viernes, 29 de junio de 2012

Desnudo prodigio: La poesía de Teódulo López Meléndez


DESNUDO PRODIGIO: LA POESIA DE TEODULO LOPEZ MELENDEZ
      Por Ennio Jiménez Emán 
(Ensayo en el Tomo IV Poesía Obras selectas)                            

                                                                          Ennio Jiménez Emán

La poesía encuentra primero y busca después.
Es la presa del exégesis, la cual es sin
disputa una musa, pues acontece
que es ella quien traduce nuestros códigos,
quien ilumina nuestras propias tinieblas y nos informa sobre
lo que ignorábamos haber dicho

Jean Cocteau
                                    
Interpretar es profetizar

Harold Bloom

   Difícil es abordar y presentar en forma explicativa la poesía. Sabemos que ella se encarga de explicarse por sí misma. El exégeta o ensayista sólo puede, si acaso, pretender una aproximación, un roce, proveniente de una lectura personal de los textos de un autor, máxime si se trata de una obra como la del poeta venezolano Teódulo López Meléndez (Barquisimeto, 1945), culta, compleja, hermética. Hay que señalar que la cultura y complejidad expresiva de nuestro autor no se manifiestan en una escritura meramente conceptual, ideológica o retórica sin sustancia e imposible de penetrar. Detrás de sus textos, a veces oscuros, se suele percibir la vida, se transparenta la humanidad del poeta, se capta al hombre de carne y hueso y no esa neutra impersonalidad tan característica de la poesía de nuestro tiempo. Las claves de la misma se nos revelan con una lectura atenta, aunque no hay que olvidar, como afirmaba Montale, uno de los maestros de López Meléndez, que "nadie escribe poesía para ser entendida"; el problema es hacer que los lectores "comprendan ese quid que las palabras no pueden expresar". Espero ser yo uno de esos lectores.
   El poema breve, en prosa o en verso, con excepción de su primer libro Alienación itinerante, es la forma expresiva preferida por el poeta para captar y presentar visiones, emociones, sensaciones, ideas, esenciales. La escritura creativa explicativa y de largo aliento la deja el autor para su obra literaria en prosa, constituida, fundamentalmente, por textos narrativos y últimamente concretada en dos ambiciosas novelas, Selinunte (1997), y El efímero paso de la eternidad (1998), plenas de significativos hallazgos escriturales. Dichas instancias sensoriales, emotivas, intuitivas, visionarias, se cristalizan, pues, en los poemas, a través del despliegue de un conjunto de imágenes que a la vez dan cuenta precisa de la aventura existencial del sujeto poético. Sustentada en destellos y refulgencias imaginísticas, esta es una poesía que no apunta a la simple inteligencia del lector, sino, más bien, como es el caso de quien la escribe, a su capacidad imaginativa, sensible, emocional. Igualmente, poesía melódica, visual, colorística: todos estos atributos dan cuerpo a textos vivaces, bien acabados, armoniosos, lejos del formulismo meramente abstracto y conceptual, trivial o facilista que está presente, muchas veces, en la forma breve escrita en nuestro país, producto de simples elucubraciones intelectuales, sin base anímica y vivencial profundas. Su poesía aúna y resuelve la imagen y la emoción con la idea, lo plástico con lo discursivo.
   Así, lejos del tema social o político y del lenguaje experimental de los años sesenta - incluso cultivado un tanto en la década de los setenta en Venezuela -, distanciada igualmente de las directrices poéticas de la cotidianeidad y lo coloquial asumida por cierta poesía escrita en los ochenta, la de López Meléndez estará constituida, fundamentalmente, en base a un lenguaje despejado y a una visión si se quiere esencialista y de aspiración universal sustentada en la apropiación personal de los ritmos y tonos variados, la imagen desnuda, la palabra medular de poéticas modernas como la estadounidense representada en figuras como Whitman (cuyos ecos están presentes en su primer libro, Alienación itinerante), Ungaretti, Quasimodo, Montale. El hermetismo al que hacíamos alusión al comienzo, lejos de expresar misterios ocultos, esotéricos o cabalísticos en la tradición de Hermes Trimegisto, tiene raíces en la lírica italiana del siglo XX, sustentada en los tres nombres antes aludidos. Ungaretti fue amigo de Apollinaire y estuvo bajo el influjo de Mallarmé y Valéry, a quienes tradujo y de los que asimiló su pasión por la forma y el lenguaje, tratando de buscar una palabra depurada libre de retórica y de sentimentalismo; fundó así una escritura personal donde, entre otras proposiciones, la palabra y la lengua se encuentran como centro de reflexión: "Cuando hallo en este silencio mío/una palabra/ esculpida, está en mi vida/ como un abismo". Montale fue traductor de Eliot, con quien comparte la idea y el sentimiento de la sociedad contemporánea como tierra baldía; sus despojadas imágenes están inspiradas en el paisaje estéril de su Liguria natal, en donde se sustenta esa visión alegórica del mundo como región inhóspita y desolada. Dueño de un lenguaje intimista e interiorista, "cerrado", acusa también el influjo de la "tradición hermética" mallarmeana. Quasimodo rindió tributo a la vena hermética en sus tres primeros libros para asirse luego a un simbolismo que debe mucho a los formas clásicas de los poetas griegos y latinos, de quienes hizo versiones al italiano, pasando, más tarde, a afincarse en las tradiciones míticas e históricas y en el paisaje de Sicilia, tomadas como pretexto para reflexionar, con un tono de meditación social y preocupación moral, en el sufrimiento y dolor humanos. Parte de la obra de estos poetas encaja, pues, como señalamos, dentro de la denominación de "hermetismo" y de una u otra forma todo ese bagaje cultural y los planteamientos creativos y vertientes del pensamiento aquí expuestos y asimilado por estos tres poetas, leídos por el autor venezolano en su lengua original, le han marcado de manera decisiva y han sido procesados en parte de su trabajo lírico y en su reflexión poética. Hermetismo personal, dueño de un lenguaje elíptico, alusivo, despojado, es el de López Meléndez.
   De esta manera, lejos de pensar en una probable deshumanización o descarnalización del poema dado su registro breve, precisamos que, más bien, se trata de captar lo esencial en el verbo expresando a través de éste una honda valoración y examen de lo humano y su existencia en relación con el tiempo, el erotismo, el lenguaje, la soledad, la muerte, temas eternos que el poeta, como diría el crítico español Pablo del Barco refiriéndose a los textos de Joao Cabral de Melo Neto, asume con " la precisión del desnudo lenguaje, cortado a pico, tan puro que es capaz de completar la frase con ausencias sin perder facultad definidora". El hecho de haber vivido en diversos países de Europa y América ha proporcionado también a su autor una visión cosmopolita de la literatura y ha nutrido de manera particular su escritura poética, dueña, como afirmamos, de raíces multiculturales donde si embargo subyace, asoman y se suelen percibir, internalizados, los ecos y atmósferas de su región nativa (Edo. Lara) expresados a  través de una palabra ajena al pintoresquismo y que aspira a lo universal.
   El poeta, pues, es hombre nacido en tierras secas, acostumbrado a vivenciar y traer a la memoria los yermos que definieron y continúan definiendo su psiquis, en casi permanente sequía todo el año, atravesados por un escuálido pero vigoroso río, lo que traerá como consecuencia que aflore de manera constante en su escritura la presencia del desierto, las corrientes fluviales y otros elementos de su especial topografía - como símbolos polisémicos que abarcan también estados interiores - tal como queda explicado en este fragmento de Mesticia:

Nada te importa
curvo cují
tupida telaraña de tunas
El desierto se extiende
como las entrañas giradas
de un lobo
            ("Lobo")
  
   Igualmente se presenta en muchos poemas la dualidad seco-húmedo, como expresión de la vital presencia del agua, germen nutricio un tanto ausente o pasajero, lo cual implica una reflexión sobre el inexorable paso del tiempo. En Los folios del engaño leemos:

Bebamos el verano de nubes móviles, de corpúsculos que corren las ansias. Vamos, que el agua no fructificada hay que atravesarla de una vez y sin reposo.
             ("Solsticios")
  
   Desde su primer volumen de poesía su obra ha demostrado una coherencia y un rigor escritural innegables. Ya desde esos textos iniciales están presentes las constantes básicas de su poética: identificación situacional del sujeto lírico con los espacios fluviales y marítimos como una suerte de conjunción con la sustancia envolvente del origen; el topos regional como territorio mítico y universal; reflexión sobre los límites del lenguaje y la escritura; temática de la alteridad y del tiempo; la puesta en discurso del ceremonial de amor y el erotismo.
   En Alienación itinerante, López Meléndez nos pasea por un universo de ruina y desolación, por una tierra baldía donde reinan "hombres con alma de rata". El planeta es una vasta necrópolis en donde ausculta y vaticina la mente agorera y proteica del poeta. Con un tono whitmaniano, de verso largo y libre, vemos transfigurarse al yo lírico en un ego cósmico que, entre otras cosas, hace un inventario del infierno:

Yo soy profeta meditabundo y triste
aquí en mi tumba de naftalina y viento
  
   Apunta con evidente sentido irónico y burlesco:

Quise dictaminar mis tiempos
Tomen notas escribientes maltrechos

   Reclama ácidamente a los poetas que no saben reconciliares con su época, ni reflejar su tiempo:

Los poetas no pasean sobre las ruinas
que demarcan los espejos de los siglos

   A través del verbo se anula el suceder del tiempo:

El parpadear es eterno
en los látigos de carne encendidos en el puño frente
a  espectros
..........................
Una tarde para nosotros dura mil decenios
  
   Versos descriptivos y salpicados de imagenería apocalíptica a veces cercana al surrealismo y con una prosodia afín a la poesía beatnik. La visión final que trasuntan estas páginas resulta pesimista: el hombre dando tumbos en un erial inhóspito donde queda desterrada toda posibilidad de recuperación del paraíso, negando,  incluso, la percepción instantánea de éste a través de la entrega erótica. Se transparenta, pues, la honda y radical soledad del hombre, excluido o arrancando de lo social y echado al mundo y por lo tanto extraño a él:

Un aullido en silencio
sobre los sordos pedestales y los escaparates desvencijados
Una sombra de pergamino que repite entre las sombras...
...........................
levantarán puentes de océanos perdidos
las balas de algodón perfumado
que manchan caminos etéreos
Tráfico internacional de boberías
mil gritos en busca de resonancia eterna
pieles estériles de inaudibles ruidos...
............................
Maldiciones detonantes
amores desvaídos
Yo me defeco en el alma del mundo
............................
Voy a intoxicar a la raza humana,
hombre,
muérete atosigado de rayas deformadas
con tumores de pus de urna vieja
............................
tú, puerco espín de la ira,
sacerdote de la rebeldía,
constructor de ritos para la elocuencia inútil y sin fin
payaso número uno de este circo terrenal.
Estrangúlate con tu lengua...

   En Los folios del engaño, poemas en prosa, a través de la alquimia verbal el sujeto narrativo registra atmósferas y espacios enrarecidos, apuntando sus orígenes geológicos o planetarios, inventariando el presente, auscultando el pasado o presagiando el futuro. Valiéndose de primigenias y prodigiosas intuiciones nos devela una visión cósmica en la que asistimos al nacimiento de microuniversos y en la que el mar aparece por primera vez en su visión poética como sustancia matriz o genésica, regeneradora de la vida y del ser. La exploración de este mundo particular, en el que a ratos se percibe la impronta biográfica, implica igualmente la exploración de la raíz del lenguaje. El discurso verbal se repliega, se hace introspectivo y se pone al servicio de un buceo en la interioridad. En "Recordado sea que vino del mar" leemos:

Las palabras se recogen como materia que regresa a la tierra...En la paz de mis brazos caídos pregunto a los mares si la sal es buena para devolver la fuerza a las palabras. Pregunto a la bóveda que una gaviota esmera porque me empeño en dar a las palabras potencia de linterna.

   Y en otro texto del mismo libro:

Se mueven los planetas atados con un hilo. Se rompen las vinculaciones y las arterias nadan en los espacios. Somos navegantes y llevamos con nosotros brújulas y escalpelos, sensores digitales encontrados en la explosión de los primeros tiempos...
              ("Zeta Ele 4 fue llamado el planeta")

   En los textos "Zeta Ele 4 fue llamado el planeta", "Solsticios" y "Cardinales", el sujeto narrativo elabora una pequeña cosmogonía verbal. En ella, los folios cubren los cuatro puntos cardinales de un planeta recién creado por dicho sujeto (o demiurgo verbal) y se funden con la textura del cosmos, que a su vez se convierte en escritura. En "Solsticios", a partir de la nada (la página en blanco) da vida, pues, a un microuniverso poético donde reinan tres guardianes del orden: Hiemal, Vernal y Astron, que cual primitivos Arcontes gnósticos (Arconte: guardián, amo o defensor de un planeta, un cielo o un eón), se les insufla vida por el encantamiento verbal de una palabra: Alalimón.
   En este volumen, el narrador poético habitante bien sea de un espacio genésico-uterino o terrenal-cósmico, recuerda "los tiempos de las cavilaciones, el surco en el espacio natátil", y proclama:  Me confiero el poder de trazar itinerarios a las aguas”, declaración que tendrá implicaciones y resonancias en su temática poética posterior.
   En Mestas trata de fundar un lenguaje que transparente, entre otras cosas, la fuerza e impetuosidad, y a la vez el pausado ritmo de dos instancias básicas que en su interioridad psíquica y poética han modelado su ser imaginario y verbal: el río y el mar. Ya Heráclito señaló que "nadie se baña dos veces en el mismo río", remarcando el carácter mudable, fluido, de la realidad, el cual es percibido por nuestros sentidos y procesado por nuestra conciencia tras la observación de los volúmenes acuáticos. En nuestro tiempo, otro filósofo, George Santayana, afirmó que "la humanidad del hombre se aísla y libera en la vasta inhumanidad del mar". En Mestas, básicamente el substratum filosófico manejado por López Meléndez pareciera captar estas dos actitudes del ser frente a las energías que mueven las aguas fluviales o marítimas: el sujeto aislado, liberado en sus fuerzas interiores y en plena y vigilante conciencia de los cambiantes cataclismos internos y externos del ser y del mundo, buscando a la vez una fluidez semejante de su conciencia en el lenguaje, para intentar fundar un orden imaginario (en este caso verbal) donde aliviar su intemperie. Empresa ésta última a un tiempo utópica, precaria e irrisoria, ya lo sabemos, porque el hombre sólo accede, a través del lenguaje - y del arte en general - a una "miserable totalidad", aunque ese lenguaje sea, a su vez, lo único con que contamos para precisar con justa dimensión los límites de nuestro mundo.
   En el poema "Un silbido de silueta", el sujeto declara:

