jueves, 27 de junio de 2013

Educar al conflicto





Teódulo López Meléndez

El conflicto político venezolano se desarrolla sobre las minucias de la acción política cotidiana. Sólo una de las partes, la que ejerce el gobierno, pretende una oferta de fondo que lo es más de telón de un esfuerzo por conservar el poder. Un conflicto ejercido a diario sobre lo circunstancial es en sí mismo una lucha por el poder y no más, lo cual plantea una conclusión de alto peligro: la sustitución del actor del poder no acabará el conflicto sino que más bien puede agravarlo. Es así como puede argumentarse que el venezolano es uno sin salida.

No hay frente a los venezolanos una interpretación de mundo que le permita dilucidar mediante el ejercicio de la reflexión un presente complejo e impredecible. En buena medida podemos afirmar que este conflicto diario sustentado sobre la superficialidad nos convierte en una sociedad de la ignorancia por oposición a lo que deberíamos ser o pretender ser: una sociedad del conocimiento.

El enmarcaje del conflicto en un “no volverán” o “los echaremos” reduce las posibilidades democráticas y anula la vía electoral para su resolución, puesto que cualquiera sea el resultado, se produzca o no la alternancia, el conflicto pervivirá en igual magnitud. Esto es, aparte de la violencia directa que se manifiesta con frecuencia, se seguirá manifestando una violencia estructural y cultural.

Fácil de decir y difícil de lograr, pero la única posibilidad pasa por el fomento de una perspectiva creadora del conflicto. El lenguaje de los actores, las movidas que llamaremos tácticas ante la ausencia de algún término despectivo para designarlas, sólo muestran una concepción de la democracia como procedimiento aparente en desmedro de una como forma de vida.

El interés general, principio básico de la ética política, que conlleva a un cuerpo social a la capacidad de discutir y consensuar, ha sido echado a un lado por los actores que se disputan el poder sobre la base de intereses sectarios. Viendo, por ejemplo, la cara de Jano del titular de nuestras Relaciones Exteriores, actuando como tal y como dirigente del partido gobernante en una dicotomía inaceptable, creo deberíamos plantear el concepto que denominaremos de “diplomacia ciudadana”, una que busque un máximo denominador común posible.

Lo que llamamos “diplomacia ciudadana”, por oposición al conflicto perverso, es una participación horizontalizada que calificaremos como una democratización del hasta ahora tratamiento convencional –si es que tal existe- del conflicto. Esto es, los actores de la resolución no son los titulares de la autoridad, ni los que la ejercen en una violación cotidiana del Estado de Derecho ni quienes la encarnan del otro lado por su mando sobre los partidos agónicos donde no se practica democracia interna. En pocas palabras, dado el juego cerrado del conflicto venezolano sólo una participación activa de protagonistas ciudadanos puede lograr una transformación positiva del conflicto en medio de una exigencia general de simetría y bajo el dominio de una razón comunicativa y dialógica.

La aparición de este ethos democrático redescubriendo el conflicto es ciertamente un albur, uno sólo lograble por la vía en que estamos definiendo, uno de pedagogía de la inclusión, o lo que estamos llamando una educación al conflicto. Aún contra los actores conflictivos que se empeñan en retroalimentarse y en cuyo esfuerzo convierten al lenguaje en bazofia y en arma condenable, es menester insistir en conceptos como la diversidad y las diferencias como valor, en la solidaridad y en el contraste como posibilidad. Si queremos verlo así, deberemos afirmar al conflicto bajo educación como palanca de transformación y logros, como un chance al aprendizaje y como una práctica de aquella afirmación de Paulo Freire de que toda acción educativa conlleva a una acción política y que la política posee una dimensión pedagógica, una, por cierto, desdeñada en esta ruina cotidiana a la que somos sometidos.

