sábado, 27 de abril de 2013

Pensar la política





Teódulo López Meléndez

Pensar es una actividad intelectual que pretende comprender un  hecho. Pensar la política implica mucho más, pues llega hasta la configuración de un mundo. Hanna Arend señaló que el pensamiento tiene un efecto destructivo dado que socava lo establecido. Cuando pensamos la política, desde ella y desde lo político, es evidente que hay dificultades y es preciso recomenzar. Pensar la política busca la posibilidad de un mundo común.

Cuando se deja de pensar la política y se instaura la mediocridad de la búsqueda del poder y no más, se entra en la barrena de la inestabilidad y la decrepitud. Cuando la política se burla de la consistencia de la complejidad del pensamiento y se reduce a las maniobras y a hacer de ella misma un deterioro las sociedades languidecen en las formalidades y se encuentran incapaces de saltos cualitativos.

Es impresionante ver como la sociedad venezolana no entiende nada, ni a un nuevo gobierno cuya preocupación única parece ser el establecimiento de “una nueva mayoría”, ni a un candidato opositor jugando a huir hacia adelante para lo cual recurre al último argumento de mantenimiento de clientela: habrá nuevas elecciones presidenciales.

Ciertamente uno puede entender la política como lo opuesto a lo estático. Resulta irritante ver a un cuerpo social sembrado en él y cuya supuesta “inocencia” no es justificable y menos perdonable. La única posibilidad que cabe es remitirse a un fracaso educativo y cultural que lo lleva a maniqueísmos como el de negar la existencia misma de quien no esté en alguno de los bandos. Menos logra entender cuando se le habla desde una mirada de país.

La política es una revisión permanente y la democracia una interrogación que nunca termina. El que se mueva en los parámetros agotados es un insuficiente que desconoce totalmente hasta la definición misma del verbo “pensar”. Vivir desde y para la asfixiante coyuntura, gritar de entusiasmo frente a la aparente palabra dura y solazarse en los radicalismos estériles, es propio de una sociedad en sí misma estéril. Nadie puede pretender borrar de un plumazo la angustia del presente. Lo que se pretende es recordar que las realidades son construibles, que hay que modificar el ángulo de los observadores y, sobre todo, que la política se piensa y se piensa alejándose de la linealidad y de la miseria. Hay una crisis política puntual envuelta en otra de igual o mayor gravedad: la absoluta inconsistencia de los políticos.

Esto que vivimos en Venezuela no es la política. No llega ni a rango de antipolítica. La política es hoy una voluntad colectiva y ella no existe porque tenemos a unos actuantes que giran sobre sí mismos embebidos en el odio mutuo y en la incapacidad manifiesta de escaparse de las maniobras de una praxis envenenada. Se olvida la caída de todos los conceptos, hasta del poder mismo. Cuando se piensa la política las estrecheces comienzan a diluirse. Se inventan los caminos y se inventa en el futuro. Los presentes sólo son diluibles cuando se tiene la mirada más allá, en la escritura de un relato a transitar, uno que nos hace pensar el presente desde el futuro.

Hoy ya ni sabemos lo que es la política.  La labor pedagógica pasa por comenzar a decir que en el siglo XXI la política no es lo que fue. Hay que inventar el siglo que sólo será posible si inventamos la política de este siglo, pues nada es construible en cuanto a organización humana que no esté marcada por la nueva concepción de la política. No se trata de la aparición de iluminados. Hoy el líder es un modesto suministrador de insumos que ejerce la más detestada de las actividades: pensar para los demás, porque pensar por lo demás resultaría una simple manifestación totalitaria. 

Pensar la política es una acción liberadora pues, en primer término, permite entender los atascos de los actores de la no-política y autoriza a vislumbrar sacudírselos. Cuando se piensa la política aparecen los acontecimientos que nadie creía posibles y las soluciones van conformándose en una realidad distinta de la realidad real. Entonces habrá aparecido el nuevo concepto de poder, el del común hecho líder, que pasará por encima de quienes encarnan el Estado en lo momentáneo y de quienes lo encarnan desde talismanes, llámese unidad o llámese como se llame,  organizados en el vacuo propósito único de sacar del poder, del viejo poder, a quienes hoy se solazan en él.

