lunes, 27 de octubre de 2008

El otoño y las letras




por Teódulo López Meléndez

El otoño provoca la floración de reflexiones sobre la vida, por ello está indisolublemente asociado al oficio de las letras. Gide , en páginas escritas en Neuchatel en noviembre del 47, y recogidas en Feullits D´Automne, se dedica a analizar las perspectivas de la fe y de las ideas, representando la relación otoño-final con gran fuerza; debemos recordar sus afirmaciones sobre la necesaria connivencia para ser sensibles a una estación: entrar en el juego, en suma.

La desnudez de las ramas y la resequedad de las hojas, tornadas las primeras desamparo y las segundas quejumbres, invocan las soledades interiores y los balances. Meditando al respecto vienen a mi memoria numerosas novelas donde el otoño aparece significativamente, envoltorios de situaciones y desarrollos, marco de conflictos y finales, también de inicios tumultuosos. Compruebo que numerosas obras fueron comenzadas en esta estación, que en innúmeros poemas se le refiere y que con incontables los relatos que comienzan por mencionarle. El otoño es bueno para la literatura. Trato de verificar si lo es también para la música y la pintura. Recuerdo, sí, "Las cuatro estaciones" de Vivaldi , aunque no sé si fue compuesta en otoño, y "La grappe de la Terre promise ", de Puossin , en El Louvre . De esculturas, Regnadeu en Versalles y Bouchardon en París. Parece extraño, al inicio, que una estación de desamparo y mudanza sea incentivo para la creación. Hay, sin duda, una reacción vital ante la proximidad de la desolación representada por el invierno, desolación, al fin y al cabo, temporal, dado que las plantas se recogen ante la inclemencia y en espera de la primavera para resurgir desafiantes de la mudez y del hastío. El otoño implica deseos de supervivencia, de voluntad de vencer las opacidades.

Dino del Bo escribió en Le belle lettere que un año sin otoño sería como un hombre sin corazón o como un hombre que no escuchara la voz de su conciencia. Es que el otoño es la estación del examen profundo ante la conclusión de un ciclo. El otoño tiene implícitas mudanzas y bellezas especiales. La naturaleza asume una excepcional gracia haciéndonos comprender todo cuanto ella nos dona. Los bosques son, inclusive, más bellos en otoño que en primavera y las flores son suplantadas por otras igualmente bellas que gustan de vivir entre la niebla; diría que hasta el punto de exhibir un rocío distinto asociable a la diversidad de tonos de las hojas amontonadas en las bases de troncos y tallos. Si a estos últimos dirigimos la mirada, podemos encontrar desprendimientos, tonalidades, variaciones y acoplamientos que nos hacen considerar la ayuda solidaria que se prestan en los enmarañamientos de las serranías y también en los atropellados parques urbanos. A medida que esta estación avanza hacia el invierno los crepúsculos se tornan caprichosos y podemos apreciar las torceduras y nudos de las ramas transferidas siempre a algún párrafo de novela o a algún verso igualmente anudado y desnudo.

Los crujidos de las hojas, el viento, el frío y la humedad, van parejos con la necesidad de retiro hacia los refugios, sea cuarto de pensión, casa confortable u ofrecimiento momentáneo teñido de promesas de perennidad. El otoño implica recogimiento interior. Es el festejo del creador al verse compelido por el tiempo exterior a iniciar un retiro siempre conveniente a su arte. Después del verano la naturaleza exige reposo. En la ciudad puede notarse la transición con el cambio de la luz solar a la luz eléctrica y, si se tiene la suerte de estar en el campo, se comprobará que un crepúsculo otoñal tiene siempre un esplendor mágico y que las nubes hacen caprichos desde su transparencia . En el otoño las golondrinas parten. Lamartine saluda los últimos días del otoño y contempla la hojarasca sobre la hierba mientras se pregunta sobre la suerte de los pájaros; quizás nadie conozca a fondo los secretos de su exilio; en todo caso, se compara a la hoja envejecida y pide a los tempestuosos aquilones ser llevado con ella.

