sábado, 19 de julio de 2008

LA INMOVILIDAD DE UN TRAYECTO





por Teódulo López Meléndez


La última vez que me ocupé de Filippo Tommaso Marinetti fue para dejarlo encerrado en un viejo palacio de Venecia(Jardines en el mundo, 1996). Lo dejaba allí con todas las vanguardias, en una exposición como cualquier otra, como pieza de museo. Al fin y al cabo, pensaba, las vanguardias habían asumido un signo ambiguo. La carga del Manifiesto futurista me parecía muy bien entre gruesas paredes por la evidente contradicción, reforzada sin duda, entre ideal civilizador y progreso técnico-científico. Aún más, posmodernidad, reflexionaba, nace en el momento en que la vanguardia(lo moderno) se agota en su proceso de demolición. Marinetti no podía saber que la concepción del tiempo variaría radicalmente y que en esto que ahora llamamos “tiempo real”, donde el presente y el ahora son omnímodos, sus deseos de un hombre identificado con un motor nos obligaría a meter las manos en el polvo que se desprende de aquél documento.

Allí se hablaba de la belleza de la velocidad, de una, claro está, representada por los medios de transporte, revolución ya comenzada en el siglo XIX. Lo curioso es que se condenaba la inmovilidad a la que, pensaban, la literatura había condenado al hombre. En consecuencia, se exaltaba el movimiento agresivo, el insomnio afiebrado, el salto mortal. En El manifiesto técnico de la pintura futurista se hablaba del “dinamismo universal” y de la “sensación dinámica”, del concepto de la energía de la materia cuya esencia no era lo formado sino el continuo formarse.

Filippo Tommaso encontraría hoy que sí, que más allá de como él lo quería, la identificación del hombre con la máquina se aproxima a límites impensados que podrían conllevar a un cambio de la fisonomía misma del cuerpo humano y también encontraría que la máquina que él asociaba a velocidad impone hoy la inmovilidad. Tal vez deberíamos cerrar la referencia y devolver el futurismo al museo donde lo vi por última vez y de donde lo hemos sacado para partir de él con relación a la identificación entre belleza y velocidad. Sin embargo, ir a una de las vanguardias de mayor carga destructiva, es decir, ir a la modernidad, es quizás elemental hoy para entrar en la posmodernidad.

¿Qué es belleza? ¿Qué será belleza? Dentro del mundo que viene de la ruptura de la doble visión del ojo, de una humanidad disléxica, de la pérdida absoluta de distancia y de los relieves, de la desaparición del aquí, el arte abandonará la perspectiva del espacio para asumir la perspectiva del tiempo. En cualquier caso, como lo quería Marinetti, belleza estará asociada a velocidad, pero no puedo concebir como será esta "belleza", si es que no llegamos a concluir que ambas palabras se harán sinónimas. Entre otras cosas, el mundo postindustrial ya no fabricará grande objetos, pues bien se sabe que estamos ante una miniaturización del producto tecnológico. Hace pocas horas he visto en la televisión francesa a un paralítico alzarse de la silla de ruedas movidas sus piernas por un aparato que suplanta los impulsos eléctricos de su cerebro sacándolos de un artefacto adherido a su estómago. Bien por todos los paralíticos que podrán andar, pero allí está el anuncio de la conversión del hombre en un ensamblado de prótesis. Mañana nos tragaremos micromáquinas que recorrerán nuestro cuerpo, microrobots que andarán nuestras arterias y píldoras inteligentes que transmitirán información sobre los restos de carne que nos queden. Paul Virilio lo sabe y por eso acuñó la palabra “anímatas” para describir a esos extraños visitantes que a la larga se irán integrando a nosotros como nuevos órganos sustitutivos de aquellos atrofiados o inservibles o, simplemente, para cubrir otras necesidades, unas no propias de la evolución de la especie, dado que el caso parece ser que esa evolución ha terminado.

