viernes, 26 de noviembre de 2010

La señora Irlanda acepta ayuda




Teódulo López Meléndez

Nuestras miradas estaban centradas en las manifestaciones de París y en segundo lugar en las que ocurrían en Italia, cuando se produjo la sorpresiva declaración de Angela Merkel proclamando la muerte de la Alemania multicultural.

La reflexión debe comenzar por alguna parte y la primera que nos viene a la mente es la crisis económica, que es apenas un ángulo dentro de una crisis humana, psicológica y cultural. Mueren más europeos de los que nacen y eso absorbe ingentes sumas en jubilaciones –detonante aparente de la crisis francesa- que se pretenden reducir con aplazamiento de la edad de retiro.

Los tres países que nos motivan inicialmente –Francia, Italia y Alemania- han estado violando el pacto de estabilidad acordado cuando se lanzó el euro. Los repetidos No a la Constitución Europea, el retorno de los viejos complejos nacionalistas entre los sectores excluidos del bienestar, un reclamo desde los más ricos por sus aportes en beneficio de los más pequeños, enfrentamientos o discordias en materia de política exterior, son algunos de los elementos a enumerar en esto que llamaremos la crisis de Europa.

La huida hacia los nacionalismos evidencia un fracaso. Por otro lado se argumenta que no han sabido las élites construir una verdadera Europa sino una especie de patchwork institucional basado sobre equilibrios que en nada contribuye a la mejoría real de la vida. Hay, pues, una crisis de confianza. Y la vertiente económica que afecta al empleo y las prestaciones sociales. Surgen así los ultranacionalistas, con tintes xenófobos y claramente fascistas. El paro, las privatizaciones de algunos servicios públicos y sobre todo la impotencia política hacen mella.

No se pueden negar los esfuerzos hechos sobre estas vertientes sociales. Desde el 2008 fue anunciado un paquete de 200.000 millones de euros por la Comisión Europea en noviembre de 2008; se han simplificado los criterios del Fondo Social Europeo (FSE), y en el Fondo Europeo de Adaptación a la Globalización (EGF), así como se ha instituido un Instrumento Europeo de Microfinanciación y la Estrategia Europea de Empleo, que es uno de los pilares de la estrategia que sigue proporcionando un marco para que los Estados miembros emprendan una acción coordinada para fomentar el empleo en el contexto de la crisis; si alguien advirtió fue Felipe González, que dirige el Grupo de Reflexión sobre el Futuro de Europa. González pintó un panorama realmente crudo ante los dirigentes socialistas europeos reunidos en Madrid. Subrayó la debilidad de la Unión por la crisis institucional, la crisis económica que en su opinión "no se resolverá en 2009 ni en 2010", y advirtió de "la pérdida de competitividad y productividad, sin la cual no habrá cohesión social". Y puso al descubierto las torpezas de la UE en política migratoria al recordar que "habría que agradecer a los inmigrantes que los europeos tuviéramos pensiones". Frente a esta advertencia Francia expulsa a los gitanos y Merkel proclama que ha muerto la Alemania multicultural.

Surgieron problemas graves en Grecia y menos vistosos en Portugal y España. Los mercados financieros siguieron inquietos: grandes franjas del sistema bancario europeo estaban ampliamente subcapitalizadas. De acuerdo con las estadísticas del BCE, los bancos de la eurozona tenían alrededor de 20 euros de pasivo (incluida deuda interbancaria) por cada euro de capital y reservas. Esto implica que por cada pérdida de capital de un euro en algún banco, habría aproximadamente 20 euros de deuda dudosa.

