sábado, 24 de noviembre de 2012

La recuperación del sentido









Teódulo López Meléndez

Vivimos una época en que la política dejó de ser espacio de redención para convertirse en una imposibilidad frustrante. He repetido cientos de veces que el pensamiento y la política se divorciaron, convirtiéndose la segunda en un giro lamentable sobre lo instituido. La política pasó a ser la administración de lo instituido despojándose de toda carga, incluso de aquella vieja concepción que la definía como “el arte de lo posible”.
  
Encontramos que quienes anuncian prácticas de “democracia representativa” la transforman en verdad en una situación deliberativa intrascendente incapaz de incidir con modificaciones sobre lo instituido. Lo representativo ha dejado prácticamente de existir al constituirse en un mecanismo conservador de lo existente y al no encarnar una voluntad expresada desde la fuente instituyente  y lo llamado “participativo” ha sido convertido en una farsa que obtiene resultados exactamente contrarios a los necesarios..
  
Es necesaria la tensión modificadora que produce una sociedad en afán instituyente. Nos hemos planteado cambios institucionales y no cambios estructurales que son los propicios para el logro de la equidad social.  Hay que construir una ciudadanía y no tenemos tiempo como para andar proclamando que se requerirían 20 o 30 años de un proceso educativo profundo. Hay que procurar un despertar hacia una autodeterminación ciudadana y no detenerse en la larga espera de una formación poblacional masiva.
  
Pasa por hacerlas interpelar y crear así una tensión. Ello implica innovación originada en un profundo discernimiento. Esto es, deben poder ser convertidas en activistas en procura de la inclusión y del reconocimiento de derechos aún no reconocidos. Se trata de la ruptura de una lógica instituida e impositiva que mantiene en vigencia un acuerdo social básico absolutamente inepto para atender a las necesidades políticas inmediatas de superación de un régimen autoritario e impide el poder arrollador de una sociedad instituyente. Ello implica una nueva ética política que hará posible la erupción de una nueva cultura política  que posibilitará –entonces sí- el largo período de educación masiva en la formación de ciudadanos. Algo muy contrario al asistencialismo del estado, un perverso mecanismo que no hace ciudadanos sino aciudadanos.
  
Cuando se fragmenta se enseña que la movilización colectiva es inocua, se corroe el poder instituyente del cuerpo social. La sociedad venezolana actual está en fase negativa. La protesta es una simple pérdida de paciencia y la lectura de columnistas que insultan al gobierno un simple ejercicio de catarsis.
  
Es lo que intentamos hacer: procurarnos algunos ciudadanos, ya dueños de esta condición, para comenzar a generar una cultura política esencialmente nueva.    

Lo que pretendo al hablar de ciudadanía instituyente no se refiere a un mito fundante. La política de resolución de conflictos y de armonización de intereses se basaba en el respeto estricto al orden legal vigente como única posibilidad política de mantenimiento democrático. Después del revolcón que hemos sufrido ese contexto de política está marchito. La paradoja es fácilmente soluble, puesto que al estar encerrados (como estamos) en la “sin salida” (repito que ya he hablado suficientemente de nihilismo y cinismo del siglo XXI) va a encontrarse inevitablemente con una reacción frente al sometimiento, una que también de manera inevitable va a estar marcada por una concepción de la política absolutamente distinta de esta que practican entre nosotros tanto gobierno como oposición. Hay, pues, esperanza, porque de la nueva ética saldrá racionalidad en la nueva construcción. Ello provendrá de la toma de conciencia de una necesaria recuperación (no del pasado, en ningún caso), sino del sentido.



sábado, 17 de noviembre de 2012

El futuro de la palabra





Teódulo López Meléndez

 La cultura, tal como la hemos venido entendiendo, es una línea continua de los hechos humanos con marcas puntuales que han definido etapas más o menos largas y que hemos aceptado como tales consensuadamente. No hemos mirado fragmentos sino una línea con sentido y unificadora. Es lo que generalmente se ha denominado la visión humanística del tiempo.
  
No estamos negando, sin embargo, que la concepción misma del tiempo tiene su propia historia, si la palabra es pertinente.
  
Mircea Eliade nos lleva hacia las tradiciones y las religiones antiguas con un  tiempo circular marcado por las cosechas, por los solsticios, por el movimiento de algunos otros astros, por festividades religiosas o por hechos que habían marcado su propia cultura.
  
Los griegos reflexionaron sobre la idea de eternidad y sobre el tiempo como la manifestación de una realidad de gradualidad con preeminencia del espíritu sobre el cuerpo, aunque Aristóteles hable de instantes y se permanezca en el dilema si es un ser o un no-ser. Sobre la practicidad romana se impuso el cristianismo adoptando sí el tiempo como movimiento, pero agregando que todo movimiento tiene un final lo que conllevaba necesariamente el fin del mundo. De esta manera el tiempo dejó de ser circular y se convirtió en la línea recta en cuyo final está la eternidad.
  
Con la aparición del reloj en el siglo XIV y el desarrollo de la mecánica el tiempo se convierte en un valor matemático, esto, algo absoluto y medible. Luego Kant afirma que no tiene realidad fuera de nuestra mente y la mayoría de los pensadores conciben el concepto de historia y en él el tiempo como una expresión colectiva que atesora las vivencias humanas y sus logros. Toynbee se centra en la historia como cíclica lo que nos lleva a la idea del eterno retorno plasmado en Eliade.
  
Heidegger define al hombre como un ser para la muerte y Einstein introduce el concepto de espacio-tiempo. Al convertir el tiempo en una magnitud relativa según quien y bajo cual circunstancia se mida, muere la concepción del tiempo como un algo absoluto lo que hace que la duración de un proceso dependa del lugar donde esté situado el observador y de su estado de movimiento.
  