Sí, el sueño dislocador de Marinetti de una identificación plena del hombre y el motor se asoma. Esa será la nueva salud, anunciada por el propio Nietzsche y convertida ahora en un espacio reducido y circunscrito, dado que lo exterior se anula. Es por ello demodé la novela que siga girando sobre un exterior inexistente. El texto literario debe ir hacia adentro, en una especie de nekya permanente. Si el hombre es ahora el espacio a conquistar debemos tener en cuenta que la metafísica reaparece en la forma más insospechada, puesto que este hombre postevolucionista intervenido por los objetos de la biotécnica se convertirá, literalmente, en un hombre metafísico.

El futurismo asociaba velocidad a automóvil. Con él a tren y a todo lo que se moviera por motor. Hoy la velocidad está en las ondas electromagnéticas. Dentro de poco Internet entrará por la vía de la electricidad, no del teléfono. Bien podemos decir que la velocidad de la luz es el nuevo límite, uno en que nos paralizamos. Ya no hay interpretación subjetiva o disociación de apariencias objetivas. Ya no sabemos bien que es realidad. Está rota la unidad de percepción del hombre y su relación con lo real, si es que a algo podemos seguir llamando así. El ojo humano ha sido superado por la imagen de síntesis. En los tiempos de Marinetti la velocidad equivalía a disminución de tiempo, a un ahorro entre llegada y partida. Ahora sólo llegamos y no es necesario partir. Velocidad se ha convertido así en absoluta inmovilidad. Virilio nos lo recuerda al hablarnos del hombre inicialmente móvil, luego automóvil y finalmente mótil, es decir, uno que ha limitado sus movimientos y en cuyas casas pronto no existirán ventanas, ventanas como las de Shakespeare y Pessoa en sus sonetos, más sólo pantallas y cables que ocupan los antiguos lugares de ellas. Ya no puede decirse que estar signifique aquí. La transmisión entra directa convirtiendo a este pobre planeta en uno sin espacio y distancia. No necesitamos desplazarnos, el violento aire removido por la máquina que ha podido conmover a los futuristas ha sido sustituido por la paradoja de que todo acontece en este lugar en ninguna parte donde estamos fijos o clavados nosotros receptores de las ondas electromagnéticas.

Al desaparecer la distancia lo lejano es lo que tenemos “cerca” y lo cercano se hace intolerable. El hombre queda contraído, por la velocidad, en un mismo sitio, en uno que ya no se llama “aquí” sino “ahora”. Las consecuencias son previsibles. En el campo de la literatura la eliminación de las distancias ha conllevado a la aparición de una sin distancia; es lo que se denomina literatura “light”. Sólo podremos derrotarla viajando hacia el interior del hombre, pues hacia fuera todo está comprimido. Si queremos escribir sobre lo planetario hay que ir a buscarlo en el único planeta que todavía subsiste, el hombre. Él está inmovilizándose y llegará a un sedentarismo total, a una parálisis que hace de su cuerpo un ghetto. En ese ghetto debemos introducirnos y buscar lo intermitente, que será lo único que quede. Así, deberemos aprender a manejarnos en el tiempo, no en uno histórico desaparecido, sino en el “real” de la onda electromagnética y hacer tomar a la literatura su papel de alimento del alma en sustitución del narcótico del vacío llamado “light”. La tecnología paralizará al humano, pero podemos los escritores combatir la atrofia de los miembros que esto traerá impidiendo que las ondas electromagnéticas de la transmisión en vivo nos hagan meros receptores de una “luz” aséptica alimenticia en sí misma, suministrando la otra luminosidad, la que siempre ha anidado en aquello que está por ser paralizado.

