jueves, 27 de febrero de 2014

La revolución de las premisas





Teódulo López Meléndez

Los estudiantes suelen ser la vanguardia, el catalizador de los procesos políticos que generalmente son llamados revolucionarios, pero ellos jamás han tenido el poder, en ninguna parte del mundo, de concluir en la implementación de un salto hacia adelante. Quizás la vieja expresión “estudiantes no tumban gobierno” sirva para ilustrar que se requiere el subsiguiente acompañamiento de las multitudes –unas en acción no en “mostración”- para que la revuelta trascienda lo esporádico o se convierta en no más que un efímero sacrificio donde la voluntad de los jóvenes paga un alto precio.

La situación venezolana conlleva más que todo a pensar en grupos de estudiantes organizados más que la aparición de un gran movimiento estudiantil, porque si él existiese uno de sus pasos claros hubiese sido convertir la universidad y exceder las peticiones tradicionales de libertad para los que fueron cayendo en las garras de los organismos represivos. Ha brotado, no obstante, y hay que admitirlo, una vanguardia estudiantil que ha tenido el efecto de politización creciente del cuerpo social, aún insuficiente para provocar transformaciones.

Uno de los últimos gestos del régimen dictatorial venezolano ha sido la del apelo a los “campesinos”, a un intento de ruralizar la situación conflictiva visto que las protestas son urbanas. Los “rurales” son presentados como los nuevos agentes productivos, no sabemos si con la intención oculta de tratar de convertirlos en una especie de nuevo frente de defensa del régimen paralelamente a los llamados “colectivos”, unos que ya aparentemente desecharon cualquier control sobre ellos. En cualquier caso, el intento ruralizador no es de pertenencia exclusiva del siglo XIX, pues los podemos encontrar hasta en algunos casos de Europa Central ante la inminencia de la caída del poder comunista.

La situación del régimen parece la de convivencia de micro-poderes dictatoriales, dado que no se requiere de información privilegiada para saber donde cada uno de ellos tiene su parcela de influencia, o donde la mezcla de intereses sirve de cemento a las obvias discrepancias. La tentación de lanzarse sobre el otro aún no ha aparecido, pues aún prevalece la necesidad de defensa de lo que es el valor superior, léase el poder, aunque en los acontecimientos del diario podamos encontrar acciones de ejercicio en solitario por parte de las facciones por ahora unificadas en la defensa del único interés común.

Las Fuerzas Armadas, por lo que les corresponde, aún no han tenido el desafío mayor, esto es, someter a inventario los pro y los contra, contabilizar los costos y beneficios y dejan a uno de sus componentes ejercer, en comandita con los civiles armados, la represión que aún les parece acomodada a parámetros admisibles, aunque a nosotros, la población civil, la brutalidad de disparar perdigones en la cara o insistir contra un muchacho caído nos parezcan flagrantes violaciones a los derechos humanos. Y digo a nosotros, porque muy pocos en el mundo han ido más allá de pedir diálogo recitando una especie de catecismo que tienen guardado para cuando quieren manifestarse sin que sus manifestaciones tengan efecto alguno. La gran decisión militar llega cuando el desbordamiento y la inestabilidad son tales que deben decidir entre la matanza, léase genocidio, o una especie de neutralidad sin que ella implique dejar de estar atentos a la toma directa del poder. Ahora lo ejercen por persona interpuesta pero los generales, porque a ellos nos referimos, siempre deben cuidarse de los cuadros medios, dado que suelen ser ellos los protagonistas a la hora de las decisiones verdaderamente con efectos tangibles. Por lo demás, una división de las Fuerzas Armadas es siempre el ingrediente determinante de una guerra civil.

La caída de una dictadura no trae paz y tranquilidad. Es simplemente una premisa para la posibilidad de cambios sustanciales. Una revolución política no es una revolución social, pues las primeras suelen tener como único objetivo la caída de un régimen, lo que hace dificultoso prever la segunda, dado que la caída de todo gobierno por medios revolucionarios abre la espita a las luchas por el poder entre las distintas facciones y a una consecuente inestabilidad con buenas probabilidades de ser tan violenta con el hecho concreto que la permitió.

La hipocresía internacional no tiene nada que ver con acciones honestas de defensa de la democracia, de los derechos humanos o del afecto por un pueblo sometido a vejaciones. Veamos cómo hemos asistido en los últimos días a la reiterada práctica de expulsar funcionarios diplomáticos o consulares norteamericanos, lo que produce decisión similar desde Washington, para que el inefable canciller venezolano hable de “retaliación”  en su siempre desconocimiento de los términos apropiados. Sin embargo, la posterior declaración del Secretario de Estado Kerry reiterando la voluntad de su país para proceder a la normalización de relaciones y lamentando “tengan ya demasiado tiempo deterioradas” es la muestra más fehaciente de la duplicidad, pues implican que en sus cálculos no está la caída inmediata del régimen venezolano y, en consecuencia, debe arreglarse con él. Por cierto, y de paso, un desmentido a la supuesta injerencia gringa en las últimas acciones protagonizadas por el duramente golpeado pueblo venezolano.