En pocas palabras, Europa se convirtió en el segundo escenario de la crisis financiera global, a pesar de la creación de un Instrumento de Estabilidad Financiera Europea (EFSF por su sigla en inglés). Tal vez porque el dinero se utilizó para financiar gobiernos que necesitaban financiar a sus bancos. Por otra parte los países de Europa Oriental se dividieron entre avanzados y atrasados Hungría, Rumania y los países del Báltico recibieron la mayor presión. El proteccionismo económico y la xenofobia nacionalista de las grandes potencias europeas han establecido una fisura con los países del Este. The Times sentenció: “El sistema bancario es insolvente, el desempleo se acelera, los ingresos por impuestos caen, los mercados están en un estado de choque, la construcción se derrumba, los déficits aumentan vertiginosamente y la confianza de los consumidores sufre una masiva contracción en todo el sistema que podría salirse de control". En este contexto se produjo una primera decisión irritante de Francia al conceder préstamos y subsidios a sus fabricantes de automóviles (6.000 millones de euros), pero con la condición de que las empresas mantuviesen el empleo en Francia y bajo ningún pretexto llevaren parte de su producción a República Checa, Eslovaquia y Rumania, países donde Peugeot-Citroën y Renault tienen plantas de ensamblaje. Suecia también siguió medidas similares. Italia, que tiene a Fiat operando en Polonia, también ha dado incentivos al sector en el mismo sentido, mientras que Alemania -con producción en Eslovaquia, República Checa, Hungría y Polonia- puso en marcha un plan similar.

Los jóvenes huyen de España por millares, en general no encuentran manera de hacer carrera ni recursos para la investigación ni salarios atractivos. Europa vive lo que parecía un mal endémico latinoamericano: la fuga de cerebros. Europa se hunde en nacionalismos chauvinistas, en odios étnicos o a las divisiones como las que parecen deseosos de protagonizar flamencos y valones. Hay una subyacente barbarie política que no encuentra alivio en su extraordinaria historia cultural del pasado. Italia se consume en el consumismo, valga el pleonasmo y ya no es el esplendoroso hogar de la poesía o de la filosofía. Francia no se reconoce en los inmigrantes. La señora Merkel cede antes las encuestas que muestran la creciente xenofobia. Europa ya no es un ejemplo.

Algo menos de cien mil millones de euros para salvar a Irlanda y la estabilidad monetaria europea. Falta el acuerdo para salvar la estabilidad del alma europea.

teodulolopezm@yahoo.com

miércoles, 17 de noviembre de 2010

El pensamiento como forma de realidad






Teódulo López Meléndez

I

El mundo parece un paciente diagnosticado al cual no se le ofrecen demasiadas esperanzas. Desde la organización mundial o regional de los Estados hasta el problema del agua, desde enfermedades sociales hasta el problema de los refugiados, por doquier se enlistan las calamidades y los desajustes.

La queja recurrente sobre el agotamiento de la ONU o sobre la inoperancia de la OEA son respondidas con ofertas de cambio que no se materializan. Estos mal llamados organismos internacionales, dado que no son otra cosa que intergubernamentales, padecen los latidos de sus integrantes en busca de oxígeno.

No obstante, en este período de transición de viejas formas a formas aún borrosas, los organismos intergubernamentales cumplen una función esencial como lo es la de tratar de coordinar esfuerzos sobre este paciente llamado planeta.

Durante la Cumbre del Milenio celebrada en la ciudad de Nueva York, en septiembre de 2000, los 189 estados miembros de Naciones Unidas adoptaron la Declaración del Milenio. Este documento contenía un grupo de metas y objetivos clave, algunos de los cuales fueron redefinidos más adelante en una proyección de trabajo plasmada en la Declaración del Milenio. Las ocho metas fijadas son harto conocidas: Erradicación de la pobreza extrema y el hambre, acceso universal a la educación primaria, promover la igualdad de géneros, reducción de la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, combatir el VIH/SIDA y otras enfermedades, asegurar la sostenibilidad medioambiental y desarrollar asociaciones globales.

Sobre cada una de estas metas se han redactado extensos documentos de análisis y señalado las fallas de su implementación, así como mediciones necesariamente diversas sobre los avances logrados. Personalidades e instituciones u ONGs han incidido señalando particularidades como la desigualdad en el reparto de la riqueza antes que falta de ella, definiciones sobre exclusión, menciones sobre la feminización de la pobreza, los gastos militares, el acceso a la educación, el trabajo infantil, el derecho a la salud, esto es, un enriquecimiento de los conceptos sobre Derechos Humanos que se extienden desde lo civil y político, hasta lo económico, social y cultural.