La clonación puede hacerse, ya está visto, pero aparte de la oveja y de los cochinillos que ya han sido duplicados, existe otra, la del “doble”, uno electroergonómico, la proyección de una “imagen” a la que podemos dotar de los “sentimientos” de aquél que la origina. Ya está planteado que el astronauta viaje desde su casa siguiendo una proyección virtual a partir de una sonda espacial. “¿Velocidad es belleza” como lo planteaba el viejo furor futurista? Los pintores deberán aprender a pintar la perspectiva del tiempo, los poetas deberán comprender de una vez por todas que están colocados en el espacio en blanco entre las palabras, los escultores deberán tomar en cuenta la existencia de otra materia (el tiempo ya lo es) y cambiar el humano rostro desfigurado. Nuestra labor deberá ser la de inferirnos de la luz, comprehender el lugar del no- lugar.

lunes, 14 de julio de 2008

CAMBIO DE LENGUA EN LA MISMA LENGUA




por Teódulo López Meléndez

Tal vez debamos ir hasta Sócrates: "Yo me imagino que nuestra alma se parece entonces a un libro". O tal vez debamos situarnos en un momento de esplendor de la Razón, pues es Kant quien afirma que el objeto es aprehensible sólo por medio de representaciones. Luego Heidegger proclama al lenguaje como la casa del hombre y agrega: "El que habla es el lenguaje, no el hombre...". En realidad el llamado proceso de deconstrucción comienza en la búsqueda heideggeriana. En cualquier caso, la filosofía comenzó a moverse de sitio, hacia el lenguaje, y comenzó por el intento de trasladar a él el objetivismo cientifista, como en Saussure. De allí en adelante Levi-Strauss, Foucault, Barthes y otros cuantos. En otras palabras, se inició la traslación del ansia de saber de lo epistemológico hacia la hermenéutica. Digámoslo así: se dejaron de lado los ojos que se fijaban en los principios del conocimiento humano para volcarse sobre la interpretación de los textos. Lo ontológico comenzó a ceder espacio; la búsqueda de una esencia de la realidad total, incluidos universo y vida, fue cayendo hasta una imbricación entre filosofía y lenguaje, hacia una reunificación que borraba el divorcio sembrado por Platón. Así, la reflexión filosófica es hoy fundamentalmente estética.

Sin embargo, los polos no pueden fijarse entre epistemología y hermenéutica. Así como la física tradicional encontró su rubicón en la física cuántica, esto es, en la suplantación de la certeza por la probabilidad, así mismo la mirada sobre el lenguaje dejó de lado el objetivismo cientifista para introducirse en una desenfrenada deconstrucción, ya no apenas entrevista como en Heidegger, sino con pretensiones de respuestas de tal magnitud que el hombre mismo, y su mundo, parecen disolverse en la nada, tal como la cuántica no encuentra los fundamentos elementales de la materia para concluir que todo se reduce a campos de energía que cambian ante la mirada del observador. Ha sido el francés Jacques Derrida el que ha llevado la deconstrucción hasta los límites, aunque pienso que su aporte fundamental es el concepto de diseminación, por lo que de valioso tiene en hacer de lado los límites de lo que hemos conocido como polisemia.