Si lo queremos decir de otra manera, la única posibilidad de enfrentar el conflicto, vista la pequeñez de los actores, es educando al conflicto para dar sentido a lo que no lo tiene.

jueves, 20 de junio de 2013

El conflicto político como aporía resoluble





Teódulo López Meléndez

El conflicto político ha sido analizado desde Platón y la lista de filósofos que lo han abordado pudiera hacerse interminable. Platón partía, para justificar su república, de un reconocimiento a nuestros enemigos como iguales. Kant hablaba de saber conjugar los elementos para crear las bases de la comprensión. Schmitt sugería la idea del enemigo justo. Gramsci, desde su posición de definir a la sociedad civil como parte de una superestructura en la que se presenta el consenso social, nos refiere a una estructura donde están las clases sociales divididas y en conflicto y que no pueden ser consideradas como tal. Quizás sea, entonces, desde Gramsci, que podamos partir para preguntarnos hasta donde la venezolana puede seguir siendo considerada una sociedad civil, dado el grado de división interna.
Los análisis contemporáneos de la violencia política van desde la penetración en las crisis, rigideces y bloqueos hasta lo que se ha denominado una ‘frustración relativa”, pasando por lo que se ha dado en llamar la toma revolucionaria del poder para convertirse, o intentar convertirse, en un protagonista político permanente, tesis calificada por sus defensores como violencia de carácter instrumental y que, seguramente, es la versión teórica más afín con la praxis venezolana de estos últimos años.
Si lo decimos en términos de Habermas el conflicto proviene de la imposibilidad de clarificar en forma reflexiva las necesidades y sus modos de satisfacción, valores a preservar y sistema de vida compartible. En esta “sociedad democrática” es obvio que se requiere un cuerpo social con criterio que es precisamente lo que falta cuando el conflicto aparece.

En medio del conflicto suelen aparecer las preguntas inadecuadas dado que surgen sobre presupuestos de lucha por el poder y donde las representaciones a las que es llevado impiden convertirlo en concepto y, sobre todo, donde el lenguaje es convertido en obstáculo, batalla que algunos hemos señalado volteando el viejo adagio de que es necesario demostrarlo con hechos para decir que debe ser demostrado con lenguaje.

La lucha por el poder obliga a una inmersión total en la realidad con olvido de toda pretensión de cambiarla, más aún, hacen todo a su alcance porque ella se mantenga fiel al conflicto. De esta manera se aleja toda posibilidad de otro conflicto que es inherente a la sociedad misma, el conflicto de la pluralidad que debate en acción y palabra y que requiere ciudadanía, para centrarlo todo en un “estado de guerra” con las consecuentes persecuciones y exclusiones.

El concepto de poder por el que se lucha limita la política a una mera técnica de dominación. El poder se hace así método para hacernos obedecer  y es aplicado por los actores que se retroalimentan de la realidad del conflicto. De cada una de estas acciones hay responsables, aún cuando a veces pareciera diluirse esa responsabilidad en un anonimato atribuible al conflicto mismo. Es así como las sociedades comienzan a creerse víctimas de una especie de fatalidad inducida, claro está, por una ausencia de criterio ciudadano y cuando ya no hay aspecto de la vida que no haya sido invadido por el conflicto.
Esa invasión de la totalidad hace del conflicto mismo una expresión totalitaria, si se nos permite un aparente juego de palabras. Todo pasa a dominio del conflicto, todas las relaciones sociales están interpenetradas y se llega a hablar del destino que tocó en suerte a ese cuerpo social específico como fatalidad. Como los órganos del poder se han puesto al servicio del conflicto no hay adónde acudir en procura de un equilibrio de respuesta justa, el poder actúa de manera omnímoda pretendiendo cambiar el pasado histórico, haciéndose él mismo el administrador de una fuerza que excede hasta el mismo Leviatán del que hablaba Hobbes. Una fuerza justificada en la lucha contra “los enemigos de la patria” o contra los “enemigos del proceso”, una oposición  a una especie de sanación justiciera. El hombre común pierde todo sentido de seguridad y quienes pretenden restituírsela sólo alcanzan a balbucear el regreso de un viejo entramado que sólo lleva a una disposición anímica de desamparo y, con la tecnología de hoy, a una descarga anímica incongruente en las redes sociales, descarga que contribuye grandemente al engorde del conflicto.
El proceso que se vive, o des-vive-, hace cada día más informe al cuerpo social, dado que todo fin es reducido a la derrota de la contraparte. Procesos históricos de conflictos con resultados variables hay a montones en la historia, pero en el aspecto psicológico lleva al aislamiento en procura de un espacio donde el conflicto no llegue o a la militancia exacerbada en procura de resolver el conflicto por la fuerza. En ese preciso momento se habrá dejado de ser sujeto para pasar a ser un mero instrumento de los sucesos. Habrá llegado la hora al hombre vivo de dejar de retroceder.
Al fin y al cabo el poder no es más que una representación, cierto que encarcela, reprime y/o persigue, pero en el campo de la filosofía del conflicto, y para adelantarnos a los reclamos de ocuparnos del presente real,  hay que decir que esa representación requiere de constante reconocimiento de su existencia  mediante una percepción de lo que se cree de él. Lo hemos reclamado a lo largo de los años: “la modificación de la mirada”. Ya va siendo hora de que los venezolanos dejen de describir fenómenos y pongan significados.  La falta de respuestas – y seguramente de interrogantes- ya parece la conversión del conflicto en un anhelo de aclaración insatisfecho. Pareciera necesario el reclamo, al cuerpo social, de recomenzar a tener ideas. Las ideas cambian los paradigmas y así las aporías se niegan a sí mismas  dejando de ser irresolubles.