El otoño acrecienta el silencio. El ruido intenso del verano da paso a una peculiar serenidad, a un silencio diverso de otras estaciones, a una quietud que podríamos llamar incitante. Es un cambio de ritmo más propiamente adecuado al latir del hombre, sentido siempre en forma especial por el escritor o el artista que percibe acentuadas sus propias tonalidades y desplazamientos internos. El tiempo exterior va con el interior, van juntos como mecanismos de relojería que se sincronizan. Declina la arboleda, larga las hojas el otoño como dejamos nuestros días y las ramas se desnudan como la madurez nos quita de encima todo lo sobrante, los pigmentos de la piel, la piel misma ya probada en los roces con la naturaleza humana. El sentirnos desnudos en los reflejos de los árboles convoca a la meditación sobre nuestro propio trajín. Se acentúan también las energías y se prodiga la máxima fuerza para escoger y mantenerse firme en el camino y fiel a los empeños. El otoño es una estación de frontera y por lo tanto no deja perspectivas de revancha; esto lo hace solemne; el invierno está cerca con los temores que porta. El septentrión, cuna del otoño, sube, lento y vagabundo. Flaubert habla de juncos silbantes a ras del suelo y como las hojas de las hayas susurran en un temblor rápido. Se siente el crecer de las zonas de oscuridad y los días se hacen más veloces y cortos; el crepúsculo es un momento trágico, casi un grito.

El otoño no era conocido en los tiempos antiguos. Las naciones más septentrionales sólo sabían del verano y del invierno. El otoño se comenzó a distinguir como aquel de la migración de las manadas de ovejas, mientras los campesinos preferían dedicar las horas al almacenaje. La vendimia conserva, en nuestros días, mucho de su carácter primitivo. La fermentación en las bodegas continúa a parecer aquella tropa de faunos y de sátiros danzantes, como en la mitología. Esta relación definitiva del otoño con la uva ha sido representada por muchos artistas; podemos ver el otoño como una mujer o una ninfa que sostiene un racimo. Por consiguiente, Baco tiene una vinculación con esta maravillosa estación; nunca falta, pues, la joven coronada de pámpanos y la cesta con uvas. El otoño es también temporada de caza y época de la manzana, protagonista desde Adán en la historia humana. Sobre Newton cae una portándolo a meditaciones drásticas sobre los astros y sus leyes físicas. No podemos olvidar que la Discordia, hija de la Noche y hermana de Marte, no invitada la fiesta de bodas, llega y tira una manzana ¡A la más bella!, dejando así sembrada la división.

Todo nos impulsa en el otoño a iniciar el rito de llenar las páginas en blanco. Los fenómenos atmosféricos con sus nubes de tinta blanca luminosa, la temperatura inestable, el tiempo variable, la brisa matinal, la dulzura del después de la lluvia. Ronsard transcribe el sentimiento poético de la naturaleza: si los árboles pierden cada otoño sus móviles cabellos, la luna se convierte en un adorno del silencio. Lamartine describe un día de otoño como entre la melancolía y el esplendor, entre la bruma y el sol y, según insiste, la neblina surge como humo de fuegos de leñadores. Es la neblina que para Verlaine danza en la pradera mientras la luna es roja. Rousseau advierte que el carro del sol modera el fuego y que la aurora es estéril para la divinidad floral, pero que Baco viene a sellar la alianza eterna que ha hecho con los hombres. Ah!, la densa neblina, para la montaña el otoño es una fiesta gloriosa. El sol reluce ofreciendo púrpura a los árboles que pierden las hojas. P. Du Parys ( L´Automne : ses caprices , se poesie, ses manifestations ), nos recuerda la ebriedad de los poetas del París sentimental en las primeras horas del otoño al considerar que Dios volcaba sobre Francia una copa de estrellas y el tiempo portaba todavía a los labios una gota de verano.

Para Bataille la noche de octubre es una fusión de lluvia y viento y agrega: " J´entends hurler la cheminée / Comme une sorcière avinée ". Es por esto que para Alain ( Propos) el otoño suscita una atracción emblemática (el hombre enciende el fuego). Delante a un tizón, piensa el gran escritor francés, el hombre no puede menos que sentirse un hombre y valorar en su pensamiento sus propias herramientas y la propia fatiga. El huracán golpea los vidrios de cada ventana: he aquí como la vida no puede continuar sola. El otoño exige la puesta en juego de la voluntad; la vida debe ser empujada, vivir exige esfuerzos. Quizás esto hace al otoño una estación apreciada sólo de una minoría. Fundamentalmente la nuestra, la de quienes escribimos. No podemos asistir impávidos al nuevo enfrentamiento del bien y del mal. Debemos escoger, aunque la vida sea siempre nacimiento, sufrimiento, amor y muerte. Los animales, por instinto, buscan cobijo, pero el hombre está delante a selecciones y confrontaciones. Se trata de una prueba, de un examen. Se debe enfrentar un peligro. Como señaló Alain, no es el tiempo de elogiar las abejas; si ellas duermen, entonces nosotros debemos despertarnos. Con Rodenbach , desde los viejos bancos, podemos mirar el crepúsculo exquisito, el cielo lleno de procesiones rosadas, pero debemos escribir, la vida no camina sola, necesita de nosotros.