En cualquier caso, cuando la cuántica acabó el esquema de las verdades objetivas, se volvió a la vieja idea (idea en el sentido ordinario de la palabra) de que la Verdad era simplemente un consenso, una certeza provisoria, como ya se anunciaba en Nietszche. Lo mismo está sucediendo con el lenguaje cuando se asegura la plurisignificación de los términos y la fuga de los sentidos. Derrida dice que "los deslices textuales son la esencia misma del lenguaje". O lo que es lo mismo, se niega la existencia de un significado trascendental. Otra cosa que parece originada en la cuántica, puesto que ésta niega una objetividad, es la afirmación de que la pluralidad de significados no está, no puede estar, relacionada con una supuesta objetividad del mundo. En consecuencia es lícito interrogarse qué sentidos tiene el mundo, puesto que carece de uno objetivo, y la respuesta es que todos lo que podamos injertarle. Injertar es una palabra importante en este planteamiento filosófico del lenguaje, puesto que equivale a escribir. Así podemos decir que la cosa se escribe.
Como he tratado de mostrar en mis tres novelas la escritura es escenificación. Derrida llega a plantear la incompatibilidad de lo escrito y de lo verdadero con mayor fuerza que sus antecesores. Basta concluir en la obviedad de que la escena lo que ilustra, entonces, es una idea y no una realidad objetiva. Lo que se instala es un medio de ficción. Lo que la escritura describe es a sí misma. Así la literatura ha vivido por siglos de la posibilidad de un sentido o de la promesa de un sentido. No dejo de sonreír cuando algún columnista de la prensa cultural celebra la aparición de alguna obra que prioriza la anécdota sobre el lenguaje, calificando, el proceso inverso, como algo marcado entre nosotros por Guillerno Meneses. En él, y fundamentalmente en otro de nuestros grandes escritores, conocido como Oswaldo Trejo Trajo Trijo o Trujo, se da el libro como habla regresada. Oswaldo entendió que el libro es simplemente una descripción del silencio, o si se quiere, el libreto de los actores es posterior a la actuación. El arte es un speculum que produce “efectos de realidad”. La consecuencia de significantes sin significados es la “dentritud” del lenguaje. Derrida recurre a una expresión formidable cuando habla del "materialismo de la idea" que no es otra cosa que la puesta en escena, puesta que nada ilustra, a no ser la nada. Ya Schopenhauer había hablado del mundo como representación. En este contexto verdad o falsedad es una oposición que carece. Richard, en lo que se denomina psicologismo crítico, llega a definir “acierto de expresión” a un estado en que las necesidades llegan a satisfacerse juntamente, inclusive unas por otras.

Pierde vigencia, igualmente, la vieja discusión entre tema y texto, deja de existir el núcleo temático, pues como bien lo dice Derrida “es la multiplicidad de las relaciones laterales lo que crea la esencia del sentido”. Cuando alguien asegura de una novela que no entiende, aseguro que la literatura es como el hombre, autoalimentada de una muerte continua. Cuando alguien dice que no entiende un poema sería justo recordarle que el verso es potencia inventiva, más aún, es la literatura. Cuando alguien me asegura que mis textos son una catarata de metáforas, sería necesario recurrir a Richard para asegurar “no existe sentido verdadero de un texto. Volviéndose todo metafórico, no hay ya sentido propio y, por lo tanto, metáfora”. Los cuentos que se han publicando por allí son pre-Garmendia, prediluvianos con relación a Salvador, el maestro de la narrativa urbana en este país.

Pero decíamos que el concepto de diseminación me parecía clave. Mientras polisemia era la pluralidad de significados de una palabra, la diseminación habla de “la generación siempre dividida ya del sentido”. Polisemia era hermenéutica, diseminación es deconstrucción. Diseminación tiene un "casi" sentido, el regreso imposible a la unidad alcanzada, rejuntada de un sentido. Freud aseguraba que la ficción podía crear nuevas formas de sentimiento inexistentes en la vida real. La física cuántica amplió considerablemente el concepto que teníamos de los “huecos negros”. Así, la actual filosofía del lenguaje ha encontrado un “hueco negro” donde el espacio íntimo es tan íntimo que se anula, ya no hay separación entre el yo y la imagen. Richard: “Un libro no empieza ni acaba: todo lo más lo finge”. Podríamos definir polisemia como acumulación de significaciones, mientras que la diseminación nos llama a un equilibrio en la multiplicidad del sentido; lo que experimentamos no es el sentido, es el equilibrio.