jueves, 13 de junio de 2013

La ideologización del conflicto






Teódulo López Meléndez

“Encontramos razones que confirman nuestra creencia porque ya creemos: no es que creamos porque hayamos encontrado suficientes buenas razones para creer”
Slavoj Zizek

Tal vez deberíamos ir a la representación simbólica de la realidad social para escudriñar los supuestos  reales contenidos ideológicos del presente conflicto perverso o pasearnos por las definiciones siempre contrastantes y polémicas de ideología.  Quizás nos inclinemos por recurrir a la segunda acepción de Bobbio, en el sentido de que en el asunto ideológico lo importante no es la verdad sino su valor funcional.

La representación tiene una mezcla de elementos entre los cuales, sin duda, está incluida la ideología, sobre todo y a nuestro entender, como elemento afectivo que moldea la visión, procesa la información y determina comportamientos derivados de esa representación. Esto es, al lado del elemento afectivo hay uno normativo y también uno cognoscitivo. Entre los tres forman una conciencia social.

El planteamiento del “socialismo del siglo XXI” provee de una autovaloración y de una justificación, en pocas palabras, otorga la fe, como concede una autorización para determinar lo bueno y lo malo y, en consecuencia, un movimiento actuante. El contenido ideológico otorga la especificidad necesaria a una eficacia. Así sucede a pesar de ser una noción del marxismo ortodoxo el ‘fin de la ideología” al considerarla como típico producto del capitalismo y en consecuencia innecesaria al término de las relaciones de dominación. De manera que hablar del “socialismo del siglo XXI” como una teoría de base sólida o como verdadera o de efectos perniciosos es absolutamente banal puesto que lo único que interesa a los efectos del conflicto es su eficiencia práctica, dado que otorga coherencia en el ejercicio del poder.

La identificación no proviene de alguna racionalidad, más bien de las connotaciones subliminales. La identificación proviene de “una oferta de vida”. Esta forma va desde lo trivial hasta lo supuestamente profundo que permite la expresión ‘daría mi vida por el proceso”. En situaciones como la presente venezolana el elemento ideología contribuye grandemente a la radicalización de los opuestos o, si se quiere, a determinar el grado de intensidad de lo que hemos denominado polarización.

Frente al hecho encontramos la radicalización de los opuestos, pero ahora nos interesa destacar el llamado a la reconciliación y al diálogo. Es evidente que la eliminación del antagonismo, tal como lo hemos descrito, resulta muy difícil porque ya se ha erigido como elemento constitutivo del ordenamiento social. El constante ataque a la “burguesía” nos lleva a considerar al Marx del La ideología alemana donde se define a la ideología” como una falsa conciencia de posición de clase. Si en el caso venezolano estuviésemos viviendo un enfrentamiento de los trabajadores contra la burguesía, lo que no es cierto para nada, podrían explicarse los ataques a los que hacemos referencia, lo que a su vez nos obliga a señalar el elemento ideológico como uno distorsionador y falso, producto de resabios de un Marx mal entendido o simplemente de uno dejado en su contexto histórico. Por este camino la única posible conclusión es que “la construcción del proceso” sólo es posible excluyendo de manera definitiva a un sector de la población como condición necesaria para la posibilidad de logro revolucionario.