Metido estoy debajo de los techos grises levantados por el hundimiento de las costas y por mis viajes al silicio empegostado al tórax de las olas.

   En el poema "Víspera" imaginamos al escritor ejerciendo su oficio frente al mar, intentando descifrar sus movimientos:

Oficio, palmas secas y rugido cercano. Hierbajos con sombra de mareas, busco piedras. Brillor en las escaramuzas del cuerpo. Desnudo, el gran libro en las rodillas, leo para el vuelo del coco hasta el miedo limítrofe.
   Todos los poemas de la primera sección del libro están tocados por la presencia marina, al igual que muchos otros de las restantes tres secciones: "Poema desde una chimenea compartida", "En aquel lugar". Sobre su raíz fluvial el sujeto anuncia en "Vientos", primer poema de Mestas, su auténtica condición:

Sé a humo negro de carne de río y de agua de fuente.

   Y en "Divulgo los desplazamientos del río" se oficia un ritual de extática contemplación:

Cerca, ancho el río se desplaza. Olivas frescas en el baúl de las canoas. Sobre las piedras trizas los últimos vestigios. Altar mayor, historia de las comarcas sin siembra y astillas, esparcimos en la boca de la neblina.

   Para López Meléndez, como para otros poetas modernos en esta rica tradición de las modulaciones cósmicas y existenciales en el verbo: Claudel: El libro de Cristóbal Colón; Valéry: El cementerio marino; Perse: Mares; Quasimodo: Agua y tierra; Reverdy: La libertad de los mares; Pessoa: Oda marítima; Ashbery: Ríos y montañas, Derek Walcott: El mar es historia, para citar solo algunos nombres, el mundo puede suceder, acaecer, en la página. Así, en Mestas, López Meléndez está igualmente formulando una incipiente y particular reflexión sobre la poesía y el poema. En efecto, aparte de constatar como sustancia básica del libro la presencia y concurrencia de los períodos de la naturaleza a través de instancias geográficas elementales- el suceder de estaciones, ambientes acuáticos, ventosos o terrenos-, percibimos al sujeto empeñado en construir un ámbito verbal (el poema) donde protegerse o guarecerse: “En las maletas trazos informes y en los tenderos faros, de atisbar”, buscando atrapar “un signo, al menos, en el olor de la medida humana”. El sujeto funda así su identidad con la naturaleza a través del microuniverso linguístico, explorando la raíz misma que ese lenguaje le suministra y le sugiere.
   En realidad, pensamos que el gran logro compositivo de estos textos poéticos de López Meléndez, descansa evidentemente en su musicalidad y en el eco que los mismos dejan en nuestra psique, memoria e imaginación, gracias a su ritmo y movimiento. Esto, como pensaba Eliot, es una de las características básicas de la poesía moderna que, alejada de la poesía rimada tradicional, tiende, gracias a esa musicalidad, a ser memorizada inconscientemente, musicalidad que, incluso, a nivel de escritura puede anteceder y dar origen a las ideas o a las imágenes. El criterio sobre la musicalidad manejado por López Meléndez, puede analogarse un tanto con el que Eliot poseía de la misma: "la sensación de la sílaba y del ritmo que penetra mucho más abajo de los niveles conscientes de pensamiento y sensación, dando vigor a cada término; hundiéndose hasta lo más primitivo y olvidado, retornando a los orígenes y trayendo algo de vuelta". De aquí que articular ese ritmo convertía la labor de ciertos poetas en algo parecido al trabajo del compositor musical.