Pero, cuidado, que el proceso reactivo contra lo ontológico nos puede llevar a un callejón sin salida. Filosofía y lenguaje se han encontrado y Platón, en este sentido, ha recibido carta de despido, pero si identificamos humanismo y metafísica, la reacción contra la segunda alcanza al primero, aún cuando hayan existido humanismos ateos. La deconstrucción del lenguaje puede llevarnos a hablar del fin del hombre. No soy, en modo alguno, un apocalíptico contra la tecnología, pero ya hay que citar la metáfora de la tecnología o la técnica como metáfora, lo que agrega márgenes a la filosofía del lenguaje. No olvidamos los intentos por neutralizar toda tesis metafísica del concepto de hombre, aunque la unidad del mismo no haya sido cuestionada seriamente, ni siquiera por los ateísmos. El lenguaje es humano y al ocuparse de él se está incurriendo en una cara del humanismo, pues el lenguaje es considerado la esencia. De esta manera se incurre en lo metafísico pues lo es todo lo que se ocupe de la esencia intangible del hombre. Por este camino no se podría llegar a establecer la moderna filosofía del lenguaje como antihumanista. Por los demás, toda la metafísica es una acción del lenguaje. El humanismo es reflexionar sobre el hombre, procurándolo humano y no inhumano; inhumano sería fuera de su esencia y su esencia es el lenguaje. En el fondo brota de la filosofía del lenguaje una fuerte elevación de la humanitas y es en la metaforización donde se consigue el sentido del Ser, lo cual, quiéranlo o no algunos, inclusive aunque sea negado por los mismos filósofos de este presente, hace de las modernas teorías del lenguaje un lenguaje metafísico.

La tecnología puede plantearnos el fin de las tensiones. Creo que una de las cosas a superar es la literatura “light”, pues una de sus consecuencias más nefastas me parece un aislamiento de la palabra. No se trata sólo de la vaciedad psicológica de los personajes que esa “literatura” encarna, se trata de la pérdida de la mente humana como re-hacedora de la palabra total, es decir, aquella que nos aproxima a la lengua primordial llamada por algunos “el lenguaje de los pájaros”. El peligro que se cierne sobre el hombre es el peligro que se cierne sobre el lenguaje. De esta manera puede decirse que la literatura está sola, “sola, a excepción de todo”. Esa es la tarea que la literatura decidirá si puede o no cumplir, incluida la restitución de las tensiones. Si seguimos embarcados en algunas propuestas editoriales la literatura seguirá en el torrente que este nuevo milenio presenta como fuerza desatada que todo lo arrasa. Con Derrida podríamos decir que el relato comienza cuando cambiamos de lengua en la misma lengua.

tlopezmelendez@cantv.net

lunes, 7 de julio de 2008

Lo ilimitado como barbarie


por Teódulo López Meléndez


Los hombres se entregaron a Dios, luego a la Razón, luego a la Utopía, luego a la Ideología, luego al Amor y han terminado en la adoración de las cosas. La constatación de los cadáveres es el signo de este tiempo.

Desde El banquete hasta La naturaleza del amor, desde Platón hasta Stendhal, desde Ovidio hasta Octavio Paz, desde aquella afirmación tajante de Hauden: "El amor es una enfermedad del cristianismo" hasta los improperios de Nietzsche; Denis de Rougemont, el psicoanálisis, Freud, Jung, Lacan, la Kristeva; ciertamente muchos se han ocupado del amor. La literatura sobre el tema hurgaba en su existencia, mientras ahora se pone en duda su salud: desde Rougemont, en El amor y Occidente, aunque termine su brillante ensayo con un inconexo alegato sobre el matrimonio y la fidelidad, hasta Paz en "La llama doble", quien se limita a admitir una crisis del amor y evade el punto culminante de su probable muerte.

Sabemos que el amor cortés nació en el siglo XII como reacción contra las costumbres feudales. El matrimonio era un mero negocio que permitía la anexión de tierras o la obtención de una buena dote. Contra esas prácticas el amor cortés instala una fidelidad independiente del matrimonio. Así, como bien lo destaca Rougemont, el adulterio está en la base misma de la concepción occidental del amor. Si el amor tiene una historia, sobre todo porque parece tener una fecha de nacimiento, es obvio que no pertenece al origen de los tiempos.

