sábado, 25 de enero de 2014

La acción de la paciencia





Teódulo López Meléndez

Pedir paciencia a los venezolanos puede resultar una de las empresas más temerarias, dado que argumentan han pasado 15 años y ante la voracidad que se come la calidad de vida, y ante la desorientación general, todavía claman por acciones que no ven materializarse. Manejamos el término paciencia tal como lo entiende la tradición filosófica, esto es, como constancia valerosa, como un sinónimo de entereza.

La paciencia ha sido considerada siempre una virtud, pero acompañada siempre de la sombra del conformismo, lo que hace probable  que los pueblos no logren ver el exacto momento histórico de un salto cualitativo, de uno que no tenga nada que ver con el vacío.

Es difícil entender el tiempo de paciencia como uno de reflexión y de cultivo, de organización y de producción de ideas, de visualización del futuro. Más aún lo es percibir que desde la definición del futuro se está incidiendo de manera determinante en el cambio del presente. Tener el camino delineado es la única posibilidad de saber a dónde ir cuando llegue el instante que los procesos sociopolíticos suelen ofrecer.

Ese instante no llueve como maná, es también producto de la paciencia creadora y del estado mental de alerta, del cultivo de la verdad y de la superación de las falsificaciones, entre las cuales muchas veces se coloca una simulada pacificación como simple estratagema táctica de reducción de las resistencias.

La impotencia, denominador común de quienes no ven salida y, sin embargo, están conscientes del agravamiento progresivo que asfixia, sólo puede superarse mediante el crecimiento constante de un personalismo social que avance en la construcción de un cuerpo común que los impotentes no visualizan como condición esencial.

Jamás un cambio histórico se ha dado para restaurar y los ejemplos que podamos conseguir sólo indican inestabilidad, provisionalidad e ilusión momentánea que será seguida de otro sacudón. Los saltos nunca deben olvidar el estadio anterior, uno que debe ser entendido y asimilado libre de fango y distorsiones. Los pueblos también exigen, aunque no se den cuenta con precisión y el ánimo de salir de lo que quieren salir valga en su psiquis aparentemente más que la oferta sustitutiva, el ofrecimiento emocionante, el desafío que permita la conformación de la voluntad colectiva.

Hay razones objetivas que determinan el instante, como puede serlo una gran crisis económica -ejemplos a granel hay-, pero las verdaderas causas del instante vienen de una decisión colectiva, del previo engranaje de un corpus claro de lo que se quiere y que deberá sustituir a lo que no se quiere. Podríamos definirlo como la creación de una conciencia, lo que también podríamos plantear como una paciencia creativa, una que logre evitar con inteligencia la peligrosa sombra de la resignación. Paciencia no es error repetido, no lo es incurrir en estrategias equivocadas o en omisiones vergonzosas o en entendimientos por debajo de la mesa. La paciencia es acción penetrante y acertada. La verdadera paciencia es una acción que no ceja un instante de construir lo sustitutivo y de preparar para su final lo que hay que sustituir.

La mentira en la que se vive, y que a ratos conduce o a la exigencia de acciones descabelladas o a la entrega en brazos de la abulia, debe ser sustituida por la creación del mecanismo alterno y por la convicción del poder colectivo consciente. El instante, producido por las condiciones objetivas, pero creado en lo profundo de la psiquis, permitirá la transformación del sentido de sumisión en uno de creación sustitutiva. Es así como la paciencia deja de ser defecto u omisión, para convertirse en el punto nodal del gran salto cualitativo en procura de la justicia social, de nuevas formas de protagonismo no excluyente, de nuevas formas democráticas adaptadas al futuro y no al pasado, de lo que he llamado un pragmatismo pleno de ideas sobre una organización social en que un nuevo concepto de poder y de ejercicio político tome las riendas del propio destino.    

La “realidad” se alimenta de apariencias. La falsificación es su nutriente preferido. La existencia del mismo hecho de conocer y de tener la “imagen” es condición indispensable para que algo se convierta en real. El punto clave es la sustitución de la apariencia, lo que no pueden lograr los pueblos que nadan en ella. Vivimos en un presente donde se ha hecho de la apariencia el “cambiante” de cada día. La paciencia creativa conseguirá el instante de luz, a la manera en que lo hemos definido, cuando pase la escoba sobre las apariencias y se haga sustitución. Creo es de Susan Sontag esta frase: “Las ideas conceden permiso”


sábado, 18 de enero de 2014

El desafío del pragmatismo con ideas







Teódulo López Meléndez
   
El país gira sobre un planteamiento ideológico trasnochado que implica el abandono de todo pragmatismo. No se informa sobre cifras o sobre logros o sobre lo hecho o lo que quedó aplazado. Se le habla de una ideología que, como tal, debería contener en su seno todas las respuestas o, al menos,  sustentar una vía donde lo inédito se iría resolviendo en base a la imaginación improvisada.
  
