuenteovejuna, Señor





Teódulo López Meléndez

En 1612 un escritor llamado Lope de Vega comenzó a escribir lo que podríamos llamar el cumplimiento del deber de un “intelectual”, si la palabra ya hubiese sido inventada por los antidreyfusistas para ofender a personajes como Émile Zola o Anatole France. La palabra, sin embargo, dejó de ser peyorativa y en muchos casos se usa como sinónimo de intelligentsia. Pero no marchemos hacia lo lateral: lo cierto es que Lope de Vega daba una lección de valentía personal entremezclada con un político ejercicio de pedagogía. Se trataba de un pueblo ejerciendo la justicia, lo que aquel escritor relataba frente a un poder omnímodo desbocado y a un deseo lascivo del Comendador.

Vemos desde una Sala Constitucional impartiendo sentencias penales, contra su propia jurisprudencia, hasta el mantenimiento de una ofensiva contra alcaldes que no amontonaron a tiempo barricadas, mientras el supuesto órgano judicial las colocaba entre sí mismo y el derecho. Fuenteovejuna, Señor.

Vemos destituidos a la máxima expresión del poder local para que irrumpa el Consejo Nacional Electoral convocando elecciones de inmediato, mientras la “justicia”, entre sus antecedentes, guarda alcaldes procesados por corrupción sin que el paso de los meses para ellos haya sido obstáculo a meter en una prisión militar en menos de un día al alcalde de San Diego o que el de San Cristobal haya sido sacado de una habitación de hotel alegando una supuesta decisión y llevado, en su condición de civil, también hasta la prisión militar. Fuenteovejuna, Señor.

Esa vieja mayoría de las antiguas islas que por el Caribe subsisten se ejerce siempre a favor de las dádivas, de la subsistencia precaria, que desde el Grupo de los 3 (Venezuela, Colombia, México) asistía a sus necesidades energéticas y que por voluntad hegemónica de Chávez fue disuelto para ser suplantado con un chorro que impone condiciones y que pasa factura a la hora de silenciar voces y de sumar votos, cuando en un órgano multinacional se debería otorgar cantidad de votos por población. Fuenteovejuna, Señor.

Qué la izquierda latinoamericana ande trasnochada podría ser objeto de arqueólogos, aunque la derecha no deje tampoco de mostrar su óxido y los sentimientos a la hora de las cuadraturas procuren conservar inversiones, negocios, suministros, alianzas comerciales. Fuenteovejuna, Señor.

Mientras se proyecta un film sobre Mandela en la hacienda Altamira de Gallegos, el novelista, como para evocar larga penuria tras las rejas, las fuerzas del Comendador no cesan en su presencia para continuar lo que he definido como “una guerra de barrio” a la manera de Beirut y en las cabezas de los estudiantes siguen cayendo gases, y algo más, tal vez en procura de un aturdimiento que no llega. Fuenteovejuna, Señor.
En los tiempos de Lope de Vega luego de las preguntas de rigor del juez llegan los reyes y restablecen el orden reconociendo el justo proceder del pueblo de Fuenteovejuna y el final feliz se asoma en una condena a la lascivia del Comendador por Laurencia y en exaltación del cristiano amor de Frondoso. 

Los tiempos de Lope de Vega eran los tiempos de Lope de Vega. Ahora estamos en el siglo XXI y el pueblo de Fuenteovejuna no debe andar para nada matando Comendadores, puesto que el ejercicio de la venganza es condenable y nada se resuelve por esa vía, pero la imagen del pueblo de Fuenteovejuna sigue allí porque Lope de Vega se hizo inmortal y porque su texto invoca la reivindicación superior de un pueblo ante la injusticia. Hoy el Comendador puede llamarse dictadura, represión, ahogamiento de la justicia. Son estos los Comendadores de la Venezuela de hoy, una donde no llegarán reyes a imponer justicia como en Fuenteovejuna y será el pueblo el que produzca la misma respuesta ante la misma pregunta. ¿Quién es Fuenteovejuna?  Todo el pueblo,  a una.

martes, 18 de marzo de 2014

El espejismo de una noche de Altamira






Teódulo López Meléndez

Es obvio que estoy usando para titular “El sueño de una noche de verano” de Shakespeare, por la sencilla razón de haber sido lo que me asaltó automáticamente con lo sucedido en la Plaza de Francia la noche del 17 de marzo.