   Mesticia es el libro de la desolación, del desasosiego, como ya lo define su mismo título. El estado anímico y psíquico del yo poético es casi agónico: el tono general del volumen es sombrío habitando dicho sujeto una suerte de desierto interior:

Extremo mi sequía

       la piedad
se evapora como un espejismo   
        
          ("Espejismo")

   En su primera parte, "De cuando irrumpió en mí el desasosiego", el texto trasunta falta o carencia de amor. El sujeto es un exiliado del amor. Mañana, tarde y noche le aflige el dolor: Esta noche es un arca de naufragios ("Esta noche"); esta tarde de frío/me asesina ("Incertidumbre"); Ha comenzado:/una mariposa muerta/ la aurora ("Mariposa muerta"). En fin, el día:

mi día
extraño adiós
   ("Adiós")

   Imágenes sombrías asedian al yo lírico y lo mantienen confinado  en una suerte de clausura infernal: Este infierno /ronquido de las entrañas / vómito de locura ("Infierno").
   Si en la primera parte del libro el estado psíquico es de desolación, en la segunda parte, "De cuando la palabra regresó en su lengua", es de momentánea liberación. Pasa así de un simbolismo del desierto (Fuego-Infierno-Muerte) al del océano (Agua-Paraíso-Renacimiento) o espacio del encuentro y del origen primigenio; allí se conjunta con el añorado sujeto amado de forma y apariencia meduseas (en el doble sentido de misterioso animal marino y de gorgona que extermina): Haz del mar / un lecho / tibio y peregrino /pacífico hogar / donde nuestro rostro común / sea pájaro que se alce (Medusa 11); La paz se hizo profunda / de alta mar ("Medusa 13"); y yo la hice sisal cabuya hico / cordón umbilical / medusa/ líquido amniótico ("Medusa 5").
   Se puede decir que en la primera parte o estancia del libro el yo lírico habita - y expresa en el verbo despojado de toda retórica- un lado oscuro y siniestro de la psique, un estado de autodestrucción y laceramiento interno donde permanentemente asedia el "otro", la sombra o ser oscuro que vive en nosotros de manera clandestina, y que asoma como expresión del subconsciente personal o colectivo:

Una diáspora

mi sombra
alrededor
esta oscuridad
     ("Regalo roto")

   En el poema "Incertidumbre" declara: “No sé si sobreviviré / a la sombra / monstruo que avanza”.  Imágenes que evocan- de forma interna o en su proyección externa- el aliento de un enemigo agazapado que intenta destruirlo. Habitando este estado oscuro y de pesadilla, parecen asediarlo presencias arcaicas y perversas que toman cuerpo y que amenazan con aniquilarlo: “Serpiente marina / esta noche / o la hago mi amiga / o me mata esta noche” ("Esta noche"). Los objetos circundantes de la realidad se transforman igualmente en entidades amenazantes: “Parecen cuchillos carniceros / aquí / en la soledad de la tarde / los picos de las sombras” ( "Miedo"). Esta constituye, pues, una verdadera temporada en el infierno para el sujeto poético, habitante de una tierra baldía donde

boletines de luto esparcen
cenizas

             la desolación
             la muerte
        ("Infierno")
  
Jung en su libro Ensayos sobre psicología analítica, precisaba que "el otro dentro nuestro es en realidad otro, un hombre verdadero que, en efecto, piensa, hace, siente y desea todas las cosas despreciables y odiosas...Un hombre entero, sin embargo, sabe que su más cruel enemigo, o más aún, una multitud de enemigos no se equiparan al adversario peor, el otro yo que habita en su seno". En el primer estado mencionado, entonces, el lenguaje es un elemento desintegrador, que no unifica:

El lenguaje
     borrasca
sin códigos
no se puede decir nada
       ("Perdido")

   En la segunda parte o estancia, el sujeto lírico vive en el espacio inundado y accede a la palabra como una suerte de momentánea liberación. La entrega de la mujer o musa añorada, también le entrega la palabra. A través de la entrega de la mujer, pues, se restaura la pureza de la palabra original, fuente de inspiración y energía- aunque sea momentánea- para seguir viviendo. O también al revés: a través de la palabra poética y su fijeza se restaura la pureza de la mujer, fuente de inspiración y energía para seguir viviendo:

La palabra
regresó en tu lengua
y se me clavó en el paladar
con la fuerza de un ancla
         ("Ritorno")