Las premisas suelen también ser revolucionarias. Como la economía.



jueves, 20 de febrero de 2014

La Pax Sinica







Teódulo López Meléndez
 
Hay un hilo conductor, uno con nudos que llamaremos hitos de esta historia. Narrar la historia mientras acontece parece tarea de esos valientes a quienes llaman corresponsales de guerra. Cuando la guerra ha pasado suele prevalecer la visión del vencedor. A veces se asiste al testimonio para dejar al futuro elementos disponibles para un análisis póstumo.

Necios hay por todas partes, seguramente exclamó Tucídides para permitir Herodoto refrendara. La proclamación constante de que el régimen era una dictadura es un caso a mostrar. Autoritario, violador constante del Estado de Derecho, desintegrador de los términos clásicos de la separación de poderes, permitía resquicios, celebraba elecciones –las cuales analizar ahora es ejercicio vano dada su habilidad para envolver a los adversarios, ponérselas en el orden conveniente, cambiar circuitos electorales y usar abusivamente de los recursos del Estado- y lanzaba petardos contra medios impresos y radioeléctricos. Llegamos a hablar de “dictadura del siglo XXI”, de una adecuada a los tiempos que ya no necesitaba de llenar estadios de prisioneros, de recurrir a la tortura o de practicar una sistemática violación de los derechos humanos.

Los tiempos corren, los acontecimientos acontecen y suelen poner fecha y hora. Siempre hay un proceso detrás. Desde los apresurados que luchan entre sí para limpiar adversarios del camino al poder, desde la inmadurez y desde la impaciencia, desde la torpeza y desde el equívoco, pero esos episodios han sido narrados antes, en otros de estos textos que llamamos columnas de opinión. Podría argumentarse que la enumeración anterior sólo ha acelerado lo inevitable, que la conclusión hubiese sido la misma y que siempre es mejor sincerar antes de arrastrar. Concedemos a tales argumentos el beneficio de inventario, para utilizar una expresión jurídica en estos tiempos de la fuerza.

Lo cierto es lo cierto, obviando en este texto lo ya dicho. El 19 de febrero de 2014 la represión alcanzó su clímax, el amontonamiento se hizo barricada a toda legalidad, el desbordamiento tan patente y la furia desatada tan incontrolable, la acumulación de los hechos anteriores tan patética, que nuevamente un siglo escapó de vuelta atrás, el uso de expresiones con pretensión de definición sociológica novedosa un ejercicio entre escamoteo a la responsabilidad y/u omisión a la verdad. Huele a dictadura, se comporta como una dictadura, reprime como dictadura, encarcela como una dictadura, tortura como dictadura. Es una dictadura.

Aún conservará resquicios, aún intentará las apariencias, aún girará sobre la obsolescencias de unos adversarios apagados, aún alegará existe un Parlamento donde irán los domesticados por la Pax Romana a ejercer el derecho concedido por el imperio de conservar sus dirigentes y en ese “senado” bajo la bota del César reproducirán en carne propia las más claras definiciones dadas por Marco Aurelio en   “Pensamientos” o, quizás mejor, las invectivas de Epícteto.  Los gobernadores de olvidadas provincias alabarán la Pax Augusta  y dirán quienes luchan en las fronteras como los germanos y los partos son pueblos inconcebibles.

Recordaba estos días las conversas de los viejos luchadores sobre el primer deber de un combatiente, no caer preso, y sobre el segundo, si caes piensa las 24 horas en la fuga. Nadie puede sobrevaluarse hasta el extremo de creer el punto de inflexión su entrega. Mientras Augusto imponía la suya, China dominaba el Asia Oriental. Eran los tiempos de las dinastías, de otras que nada tienen que ver con las de hoy, con las del Partido Comunista Chino, aunque muchos piensen el siglo XXI verá de llegar de nuevo la Pax Sinica que no significa otra cosa que “paz china”.  Entre Pax y Pax floreció el comercio entre los grandes imperios de la época y lo que suponemos existía entonces, forzando o sin forzar la terminología, una izquierda caviar, celebró entre banquetes la genialidad de los conductores.  En los tiempos presentes de América Latina la izquierda es una bazofia y la derecha un escondrijo, pero dejemos, por ahora, en paz, la disquisición sobre la necesidad de insurgir con conceptos de este siglo, dado que el pueblo no termina de empoderarse y sólo es víctima.