Esperamos, al menos yo espero, de un gran ensayista, una aproximación al Caos, no el establecimiento de un sistema impoluto que no admite contradicción. De Paz aceptemos la obvia diferenciación entre sexo, erotismo y amor, las dos últimas constitutivas de la llama doble que da título a su libro. Refutar a Rougemont no lo logra, cuando admite que el amor aparece al fin en el siglo XII. Asegurar que la antigüedad greco- romana conoció el amor, pero careció de una doctrina del mismo, es decir, de un conjunto de ideas prácticas y conductas encarnadas en una colectividad y compartidas por ella, para, al mismo tiempo, pensar que la teoría que bien pudo haber cumplido esa función, el Eros platónico, más bien desnaturalizó al amor y lo transformó en un erotismo filosófico y contemplativo del que, además, estaba excluida la mujer, es la admisión clara de que los griegos hablaban de Eros, de la llama alzada sobre la sexualidad.

Cada sociedad ha tenido necesidades, como la tuvo aquella del siglo XII en la que los poetas provenzales alzaron toda palabra a sublimar a la mujer y a alimentarse del imposible. El asunto está en preguntarse si la sociedad por venir necesitará el amor. Julia Kristeva, en Historias de amor, considera a la crisis como permanente, como mutación cultural, lo que ella denomina perpetua movible, agregando que el arte parece una crisis pero es siempre resurrección. Resulta apropiado recordar con Paz que la última escuela de este siglo fue el surrealismo; de allí en adelante sólo revivals.

El ensayista suizo nos recuerda que amar es sentirse en el límite, una preferencia íntima a avecindarse con la muerte considerada como una "verdadera vida". De esta manera el amor se convierte en un modo privilegiado de conocimiento. Lo que se ama es la conciencia, es decir, se ama partiendo de uno no del otro. La tecnología es el nuevo modo de conocimiento. Platón divinizó el deseo, como las civilizaciones anteriores a él. Nuestra civilización está sembrada sobre lo efímero, sobre la instantaneidad. Lo que viene está sembrado sobre lo virtual.

Por supuesto que debemos mencionar la purificación que del amor realiza el cristianismo por vía de la santificación del matrimonio. Recordemos, no obstante, la absorción que el cristianismo realiza de culturas y religiones. Lo que se quiere significar es que los occidentales vivimos en costumbres y hábitos culturales del más diverso proceder que tomamos como connaturales a nuestra psiquis. Dice Rougemont: "El amor apareció en Occidente como una de las repercusiones del cristianismo (y especialmente de su doctrina del matrimonio) en las almas en que aún vivía un paganismo natural o heredado".

La literatura fue, desde siempre, portaestandarte del amor. Como lo dice Paz: "El erotismo es sexualidad transfigurada, metáfora". Bien podría decirse que el amor es erotismo transfigurado, metáfora. En cualquier caso, lo que mueve al erotismo y a la poesía, como bien lo señala el mexicano, es la imaginación. La metáfora, recordémoslo, está más allá de la realidad en donde se origina. Los hombres, a la cabeza los poetas, inventaron a los dioses y al amor. La sociedad consumista ha degenerado lo imaginario a ley de mercado, como en el caso de la literatura “light”. Todo acto imaginario tenía visos de una realidad, como los mitos mismos, mientras en la tecnología se nos ofrece un retorno a la sexualidad suministrada y controlada por la máquina.

Si bien la sexualidad se separó del acto de reproducción hoy la ciencia ha llevado el divorcio al extremo con la fecundación in vetro y otros procedimientos entre los cuales se asoma amenazante la clonación. Puede que reproducirnos previo acto sexual se convierta en historia. Sí, es verdad que erotismo es sexualidad socializada, lo que podría permitirnos agregar que el amor es erotismo sublimado. Carne y sexo eran camino hacia la divinidad porque hay allí necesidad de otredad y lo sobrenatural es la suprema manifestación de ella, pero el amor se fue convirtiendo en ideología y en, muchos casos, en un mero problema político.