Es paradójico, pero no tanto, que se vaya hasta el maestro inglés para escudriñar en un proceso de psicología social del siglo XXI. De aquellos tiempos en que uno decidía leer completo a Shakespeare a estos en que uno recuerda la emblemática plaza se llama “Francia” parece haber pasado una eternidad. Al fin y al cabo Shakespeare no debe su grandeza a un azar y uno no tiene la memoria para recordar con exactitud la trama de la obra que citamos; menos las ganas.

Una toma militar desproporcionada en la madrugada y en la noche una aparición de señoras rezando, una convivencia nocturna que es calificada de entendimiento cívico-militar y un estallido de celebraciones por la reconquista del lugar, un festejo que se anuncia como actos de protesta que abarcarán desde lo cultural hasta el ejercicio democrático a ella y una proclama de un pueblo que sin miedo vuelve a la civilidad frente al militarismo. Así bien podría enunciarse lo acontecido desde la óptica de un espectador de los mercados de Londres donde Shakespeare complacía a los buhoneros de la época y a sus fieles compradores, mientras nadie oteaba que ese autor ejercía una penetración fuera de límites que le merecería la inmortalidad.

Bien podría leerse la obra desde otro ángulo: En el fondo la gente acude a celebrar el cese de la violencia que perturbó su sueño, lo martirizó con incendios y barricadas, con ataques a sus viviendas, con la presencia de la muerte y del abuso. Podría leerse como un agradecimiento por el cese de la perturbación y sí, como un pacto cívico-militar, como uno que hace evaporar esa realidad perturbadora y permite de nuevo la protesta que nada cambia. Esta lectura no agradaría a los “guarimberos”, pues bien podría entenderse como la aceptación al regreso de un Tomassi de Lampedusa que demuestra que todo ha cambiado para que sobre el asunto de fondo se establezca lapidaria la sentencia de que nada ha cambiado.

La interpretación de los textos es siempre polémica. Hasta en los métodos. El presente llega hasta la psicología social, pero para los lectores –y menos para ese historiador del futuro al que creo facilito la tarea- quizás lo importante sean las consecuencias políticas inmediatas y mediatas de un espejismo en una noche de Altamira, dado que las consecuencias sobre la evolución inmediata pasarán por las retóricas preguntas de quién ganó y no sobre la manifestación de un pueblo que anhela la paz –anhelo perfectamente comprensible- y que la practica reagrupándose en ella asumiendo los viejos fracasos, mientras condena los métodos violentos que, hay que decirlo, tampoco indicaban absolutamente nada en la evolución de esta triste historia de la cándida Eréndida.

Es que esta historia de Eréndida partió de los errores, de unos que fueron olvidados en honor a la vieja sentencia de que una vez montado el potro no conviene desmontarlo o de la realización de invocaciones al azar o a esas perturbaciones que en la historia suelen llamarse imprevistos. La catalogación es inmediata: mezcla de apresurados con timoratos, de coraje sin par que lleva el nombre de nuestros muertos y de reticencia cobarde de los pronunciadores de frases de ocasión, de un pueblo que perdió el miedo con un liderazgo que oculta el suyo, de una vocación libertaria con otra de acomodo. Y yo recordando que la plaza se llama Francia y otros soltándome  frases como “recuerda este es un saco de gatos” o eso de “recordar la plaza se llama Francia es de un intelectualismo fuera de tono”. Los senos de Marianne queden a buen resguardo.

El peregrinaje por el desierto hace ver espejismos. La sed insatisfecha, el aire refractando la luz, la interpretación de los observadores, el agua que está allá una simple ilusión. Los psicólogos sociales creo hablan de espejismos emocionales. La periodista Laura Weffer escribió un texto sobre la plaza que fue censurado, lo cual no entiendo porque en verdad era una penetración singular sobre la fauna humana, desde el que creía en la búsqueda de la libertad hasta el que solo buscaba compañía. Quizás la plaza no deba llamarse Francia. Debe ser recordada como Altamira, la de Gallegos.