A ello se suman los cientos de miles de refugiados que han debido abandonar sus hogares, las migraciones que desafían el concepto de espacio delimitado, la degradación del medio ambiente, todo lo cual implica la necesidad de una nueva colaboración todavía afectada por prácticas inefectivas, la implementación de nuevos y audaces métodos que permitan equilibrar de manera pareja la reducción de la pobreza y de la hambruna y un uso extensivo de la tecnología de la comunicación en ese combate.

Por encima de los listados afloran planteamientos de fondo, muchos de los cuales se ven obviados en la terca hipocresía de las relaciones mundiales.

II

La economía, alzada por encima de la política, puede conducirnos –de hecho nos conduce- a un aumento de las desigualdades entre países y entre seres humanos. Ya se ha señalado el peligro del surgimiento de una “sociedad disociada”.

Los patrones económicos cambian mientras los líderes mundiales se comportan como si todo se limitara a una crisis puntual, persistente pero superable con procedimientos habituales. Continuamos explotando fuentes de energía fósil con una voracidad creciente, pero paralelamente afectamos los mares, la agricultura y los bosques. El rendimiento de los alimentos, considerados por hectárea, han subido, pero generalmente a un precio nada deseable. Los medios de producción han cambiado a tecnología intensiva. Aquello que llamábamos campesinos sobreviven en zonas reducidas del planeta y no hay quien absorba la mano de obra sobrante por causa de la técnica o por mudanzas a zonas nacionales de mano de obra barata. Ha aparecido por todas partes lo que se ha dado en denominar “economía informal”, la cual ocupa en los países en desarrollo algo más del 50 por ciento de la población, dependiendo de continentes y zonas. Para producir se necesitan cada vez más conocimientos y ellos no parecen alcanzar a la parte del mundo donde hay que reducir la pobreza. Atraer la tecnología parece exigir condiciones que sólo países como aquellos que integran el BRIC u otros asiáticos logran ofrecer. Estados con gran burocracia –el Estado como supremo empleador- han tenido que afrontar disminuciones dramáticas para enfrentar déficits que hacían inviables sus economías. Por lo demás cabe recordar una vez la pérdida de poder de los Estados-nación inmersos en un proceso de reorganización política mundial que no termina de cuajar.

Frente a las metas del milenio crece la desigualdad entre países. Y es aquí, seguramente, donde brota en toda su dimensión la crisis política de un mundo globalizado que carece de mecanismos mundiales de poder efectivo, que funciona con organismos de posguerra y no de tercer milenio. Y, más aún, con una crisis conceptual de la política, con un envejecimiento inocultable de sus métodos y procederes que contrasta en años luz con los avances de la ciencia y de la técnica.
A pesar de los buenos propósitos de los objetivos del milenio la polarización entre ricos y pobres sigue estando allí, entre naciones, entre hombres y mujeres, causando serios planteamientos sobre la permanencia de la democracia e, inclusive, sobre la preservación de la paz. Las guerras parecieran no amenazar al siglo XXI desde la óptica tradicional. Ahora vienen de conflictos interétnicos (África ha sido un ejemplo patético), del racismo, de la xenofobia, del terrorismo, de los nacionalismos extremos renacidos como fogatas, de la intolerancia religiosa como se manifiesta en asesinatos masivos del otro.

Zonas específicas del planeta –caso Europa- deberán enfrentar el envejecimiento de su población mientras en ella aumenta la xenofobia hacia sectores migratorios a los que deben buena parte de su estado de bienestar. Ya dijimos que la palabra “campesino” abarca cada día a menos gente, lo que indica una concentración urbana cada vez mayor, al tiempo que las migraciones se le asemejan en volumen y en características. Al mismo, en muchas ciudades se forman barriadas casi sometidas a aun apartheid y que, de cuando en vez, estallan, produciendo destrozos generalizados. Se entremezclan los problemas, como lo hacen migración y urbanización. Como lo hacen unos y otros con el deterioro medioambiental que se manifiesta en los mares, en el aire y en la tierra. Parece asomarse la ética como tarea prioritaria.