Stephen Hawking nos relata todas las concepciones del universo hasta marcar un hito en el siglo XX antes del cual nadie se pudierse haber planteado que el universo se expandía o contraía.

Si miramos con una brevedad pasmosa las variaciones conceptuales del tiempo es porque, com o bien lo argumenta Pedro J. Lozada de lo que pretendemos ocuparnos es de lo que él califica acertadamente como el segundo gran salto de la evolución humana, la escritura, esto es se comenzó “a desbrozar el camino al pensamiento metódico, al uso del lenguaje para “armar una propuesta comprensible”.
  
En el siglo XX irrumpen las vanguardias según las cuales el tiempo se reduce al futuro y ocasión en que se cuestiona la cultura literaria como primacía en el repertorio cultural. Ese cuestionamiento es actual, ya lo hemos señalado en textos anteriores, aunque no proviene de iluminados escritores previendo el insurgir de la máquina, sino tal vez de ella misma, y no es otra que la comunicación digital, una que modifica el concepto de tiempo y hace intrascendente la ubicación del usuario. De manera que la expresión literaria deja de ser el vehículo primordial ante la avalancha de un ciberespacio donde se combinan todas las formas de expresión y donde cada usuario que accede a la red combina y recombina en la formación de hipertextos.

Es pues el concepto mismo de continuidad cultural el que se enfrenta a la ruptura en este siglo XXI, uno que ha sido fundamento de la literatura y que le otorgaba legitimidad como centro del discurso cultural y poder para el establecimiento de validez amplia. Se plantea así también una revisión del concepto mismo de historia y una interrogante necesaria sobre el futuro de la palabra escrita.

domingo, 11 de noviembre de 2012

El Congreso del Partido Comunista Chino





Teódulo López Meléndez

En su habitualidad de decir las cosas con discreción, pero de decirlas, el Partido Comunista Chino ha visto transcurrir su nuevo Congreso, coincidencialmente reunido un par de días después de la elección presidencial norteamericana.

De las cosas a mostrar el crecimiento del Producto Interno Bruto, a pesar de la crisis, y el consenso mantenido en la élite dirigente a pesar de algunas purgas. La dirigencia saliente –que China ha adoptado el buen hábito de cambiar los pañales- encabezada por el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao no ha ocultado las dificultades del modelo económico que requiere cambios, la urgencia de atender exigencias de legitimidad y de un cambio político que han dejado claro jamás pasará por una imitación de las democracias occidentales.

Cómo aumentar este ingrediente democrático sin abandonar el sistema de partido único es algo que resta inédito, quizás simplemente para las décadas por venir. Si algo hemos visto en China es una hasta hace poco incipiente protesta reflejo de un aumento de las desigualdades sociales. Si bien el partido, con 82 millones de miembros, maneja una espectacular red de contactos, no hay lugar a dudas sobre dos elementos peligrosos: nepotismo y corrupción. A las élites dinásticas se han alzado sectores populares a través de la Liga de la Juventud y algunos éxitos han logrado hasta llegar al politburó del partido.

Entre los tímidos cambios económicos parecen haber quedado claro una mayor vinculación del tipo de cambio con el mercado, un aumento de las inversiones en el exterior, la convertibilidad de la moneda, más fondo estatales en la industria no sin descuidar una mayor participación privada, una peculiar pues unos cuantos millonarios andaban entre los dos mil delegados al congreso. Si bien las exportaciones se han visto golpeadas por la crisis y por una debilidad en aumentar el consumo interno China creció este tercer trimestre un 7.4 %. Seguramente se las arreglarán para que el sector privado de la economía pueda competir en igualdad de condiciones con las empresas estatales. El Fondo Monetario Internacional cree que el crecimiento chino este 2012 alcanzará en definitiva un 8%. Al fin y al cabo la nación asiática mantiene un alto superávit comercial y, a pesar de todo, las exportaciones muestran aún buena cara, lo que indica que habrá ajusten lentos que corresponderán al nuevo presidente. El propósito, duplicar el ingreso per cápita tanto de la población urbana como rural para 2020.China es ya la segunda economía del mundo y se estima en 2016 supere a Estados Unidos, según las cifras  de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Es bajo estos indicadores que llega Xi Jinping a la secretaría general del PCCH y en marzo de 2013 a la presidencia. Deberá procurar, pues, un mayor cuidado del ambiente, alejar los fantasmas del nepotismo y de la corrupción, acelerar ese proceso de “democratización” sin copiar a occidente y estabilizar lo que la élite dirigente determinó, como poner más recursos en manos de los chinos para que consuman más. 

Una cosa ha quedado clara en el plano militar. China dedicará sus mejores esfuerzos en este campo al desarrollo de su marina de guerra, quizás porque el conflicto con Japón por unas pequeñas islas le mostró fallas a superar.

Una mirada final al desarrollo del Congreso del Partido Comunista Chino muestra una coherencia y una unidad en la cúpula que no desconoce ni trata de ocultar las tensiones abajo. Esa combinación de mercado y régimen político cerrado ha producido una necesaria apertura de ojos en buena parte de la población, mientras la corrupción ha causado malestar y los requerimientos sociales son cada día mayores. Sobre la base de su sólida economía en crecimiento se formularán pequeñas modificaciones que tienden a una mayor apertura hacia la iniciativa privada.

En términos generales el congreso nos ha dejado claro lo que hará China en los próximos años. Quizás las referencias a convertibilidad de la moneda sean escuchadas en Estados Unidos con especial agrado. En cuanto al mundo, podrán estar tranquilos unos cuantos países, dado que el gigante asiático no sólo mantendrá sus inversiones sino que las aumentará. Esas inversiones han sido claves para que América Latina no sufra la crisis económica.