miércoles, 12 de marzo de 2014

La guerra civil de los barrios





Teódulo López Meléndez

Más allá de los sectores sociales involucrados o no en la batalla que se libra en Venezuela la única expresión utilizable para describirla es la de rebelión política. Excede de largo a una situación puntual o a una protesta pasajera. La recurrencia por parte del régimen al ejercicio de una violencia indiscriminada, con el uso incluido de bandas paramilitares, lo colocó, ya sin ambages, bajo el rótulo de dictadura, una que, en aras de las apariencias, todavía permite resquicios a la libre expresión. Por su parte, quienes están involucrados en la rebelión contra ella, muestran todos los signos de una imposibilidad de regreso, superando a la dirigencia tradicional, presta a embarcarse en un “diálogo” de imprevisibles consecuencias y de tonalidades más que oscuras.

Sobre esto de “resquicios a la libertad de expresión” hay que colocar de inmediato lo sucedido con el diario “Tal Cual”, donde por vez primera en la historia del periodismo se hace responsable a la directiva de un medio por la opinión de un columnista, como si debiesen producirse sesudas deliberaciones cada vez que llega un artículo. En este caso concreto, por una cita hecha por el columnista Carlos Genatios, se ha extremado hasta el punto de emitir medidas cautelares que incluyen prohibición de salida del país a Teodoro Petkoff y a sus compañeros directivos, amén de al columnista, más presentación semanal para que los “reos” no huyan. Tal práctica, aberrante desde una descripción jurídica, mucho me temo proseguirá dado que la Defensora del Pueblo amenaza al diario “El Nacional” con acusación penal parecida por sus enrevesadas declaraciones sobre la tortura.

El aumento constante de la represión establece una posibilidad de análisis que no se puede despachar con simples frases como las habituales de un gobierno desesperado que intenta no caer o la excesivamente banal y falsa de “derrotar un intento de golpe de Estado”. El día 12 el diario “El Universal” publica una nota –brillante, concisa, espeluznante- donde se narran los sucesos de la noche anterior en la plaza Altamira y en el barrio de Chacao. La periodista que la redactó seguramente no tenía conciencia de estar describiendo un momento clave de esta historia, -no podía tenerla- pero lo hizo. A mí me trasladó de inmediato a Beirut y a varios episodios ocurridos en las revueltas árabes que fueron calificados por la prensa y los analistas como “la guerra de los barrios”.

En Venezuela no hay una guerra civil, lo que vivimos es una represión que, en algunos casos puntuales, trae a la mente los “Convenios de Ginebra” y el Derecho Internacional Humanitario y por ende el concepto jurídico de “perfidia”. Lo que también lleva a considerar de nuevo las revueltas árabes y un planteamiento que prevaleció en la mente de quienes afrontaban rebeliones políticas, la de que la única posibilidad era convertir el conflicto en guerra civil pues de ninguna manera podía perderse dado el poder de fuego del que disponían, lo que en países como Libia no resultó cierto por la única razón de la intervención militar extranjera.

En la otra parte, con evidente decisión de no retroceder, podría estar incubándose la recurrencia a la guerrilla urbana, paradójicamente como lo hicieron en su momento de los 60 parte de los que hoy ocupan el poder. Es tal el poder represivo del régimen que podría empujar a una defensa que exceda a la construcción de máscaras antigases artesanales o escudos de cartón o barricadas hechas con lo que esté a mano, defensa inclusive proveniente de los barrios que son atacados con disparos a casas y edificios o con la quema de sus vehículos. La historia suele llenarse de vericuetos.

Un vericueto es, por ejemplo, la demostración de China pulverizando la falsa idea de que capitalismo y democracia eran como la uña y la carne. Quizás esta referencia extrapolada me venga por la aplicación misma del concepto de “rebelión política”, dado que no hay oferta de futuro y que las rebeliones, triunfantes o no, son algo así como los pájaros y otros animales que trasladan semillas o esparcen para que nuevos movimientos históricos aprendan la lección de que los cambios de gobierno no aparejan necesariamente un cambio histórico.

Aún no aparecen los signos de este último. Mi recuerdo va hasta las mujeres parisinas del mercado de La Halle en los tiempos de la revolución francesa. Deberá ser la falta de pan la que determine el curso de los acontecimientos y, por ende, la actitud a tomar por los diversos sectores de los militares venezolanos.