   El espacio de la entrega es el ámbito inmemorial y eterno del agua (salada). Como precisa Octavio Paz en Corriente alterna: "El agua, la imagen del retorno a la era primigenia, el símbolo de la mujer y sus poderes. Agua: calma, fertilidad, conocimiento de sí mismo, pero también pérdida, una caída en la transparencia traicionera...El agua difusa, esquiva, informe. Evoca al tiempo, al amor carnal, es la marea misma - muerte y resurrección- y la entrada al mundo elemental". Se trata, entonces, a través del planteamiento central del libro, de que el sujeto lírico, a causa de una carencia o pérdida amorosa ha padecido una especie de muerte- en vida- y luego ha accedido a una momentánea catarsis liberadora a través de la posesión de la tríada mujer-palabra-agua. Pero no nos creamos muy seguros: la belleza medusea de la mujer y su posesión en la transparencia (engañosa) del agua son pura ilusión porque después prevalecerá la esencia problemática del amor. El esplendor verbal concretado en la transparencia (engañosa) del poema esconde la imposibilidad de expresar la realidad. De que se trata de una liberación pasajera se encarga de decírnoslo el propio sujeto en los poemas del "Epílogo" del libro, volviendo a retomar su acostumbrado estado interior desértico y de sequía: “la espera envejece / los territorios de nadie”  ("Espiral"); y en "Exiliado": “Incorpóreo me alejo / inexistente / descomposición en el sueño hacia el mañana”,  resalta de nuevo su condición fantasmagórica de habitante de las sombras.
   Pero, más allá de la situación personal vivida por el autor y expresada en este libro, resalta el planteamiento esencial y la creencia del poeta de que hay una realidad ambivalente: existe una imposibilidad expresiva a través de la palabra para dar cuenta de la multiplicidad del ser y de lo real, e igualmente una dificultad y una paradoja en la esencia misma del amor, tal como es experimentado en la época contemporánea, pero éstos a su vez (el estado poético y el estado amoroso) son los dos únicos elementos para la realización plena de la condición humana. Este es un leit motiv de López Meléndez a lo largo de toda su obra lírica. En "El frasco de las palabras" de Mesticia, vemos que:

Las palabras

neumáticas
    imperturbables
píldoras
que no curan
cagajones
metras
silencios de hábiles embalsamadores
putas

inmunes a mi desasosiego

    Y en otro poema, por otro lado, se nos dice:

sin palabras
un poeta no es

   hueco en el vacío
gangrena

   Las palabras, piensa el poeta por un lado, entes simbólicos por excelencia, no pueden dar cuenta de la plenitud del ser ni de los límites de lo real, como tampoco existe una identidad entre ellas y lo que designan. Lo que impera es una escisión y una incongruencia entre las palabras y las cosas. Esta es una de las constantes temáticas centrales y uno de los dilemas de la poesía moderna a partir del Romanticismo. Más en nuestros días cuando, como afirma Paz, se quebró definitivamente la visión analógica del mundo e impera la visión fragmentaria y relativa impuesta por la ephisteme cientificista que ha obligado al poeta a asumir un lenguaje igualmente fragmentado (Mallarmé, Pound, Paz, Ungaretti, Williams, Cummings). Pero, por otro lado, el poeta, el escritor, se aferran a él como única posibilidad para dar cuenta de nuestra experiencia en profundidad y tratar de captar e iluminar la multiplicidad de lo real. Con el soporte de la imagen, la cual es capaz de conjuntar los contrarios, el ser y la nada, el poeta se siente en capacidad de construir un cuerpo verbal donde brille la presencia del mundo, del ser y de las cosas. La misma obra poética de López Meléndez, es una muestra de la afirmación y la exaltación de los poderes de la palabra poética.
   El carácter contradictorio del amor en nuestro tiempo: la entrega al otro hace que uno renuncie a la propia libertad e individualidad en provecho de la ajena y en prejuicio de nuestros intereses. Su paradoja: pese a haber sido resquebrajada la moral tradicional instaurándose nuevas relaciones de pareja, muertas ciertas ideologías y creencias religiosas, perdido el tinte romántico de aquél y teñido de un "utilitarismo supervivencial" en un mundo individualista donde prevalece la "guerra de los sexos", se define como un lastre que, no obstante, sigue siendo el último refugio frente a un mundo agresivo y hostil; incluso existe una fuerte tendencia a convertirlo en una nueva religión- o un sustituto de ella al igual que la poesía-, secular, por supuesto. La autora española Helena Béjar, siguiendo las ideas del sociólogo Ulrich Beck, afirma que, "desprestigiada la política, irrecuperable el vecindario y reducida la clase a frías estadísticas, el amor se ha convertido en nuestra última creencia...aparece como el vínculo más estable para dar sentido a la identidad y por ello se transforma en una religión privada". Es a esta religión problemática a la que el poeta se rinde en un rito cotidiano no exento de cierta trascendencia. A partir de Mesticia, podríamos decir que la poesía de López Meléndez definitivamente adquiere fisonomía y voz propias, macerando y acrisolando todas las influencias líricas antes señaladas.

