lunes, 30 de mayo de 2011

Las nuevas formas del nuevo mundo




Teódulo López Meléndez

Un mundo termina, no cabe duda, y otro está en proceso de conformación. Debemos recurrir al pensador neomarxista Robert Fossaert (“El mundo del siglo XXI”) para dejar claro que el fin de un mundo no es un Apocalipsis. Como este autor bien lo dice “un mundo significa un período de la historia del sistema mundial formado por el conjunto de países interactuantes”. Al fin y al cabo, este nuevo mundo que se asoma no es más que una acumulación en proceso de modificación de todos los mundos anteriores que se sucedieron o coexistieron.

El nuevo mundo es un entramado complicado de dimensiones donde juegan desde las técnicas de producción hasta las estructura políticas que crujen y las nuevas que se asoman, desde el multiculturalismo hasta la conformación de una economía mundial, desde la caída del viejo paradigma de que las relaciones internacionales sólo podían darse entre Estados hasta el asomo de este nuevo mundo donde puede hablarse de los mundos en plural.

El hombre de este nuevo mundo está marcado por los viejos paradigmas, lo que Alvin Ward Gouldner (“La crisis de la sociología occidental”) llama la “realidad personal”. Esto es, las ideas prevalecientes en el mundo que hemos conocido, en el cual hemos vivido. El hombre de la transición enfrenta el desafío de comprender las formas emergentes con convicciones pasadas. En buena medida, pensamos nosotros, se reproduce en él la dualidad de lo emergente, dado que vive, y procura aumentar, una interiorización aldeana y una ansiosa búsqueda del nivel mundial. El hombre vivía sujeto a su nación, a su localidad, al Estado que le daba –al menos teóricamente- protección envolvente. La existencia de otros como él en otra cultura y en otro mundo organizado la suplantaba con el estudio o con el viaje, pero ahora se enfrenta o se enfrentará a una auténtica pluralidad de mundos con un sistema de redes que se moverán horizontal y verticalmente, uno donde se hará, por fuerza, ciudadano global y en el cual deberá ejercer una democracia en proceso de invención. Ya no habrá mundos autárquicos como los que describe Fossaert (Ibid) en el inicio de su obra, volcados hacia adentro, apenas transformados por el comercio lejano. Ya tampoco seguirá vigente esta multiplicidad de Estados (en el siglo XX, en 1914, antes de la guerra mundial, eran 62; en 1946, sumaban 74; en 1999 se integraban a la ONU 193; en este momento 192), este exceso de Estados que tanto ha contribuido al desmoronamiento de la vieja concepción de relaciones internacionales y que en América Latina se refleja en los microestados del Caribe que constituyen una contribución nada despreciable a la infuncionalidad de la OEA. Por lo demás, apreciamos como la línea divisoria entre conflictos internos y conflictos internacionales ha desaparecido o tiende a desaparecer.

La vieja frase “el mundo es ancho y ajeno” (Ciro alegría) deja paso a un mundo propio donde estamos obligados a incidir. Si cito a Goldner, experto en burocracia y buen alumno de Max Weber, (Sociology of the Everyday Life en The Idea of Social Structure: Papers in Honor of Robert K. Merton, La sociología actual: renovación y crítica, La dialéctica de la ideología y la tecnología), otro pensador norteamericano considerado neomarxista, aunque el calificativo es polémico y no exacto, es porque si alguien cuestionó la sociología actual fue él. Y porque insistió en el recurso de la “reflexividad”, tan necesaria al hombre de este mundo en transición, la necesidad de una profundización en el “sí mismo”. Goldner exigió mucho a los intelectuales en el sentido de pensar sobre su propio pensamiento y a la sociología que se criticara constantemente sobre su propia razón de ser. Lo digo, porque si en alguna parte conseguimos estancamiento es en las ciencias sociales y en la politología en particular. Goldnerd exige la comprensión histórica de la conciencia presente. Lo que creo es que buena parte de la crisis presente es una crisis de ideas