La globalización avanza como fenómeno que se justifica a sí misma, un avance indetenible, mientras la política se estanca, o mejor se sumerge, para dar paso a tendencias autoritarias, a un eventual brote generalizado de totalitarismo. Hemos abogado por un encuentro de culturas, por un respeto a la pluralidad y a la diversidad. Sólo con tecnología no se puede, aunque la usemos para el bien del conocimiento y como una oportunidad única de aprender a respetarnos por el saber que adquiramos del otro.

III

Escasean los inventores de mundo. Se requieren protagonistas de la visión teórica de la política. Aquí las verdades se han derruido y hay que ir sobre las nuevas formas de la organización social. Lo que preside al mundo es la incredulidad. Los discursos viejos están deslegitimados. Alguien ha hablado de un cielo ahistórico. Si no hay planteamiento filosófico-político emancipatorio en el sentido de dotar al sueño de un corpus de ideas tampoco habrá emancipación de los graves problemas que nos afectan.

Nadie habla de un encierro. La filosofía se hace de teoría y praxis. Hay que desconstruir los viejos paradigmas y realizar los nuevos modelos partiendo de la realidad del hoy. Los que se dedican a cultivar el pasado pierden la capacidad de pensar. Este ser humano inteligente está por alzarse del envoltorio terrestre hacia la búsqueda de una nueva casa y debe reorganizarse hacia la aparición de un nuevo orden social. El que no se de cuenta que ha terminado una época jamás estará en condiciones de iniciar otra. El fracaso de las ideologías se debió al intento totalitario de envolver la historia, la naturaleza y la vida. Debemos hacernos de un pragmatismo atento a las incitaciones del presente y a los desafíos de las circunstancias teniendo en la mano las respuestas de una filosofía política renovada. El amontonamiento de hechos y más hechos al que nos fuerza este presente de transición exige pensamiento.

El origen unitario de la vida nos obliga a la concepción de un humanismo global hacia un comunitarismo de entendimiento y aceptación de la diversidad. La diversidad del mundo nos obliga a revalorizar la solidaridad en un gran gesto de conciencia. Tenemos deudas pendientes por saldar: el diálogo intercultural, la admisión y el respeto de las diferencias, la ruptura de los lastres a las viejas formas de organización política. El hombre de este tiempo vive la ruptura con un mundo que se tambalea. Hay que darle respuestas partiendo del principio de que el pensamiento es una forma de realidad.

La teoría política debe, pues, enfrentar al siglo XXI. Quizás el vacío provenga de la aplicación a las ciencias políticas del principio de que aquello que no fuese empíricamente demostrado quedaría fuera de significado. Es menester una pluralidad de ángulos de visión que la urgencia de encontrar una certidumbre sepultó. Ya no se requiere un corpus homogéneo, lo que se requiere es un intercambio fluido y permanente de diversas comprensiones. Algunos hablan de ofrecer no una mirada sistemática sino sintomática. Hablamos sobre una realidad, no sobre la inmortalidad del cangrejo. Es lo que otros denominan la teorización de la política y la politización de la teoría. Por ello hablamos de los problemas del mundo.

Tiene que haber una relación entre la teoría política y el funcionamiento de las democracias, hay que darle una respuesta común a las exigencias cotidianas de la democracia, por la muy sencilla razón de que la globalización ha tenido un efecto particular: todos los hombres, en buena medida, se están enfrentado a los mismos problemas, lo que para nada lleva al olvido de las particularidades, las que, por el contrario, se hacen manifiestas al pedir políticas de reconocimiento.

