martes, 20 de mayo de 2014

La Constituyente que no reforma



Teódulo López Meléndez

Al tiempo que se apela a la Constitución, que se le cita con el anhelo de verla, que se menciona cada día alguno de sus artículos con una invocación que parece rezo, al mismo tiempo se plantea la necesidad de convocar una Asamblea Nacional Constituyente para liquidarla, para reformarla, para modificarla o, simplemente, para manosearla.

Si lo que se procurase fuese exterminar de sus páginas la concepción de un socialismo del siglo XXI es menester recordar que en ella no hay nada de eso. Si se buscase en ella las causas de nuestro presente distorsionado y malévolo resultaría anómala tal búsqueda visto que desde quienes se oponen al régimen se exige cada día su fiel cumplimiento. Si el objetivo fuese sacar de cuajo el “Plan de la Patria”, ya hecho ley, de manera absurda y en violación de todo lo que en términos jurídicos puede considerarse tal, pues la acción sería vana dada que en ella no está.

Si se procurase una reforma de estilo, un eliminar del pésimo lenguaje que viola todo lo concebible del español con su manía de creer que a la mujer se le honra con “niños y niñas” dejando maltratada la lengua de Cervantes, pues entonces nos aprestaríamos a otra fórmula prevista en ella misma para modificarla o enmendarla. O tal vez si se anunciase una Constituyente con un proyecto concreto de modificaciones, nos atreveríamos a señalar no reelección presidencial, eliminación de los Consejos Legislativos de los estados y su sustitución por una Asamblea de Alcaldes y exterminio de un excesivo presidencialismo.

Entendemos que una Constituyente se convoca con esos fines, pero aquí no. Aquí se plantea como “la salida constitucional”, esto es, como la vía para tumbar al gobierno sin mancharse las manos de eso que comúnmente llaman “golpe de Estado”, como un quirúrgico proceso con guantes de látex donde los eminentes que no saben qué hacer para dar una respuesta a un país harto de tantos males que cada día lo acogotan, recurren a esa capa de protección supuestamente jurídica para decir a un pueblo harto que la “salida es constitucional”. En el mejor de los casos, para llegar a la próxima elección donde los dueños de la “unidad” como chantaje llegarían al clímax. 

Lo que se quiere con la Constituyente es simplemente una disposición transitoria que declare terminado el período de los órganos públicos, incluido al presidente claro está, y que se convoca a nuevas elecciones generales. Lo ven tan fácil. Las objeciones apenas parten del CNE o de la votación por máquinas. Algunos lo vemos de otra forma: el cese de la protesta para recoger firmas, el establecimiento de otra lista Tascón, la modificación de circuitos, los impedimentos violentos para que las firmas lleguen a su destino, la convocatoria, el acto de votación y, por supuesto, de los resultados. Si lograsen vencer tales barricadas hay que mirar a este último. Una mayoría dispuesta a redactar la famosa “disposición transitoria” podría hacer quedar a José Tadeo Monagas como un niño de pecho sin que un Fermín Toro abriese la boca. Una mayoría oficialista haría desaparecer la República Bolivariana de Venezuela para que surgiese la República Popular Socialista de Venezuela.

Aquí no se trata ni siquiera de esa torpe manía que los juristas llaman constitucionalismo o empeño en creer que todo se arregla cambiando el texto básico. Ya bastantes constituciones ha tenido este país. Aquí se trata de una maniobra burda, de un planteamiento para acabar protestas, para “encauzar por vías legítimas” el ansia de salir del gobierno, de respuestas de una dirigencia política sin verbo, sin programa, sin ideas, sin estrategia, sin táctica, y sin talento.

Aquí estamos en un combate político, no en una feria de baratijas o de magos que piden respondamos debajo de cuál de las tres cartas tienen escondido el granito de café. Aquí se requiere Poder Instituyente, el ejercicio diario de la democracia que mella al totalitarismo, la deliberación diaria de una ciudadanía comunicada que impone líneas y decisiones, una acción cotidiana que va imponiendo los parámetros de sustitución de élites y de las circunstancias vergonzosas. El Poder Instituyente no recoge firmas, delibera. El Poder Instituyente no va al CNE, cambia paradigmas culturales. El Poder Instituyente, no se reúne por un tiempo delimitado, sino que lo hace a diario, cambiando a diario, instituyendo y desinstituyendo  que para eso la soberanía originaria recae en el pueblo, la que deberá ejercer sin constituyentistas.


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