Creo existe una ignorancia supina del pensamiento postmarxista y/o neomarxista. Desde este punto de vista la única posibilidad de atemperar los disentimientos es el abandono de la idea de liquidación y colocar el enfrentamiento en términos de siglo XXI, lo que significa, por parte de quienes ahora ejercen el poder,  de la admisión de la tesis de que debemos desechar las deformaciones conducidas por las formas imaginarias. Por parte de quienes se le oponen la aceptación de estar viviendo un proceso de reconstrucción social que implica la incorporación de un elemento consensual que conlleve la construcción de un principio comunitario frente a las drásticas consecuencias eventuales del enfrentamiento.

En buena medida, podríamos hablar de un retorno a la política, si pensamos con el esloveno Zizek y su inmersión en Jacques Lacan,  que ese elemento ideológico la forcluye y avanza a lo que se ha denominado “consensualismo puro”, lo que deberemos leer, creemos nosotros, como imposición totalitaria que pretende el objetivo imposible de eliminar la alteridad. Este retorno a la política permitiría conformar lo que llamaremos a estos fines específicos como “objetividad”, cuya ausencia, extrema paradoja no visible para los ojos cegatos de los extremismos, impide la realización de lo social. Creemos que su ausencia ha sido denominada fascismo.


jueves, 6 de junio de 2013

La deconstrucción del conflicto






Teódulo López Meléndez

La solución al conflicto venezolano no pasa por los términos de diálogo y mediación. La aplicación de estas tesis las tenemos muy claras en la memoria de sucesos anteriores. El entonces Secretario General de la OEA César Gaviria se instaló en nuestro país por seis meses, situación sin antecedentes, y que llevó a la firma de un acuerdo entre las partes enfrentadas, uno que, entre otras cosas, mandaba la constitución de una Comisión de la Verdad que jamás entró en ejercicio. Recordamos sobre aquellos hechos del 2002 y siguientes las crecientes promesas de enmienda del presidente Chávez, unas utilizadas simplemente para el reacomodo  de su proyecto.

El diálogo se mostró imposible en el presente de hoy desde el mismo momento de la ejecución de una de las torpezas más insólitas de nuestra historia política, como lo fue la negativa de concesión de palabra a diputados de la oposición que no respondiesen afirmativamente si reconocían a Maduro, su destitución de las comisiones parlamentarias y la posterior violencia que concluyó con varios heridos. Esta tesis ha sido ratificada por Maduro siguiendo el camino de la confrontación en lo político, aunque abra una tímida apertura en lo económico, lo que ha llevado a los sectores más radicales de su bando a acusarlo de socialdemócrata.

El mantenimiento de la agresión gubernamental como respuesta a su precaria ventaja de las últimas elecciones presidenciales y el anuncio de que la acción principal será la reconstrucción de una nueva mayoría, muestra al gobierno en la continuidad de una pretensión hegemónica. El hecho mismo de designación de una falsa comisión para el diálogo de la cual formaba parte Diosdado Cabello, el autor del desaguisado parlamentario que más que un golpe contra la oposición lo parecía contra el propio Maduro al dejar por largas semanas al Estado sin poder parlamentario, uno que deberemos llamar así a pesar de no ser más que un remedo útil a las simples apariencias, indica la falta absoluta de voluntad real del gobierno de entrar en ese proceso tan estudiado y perfeccionado de la mediación, del diálogo y de la resolución pacífica de los conflictos.

Por otra parte, la oposición anclada en la coalición de partidos oponentes se mantiene en su tesis de considerar a Maduro un ilegítimo, acentúa la radicalización de su lenguaje y si bien se abstiene de protestas callejeras que conducirían a la violencia, reitera sus posiciones en una especie de campaña electoral ininterrumpida que asegura llevará a nuevas elecciones, lo que sólo sería posible mediante una interrupción violenta del actual gobierno, dado que las instituciones no son independientes bajo el concepto de que la separación de poderes es no más que una simple concepción superada de la democracia burguesa, lo que las hace inviables para una reconsideración de los resultados electorales.
Los ensalzados procedimientos de resolución de conflictos parecen lejanos. Es cierto que un gobierno no negocia hasta que se encuentra débil, pero este lo está y se refugia en la pugnacidad en busca de una recuperación que no encontrará. No lo encontrará porque su planteamiento pugnaz ya es ineficaz, porque parece absolutamente incapaz de superar su ineficacia congénita en la atención de los problemas básicos y porque la economía, si bien podrá reaccionar momentáneamente a los esfuerzos del ministro Merentes, presenta una microbiología insuperable por la concepción de fondo del régimen.