@teodulolopezm

domingo, 21 de abril de 2013

La invención del futuro



Teódulo López Meléndez

En Así habló Zaratustra recordamos como Nietzsche habla de la transmutación de todos los valores. Pensando en la realización de prospectiva del futuro nos preguntamos si este último es posible de construir en un país atrapado en certezas y que olvida todo cambia. Tampoco podemos dejar de recordar que esas certezas de los observadores les vienen de la posición en que miran al objeto país y que la narración es sólo eso, la instrumentación de las técnicas para hacer posible el trascurso del relato.

Si vemos sólo lo que queremos ver, cada uno encerrado en sus certezas equivalentes a ficciones, viviremos en un eterno presente. Si no es posible mover a los observadores será igualmente imposible una actualización de las miradas con el consecuente enterramiento en un presente continuo. Queremos señalar como imposible la prospectiva del futuro si no se sale de la mirada rutinaria.

La mejor manera de construcción del futuro es alimentar el presente con él. Nadie pide la sustitución de una ficción por otra. Lo que se requiere es hacer de la mirada una complejidad de interacción. Si nos sentamos en las creencias sin dotarla de visión el presente se asienta y el futuro se torna esquivo. Michel Foucault los llama ‘sistemas de transformaciones”. Prospectiva es una manera de mirar a lo lejos y de lejos.  Quiere decir que la búsqueda del futuro no pasa por un análisis de las evoluciones posibles del presente sino por conjeturarlo. La determinación de cómo llegamos al presente es la primera pregunta, lo que se denomina retroceso retrospectivo hasta arribar a un retroceso prospectivo que determina, vía imaginación, la posibilidad de lo que viene.  

En términos heredados de la tecnología se puede hablar de “gestión de la innovación”. En ese campo encontramos expresiones tales como aquella que indica que la mejor manera de predecir el futuro es creándolo uno mismo. Nadie pretende que esta inerme sociedad venezolana olvide el presente. Lo que nos permitimos recordarle a esta sociedad venezolana es que encerrada en el presente se ha olvidado de pensar el futuro y, en consecuencia, ha contribuido a eliminar lo político, pues el futuro es una construcción eminentemente política.

La mirada sobre el presente tiene que provenir del futuro. El político que mire el presente desde el presente perdió la capacidad de soñar, pues no podrá influir al presente hacia una transformación y constitución del mañana. Si no se tiene la visión del futuro toda actuación sobre el presente no es más que un enterramiento de la estaca en el mismo lugar con el único cambio del creciente hundimiento de la estaca.

Volvemos a Foucault cuando nos reclama percibir la singularidad de los sucesos escapando de toda finalidad monótona. Quizás podríamos alegar que debemos captar el futuro como su retorno e ir entonces a todas las escenas y a todos los roles posibles, definiendo incluso las ausencias (puede leerse en la praxis política como el fracaso en haber alcanzado los objetivos propuestos) porque determinar lo que no ha tenido lugar es esencial para definir el futuro, uno visto correctamente como una construcción para poder decidir en el presente.

La sociedad venezolana está centrada en el cortoplacismo, entendible por la gravedad de los sucesos que vive cotidianamente. Uno de sus problemas es que el liderazgo tampoco encuentra tiempo para superar lo omnipresente, aunque prevalezca, hay que admitirlo, su falta de talento. Han olvidado que sólo la mirada desde el futuro hace posible la modificación del presente porque sabiendo lo que se quiere los textos ficcionales del presente se modifican hacia un relato pendiente de ser convertido en realidad mediante la acción de lo político.