 La ideología es un  bloque cerrado del cual es imposible apartarse porque, aún en las dudas, su magia interna dará las respuestas, es lo que se nos dice. Contrariamente a la realidad del pensamiento, a las exigencias del siglo XXI, a la apertura mental que exige el tiempo presente, se nos pone, en las narices de un país en crisis, una ideología supuestamente omnímoda, una que recurre a citas de una ortodoxia pasmosa matizada con los relámpagos mentales del militar que la trajo a colación.
  
 Mientras el mundo se mueve sobre los cadáveres de las ideologías, en Venezuela el cadáver de una ideología se convierte en el anuncio fundamental que se le hace al país. Los corsés ideológicos cayeron y sus restos desmenuzados por la acción implacable de la naturaleza no son más que detritus, viejos textos clásicos de los cuales nutrir la historia del pensamiento o viejos principios conceptuales útiles apenas para derivar un pensamiento absolutamente distinto sobre los viejos temas de lo humano y de lo social.
  
 Nadie habla de dejar de pensar. Una cosa es pensar y otra mantenerse aferrado a una evidente falsa ideologización. La falsa ideologización impide atacar los problemas puntuales, entre los cuales cabe anotar la indispensable armonización de los factores sociales en procura del bien común. Más que nunca se requiere pensar. Más que nunca se requiere tener meridianamente claro un proyecto de país y he aquí que nos encontramos con uno de los dramas fundamentales del presente venezolano: quienes están en el poder mastican ideología y quienes se le oponen carecen de ideas sobre el futuro, limitándose apenas a un proyecto de restauración de los términos clásicos de la obsoleta democracia representativa.
   
 Ideologizar en la segunda década del siglo XXI equivale a un proceso de corrosión del verdadero sentido del pensamiento, a uno tan grave como encerrarse en el pragmatismo de una acción política que sólo mira a la obtención del poder. Si se unen ambos, ideologización para conservar el poder, no veremos otra cosa que un neototalitarismo caracterizado por una vergonzosa incapacidad  de resolver las necesidades fundamentales de la población.
    
El pensamiento no procura el establecimiento de fronteras rígidas, una especie de altas murallas dentro de las cuales se encierra una verdad incontrastable. El pensamiento es apertura, motivación al desafío, procura de hacer ciudadanos en el sentido de vigilancia sobre el poder y de facultad crecida de decisión sobre los caminos comunes a tomar. Las ideas son para evitar la caída en una acción política determinada por la banalidad, por la inmersión oscura en una cotidianeidad oprobiosa, en un desgarramiento cotidiano sobre lo intrascendente.
   
 Pragmatismo es hacer en su momento lo que conviene a los intereses colectivos, no el propósito determinado de recurrir a las habituales triquiñuelas para obtener el poder o para conservarlo. Y ese pragmatismo se ejerce dentro de un corpus abierto de ideas absolutamente claras del país que se desea. El requerimiento de los tiempos es, pues, la de un pragmatismo con ideas, no la del encierro en las manos de restauradores de viejos cuadros deteriorados. Si se quiere invertir los términos, la ecuación lo soporta perfectamente: ideas con pragmatismo.
    
Es imposible gobernar hoy desde el encierro ideológico como es imposible para quienes pretendan constituirse en alternativa hacer oposición sin ideas. Siempre vencerá el que presenta el tinglado ideológico. En este cuadro de inmovilidad el poder seguirá siendo poder y la población inerme se debatirá a diario sobre las banalidades, en una incapacidad de alzarse sobre el juego macabro de los aparentes polos opuestos que conjuntamente, uno desde su fatídica ideologización y el otro desde un reclamo de restauración, construyen a diario gruesas murallas que impidan la salvación de las ideas que sitian.
   
 Lo hemos vivido a plenitud hace pocos días. El discurso del presidente en funciones Nicolás Maduro no fue ni “memoria” ni “cuenta”. No fue más que un compendio ideológico, uno que da una patada en el trasero al pragmatismo requerido y que, en consecuencia, no puede conducir a nada más que a un fracaso de la acción de gobierno. Una vez más reclamamos y replanteamos, como única posibilidad de superar el presente, una alternativa basada sobre un pragmatismo con ideas o, si se quiere, de ideas con pragmatismo.