Mientras, uno piensa en atrasos conceptuales, en como el ejército es el único que a lo largo de la historia ha puesto bajo control a la Guardia Nacional, en el derrumbe de los valores al ver bandas armadas haciendo de las suyas ante los ojos impertérritos de quienes deberían reducirlas, en el castigo histórico de que cada comienzo de siglo en este pantano de arenas movedizas la única palabra invocable es “decadencia” tal como lo hizo José Rafael Pocaterra y que como él es menester escribir un “Canto a Valencia”, sólo que ahora habría que titularlo “Génesis” para incluir en el primer libro del Antiguo Testamento a todos los caídos, pero también la seguridad de que el hombre venezolano será insuflado de vida.

viernes, 14 de febrero de 2014

El pantano de las arenas movedizas






Teódulo López Meléndez
 
Una de las tareas de este instrumento llamado “columna de opinión” –uno que no cambia la historia-  es contrarrestar las devociones reinantes. Una repetición de lo reinante para solazarse con la imagen fragmentaria rompe con el propósito de las respuestas.

El escritor en ella tiende a combatir la realidad como fraccionamiento. La hace no para convertirse en un transmisor de mitos, pues su tarea  es precisamente la de generar contramitos. El escritor no es un cómplice, es un instrumento para mostrar que, por encima de lo que ocurre, siempre está ocurriendo algo más.

Si lo que hemos vivido esta semana es un hecho insurreccional, -al fin y al cabo plantear que se busca la salida lo es, pues se entiende como la salida del gobierno en funciones-, ha mostrado lo que sin duda alguna es el inmenso malestar de una buena parte del cuerpo social, uno cuya determinación como mayoritario o minoritario es simplemente una tarea banal, dado que abocarse a ella indica de inmediato que la otra parte, mayoritaria o minoritaria, es otra parte con apoyo sólido. Si en términos electorales se habla –presumiendo, claro está, limpieza- un voto decide. En la “física” no electoral no, son mitades donde la disquisición mayoría-minoría carece de todo sentido.

Es imposible provocar la caída de un régimen que goza de un buen porcentaje de popularidad, de respaldo social, independientemente de esa cruzada por alegar es minoritario. Uno diría que la primera tarea es hacerlo impopular, mediante la determinación de las causas por las cuales conserva ese respaldo y trabajar en consecuencia.

Hay variadas razones por las cuales un gobierno no se cae en estos tiempos tecnológicos. Una, la inexistencia de una integración digital consciente, más bien con una diluida en la información especulativa (frente a la “desaparición” de los medios tradicionales lo virtual es el único territorio posible); otra, la inexistencia de una presión militar que apunte al cambio y, finalmente, la incomprensión de la magnitud de una tarea que lleva a especular con Ucrania y a ignorar el precio humano a pagar.

Un mínimo de objetividad en el análisis conllevaría a determinar los sectores involucrados en las protestas recientes y a la verificación de si se produjo o no la incorporación de nuevos, fundamentalmente de los más pobres o, si por el contrario, la participación estuvo una vez más enmarcada en los sectores altos y medios, lo que no encuentra una explicación de fondo en los estudiantes siempre una entremezcla de clases sociales.

Una rápida constatación indica que los sectores populares siguen teniendo un manto de protección, ciertamente disminuido, pero existente, lo suficiente para mantener hacia el gobierno un respaldo que, como voy a repetir, hace imposible el objetivo apresurado.

Hay factores de percepción comunicacional a tomar en cuenta. Las últimas y obsesivas “cadenas” radioeléctricas muestran a un presidente y a un régimen patéticos centrados en la prosecución de una “guerra económica” que pretende inculcar en la población la idea de unos demonios escondiendo azúcar o harina como única causa de la grave situación inflacionaria, de desabastecimiento, de devaluación y de escasez que nos aflige. No hay una contraofensiva racional para demostrar que la causa verdadera proviene de una ideologización ortodoxa y perversa que cree necesario este trance se produzca para el arribo al “socialismo”.

Los acontecimientos muestran un predominio del radicalismo. Los llamados “colectivos” actúan de la manera original para la que fueron creados, ejerciendo violencia, disparando, sirviendo de paramilitarismo sin tapujos. La MUD ha perdido todo control sobre la “institucionalización” de la masa opositora. Estamos en un punto de caos que se traduce en muerte. El régimen recurre a forzar la autocensura, a convertir, mediante manipulación, la protesta en un “ataque fascista”, a “ignorar” el alzamiento en su seno de los sectores radicales, a criminalizar el legítimo derecho a la protesta y llega a ordenar la detención de una visible figura pública oposicionista. Del otro lado, quienes dieron el paso están montados en un potro cerrero: la detención del movimiento los hará efímeros, su continuación un propósito sin victoria, factura siempre a pagar.
 
