martes, 29 de abril de 2014

El agotamiento hacia la ausencia





Teódulo López Meléndez

Los apagones suelen suceder por la falta de innovación. Quien se mueve en lo social-político tiene el deber de apelar constantemente a la inteligencia para encontrar planteamientos novedosos, de modificación de los caminos. Las prácticas que muestran ausencia de resultados se dejan por otras.

Podemos admitir la inexistencia de un país alerta, con criterio suficiente para moverse con sagacidad en este cuadro absurdo de las maniobras cuasi infantiles y de la repetición de los mensajes desgastados. Aún así, podrían haberse instrumentado innovaciones, pero la falta de una voz con capacidad de remover los óxidos se encuentra con un cuerpo social incapaz de remover los óxidos.

Uno puede admitir la inexperiencia, pero también constatar los oídos sordos. Como se constatan los lugares comunes que exigen aumento salarial o se arquean con las apelaciones repetitivas y repetidas. Agreguemos siempre la referencia a “restituir” y a “rescatar” sin que exista la percepción de que el mensaje que puede calar en amplios sectores del país pasa por otro lenguaje, uno donde las palabras “futuro” o “democracia de este siglo” tengan preeminencia. 

Lo que se constata es un país sin la fuerza interna para sacudirse la camisa de fuerza y alzarse cual Prometeo liberado. Lo que se percibe es un país debilucho apenas con una fuerza de vanguardia retratada en esos muchachos de valor inmedible. El país se solaza con la información represiva y no con las posibilidades de modificaciones tácticas. El país se detiene más en la anécdota que en su obligación de corregir entuertos o en la circunstancia por encima del fondo o en la minucia por encima de la conciencia de que el país está derruido.

En un Primero de Mayo ya no hay respuestas. Un movimiento sindical anquilosado que apenas encuentra expresión en alguna empresa del Estado arruinada no indica nada, menos que nada en relación a una fuerza concomitante con una voluntad de salida. Los tradicionales aumentos ya han sido engullidos por la inflación desbordada o los planteamientos de contratación colectiva se hacen sin que asome una apertura hacia los intereses de otros grupos sociales. 

La repetición del mensaje oficialista poniendo parches en una economía en ruinas sin que asome la menor rectificación de fondo y el desgaste obvio de los figurones públicos hundidos en un lenguaje de apariencias configuran un cuadro de agotamiento final que puede tener los escapes más impensados, sin que ello excluya la resignación de la ausencia. En cadena nacional fue anunciado que el Estado compraría toda la producción nacional, estableciendo así un monopolio de Estado similar al de la Unión Soviética y aún en contraste con los tímidos anuncios cubanos de apertura, pasando literalmente desapercibido tal anuncio.

La gente admite la necesidad de organizarse y algunos pequeños sectores lo hacen, pero son la excepción a la regla, dado que, si bien comprenden las severas amenazas que penden sobre toda posibilidad de comunicación, algo los inmoviliza en el refugio privado. Mientras, la inteligencia nacional parece centrada en el egoísmo, parcela que no le es excluyente, pero que en ella adquiere dimensiones de suicidio.

Los conceptos se vacían o se deforman. Se habla de “reconquistar o rescatar la democracia” olvidando que ello implica volver atrás, a los tiempos de una representativa que se agotó sobre sí misma y originó el presente y que el siglo exige nuevas formas de ejercicio político, amén de hacer de tal aserto una especie de advertencia a los sectores populares de que cambiar lo actual equivaldría a un regreso al pasado. Por lo demás, se apela a formas deformadas como el señalamiento de “antipolítica”, uno manejado alegremente para señalar y devaluar cualquier crítica a los cogollos dirigentes, unos que día a día muestran una degeneración total  de la política como concepto y praxis. No es la antipolítica lo que aflora, lo que se señala es la necesidad de reaparición de la política.

El país se desgaja. Aparecen cadáveres en los ríos y en las avenidas. Lo dicho: no hay concentración de energía que no busque su salida ni espacio abandonado que no busque ser llenado. Es tal la anomia que ya lo más lamentable sería el agotamiento hacia la ausencia.

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