sábado, 11 de octubre de 2008

La montaña en este nuevo octubre




por Teódulo López Meléndez




Se cumplen, en este nuevo octubre, años del Descubrimiento de América, del Encuentro de Dos Mundos o como diablos a usted, amigo lector, le venga en ganas decir. También se cumple, de seguidas, la fecha en que el Señor de la Montaña se fue de este mundo impregnado de cultura grecolatina y de la herencia futura de ser llamado una especie de hábil manejador del cemento que construyó la base de la cultura francesa. No he sido yo el que ha atado los aniversarios del viaje de Colón con el hijo de Antonia López, apellido de tan rancia estirpe paseado por la Alcaldía y el parlamento de Burdeos, dado que nadie me ha dicho que tan ilustre antepasado figure en mi árbol genealógico. No, no he sido yo, ha sido Claude Levi-Strauss, el mismo que usted está pensando, es decir, el estructuralista francés, quien ha recordado que un 13 de septiembre se murió Michel Eyquem López de Montaigne, el mismo que debió nacer para morirse de Périgord, en el castillo de Montaigne, después de haber sido Alcalde pero también de escribir los Ensayos. Toda esta historia vale porque Levi-Strauss recurre a aquella mirada melancólica de hombre sabio para indagar en el impacto moral del Descubrimiento (o como usted quiera llamarlo, ya lo autorizamos) y para vagabundear en eso que alguna vez yo llamé la inútil filosofía.



Que mejor cosa que divagar en esta coincidencia de aniversarios sobre el destino de la civilización y del hombre. Cuál es el orden que nos preside y cuál el misterio de la palabra. El Señor de la Montaña nos mostró desde su mirada distanciada la precariedad de las cosas humanas. Tal vez un castigo que pagamos sobre la primera década de un nuevo siglo es la falta de conciencia crítica en la lengua española. Estaba previsto en las mitologías indias que los dioses habrían de venir por aquellas fechas a hacer una inspección y tal a poner orden en los negocios humanos. Desde entonces estamos deslumbrados, la fatalidad hizo coincidir las indagaciones de los brujos incas y mayas con la aparición de las grandes canoas sobre nuestras costas. Los Ensayos, fatalidad del destino, no estuvieron traducidos al español hasta muy entrado el siglo XIX. Si hubiésemos tenido la suerte de otros pueblos europeos nos hubiese llegado, con algún tiempo, la fuente hermosa de una de las aguas claras y claves del pensamiento crítico occidental. Ah, pero la Santa Inquisición rondaba sobre las letras como águila sobre los conejillos asustados.



Bien, pero ahora debemos saber que en “Vista y anatomía de la cabeza del Cardenal Armando de Richelieu” entra imaginariamente el Señor de la Montaña, bajo el respeto de todos los presentes porque el hombre sabio que llegaba tenía una diaria preocupación, la enfermedad de Francia. Bendita manía la de los hombres de talento. Dónde están los que se ocupen de la enfermedad de América Latina, dónde los aforismos y la visión de oráculo para sentarse en cada doble aniversario que nos ocupa a diseccionar la enfermedad de Venezuela.



En algo podemos estar de acuerdo (de manera amigo lector que le levanto la autorización a pensar lo que le venga en gana) y es que el 12 de octubre comenzó la Edad Moderna. Con Colón llegó el pensamiento de un hombre del Renacimiento temprano, del cincuecento italiano, pero venían colados sin pedir permiso, fenicios, celtas, cartagineses, romanos e íberos. Y la matanza comenzó, primero la del hombre indio, después la de sus edificaciones bajadas piedra a piedra para montar sobre ellas los templos cristianos. Como diría ese oráculo mexicano llamado Carlos Fuentes el toro se mata porque es sagrado. Y comenzó la Edad Moderna sobre la piel de nuestros antepasados aborígenes y la oposición entre el concepto romano de Estado y del individuo y en la sangre derramada burbujeaba un trovador provenzal y un canto perdido en el minarete de la mezquita de Córdova y una extraña oración judía. Habíamos perdido la razón los hombres. Y el debate se hizo jurídico para tranquilizar la conciencia española y con un pañuelo despedimos la Edad Media.