En el plano literario insistimos en que el amor se erigió contra el instinto y esta es siempre una operación confiable al espíritu. Es él el responsable de la mentira. Citemos a Rochefoucauld: "¿Cuántos hombres estarían enamorados si no hubiesen oído jamás hablar del amor? Dijo Rougemont: " Los sentimientos que experimenta la élite, y luego las masas por imitación, son creaciones literarias en el sentido de que cierta retórica es la condición suficiente de su confesión, es decir, de su toma de conciencia. A falta de esa retórica esos sentimientos sin duda existirían, pero de una manera accidental, no reconocida, a título de extrañezas inconfesables, de contrabando".

Paz diferencia: es la idea del amor lo que está en crisis y no el sentimiento. Me atrevería a decir que el sentimiento es también una idea. La Kristeva habla de "...algunas grandes ideas amorosas que han constituido nuestra cultura". Yo prefiero hablar de la cultura que ha constituido nuestras grandes ideas amorosas. No estoy negando que el péndulo se mueve, de hecho, en ambas direcciones, lo que quiero recordar es que la prohibición del incesto, por ejemplo, es una prohibición social histórica determinada por una idea con el propósito de crear una cultura o de una cultura para hacer estable una idea y la posibilidad de una estructura. En cualquier caso recordemos a Lacan: "El yo humano se constituye sobre el fundamento de la relación imaginaria". La inteligencia artificial degradará lo imaginario.

Interesa destacar la asociación entre el nacimiento del psicoanálisis y la crisis del amor. Al fin y al cabo lo estudiaron como locura partiendo desde Narciso o desde la histeria. En cualquier caso, el psicoanálisis saca al amor de la esfera divina o divinizable, dándole así una estocada crucial. Volvemos a la metáfora: el psicoanálisis transforma el amor en lenguaje, "en algo de lo que se habla" y, por supuesto, constata la mutación del discurso occidental sobre el tema. Como Kristeva lo dice: "La existencia del psicoanálisis desvela, pues, la permanencia, lo ineluctable de la crisis". Allí comienza a pronunciarse la famosa frase referente al "malestar de las civilizaciones" o "el mal moderno". En ningún caso, podemos olvidar este endemoniado entorno de banalización, desde la conducta social al papel degradante de los massmedia, es decir, no podemos ignorar la grave crisis representada por la disolución de la cultura. La Kristeva, que niega la crisis reconociéndola, habla, en cualquier caso, de hacer de ella un work in progress. Paz, aunque manteniendo su diferenciación entre sentimiento e idea y ahora llamando "imagen del amor" a lo que está en crisis, no deja de advertir sobre las consecuencias: "...sería una catástrofe mayor que el derrumbe de nuestros sistemas económicos y políticos; sería el fin de nuestra civilización. O sea: de nuestra manera de sentir y vivir". La modernidad está muerta; estamos en un limbo sin precisiones llamado posmodernidad. La generalidad de las civilizaciones o no tuvieron conciencia, o la tuvieron muy tarde, de que el fin estaba cerca.

Vivimos la pasión por lo efímero. Eros es realización súbita. No estamos sembrados en el deseo del absoluto. La mujer contribuyó al amor en variados periodos de la historia "liberándose", pero la de estos tiempos, la ha hecho perder "divinidad". La moral establecida hizo agua y es innecesario el matrimonio para adaptarse a ella. "Pasión" rima, en este limbo, con "degradación". Del amor queda una supervivencia cultural, una nostalgia. La noción de "incompletitud" bien puede sobrevivir, pero el mundo actual nos "completa" con la oferta consumista, con el "objeto" y la tecnología nos dará el "sustituto" con un nuevo imaginario perverso. El sexo adquiere matices particulares con enfermedades como el sida y la consecuente popularización de los anticonceptivos y la entrada de avances científicos como la reproducción por otros medios y las pruebas fehacientes de la posibilidad de la clonación. La liberación de las mujeres y la homosexualidad, temas políticos, han transformado la pasión en derecho. El amor es una posibilidad tecnológica, como lo presenta el llamado amor virtual. La libertad en el sexo no ha impedido la intromisión de la pornografía y de la prostitución, ambas manejadas por las leyes del mercado y piedra angular de la sociedad consumista; el sexo es hoy "público" y se asocia al bienestar a través de la publicidad. Las masas inertes son una realidad apabullante, ávidas de espectáculo, de estereotipos, rellenas de indiferencia. La felicidad es hoy un hechizo que "regalan" los massmedia. La llama doble de Paz es hoy una llama sencilla, la del erotismo, como dice Lipovetsky, "simultáneamente hedonista y ordenado". La persona, tal como la concibieron los más avanzados teóricos del cristianismo, como Theilard de Chardin, por ejemplo, ha sido diluida y sin persona no hay amor. De criaturas de Dios pasamos a ser resultado de la evolución y ahora simples mecanismos; parece que nos convertiremos en simples usuarios. Hay un intenso malestar social que ha conllevado a la crisis de la democracia. En Occidente el interés es el gran rector social. No estamos hoy en condiciones de lanzar tesis sobre la sensibilidad, diluida en las baratijas. Amar es limitarnos y la tecnología hace de lo ilimitado una nueva forma de barbarie.