Atrás quedan la despolitización y el individualismo autista. Las nuevas formas del nuevo mundo llaman a la injerencia. Se trata del ejercicio de una política ciudadana, de una relación muy distinta del viejo paradigma ciudadanos-autoridad.

teodulolopezm@yahoo.com

martes, 24 de mayo de 2011

Internet y los nombres de las revueltas




Teódulo López Meléndez

El presidente Sarkozy ha convocado en París una especie de cumbre sobre lo cibernético antes que los poderes mundiales económicos se reúnan. El poder de Internet es el tema, sobre el tapete por la revolución árabe y hasta por el M-15 español, lo que nos obliga a algunos recordatorios.

La crisis económica de la hoy hablamos comenzó, sin lugar a dudas, en los años setenta, con tres factores: el bloqueo petrolero a occidente, la internalización del capital y, finalmente, la caída del bloque socialista, todos ayudados por el feroz ataque neoliberal contra el Estado.

El primer factor mostró una cara inédita: la crisis del modelo de crecimiento y acumulación en occidente, con una consecuencia política grave: el Estado de bienestar flaqueaba y la ruptura de las condiciones que permitían el arbitraje de los conflictos en el plano social. El segundo conllevaba a una redistribución del poder que ya no respetaba marcos nacionales: el capital perdía su rostro, se movía en un plano mundial, sin nacionalidad y sin escrúpulos de respeto a los viejos marcos. El tercero mostraba la caída militar, de dominio, de control por parte de los polos en que el mundo venía funcionando. La caída del bloque soviético no dio paso a un mundo unipolar y al fin de la historia, sino a un proceso de confusión donde el imperio norteamericano restante daba sus nuevos pasos militares que no representaban otra cosa que los estertores de una manera de ejercer el poderío económico y militar, hasta llegar a lo que ahora tenemos, esto es, unos Estados Unidos tratando de mantener su influencia en una indefinida actuación colectiva y multilateral. En otras palabras, moría el Estado Tutelar.

En lo económico, como suele suceder, se encuentran las fuentes de variados cambios en la estructura política. La imprevisibilidad de lo económico conduce al Estado a la impotencia, todo debe ser provisional y de ajustes momentáneos, la demanda y la inversión se confundieron con los abusos de una especulación financiera desatada bajo la sin razón y la falta de escrúpulos que llevaron a la más reciente crisis. En este cuadro el Estado-nación ya no sirve para la expansión del capital –internacionalizado por cuenta propia- e impotente para los compromisos sociopolíticos.

Los espacios económicos nacionales se ven cada día más limitados. Si recordamos el traslado de la producción de bienes a sitios con mano de obra barata podremos afirmar que se ha producido una transnacionalización de la producción. Hoy se produce en redes globales lo que conlleva también a una reconfiguración del espacio social. Verifiquemos el retroceso de la hasta ahora llamada clase obrera y la disolución persistente del sindicalismo, a lo que debemos sumar la reducción de la clase media.

El contrato original descrito como base del Estado-nación viene socavado pues cada día el ciudadano no encuentra respuesta en su cesión de derechos a ese ente supra llamado Estado. Ello forma parte de la evidente crisis de las instituciones políticas y del desplome de los llamados “dirigentes”.

Los problemas se han globalizado y ya el Estado-nación no tiene modo de alcanzarlos. El problema de la contaminación, con la destrucción de la capa de ozono; la propagación del terrorismo; del SIDA o de otras virosis; el sistema financiero internacionalizado; el potencial nuclear; el narcotráfico; la pobreza extrema. Problemas todos que han obligado a la creación de organizaciones transnacionales o supranacionales donde la palabra soberanía se ha hecho hueca.