El “rosario” de delitos de los que se acusa a Leopoldo López no es más que otro hecho palpable de lo que he señalado como “Constitución evaporada”. Antes vimos los hechos de Margarita y Táchira: el Ministerio Público “pide” y el “juez” de turno “complace”. La situación es de inexistencia total de una norma básica que amalgame. Si alguna definición cabe a este territorio llamado Venezuela es la de un inmenso pantano repleto de arenas movedizas.

sábado, 8 de febrero de 2014

La república de los espejos deformantes






Teódulo López Meléndez

La filosofía se ha preguntado desde siempre donde se construye la cultura política de un cuerpo social, apuntando, entre varias, a la experiencia cotidiana de la gente, a lo que le toca vivir, esto es, a los micromundos de los valores.

La política no es así uniforme, pues se deriva de una práctica constante en diferentes contextos, lo que da lugar a variedad de normas no por obligación compartidas. La política es precisamente lo que podríamos denominar el lugar de reunión para tratar los asuntos de interés común, lo que implica un respeto por la pluralidad.

En términos contemporáneos, la discriminación significa prejuicio, intolerancia, ceguera ante las virtudes de lo que no es idéntico a sí mismo. Nos hemos habituado a actuar por medio del concepto del enemigo. Hay una tendencia a ordenar los fenómenos políticos por sus efectos inmediatos, como en el caso de la propuesta de una Constituyente que en verdad sólo tendría por objetivo ordenar el fin del período actual de gobierno antes que redactar una nueva Constitución. Las inmensas dificultades de convocar a tal asamblea son obvios, pero aún así hay un pecado original en la propuesta, una que ignora que el incumplimiento del texto vigente no es culpa de ese texto y que va a otro problema de fondo: que no es posible aquí que esa violación por parte de alguno de los poderes constituidos sea subsanada por los magistrados de la jurisdicción ordinaria. La Constitución puede contener mecanismos de resolución tales como referendos o abrogaciones, pero el camino real de una crisis del poder estatal suele llevársela consigo.

Esa constante apelación al artículo 350, uno que podría estar o no estar en el texto actual, dado que el principio básico sigue vigente aún sin él,  pues se trata de un principio de Derecho Natural, indica el olvido de una situación mucho más grave: hemos llegado a tal punto de violaciones que puede alegarse la ruptura del contrato social básico, la práctica inexistencia de un ordenamiento que conjugue la convergencia de todos los ciudadanos en un acuerdo general de convivencia. Apelar a un artículo de la Constitución evaporada para resolver la crisis ha llegado a convertirse en una paradoja. Los sucesos de ruptura del poder establecido generalmente vienen de un acuerdo de partes de la sociedad que se manifiestan de manera abrupta y sin orientarse por caminos preestablecidos.

Las “revoluciones” son un corte violento en procura del establecimiento nuevo, pero el presente régimen venezolano no se encuentra ya a gusto en lo que estableció, léase Constitución del 99. En verdad si alguien podríamos denominar como el mayor interesado en convocar a una Constituyente, en procura de un nuevo establecimiento, es al régimen, mientras la paradoja nos conduce a una oposición apelando al texto vigente como único instrumento para tratar de evitar el siguiente salto del poder hacia un nuevo “establecido” que le permita conservar todos los visos de un orden jurídico respetado.

En este cuarto de espejos deformantes en que se ha convertido la política venezolana - dónde unos se ven más gordos o más delgados conforme al elegido para mirarse- la política se hace incognoscible y no más que un mero señalamiento burlón -lo que no evita su sentido trágico- dónde las reacciones hormonales se confunden con severas tomas de posición. Aún así, la paradoja apunta a que quienes son conservadores hacen lo posible por conservar mientras parecen radicales dispuestos a tumbar a un gobierno y quienes se alegan revolucionarios se ahogan en falsas contradicciones sobre debilidad o radicalismo en su siguiente paso, no más que confusión propia del pecado de la ideologización exacerbada.

Una de las manifestaciones más obvias de los espejos deformantes fue convertir en ley el llamado “Plan de la Patria”. No entremos en supuestas violaciones constitucionales, pues si sigue el hilo de mi argumentación ello ya sería literalmente irrelevante. Implica, más bien, una autosatisfacción erótica, la fijación de un espejo. La otra “ruptura”,  la que vivimos estos días, de verbo encendido y disfraz de rebelión, algo así como la danza de los espejos que se intercambian.

Terminó el viejo uso de los espejos como reflejo fiel de la imagen de quien se le pone delante. Lo mataron los espejos deformantes de un circo asociológico. En esta república es mejor preguntarle a quien tenemos al lado cómo nos ve. Esto equivale a mirar la cultura política, el micromundo de los valores, a la experiencia cotidiana de la gente que la hace cuerpo social. También se le llama política.