En otras palabras, el gobierno está destinado a continuar deteriorándose, no hay manera de que implemente una recuperación que lo ponga de nuevo en el camino de obtención de la hegemonía pretendida. Afronta, además, peligros de camino. Su deterioro creciente puede llevar a salidas de otro tipo, a una interrupción que sabemos siempre ha sido de consecuencias nefastas. Podría sobrevivir, pero con el pago de una derrota electoral al fin de un sexenio angustioso.

Esto nos lleva al terreno de lo electoral y a un planteamiento clave de nuestro polémico planteamiento. Con los dos bandos existentes confrontándose en elecciones no hay resolución del conflicto. Si la diferencia fuese pequeña tendríamos una repetición del presente y si fuese amplia tampoco contribuiría a la salida, como vimos con las confortables victorias obtenidas por Chávez en sus buenos momentos.

Lo que queremos plantear es que, paradójicamente o no, el conflicto se ha alimentado de un principio aparentemente “bueno”, uno denominado unidad. Aún en el presente la oposición clama por ella en sus filas aferrándose ahora al argumento de su avance electoral, la que puede convertirse en clara mayoría contable en unas elecciones locales previstas para este año de 2013. Desde el gobierno se clama por la unidad en sus filas, especialmente cuando afloran los elementos que surgen siempre después de la desaparición del hombre fuerte y las naturales intrigas de los reacomodos del poder interno. “Unidad” es así el principio básico que mantiene monolíticos a ambos bloques y que impide la consideración de salidas propias de eso que se llama resolución de conflictos.

Todo modelo fijo conduce a una inhibición implícita. Lo llamé hace años en ejercicio de una “boutade” que ahora no me parece tal, “la unidad es nociva para la salud”. Un análisis partiendo de la lógica estricta indicaría un enfrentamiento en dos partes que podríamos catalogar, no sin incurrir en un exceso,  como “componentes naturales” del presente conflicto, uno en el cual una parte quiere construir un “socialismo del siglo XXI” y la otra un mero regreso a las fórmulas de la democracia clásica, por lo demás un error crucial que obvia los parámetros culturales que están emergiendo o ya han emergido, pero en cualquier caso lo que nos interesa plantear en este texto es que el fraccionamiento necesario de ambos bloques, tal como lo concebimos, es una búsqueda de material que permita la reestructuración de los modelos. Ya no se trata simplemente de explicar el conflicto, se requiere reordenarlo mediante el inicio de un necesario proceso disgregador. No se trata de suplantar dos bloques por una multiplicidad de bloquecillos sumidos en una anarquía continua, pues la disgregación que concebimos implica un entendimiento entre sectores de los dos bloques originales en búsqueda de una síntesis que les permita su actuación conjunta, el establecimiento de principios aceptados para el ejercicio político y la descomposición de los dos bloques. Cuando se produjo en Italia la alianza entre sectores avanzados de la Democracia Cristiana y sectores del Partido Comunista para constituir el Partido Democrático escribí un texto titulado “Matrimonio a la italiana”, uno donde se ponía de relieve la inmensa posibilidad  de reunión de sectores incluso diversos ontológicamente para la construcción de una alternativa política  e, incluso, de uno que podríamos denominar de reformulación del imaginario cultural.

He insistido en la formulación conceptual de lo que denominado “tercera opción” y sigo creyendo en ella para el tema específico que me ocupa en este texto, esto es, la filosofía del conflicto político. La única vía para poner término a esta alteración profunda de la vida a la que asistimos los venezolanos será mediante un entendimiento entre factores hoy enfrentados y con una participación precaria o forzada en alguno de los dos bloques estáticos, unos que partiendo de su actitud pensante, de su disconformidad y, ¿por qué no decirlo?  de un requerimiento de sobrevivencia en el escenario, impelidos por las circunstancias desagradables de asistencia al deterioro de sus antiguas posiciones o por las agradable de una lucidez pragmática, marchen a un entendimiento que ahora mismo deberemos definir como inédito. Entonces el conflicto habrá sido domeñado, la salida electoral recuperada y el juego infinito de la política habrá ocupado de nuevo su lugar. Habremos encontrado al fin lo subyacente que nos inmoviliza en el conflicto, que ya las categorías políticas presentes no nos sirven, que aún sin tener en la mano la construcción práctica de la salida, podemos pensar la política y plantear las nuevas categorías desde una deconstrucción de las anteriores.