Las instancias locales de poder están a la orden del día. Dentro de esta tendencia se inserta el reclamo de descentralización administrativa, pues cada región quiere manejar sus asuntos, desde los hospitales hasta la policía. Cabe destacar que esta tendencia universal sólo es contrarrestada en países como Venezuela, donde el régimen considera necesario acumular todos los poderes.

La conformación de los bloques regionales altera los sistemas geopolíticos de seguridad global. Las decisiones claves no se toman en el marco del Estado-nación, ni siquiera en continentes como el latinoamericano donde todos los procesos de integración jamás pasan de la fase embrionaria.

Y llegamos al propósito de la cumbre convocada por Sarkozy y al efecto sobre el mundo árabe y sobre España: las nuevas tecnologías de la comunicación. Los ciudadanos lo son cada vez más de otro espacio distinto del propio territorio, lo son del ciberespacio, de un terreno universal donde se forman nuevas redes de intereses y de intercambio cultural que excede con creces los viejos límites.

Ahora se determina y se actúa en términos globales. Ya no hay un espacio territorial propiamente dicho como base de acción. La tendencia es a la desterritorialización. Hoy existen ONG que intervienen en campos específicos en situaciones que ocurren en cualquier lugar del mundo. Ello marca otro tipo de organización que interviene en los procesos globales, pues están integradas por personas que pertenecen a diversas nacionalidades. Ejercen poder en cuanto inciden en modificar situaciones, desde ambientales hasta políticas, desde económicas hasta geoestratégicas. Así, un ciudadano venezolano interviene en la crisis de Birmania junto a un inglés o a un sudafricano, uniendo esfuerzos y recurriendo a la moderna tecnología de la comunicación.

Hay un nuevo modo de ser ciudadano y en él se entremezclan el refugio en lo local con una participación intensa en el destino del planeta todo. En medio queda el Estado-nación, aún superviviente, pero advertido de término de su existencia. Si la construcción del Estado-nación fue un proceso de siglos la formulación jurídica de un Estado global tardará, pero no siglos, gracias a las nuevas tecnologías.

La impotencia del Estado-nación obliga a buscar un envoltorio protector sustitutivo del antiguo contrato de cesión. No es por casualidad que hasta una plaza sea un refugio. Ello implica un renacimiento de las aspiraciones comunitarias ante la consecuencial pérdida de la protección que otorgaba aquél. Es curioso sólo en apariencia: la sacudida española se ha llamado a sí misma en inglés: spanish revolution.

teodulolopezm@yahoo.com

lunes, 16 de mayo de 2011

El abandono de la inutilidad




Teódulo López Meléndez

La situación venezolana no admite lecturas lineales o simplistas. Vivimos una hipercomplejidad que hay que analizar recurriendo a “pensamiento complejo” y/o a “pensamiento lateral”. Esto de Venezuela es lo que podríamos denominar un “conjunto borroso”, uno donde habría que hacer un abordaje analítico con conceptos como caos y fractales. La razón lógica siempre conduce a los mismos resultados y en nuestro caso esa parece ser la consabida frase de “no hay salida”. Es necesario plantearle al país que existe una “virtualidad real” en la cual cambia el concepto de poder y las experiencias engendran nuevas realidades.

Hemos perdido la capacidad de multiplicar los enfoques y actuamos desde una mirada tradicional que preside a los dirigentes como el cuento de la zanahoria delante. La zanahoria la porta el régimen y el burro sigue mansamente detrás. Hay que recurrir a una dinámica no lineal, a la invocación de análisis capaz de partir de una dinámica caótica, hay que fomentar un sistema organizativo autógeno. No estamos ante una sucesión lineal de causas y efectos. Desde este punto de vista podríamos reproducir el viejo cuento del vaso medio lleno o medio vacío para asegurarle a los venezolanos que esto no es un desorden sino la génesis de un nuevo orden.