  
   


sábado, 11 de enero de 2014

La sustitución de las élites






Teódulo López Meléndez
  
   El país está descompuesto. El asesinato que nos aflige sólo encuentra parangón en las declaraciones que ocasiona. El hecho en sí y las reacciones ante él nos muestran a un país descompuesto. El país está descompuesto y no se trata sólo de la evidente ruptura del pacto social que una Constitución invocada por todos los sectores no remedia porque se convirtió no más que en un librillo a mostrar en público.
   El país está descompuesto por el relajo de todas las normas, desde la más elemental de convivencia social hasta las esenciales de una acción que merezca el calificativo de política, desde un interés mínimo que indique la superación del egoísmo que nos agobia hasta una acción gubernamental de eficacia o de una acción opositora que demuestre que tan difícil y complejo es gobernar como hacer oposición.
   El país está descompuesto porque sus élites dirigentes, en todos los órdenes están agotadas y no desaprovechan ocasión para demostrarlo. Podría argumentarse sobre la mediocridad evidente de los políticos, pero ello lleva de inmediato a considerar los dirigentes en todas las áreas de la vida nacional, desde la Iglesia hasta los gremios o las universidades.
   El país está descompuesto por una razón que no logramos dilucidar: o se quedó sin inteligencia o la que existe sólo la usa para refocilarse en el tedio. Sin una respuesta de la inteligencia será imposible reconstruir a este país, pero la inteligencia o se marchó con la joven generación que se fue o el país no le interesa mientras conserve su pequeño feudo personal al margen posible de intemperies.
   Hay que cambiar a las élites dirigentes, no sin olvidar al momento de decirlo que no se puede hacer sin trauma. Al preguntarse si hay con quien sustituirlas se puede entrar en el territorio de la duda, en un país con especial desprecio por las ideas y con muy malas costumbres de pasividad, a no ser la del uso de las redes sociales para la realización de inútiles terapias de grupo.
   El país está descompuesto. Es posible recomponerlo, pero para ello se requiere sobre todo voluntad, y lo que se encuentra es una población encerrada en la pequeñez del día a día, en el llantén y en el reclamo dirigido a todos y a todo, cuando debería entender que debería dirigirlos a sí misma.
   El país está descompuesto. La transformación del país no pasa por retrocesos o restauraciones. Pasa por el futuro, uno que imaginado pueda permitirnos cambiar el presente porque el presente se cambia desde el futuro y porque existen las realidades para ser sustituidas por otras realidades.
   El país está descompuesto. No hay dirigentes. El cuerpo social los produce desde su seno y este está descompuesto, amén de no entender de su necesario empoderamiento de ciudadanía y determinación y de la necesidad de horizontalizar las decisiones.
   El país está descompuesto. Hay que recomponerlo y no hablamos de esfuerzos morales. Hablamos de una eficaz acción política.
   El encuentro en palacio no fue más que una movida de piezas sobre el tablero del ajedrez. Uno encontró la manera de retractarse de su desconocimiento del presidente y otro una fórmula para diluir el impacto, aunque tuviese que admitir que hay gobiernos de otros signos y que la situación escapa a sus fracasados planes de seguridad, entre otras razones por la exclusión de competencias y por los esfuerzos constantes de minimizarlos.
   El país requiere una sustitución de las élites. Encontramos federaciones de profesionales con los mismos directivos de mucho tiempo atrás o partidos políticos donde no se realizan elecciones internas o voceros que ya nos hartan con sus reapariciones sobre algún hecho puntual en procura de reposicionarse. El país está anquilosado. El país está dirigido, en todos los órdenes, por lo que podríamos denominar “la misma gente”. El gobierno mismo, a pesar de las incorporaciones realizadas por Maduro, sigue en los puntos claves con los mismos determinando los puntos álgidos de la economía y el petróleo como si de una herencia irrenunciable se tratase.
  El país está descompuesto y anquilosado. Los mismos “opinadores” influyendo a la misma catarsis colectiva, las mismas líneas editoriales, los mismos entrevistados. Este país se ha convertido en una “mismidad”. Este país requiere un sacudón traumático, una transición de la “mismidad” hacia el pensamiento activo con consecuencias organizadas y caminos de futuro trazados.
   Este país no se mueve por el anquilosamiento de sus figurones públicos. Este país vive en un charco porque sus voceros son “más de lo mismo”. El cuerpo social asiste plácido a la “mismidad”.