@teodulolopezm

miércoles, 17 de abril de 2013

En nombre del diálogo







Teódulo López Meléndez

Recordaba en las redes sociales que en un país normal se suele otorgar a un nuevo mandatario unos cien días de “luna de miel” mientras nombra su gabinete y toma sus primeras decisiones. Especulaba sobre cuánto duraría en un país anormal como Venezuela lo que motivó que algunos tuiteros ensayaran sus propias respuestas: Unos hablaron de 30 días y otros de cien horas. La realidad fue más dura, pues no hubo tal espacio. La única verdad es que el gobierno perdió todo chance de espera en un lapso comprendido entre la proclamación y la toma de posesión o, si se quiere, en los segundos siguientes al anuncio de los resultados electorales.

El gobierno ha ratificado con creces que no hay “luna de miel”. Frente a la solicitud del candidato Capriles respondió con una virulencia clásica y la ha estado repitiendo hasta lograr que, incluso antes de su toma de posesión formal, ya no haya lugar a dudas sobre la necesidad de mantenerse de frente. El gobierno no tomó nota de nada, a no ser algunos sectores críticos que han manifestado su preocupación por los resultados y el futuro de este denominado “proceso”.

Ha sucedido de todo, hasta la prohibición emanada de Maduro de la realización de una marcha oposicionista lo que equivalió a una suspensión de hecho de la garantía constitucional a la libre manifestación. La Constitución establece ese derecho y nadie jurídicamente está autorizado a prejuzgar violencia. La vía es la de un decreto de suspensión firmado por el presidente y aprobado en Consejo de Ministros, pero aquí funcionó de hecho. La reacción oposicionista de suspenderla es correcta, pues a nadie le cabe duda que hubiese desembocado en penosos hechos de violencia con un saldo sangriento, lo que no obvia digamos que la suspensión de hecho de una garantía constitucional surtió su efecto y que es menester recordar cuando un político convoca a una acción debe prever todas las respuestas posibles, pues, como en este caso, una decisión correcta conduce a una derrota, pues la única conclusión posible es que en el episodio que narramos el gobierno ganó.

Este gobierno entrante, desde sus pañales, está actuando como una pésima copia, con una torpeza inigualable, con la manifestación diaria de prepotencia y amenazas no correspondiente a la pírrica ventaja electoral obtenida. Hemos oído todo género de amenazas, pero basta citar la de “radicalizar la revolución” hasta la del presidente de la Asamblea Nacional de no conceder la palabra a los diputados oposicionistas que, por lógica, se mantienen en la postura asumida ante el resultado. Hemos oído toda clase sandeces, como la del Ministro de Información que, refiriendo los muertos habidos en la protesta, ha señalado a uno de ellos, hecho ocurrido en una barriada de Caracas, como sucedida porque “no le perdonaron haber sido adjudicatario de una vivienda”.

La conclusión es que en el gobierno no hay la menor inteligencia, afirmación que alguno podrá calificar de Perogrullo, pero que abre serias perspectivas sobre el futuro del país. Estamos frente a un gobierno débil y tan torpe como elefante en cristalería y, más aún, tutelado “por ahora”, como señalamos en texto anterior. El humor del país ha quedado de manifiesto. El otro humor brotará en conformidad.

He planteado, seguramente a destiempo, es mi hábito,  la necesidad de un gran diálogo, uno que entiendo no es entre gobierno y oposición, sino entre los factores críticos de ambos bandos y que incluye a quienes no tienen bando. La situación de un futuro frágil obliga a adelantarse y comenzar a mirar la posibilidad de definir, bajo una gran y seria discusión, la posibilidad de un proyecto común de país. Al menos que por ahora se sepa que ese diálogo es posible y conveniente.

En nuestra fecha patria del 19 de abril tomará posesión el inefable Nicolás Maduro y la irritación de la sensibilizada piel de este país llegará a requerir dosis extras de paciencia. Luego bajará, pero comenzará otra, la incertidumbre del futuro. Es allí cuando el diálogo entre opuestos, no entre gobierno y oposición repito, sino entre quienes han mantenido vivo el sentido crítico, pertenezcan a cualquier bando o a ninguno, se manifestará como absolutamente indispensable a la reorganización de nuestro futuro.