Ahora los historiadores dicen que en el Archivo de Indias no está registrado ningún Rodrigo y mucho menos que hubiese alguien de Triana. Entonces, ¿quién diablos divisó la costa? ¿Quién pronunció el grito terrible de nuestro destino aquella madrugada? ¿De quién era la garganta de donde salió aquella gaviota a desgranarse en el nido del cuervo? ¿Quién era el dueño de aquellas cuerdas vocales que se anticiparon a un español de los siglos por venir y que Luis Buñuel sería llamado y que se permitió en el cine cortar el ojo del surrealismo? Vaya usted a saberlo. Lo que sí sabemos es que desde el mismísimo grito comenzaron nuestras dudas. Y desde entonces los latinoamericanos nos preguntamos quiénes somos. Séneca dijo “no permitas que nada te conquiste sino tu propia alma”. Pero nosotros fuimos conquistados y, parece, ya nada nos protege de nosotros mismos.



“No somos felices”, se dijo el hombre sabio, acomodando su bata y preparándose a continuar con los Ensayos. Hoy lamentamos que Montaigne no escribió en español y que en vez de Burdeos sus huesos hubiesen sido organizados en Castilla La Vieja. El ha sido llamado el padre de todos los modernos. El Señor de la Montaña nos recuerda nuestras incertidumbres. Nuestro Señor Don Quijote de la Mancha se preguntaba quien era y quien Dulcinea. Terrible duda la nuestra, la de nuestra sangre española transformada en mestiza que nos sigue acogotando por los caminos de la vida. Es que nos falta pensamiento crítico. Nos falta quién dedique la vida a escribir sus propios Essais, a reflexionar sobre la enfermedad de América Latina. Nos hace falta un Quevedo que ponga a Montaigne en una junta médica urgente donde comiencen a producirse las respuestas. Él dejó escrito: “Pero, ¿quiere nuestra voluntad siempre lo que querríamos que quisiese? ¿No quiere a menudo lo que le prohibimos querer, y para nuestro evidente daño?” Dejémoslo así. Dejemos quieto a Colón, a este genovés vecino a los cosmógrafos y profetas, conciudadano de Bruneleschi, de Massaccio y de Marsilio Ficino. Habrá que dejar a Montaigne a la espera de que despierte la clase de hombre a la que pertenecía el Señor de la Montaña.



teodulolopezm@yahoo.com

domingo, 5 de octubre de 2008

WILLIAM SHAKESPEARE: DIVAGACIÓN SOBRE LOS SONETOS




por Teódulo López Meléndez

El renacimiento literario inglés se sucede en la época del reinado de Isabel. Tiene dos fases: una imitación de lo clásico, a través de Italia y, otra, de libertad de pensamiento bajo la influencia de los pensadores germánicos y que conduce al orgullo nacional y a la separación de la Iglesia Anglicana. Una de las características de este renacimiento, en lo literario claro está, es la armonía entre lo culto y lo popular. Por esta razón, en Inglaterra, el renacimiento se une al medioevo sin violencia, de una manera suavemente renovadora. Con Shakespeare se produce la cumbre de una época. El poeta, desde sus primeros dramas, girará en torno a la visión convencional típica de su cultura y de su tiempo, para ir, poco a poco, dejando entrar la realidad con todos sus elementos (el tiempo, la muerte, la angustia, los impulsos oscuros del alma humana). Shakespeare procura dar un orden a esta realidad, teniendo en sus últimos dramas una actitud “positiva”, de dialéctica entre las contradicciones del ser y la búsqueda de símbolos de reconciliación y de renacimiento de los valores.

El estilo de Shakespeare es complejo, iniciado con la simple exposición de los temas (dramas juveniles) hasta llegar a tratar la relación de una serie de sentimientos con otra. Esta capacidad la desarrolla con mayor fuerza en los sonetos. Se puede decir que aquí Shakespeare enacarna el descubrimiento renacentista del Yo. El soneto y el Yo reafirman una relación que los une desde los tiempos de Petrarca.