No hay legitimación omnicomprensiva en esta Venezuela de hoy. Estamos movidos por un pensamiento débil. Se requiere de un pensamiento que hable de la verdad. Hay que recurrir a un paradigma de la complejidad contrario a la inmovilidad y sepultar los conceptos estáticos. Requerimos una sociedad instituyente.

El ser venezolano se muestra escindido, falsamente ilusionado y entregado. Sucede porque el país se mueve en el seno de paradigmas agotados, en un mundo viejo. Las viejas maneras conducen a ninguna parte.

Es lo que le propongo al país, que se haga una sociedad instituyente. Lo que ahora corresponde es proponer una nueva lectura de la realidad, esto es, la creación de una nueva realidad derivada de la permanente actividad de un república de ciudadanos que cambian las formas a la medida de su evolución hacia una eternamente perfectible sociedad democrática El vencimiento de los paradigmas existentes, o la derrota de la inercia, debe buscarse por la vía de los planteamientos innovadores e inusuales.

La inutilidad de los viejos paradigmas queda de manifiesto cuando el hombre comienza a sospechar que ya no le sirven exitosamente a la solución del conflicto o de los problemas. Está claro que la revocatoria de los anteriores requiere de un esfuerzo sostenido pues se deben revalorar los datos y los supuestos.

La sociedad venezolana es víctima de los males originados en la democracia representativa, una que no evolucionó hacia formas superiores. La sociedad venezolana se acostumbró a delegar y se olvidó del control social que toda sociedad madura ejerce sobre el poder.

Lo que pretendo al hablar de ciudadanía instituyente no se refiere a un mito fundante. Me refiero a un agente (al agente) que impulsa permanentemente una democratización inclusiva. Hay esperanza, porque de la nueva ética saldrá racionalidad en la nueva construcción. Ello provendrá de la toma de conciencia de una necesaria recuperación (no del pasado, en ningún caso), sino del sentido. El país que las “élites inteligentes” deberán liderar es uno en lucha contra las distorsiones, una basada en una lógica alternativa. Pasa porque los ciudadanos tomen como nueva norma de conducta la no delegación, lo que a su vez implica la asunción del papel redefinidor lo que la hace responsable en primer grado.

Es mediante el pensamiento complejo que se puede afrontar el laberinto propio del siglo XXI, pues la mezcla de elementos previsibles e imprevisibles, fortuitos, causales o indeterminados, replantea con toda su fuerza el abandono de la inutilidad.

teodulolopezm@yahoo.com

martes, 10 de mayo de 2011

La universidad fuera de tiempo: proyecto país




Teódulo López Meléndez

La universidad, en términos globales, dejó de ser el único centro de educación superior y de investigación científica. Es su pérdida de hegemonía la que la sume en la presente crisis. La universidad con las atribuciones que le endilgó el siglo XX ya no puede continuar. Ello se manifiesta en nuestra propia realidad. Es de allí que un gobierno venezolano como el actual trata de intervenirla para hacer de ella un centro de ideologización favorable a su proyecto y es de allí que una universidad con los ojos tapados no percibe que no se trata simplemente -vía recorte de recursos- de un intento de doblegarla, sino de un propósito que encuentra sus bases en el objetivo claro de ponerla al servicio de un proyecto aprovechándose de su crisis incomprendida por los propios factores que la dirigen.

De aquí se desprende que el sostenimiento de una lucha en procura de que el Estado renuente financie lo que no quiere financiar, con todas las implicaciones que ello ha conllevado en la historia reciente, es una muestra clara de incomprensión de su propia crisis. La limitada solicitud de los estudiantes por mejorar un comedor o el transporte es una muestra de falta de visión.

En el primer mundo las universidades siguen siendo las formadoras de élites porque allí aún se sostiene un proyecto de país y estas instituciones están perfectamente insertadas en él, aunque para ello cobre matrícula generalmente muy alta. La universidad venezolana ha reducido considerablemente su producción de cultura y de pensamiento crítico lo que la coloca en una situación de pérdida de legitimidad y la hace vulnerable. No es, pues, sólo el enemigo externo encarnado por un gobierno que sí sabe para que la quiere, sino también, y en el mismo porcentaje, el enemigo interno el que las carcome.