   En sus tres últimos libros el lenguaje se torna cerrado, casi críptico; por tal razón, quizás sea difícil percibir su poesía directamente y de una sola lectura. La clave final de la misma parece estar a medio camino, como dice el crítico José María Valverde, al hacer una lectura de cierta poesía oscura, entre lo "mágico" y lo "comunicativo", de ahí su hermetismo, el cual se nos revela o aclara, retomando a Valverde "por una suerte de intuición simultánea de toda su atmósfera, sin parar mientes en la conexión lógica de cada frase y al papel racional de cada objeto y nombre".
   En Mester, los textos, poemas breves en prosa, parecen ser escritos por un yo solitario (Un murciélago es la soledad), aislado y hastiado (El hastío me empegosta la lengua). Prevalece el vacío: "Vacuum" se llama una sección del libro, al igual que un poema, donde leemos: “Estoy entrenado, no tener peso y el silencio en el espacio vacío del cuerpo”. Las dos corrientes de Mestas, la fluvial y la marítima, vuelven a aparecer, sólo que aquí parecen no fluir o estar estancadas. La imaginería acuática es básica en el texto. Mi intuición es que el sujeto narrativo se halla en una suerte de parálisis creativa, la cual será esencial para el mismo. El fluir del tiempo y del agua, pues, parecen estar interrumpidos, y el narrador poético está centrado en su oficio, mester, entregado a él en momentos de intensidad donde, a ratos, se percibe la claridad o la trascendencia: Sobre el rostro de la lluvia e ignorado se permanece  en esta intensa soledad de las dos aguas, tranquilo, a merced ("Mientras, no se muere").
   En este éxtasis involuntario, el sujeto parece, pues, enclaustrado, centrado en una búsqueda ascética de la escritura y abierto a la meditación interior: “Emerjo la plegaria, oscura claridad. El diálogo renace en la clausura” ("Paradoja"). La escritura es lo único que saca de la inercia al sujeto. En dicha clausura no existe apertura para el amor o el deseo:

Escasa saliva en mi ojo el agua de la amante
              ("La guitarra se destiñe")

   A ratos reaparece, entonces, el deseo de trascendencia e iluminación, una iluminación opaca: Ahora sobre la luz ¿alba u ocaso? túnel semisombra ("Dogal").
   Hay que aclarar que aquí es patente una ambivalencia en relación con el mar: como ente con el cual el sujeto tiende a disolverse para bucear/buscar la comunión con el origen, la reintegración con su yo más primitivo e íntimo; simultáneamente como una inmersión en el caos y la oscuridad: “Desde el amor oración de lo que sé, clara oscuridad” ("Paradoja"). El agua se transforma en otro texto en un símbolo aciago donde el sujeto, al ver reflejado su rostro, ve grabado en él, con terror, el irremisible paso del tiempo: El terror arranca en la mañana al mirarme al agua ("Las palmas de la espuma").
   La sensación de estancamiento existencial, con apertura creativa experimentada por el sujeto poético en Mester, es "principalmente la del individuo inmovilizado por impulsos contrarios: sensualidad y castidad, pasión y renuncia, lo inmediato y el más allá", tomando las palabras del crítico Eugene Moretta al estudiar la obra del poeta mexicano Gilberto Owen. El libro, pues, nos "sugiere en su éxtasis ese momento de crisis existencial en el que sujeto se vuelve sobre lo ya recorrido y se cuestiona todo lo que ha dado sentido a la vida". Sólo queda, pues, volver al oficio de la escritura para tratar de dar un sentido a la existencia.

   Logogrifo, uno de sus libros más herméticos, constituye una suerte de enigma a descifrar, tal como lo anuncia el último texto, que lleva el título del volumen: Indagad en la palabra / y descubrireis mi enigma, declaración que resulta válida al abordar una lectura atenta de toda su obra poética. El poema es, pues, en este libro un enigma breve: “Las cortas dimensiones del enigma”  ("Terrero").  El texto se divide en cinco secciones o estancias que igualmente pueden ser, al modo de una composición musical, cinco movimientos. El sujeto poético pasa por una serie de transformaciones interiores enfrascado en una iniciación hermético-verbal que tendrá que ver con la alquimia, con la magia, el chamanismo. A través de todo el libro se habla de metales derretidos, hierros imantados, plata viva, sal ácida, agua y fuego, materias infectadas de azufre;  igualmente se nombran arcanos visores, incienso, hongo, azufre, mercurio, argamaza.
   Este proceso de desciframiento y despojamiento interior, de disolución del yo, se presenta a través de un lenguaje -alquimia verbal- construido por fragmentos aparentemente inconexos que reconstruyen una imagen desdibujada, pero esencial; un lenguaje que se torna hermético; el poeta juega con la paradoja, con lo interior y lo exterior, con la dualidad entre lo abstracto y lo concreto, el sujeto y el objeto, sustentados en una escritura de versos cortados e inconclusos, de notaciones crispadas - abiertas a las tendencias adivinatorias del alma -, donde, a través del espejeo imaginístico y metafórico, el sentido se hace impreciso oscureciendo el significado del texto:

Hacia cualquier parte
es ninguna

conmigo por dentro

donde el freo
y la soledad tan vasta

sin adentro
     ("Sin adentro")

   Por medio de una suerte de experiencia unificadora, el sujeto percibe una revelación de la identidad personal del yo íntimo, en la que se aproxima a un "renacimiento", como un Ave Fénix:

Subida frenética
al abismo

al intestino de fuego
hacia la ceniza amarga
         ("Dentro")

   En este estado revelador también vislumbra una instantánea de la muerte:

Desde la muerte
la mirada cambia
una palabra
   ("Desde la muerte")

   El paisaje se torna esencial: queda reducido a escuetos y desnudos versos:

Largor
improntitud de los cerros
    ("De lejanía")
.........................
De entre las piedras
tremedal
el río fijo
   ("De entre las piedras")

   ¿Qué queda, pues, al sujeto poético en este despojamiento ascéptico e iniciático? : La memoria perdida”  ("Paupero"). El agua y su claridad, finalmente, dejan ver: lenguaje desnudo, la mente despejada, abierta a la fijeza del instante; vislumbre del conocimiento, encuentro con el ser:

agua sólo
burbujas
 ("Monda")

   Finalmente, La muralla del último farol, libro escrito a finales de 1998, que puede leerse como un solo poema fragmentado en varias estancias anímicas, es un tributo a una suerte de cábala personal, donde palpamos al sujeto lírico extraviado ante una barrera misteriosa que le impide trascender más allá de ciertos límites. Y aquí pareciera que la poesía de López Meléndez está cerrando cierto círculo que arranca con sus primeros poemas y donde ya planteaba, entre otras cosas, la situación del yo extraviado en el laberinto del lenguaje.
   El yo, en este libro, se encuentra solo, deambulando en un oscuro e inhóspito erial, sin posibilidad de alcanzar un objeto erótico anhelado, anclado en la imposibilidad de amar:

“Sólo
me veo
el amor
íngrimo
cuando esa palabra
      se trasnocha”
 (“Cuando esa palabra se trasnocha”)

   Cuando nos referíamos líneas arriba a cierta cábala personal, no es que López Meléndez esté rindiendo tributo a través de este libro a la tradición cabalística, como referimos en la primera parte de este ensayo; su hermetismo radica en la alquimia verbal. Así, nuestro poeta vuelve por sus fueros temáticos, planteando así uno de los dilemas principales del poeta moderno, como ya lo habíamos señalado, y que es un leitmotiv en su poética: el drama del poder y la impotencia del lenguaje y sus implicaciones, tal como es experimentado en nuestro tiempo. El yermo psíquico del poeta en este libro ( está completamente ausente por primera vez en sus textos la presencia del agua ) describe el combate de una tragicididad ontológica que se lleva a cabo en su interior: la arena es la psique del poeta enfrentada a su obra, alejado de todo racionalismo, abierto al chisporroteo y sucesión de las imágenes. En el ensimismamiento de la mente, está, sin embargo, plegado a la conformación de una voz individual, intentando, simultáneamente, una liberación y una aniquilación del yo. El yo opulento y sensual de sus textos anteriores parece explorar aquí una nueva y extraña tierra donde, en una suerte de estado ascético, se encuentra extraviado ante “la muralla del último farol”.
   El dilema de la identidad y la otredad asaltan continuamente al yo lírico deparándole una situación de extrañeza. El yo sólo trasciende por medio del lenguaje y sólo por las palabras se arma el rompecabezas existencial. Las palabras brindan un ligero sosiego. Por la alquimia verbal accedemos a una iluminación de nosotros mismos, de la otredad, del erotismo:

“Saberte allí
con esta quietud del lenguaje
          en los días
          en este saber
     insignificante y doloroso
           de amante”

   La última parte de este texto, que lleva el mismo título del libro, anuncia los rasgos distintivos de esta poética. Como en otros libros suyos estudiados, existe, pues, una ambivalencia con respecto al lenguaje. En el poema “Falta” vemos que:

Cada palabra se ha ido
hacia allá
peregrina la oración

        en larga fila. Faltan en mí ahora
como consuelo”

pero, a la vez, es nuestro único asidero para iluminar la oscuridad del ser:

    “Tea
cirial
   Luz de cera
mechero en la argamaza clara”
(“Por si uno de esos”)

   Concluida esta lectura personal, a grandes rasgos, la certeza de que este poeta, a mi parecer está ubicado, sin duda alguna, entre las voces líricas de mayor vuelo de nuestra contemporaneidad; establecida así, es, a nuestro juicio, superior a muchas de las entronizadas como sólidas e, incluso, como tutelares en el panorama de la poesía venezolana.
                  
Ennio Jiménez Emán