El volumen titulado Shakespare sonets fue publicado en 1609. La edición era desordenada, lo que ha llevado a la crítica a asegurar que el poeta no participó para nada en la edición. Los sonetos eran 154 (menos los dos últimos que se deben considerar no parte del contexto porque eran solamente una variación de la Antología Palatina). Los 152 que quedan se pueden dividir en dos grupos, del I al CXXNVI en cualquier manera conectados con un bello joven y del CXXVI al CLII en cualquier manera conectados con una dama morena. Se podrían hacer subdivisiones, como organizar juntos aquellos donde se propone matrimonio al joven bajo una desenfrenada pasión. La dama morena es, evidentemente, parte del entourage amoroso del joven amigo. Como vemos, lo sonetos de Shakespeare constituyen un conspicuo canto de homosexualidad, lo que no significa, no lo sabemos, que Shakespeare haya sido homosexual. Más interesante resulta saber que la segunda edición es de 1640 y que aparece un orden distinto, pues hay grupos titulados y fueron suprimidos 8 textos, aparte de que se cambia “amigo” por “amiga”, como buscando mitigar el escándalo que aún persistía. La tercera edición es de 1776, la cuarta de 1790 y la quinta (Cambridge) de 1864. No puede decirse que de edición a edición los textos hayan sido mejorados. La fecha misma de los sonetos ha sido puesta en discusión; al menos dos habían sido publicados antes de la primera edición y uno de ellos “The mortal Moon”, ha desatado numerosas especulaciones.

A lo largo del tiempo los estudiosos se han dividido: hay quienes encuentran en los sonetos de Shakespeare sólo ejercitaciones literarias a las maneras francesa, inglesa e italiana, escritas sólo para demostrar habilidad, en manera tal que no se debe buscar en ellos ningún rasgo autobiográfico. No creemos que este sea el caso, aunque en la época isabelina abundan ejemplos en este sentido. Otros críticos sostienen que existen en los sonetos tantas situaciones humanas particulares que es imposible pensar que se trate de simples ficciones. Lo que parece absolutamente normal en que en estos textos aparezcan temas, situaciones y expresiones propias del cancionero de aquellos tiempos. Finalmente, no falta quien asegure que los sonetos fueron escritos por cuenta de un tercero, lo que no parece históricamente válido.

Volvamos a nuestra primera división, una parte en la que se canta al joven amigo y en otra en la que canta a la dama morena. Esta última (26 sonetos) canta la aventura extraconyugal del autor, aventura meramente sexual que Shakespeare no trata, de ninguna manera, de justificar o espiritualizar, pero que es tan fuerte que le permite el descubrimiento de nuevos secretos humanos. Los críticos han discutido también sobre la identidad de la dama morena y si era una muchacha que Shakespeare conocía desde la primera juventud, lo que ha motivado una discusión sobre si los sonetos 153 y 154 son dedicados también a la misteriosa señora.

En esos sonetos se canta a lo “moreno” como sinónimo de belleza, se cuentan penas de amor, se despliega un fuerte erotismo, se manifiestan celos y, finalmente, el compromiso, convencido el poeta que semejante dama no puede proporcionar fidelidad. La “dark lady” va desde el soneto 127 en adelante y una de las tantas interpretaciones que se han hecho es que esta mujer, en un preciso momento, entorpeció las relaciones de los dos amigos(recordemos el joven al que van dedicados los primeros sonetos). Hay también ironía y sarcasmo, acusaciones a la mujer de haber roto la fidelidad conyugal ( lo que nos indica que era casada) y de haber incitado al poeta al mismo delito. Recordemos en el teatro de Shakespeare el sentido de repugnancia que le inspira el adulterio. Pareciera que la profunda naturaleza del hombre lo impulsa a una gran escrupulosidad moral, al mismo tiempo que se concede a un libertinaje ejercido con abandono y cordialidad, con un divertido sentido de liberación. Los ejemplos son muchos y variados: en el soneto 127 defiende el color moreno; en el 131 se lamenta de la crueldad de la amada; en el 147: “My love is as fever longing still...”

Sobre el lenguaje de Shakespeare en relación con su tiempo se han hecho numerosos estudios que abarcan desde los contrastes con la tradición y sus nexos con ella, hasta los planos estilísticos y expresivos en conexión con la poesía metafísica del seiscientos inglés. Detenerse en los vericuetos del inglés isabelino parece absurdo, siendo preferible destacar la eficiencia y calidad del lenguaje, las imágenes y metáforas y el uso de ciertos símbolos. Hay que advertir que en los tiempos de Shakespeare no existía preocupación alguna por la originalidad de los temas, era la calidad de la poesía, en el uso del lenguaje y en la fuerza de las imágenes, donde se ponía el interés. Por lo demás, Shakespeare usó en sus sonetos una técnica dramática con un sentido de secuencia, de continuidad, que hasta cierto punto nos podría conducir a hablar de “narración” de una aventura humana. Agreguemos que el amor en Shakespeare es neoplatónico, que prevalecen en los sonetos una intensa musicalidad interna y que es un tanto discursivo. La vejez y la muerte asoman entre los versos y todo se lo recuerda, los objetos, el poniente, las flores que se marchitan.

teodulolopezm@yahoo.com