Sin pensamiento democrático renovado la tendencia será fuerte al enfrentamiento y al totalitarismo.

teodulolopezm@yahoo.com

jueves, 11 de noviembre de 2010

La ausencia de la función imaginante




Teódulo López Meléndez

Hemos tenido grandes avances en la informática, la tecnología espacial o la biología y en una creciente demanda a favor de los derechos de los homosexuales. Desciframiento del mapa genético, celulares con 3G, GPS y WiFi, la manipulación de embriones o la web 2.O, pero la política ha planteado retos que no han sido abordados con pensamiento complejo capaz de trazar coordenadas en este momento de la historia y de la cultura universal. Ha faltado, diría, la razón poética, esto es, la posibilidad de soñar las nuevas formas de organización comunitaria del hombre desde la luz de la conciencia hasta la creación de un cuerpo especular, lo que se llamaría la función imaginante.

La proclamación de la victoria de la técnica, la falta de sentido como nuevo sentido y la prevalencia del pensamiento débil debe ser contrarrestada con el fuerte resurgir del pensamiento. Es una caída vertical que venimos sufriendo desde más allá de esta década que termina en zona oscura. Si el ciudadano de este siglo deja de padecer como víctima y se decide a realizar las nuevas formas son bastantes probables los nuevos surgimientos, en especial en la política y en las ideas que deben envolverla.

Quizás podamos definir a esta sociedad de la primera década del nuevo milenio como una sociedad enmascarada que vive su sojuzgamiento como víctima. Es menester transgredir la oscuridad. Se transgrede en momentos de crisis. Ya Tucídides utilizaba la palabra en la Guerra del Peloponeso. Crisis las ha habido de todos los tipos y de todas las duraciones. Si la palabra crisis cabe se debe a causas endógenas en lo institucional, en lo cultural y en lo político, como lo hemos señalado en ya cinco ensayos donde hemos abordado la lectura del nuevo milenio. Está claro que esta turbulencia del presente es transicional hacia un nuevo mundo, pero el sistema social padece ahora tal sacudimiento que debe conducirnos a desechar componentes y a incorporar las indispensables innovaciones. De esta presente decadencia puede venir el colapso con la reaparición plena del totalitarismo o un renacimiento sobre las nuevas ideas y las nuevas formas políticas. Este es un tiempo de decisión, de empujones que alienten los nuevos caminos.

Los pasados supuestamente enterrados adquieren vitalidad en situaciones como la presente, lo que parecen olvidar los conservadores a ultranza que sólo confían en lo conocido que precisamente nos condujo a este punto. La acumulación de fallas puede conducir a una crisis general que se manifestaría en todos los ángulos, en el conjunto de lo que podríamos llamar la reproducción social, esto, es, lo que se acostumbra llamar ‘crisis mixta”, pero que en la presente década tiene como causa fundamental la política. Las crisis civilizatorias se enfrentan no con retornos sino con saltos hacia adelante. Con rigidez no se superan los marcos civilizacionales agotados. La economía siempre ha sido un factor político, aunque hayamos vivido su imposición por encima de la política, de manera que como concepto político hay que superar un modo de producción y arribar a una economía humana y solidaria. En otras palabras, estamos en un mundo envejecido y no podemos pretender que sólo con la técnica basta para el escape. No es posible la colocación de parches. No podemos responder así a la era de la incertidumbre. Esto es un laberinto fáustico, muy propio de las acciones humanas. Todo determinismo está excluido. No hay una determinación histórica causalista. La disutopía en que estamos envueltos abre las espitas para el pensamiento y las nuevas prácticas sociales. Hay que convencerse de que el pasado ha perdido su función, a no ser el propio de un muestrario de los caminos que nos condujeron hasta la situación presente. Los escenarios a desarrollar deben partir del ahora. Estamos inmersos en un presente que parece eternizarse y al cual debemos administrar una intensa dosis de pragmatismo e ideas. Carecer de estrategias derivadas de un pensamiento en ebullición equivaldría a sujetarlo a la espera del quiebre.

teodulolopezm@yahoo.com
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