La universidad debe tener autonomía para definir sus valores, pero no puede escapar a la confrontación con la realidad externa. La universidad ha perdido su carácter intelectual y su influencia sobre el marco social que la envuelve.

Mientras, entre nosotros, el Estado está dejando de considerar a las universidades autónomas un bien público a financiar, lo que tampoco puede conducir a una especie de privatización, sino a una toma de conciencia. Hay detalles específicos del presente régimen autoritario, pero también un enemigo interno, el que pretende conservarlas como fueron a lo largo del siglo XX.

El deterioro de la universidad ha sido progresivo, faltan equipos, el personal profesoral está muy mal pagado y la investigación se ha reducido notablemente. La reacción de la universidad es responder con protestas frente al Estado que ya no la financia. Además, en esta pérdida de gran institución fundamental incide la tecnología misma con sus rápidos sistemas de información. El mundo se está aproximando a lo que hemos denominado una sociedad del conocimiento y ello exige capital humano formado y transferencia a gran velocidad de capacidades cognitivas. En este mundo que se asoma ha cambiado la relación entre los consumidores de conocimiento y de quienes se supone los imparten en la ya no única institución llamada universidad. Ya el poder del docente en clase no es tal. El poder es de las tecnologías pedagógicas localizables en Internet. Ya el conocimiento universitario se ha hecho insuficiente en la medida en que el mundo naciente exige conocimientos plurales de fuentes plurales para atender a un mundo que cada día deja más de parecerse al siglo XX. Es decir, el conocimiento necesario viene de espacios más abiertos que los cerrados de la universidad. Con la palabra “empoderamiento” describía en mi último libro publicado el clima general de absorción de su destino por parte de los pueblos. Ahora, en pocas palabras, la valoración que el cuerpo social naciente hace de la universidad no es el mismo del siglo pasado y ello conduce a un cuestionamiento que debe ser atendido mediante nuevas alianzas extramuros por parte de las universidades. Aún una universidad que produjese ciencia estaría cuestionada, pues ahora estamos en medio de una fractura, una que la lleva a defenderse de las circunstancias por medios equivocados y a encerrarse en una impermeabilidad que la limita a la defensa de la autonomía y de la libertad de cátedra sin darse cuenta que no podrá conservarlas si no entra en una reforma muy profunda.

En este sentido, el presente gobierno quiere atar estas instituciones a un proyecto que conocemos, mientras la universidad anda al garete sin uno que asumir. Más aún, incapacitadas de tratar de generar uno. En consecuencia hay que redefinir lo que es universidad. He dicho que la reforma deben hacerla los universitarios sin interferencias y por ello he sugerido que bien pueden cancelarse los pasivos y deudas y exigir que esa reforma las haga adaptarse a los tiempos presentes y a su colocación en lugares importantes entre los centros de conocimiento del mundo.

Una universidad incapaz de autointerrogarse no encontrará las puertas de salida y será presa fácil. La mejor prueba son los movimientos estudiantiles que limitan sus exigencias al comedor, al transporte y a las becas, necesarios todos sí, pero que muestran una cortedad mental prueba eficiente de que la universidad no los está formando debidamente.

