jueves, 10 de enero de 2013

La toma de posesión de Nadie





Teódulo López Meléndez

Los hechos históricos son a veces homólogos, pero nunca análogos
Goethe

Curzio Malaparte consideró que su libro Técnicas del golpe de Estado había sido una maldición que lo llevó a la fama. El viejo periodista se convirtió en objetivo del nazismo y del fascismo, señalado como una especie de nuevo Maquiavelo, pero también rescatado por quienes vieron en su texto un manual para evitar a los gobiernos democráticos las asechanzas de los golpes de Estado.

Fue el primer escritor italiano preso por su obra literaria y condenado a cinco años de prisión. Alabado por casi toda la prensa occidental, Curzio Malaparte pagó carísimo en su vida haber escrito aquel libro que lo llevó a la inmortalidad literaria. No es asunto fácil andar hablando de golpes de estado. Malaparte había escrito un texto donde el único tema era las formas de estrangular la libertad y asesinar la independencia. En suma, había escrito el texto del contrapoder.

Uno podría preguntarse sobre cómo construir una pequeña fuente de poder y no encuentra respuestas. Los poderes fácticos del pasado desaparecieron o víctimas de sus propios errores o de sus propias canalladas.

Uno puede encontrar en Malaparte desde el 18 Brumario de Napoleón disolviendo la Asamblea Nacional hasta la “Marcha sobre Roma” de Mussolini. En fin, todo un manual sociológico que desmenuza las fuerzas actuantes y también una gran belleza literaria, desde la descripción del Napoleón golpista hasta la toma del palacio de la Táuride por el ejército rojo. Lo que jamás podrá encontrar en este texto, ni en ningún otro, es el antecedente de un “golpe de Estado” para tumbar a Nadie. A. Brunalti – si recuerdo bien en su texto Politiche, anterior al de Malaparte- definió como tal una medida violenta para determinar un cambio de Estado y V. Gueli – si no recuerdo mal en Diritto costituzionale provvisorio e transitorio- se solazó en describir la forma secreta de su preparación y la forma violenta de su ejecución.

Ha sido cambiado todo el concepto, dirán los sesudos constitucionalistas que han aparecido en esta circunstancia venezolana. Ahora “golpe de Estado” puede ser definido como un episodio donde los poderes constituidos realizan una ceremonia pública, previamente anunciada con bombos y platillos para que Nadie tome posesión del poder. Debo dirigirme a Lewis Carrol porque, una vez más, me asalta la expresión de Alicia en su país de maravillas al manifestar su extrañeza de que en ese país sólo existiese un día al mismo tiempo.

Hemos, pues, realizado una solemne toma de posesión, de Nadie. Han asistido Jefes de Estado extranjeros, la multitud ha sido investida como nuevo presidente, los oradores extranjeros desde su rango de cancilleres han tomado la palabra y un concierto ha coronado la juramentación, la de Nadie. Tal como lo dije en un texto anterior también hubo honores militares, para Nadie. Pero para ello la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia había tomado previamente dos decisiones: la de rechazar un recurso de amparo contra la negativa del presidente de la Asamblea Nacional de encargarse de la presidencia del país y otra, subsiguiente, donde declaró no había ausencia ni temporal ni definitiva y esgrimió la tesis de la “continuidad” que permite al presidente seguir siendo presidente sin juramentarse y sin tomar posesión, de manera que la única decisión que tocaba a los opositores era ir o no ir al concierto de la noche.

La toma de posesión de Nadie se produjo el día 10, pero el día 8 fue convocada una “inocente” sesión que sólo tenía por propósito aparente aprobar un crédito adicional y he aquí la “sorpresa”: carta del vicepresidente diciendo que el presidente le dijo no podría asistir a la toma de posesión. Oportunidad única para adelantar el “debate” y poner a hablar a una oposición que el día 5 –después que sus tres oradores habían reconocido el partido de gobierno tenía derecho a presidir la Asamblea Nacional- se negó a votar por el candidato oficialista, para luego el 8 exigirle se encargara de la presidencia de la república, más que en cumplimiento de la Constitución en cumplimiento de la voluntad testamentaria de Chávez convertida así en nuevo dogma constitucional. Por si faltara poco, el excandidato presidencial Capriles convocó a una rueda de prensa donde cifró todo en una decisión del TSJ que estaba cantada de antemano, como hemos visto. Es por ello que he hecho nacer al “Diputado Gasparín”, dado que si andamos entre fantasmas al menos que aparezca uno amistoso.

El diputado Gasparín le señaló a sus colegas parlamentarios que quizás la única sesión de la Asamblea Nacional ordenada por la Constitución era el día 10, que en el reglamento interno estaba estipulada esa convocatoria y que el primer paso a dar era hacerse presente en esa fecha en la sede del Palacio Federal Legislativo y verificar, como era su deber, la ausencia del electo. Gasparín fue desoído, pero parece seguirá pidiendo a diario la palabra.

Estamos en el siglo XXI, qué duda cabe, aunque la mediocridad de nuestros políticos se muestre como jamás antes en la historia de Venezuela. Sin embargo, algunas cosas positivas quedan, como una innovación radical en los conceptos emitidos por los tratadistas, italianos sobre todo –lo que me hizo dudar si titular este artículo “Drama a la italiana o Berlusconi se quedó pendejo”-, un amable recuerdo para Curzio Malaparte que logró su trascendencia literaria gracias a un  libro que le provocó todas las desgracias y seguramente un retiro masivo de estudiantes de las Facultades de Derecho pues habrán comprendido la inutilidad de sus propósitos frente al poder de hecho.

Nadie ha tomado el poder. Nadie es el presidente. Han colocado la muerte del presidente como meollo del huracán, para lograr que Nicolás Maduro vaya a la eventual elección presidencial como presidente en funciones, con todo lo que eso significa. Al cerrar este texto aún se oye en el cielo de Caracas el estruendo de los aviones militares.

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