@teodulolopezm

lunes, 15 de abril de 2013

En nombre de la rosa





Teódulo López Meléndez

Para analizar la complejidad de lo sucedido y de lo que ahora somos requeriremos de unas cuantas páginas. Basta mirar las preguntas que me arriban por redes sociales y correo electrónico para darse cuenta de la magnitud de las interrogantes. Me permito recordar dije tres días antes de las elecciones que si había alguna forma de definir a este país era como uno de preguntas sin respuestas.

El punto central fue la asunción de Nicolás Maduro como presidente encargado, en abierta violación a la Constitución, y su consecuencial marcha a la contienda electoral bajo esa investidura. El estrecho margen de su victoria no me modifica del criterio, expresado con meridiana claridad, de que la aceptación de ese cuadro definía de antemano el conteo de los votos. Toda la estrategia oficialista se basó en ese hecho. En otras palabras, si la Constitución hubiese sido respetada y Maduro hubiese marchado a la contienda sin la investidura presidencial los resultados hubiesen sido otros. Expresé que al asumir el heredero designado ambas condiciones el abuso de poder impediría un cambio de gobierno.

Siempre he usado la expresión “fraude continuo”. Eso implica uso indiscriminado de los recursos del poder, en todos los sentidos y en todas las magnitudes. No ha habido adulteración de cifras el 14 de abril. Lo que se ha producido es una adulteración jurídica y política de todas las condiciones que pudiesen permitir una contienda electoral propiamente democrática y medianamente definible como equilibrada. Asumir marchar a ella bajo un peso abusivo extremo no es una responsabilidad que yo hubiese tomado.

Los resultados son en buena parte sorpresivos, a pesar de haber advertido en numerosas ocasiones que, en mi criterio, la diferencia sería de un dígito y que la lógica más elemental me hacía dudar profundamente de la amplia ventaja que las encuestadoras le otorgaban a Maduro. Podríamos aceptar se produjo una abrupta caída del candidato oficial, pero aún eso hay que examinarlo con pinzas.

Una primera conclusión no habla bien del cuadro político venezolano. Chávez construyó su fuerza electoral -entre las muchas razones arguibles, entre las cuales las positivas mencionadas muchas veces- sobre la base de una confrontación acérrima que dividió al país. Se le atribuye a Capriles haber remontado por sus ataques furibundos, lo que enardeció a los más radicales celebrantes de que al fin se atacaba inmisericordemente, ataques reducidos a la colocación de sobrenombres o de frases burlonas o, admitámoslo, de señalamientos obvios sobre la ineficacia gubernamental. En cualquier caso, confrontar hasta la sangre parece ser lo que da resultados electorales en Venezuela, pues me permito repetir esta fue la peor campaña electoral de nuestra historia, una donde no se discutió, con argumentos y propuestas, nada, absolutamente nada relativo a los intereses superiores de esta república.

La mediocridad campante de nuestra clase dirigente quedó de manifiesto hasta en las declaraciones mismas producidas el día electoral, en los comportamientos asumidos y en las reacciones frente a los resultados  del conteo de votos. Capriles no ha debido llamar a Maduro y Maduro no ha debido pronunciar el discurso que pronunció. Podríamos hurgar en detalle en las inconveniencias de lo dicho y hecho, pero hay temas más apremiantes. La primera, que ese es el resultado electoral y no otro y que el conteo del 100% de los sufragios no alterará en nada la realidad: Nicolás Maduro ha sido proclamado presidente de la república y eso es un hecho consumado. Tenemos ejemplos abundantes de resultados estrechos sobre los cuales las acciones emprendidas no alteran nada. Me viene a la memoria López Obrador y sus acciones de masa en el querido México.

Cosa muy distinta será hurgar en el destino venezolano inmediato y mediato, en el destino de este país que he definido como uno lleno de preguntas sin respuestas. Las deberemos construir. Un país de gobierno débil, dividido más que nunca, si ello es posible. Deberemos meter la mirada en los comportamientos del cuerpo social, en sus minucias, casi, o sin el casi, material para una lupa sociológica. Por ahora, a la hora de titular esta primera mirada, me viene parafrasear a Umberto Eco.

@teodulolopezm