Si la universidad es incapaz de inquietar hacia una transformación ideática, por una vía u otra el Estado que la financia le impondrá su propia concepción. Más aún si insiste en mantenerse tal como fue, pues ello equivale a asumir el proyecto de un país que ya no existe. Si la universidad no reacciona y no va a reforma terminará de perder toda legitimidad. Entonces no cabrían más que los buenos deseos de que la orientación sea democrática, consciente y alentadora hacia la libertad y la pluralidad del conocimiento.

teodulolopezm@yahoo.com

miércoles, 4 de mayo de 2011

Cuando el cuerpo social tome el poder

Teódulo López Meléndez

La sociedad venezolana tiene un poder que no parece saber tiene. La sociedad venezolana parece no haber aprendido a rescatar lo que es suyo. La sociedad venezolana es víctima de los males originados en la democracia representativa, una que no evolucionó hacia formas superiores. La sociedad venezolana se acostumbró a delegar y se olvidó del control social que toda sociedad madura ejerce sobre el poder. Atenuantes tiene esta sociedad postrada, como las manipulaciones y engañifitas a que fue sometida, pero eso no la justifica.

La sociedad venezolana se acostumbró a esperar al líder providencial, a esperar instrucciones, a depender de las degeneradas estructuras que de instituciones intermediarias pasaron a ser collar de hierro para la obediencia. La sociedad venezolana se convirtió en un corderillo manso dispuesta a ser “políticamente correcta” para permanecer en los resquicios de lo permitido y de lo tolerable. Fue así como la sociedad venezolana se convirtió en lo que es hoy, una sociedad instituida sobre bases endebles y sobre mecanismos degenerados.

La praxis política cotidiana sólo sirvió para alimentar oligarquías partidistas, para crear gremios y organizaciones de diverso tipo encerrados en sus intereses particulares. Así, la sociedad venezolana delegó todo, desde la capacidad de pensar por sí misma hasta la administración de sus intereses globales. La sociedad venezolana se hizo indiferente, se convirtió en una expresión limitada al chiste y a la burla, al desprecio exterior hacia las élites, pero una zángana incapaz de protagonizar una rebelión en la granja.

El gobierno que vino como consecuencia lógica de un cansancio interior y de un derrumbe de lo ya insostenible, contó con la anuencia de esas élites de lo caído, pretendidamente gatopardianas, que soñaron que todo cambiaba para que nada cambiara. Sólo que nunca se leyeron El gatopardo de Lampedusa y jamás se dieron cuenta que había en el texto del príncipe siciliano mucho más que la cita trillada que es lo único que se conoce de esa novela.

Demos pasos hacia una democracia del siglo XXI en la cual se practica la libertad como ejercicio cotidiano de injerencia. En otras palabras, trastocar lo que ha sido hasta ahora la relación entre sociedad e instituciones. La sociedad instituyente debe ser imaginativa y conseguirse las formas y los métodos. La sociedad instituyente debe transformar la realidad. La democracia tiene que pasar a ser la encarnación de esa posibilidad. Sólo lo puede lograr una sociedad instituyente que es mucho más que una recipiendaria del poder original, pues lo que tiene que ser es un cuerpo vivo, uno capaz de generar antídotos y anticuerpos, medicina y curas, transformación y cambio.

II

Un cuestionamiento profundo es rechazado por alterar lo establecido y las instituciones apenas reciben un rasguño que le permiten continuar su camino de manera autónoma en relación al cuerpo social.

Estas instituciones dialogantes de la democracia representativa son lo que denominamos burocracia. Frente a este anquilosamiento se alza lo que hemos dado en llamar poder instituyente. Este poder instituyente debe estar en capacidad de pasar por encima de lo instituido y producir otro cuerpo social con características derivadas del planteamiento teórico que la llevó a insurgir. En otras palabras, deben poder pasar sobre el poder, no sólo el que encarna el gobierno, sino las propias formas que la sociedad instituida ha generado y que la mantienen inerme. En otras palabras, la sociedad instituyente debe servir para crear nuevas formas y no una repetición de lo existente. En el caso venezolano tenemos una sociedad instituida de características endebles, bajo la presión de las instituciones secuestradas por el régimen “revolucionario” y cuyas decisiones de resistencia están en manos de partidos débiles que se reproducen en los vicios tradicionales de las organizaciones partidistas desaparecidas y que en el fondo no hacen otra cosa que indicar una vuelta al pasado, a las instituciones de la democracia representativa con diálogo, consenso y acuerdos, sin alterar para nada la esencia de lo instituido.

