sábado, 5 de enero de 2013

¡Viva la Pepa!





Teódulo López Meléndez

“Pepa” fue denominada seguramente por haber sido aprobada el 19 de marzo día de San José. Era la Constitución de Cádiz de 1812, la expresión jurídica de los liberales españoles hasta que se produce la reinstauración absolutista de Fernando VII. El grito “Viva la Pepa” era uno de protesta, de resistencia, de incomodidad frente a la represión.

Podríamos pensar que la acepción que toma en Venezuela la expresión “ese es un viva la pepa” se deba a que el grito era pronunciado por algunos de comportamiento non sancto, quizás de alguno extraviado en el alcohol o poco dado a cumplir sus compromisos, pero también podríamos pensarlo como un señalamiento de los monárquicos locales a quienes lo pronunciaban indicando de esta manera a un  enemigo de Fernando VII.

Sea como haya sido la expresión pervivió entre los venezolanismos como un calificativo de desprecio, lo que nos lleva a tal punto de pensar que no estamos en vísperas de una consideración constitucional sino más bien de una mirada a nuestros vicios. Al fin y al cabo Pedro I Carmona Estanga de un plumazo, y con la ayuda de ilustres juristas,  derogó nuestra Constitución del 99 y proclamó rediviva la del 61, lo que nos hace reflexionar sobre el poder de hecho antes que en sesudas disquisiciones jurídicas. Es decir, una absoluta continuidad de nuestra historia.

Es lo que ahora vemos, una pervivencia de los viejos hábitos enmarcados en la tecnología del presente. Asistimos al divorcio evidente entre redes sociales y realidad, a la credulidad a los rumores y especulaciones, a una clase media dando bandazos y alojada en una morbosidad poco disimulada, a la ignorancia de la existencia de otro país marcado por una fe cuasireligiosa y a la manifestación patética de un desamparo ocasionado por los errores políticos de reciente data que condujeron a la destrucción definitiva de los ya tambaleantes viejos envoltorios protectores, llámense partidos, sindicatos o gremios.

Lo que le queda a los desamparados es el refugio en sus sueños de milagro y a los dueños del poder el mantenerse acorazados, impermeables en un dominio que les parece eterno. Lo hemos visto en la instalación de la Asamblea Nacional, una fuera de lo normal dadas las circunstancias que vivimos. Entre otras cosas hemos asistido a suicidios políticos tal vez como algún senador romano se quitó la vida, en esa ocasión textualmente, ante el acoso de una poblada.

La jugada de Diosdado Cabello trayendo a la palestra interpretaciones constitucionales torcidas, y que tanto éxito le dieron en las primeras de cambio, en el tiempo de las confusiones iniciales y antes de que algún comandante de legión se diera cuenta, cayeron con su elección como presidente de eso que todavía llaman Parlamento. Quizás el propio Cabello no se ha dado cuenta, pero su única salida era ser reelecto también con los votos de la oposición a cambio de la cesión de la segunda vicepresidencia. Al no producirse el hecho –que no se produce por la imposición de una línea dura de no moverse un milímetro como si Chávez estuviese allí- perdió toda posibilidad de encontrar una ruta hacia una competencia con posibilidades de éxito. Diosdado ha sido reelecto, descanse en paz Diosdado. Y con él la oposición que jugó al efímero pensamiento de considerarlo la tabla de salvación, bajo el argumento de que Maduro era el comunista castrodependiente y Cabello apenas un militar nacionalista.

La historia se escribe mientras se sucede, podría argumentar Don Francisco de Quevedo, a quien es mejor interpretar que a la Constitución. La parafernalia del acto, con vicepresidente, ministros, gobernadores, alto mando militar y Don Perico de los Palotes, más la clientela popular rodeando el Hemiciclo por si alguna falla ameritara llamar a al general Monagas a ponerle orden a algún Fermín Toro levantisco, marca el proceso que se nos adelanta y nos hace asegurar que si hasta el momento había un brazo torcido ahora existe colocada una camisa de fuerza.  

Es tal la necesidad de hacerse Perogrullo que debimos recordar antes del 10 estaba el 5. Con tal despliegue podemos esperar, incluso, que el día 10 tengamos honores militares incluidos al presidente.  “Es nuestra historia, estúpido, es nuestra historia” quizás deberíamos exclamar parafraseando a Bill Clinton. O deberíamos recurrir al grito de “viva la pepa”.

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