Seguramente debemos ir hasta Cornelius Castoriadis para dilucidar que detrás de todo poder explícito está un imaginario no localizable de un poder instituyente. Así, se recuerda que los griegos, cuando inventaron la democracia trágica, acotaron que nadie debe decirnos como pensar y en el ágora se fue a discutir sobre la Polis en un proceso auto-reflexivo. De allí Castoriadis: “Un sujeto que se da a sí mismo reflexivamente, sus leyes de ser. Por lo tanto la autonomía es el actuar reflexivo de una razón que se crea en un movimiento sin fin, de una manera a la vez individual y social”.
Ahora bien, de la democracia griega hasta la democracia representativa han pasado muchas consideraciones teóricas, hasta nuestros días cuando se habla de una democracia participativa. En otras palabras, la política ha desaparecido, en el sentido de la existencia de ciudadanos libres que permanentemente cuestionan reflexivamente las instituciones y a la sociedad instituida misma.

Épimélia es una palabra que implica el cuidado de uno mismo y que da origen a la política. La libertad propia de la política ha sido exterminada, porque lo que se nos impone es como “pertenecer”. Apagar, disminuir, ocultar y frustrar el espíritu instituyente es una de las causas fundamentales de que los venezolanos vivamos lo que vivimos. Ahora tenemos al nuevo poder instituido tratando de crear un imaginario alterado al que no se le opone uno de liberación, en el sentido de soltar las posibilidades creativas del cuerpo social. En realidad lo único que se argumenta en su contra es la vuelta a la paz, a la tolerancia, al diálogo, manteniendo incólumes las viejas instituciones fracasadas. Alguien argumentó que siempre hay un porvenir por hacer. Sobre ese porvenir las sociedades se inclinan o por preservar lo instituido o por soltar las amarras de lo posible. En Venezuela debemos buscar nuevos significados derivados de nuevos significantes. Si este gobierno que padecemos continúa impertérrito su camino es porque los factores que lo sostienen se mantienen fieles a una legitimidad imaginaria. La explicación está en una sociedad instituyente constreñida, sin capacidad de poner sobre el tapete la respuesta al futuro. Ya los griegos sabían que no podrá haber una persona que valga sin una polis que valga.

Pese al anuncio de que en Venezuela había una “revolución” lo cierto es que vivimos en lo instituido y, por si fuera poco, en un instituido aún más degenerado. Lo religioso (Chávez parece un pastor protestante norteamericano) ha sido un factor determinante del fracaso. Este gobierno ha negado lo instituyente imaginario y ha tomado el camino de un imaginario instituido. Se está basando en una legitimidad de la dominación, lo que hace imposible la transformación de la psiquis y su proyección hacia lo concreto histórico-social.

La transformación comienza cuando el cuerpo social pone en tela de juicio lo existente y suplanta el imaginario ofrecido. Se requiere la aparición de una persona con su concepción del Ser en la política, uno que se decide a hacer y a instituir. El planteamiento correcto es inducir que la vida humana no es repetición, y muchos menos de los enclaves políticos, y encontrar de nuevo en la reflexión y en la deliberación un nuevo sentido. No estamos hablando de una “revelación” súbita sino de la creación de un nuevo imaginario social. Así, sin llenarse de ideas y pensamiento sobre el futuro por hacer no será posible cambiar lo existente. La posibilidad instituyente está oculta en el colectivo anónimo. La democracia es, pues, cambio continuo. Todo proceso de este tipo transcurre –es obvio- en una circunstancia histórica concreta. En la nuestra, en la de los venezolanos de hoy, no podemos temer a lo incierto del futuro. Será cuando el cuerpo social tome el poder.

teodulolopezm@yahoo.com