Lo que caracteriza al amor virtual es el alejamiento. Amar significaba deseo de proximidad del ser amado. En la cibersexualidad el "amor" se manifiesta en rechazo a esa cercanía. Amamos porque el objeto está lejos, es condición indispensable que pueda desaparecer, que de hecho desaparezca, que no haya presencia del otro, dado que sería un auténtico "pecado" el que estuviese aquí. El amor virtual nos indica que el "otro" debe estar allá, distante. Ya no es necesario precaverse de la contaminación mediante el uso de preservativos normales. El cibersexo envuelve a todos en un gran condón universal. En el fondo, este espacio cibernético nos ofrece una gran masturbación que podemos manejar con el control remoto. Al fin y al cabo lo que la pareja de “amantes” recibe es información, una que, no satisfecha con su apropiación del mundo, asume también su conversión en sexualidad, erotismo y amor. Claro que podremos “tocar” al “amante”. El sentido táctil será incorporado, pero tendrá propósitos diferentes: el objetivo no podrá ser el orgasmo, dado que todo el proceso se basa en una sobreexcitación sin límites. En verdad todo es así en el nuevo proceso tecnológico. La inmovilidad a la que estaremos sometidos requiere una "compensación" con una excitación sin precedente de los sentidos. Como se ve la “reunión” de los integrantes de la pareja ocurre a distancia, en lo virtual, con un grado de estímulo difícil de lograr en la vida real, aún con el mayor esmero. Habrá “adicción” a ese sexo sobre seguro que trae incorporado, de antemano, el preservativo. Ya no es el "tacto" con el otro lo que prevalece, será más bien la "distancia". La tecnología hace del mundo una superficie plana sin límites, pero los aumenta drásticamente entre los seres humanos convertido cada uno en una especie de planeta. Esta repulsión por el otro tiene en la sexualidad una manifestación patética, pues lo que la caracterizaba era precisamente la conjunción de los cuerpos. Las consecuencias serán de todo tipo: ya no se limitará a la caída de una civilización, como si ello fuera poco, pues, incluso producirá cambios fisiológicos. No podemos pensar que esta masturbación no introduzca modificaciones en el cuerpo humano. Por lo demás, es necesario decir que el instrumento suplanta al órgano y los placeres vendrán de otra manera: tal vez el "mouse" sea el nuevo pene o una determinada tecla la nueva vagina y el orgasmo apenas una señal de las ondas electromagnéticas.

Si a ver bien vamos, no sólo desaparece el amor, podríamos argumentar que el sexo mismo, puesto que ya no copulamos con el desemejante y el alejamiento de los cuerpos convierte el viejo encuentro en algo así como un juego electrónico. Esta acción no puede catalogarse más que de diversión, lo que no quiere decir que antes no lo fuera, incluso cuando estaba ligada a la reproducción, incluso cuando ambas cosas se separaron; digo diversión por intrascendencia. Sin embargo, hay aquí una distancia anulada: la que separaba el matrimonio del divorcio, puesto que si no hay uno tampoco habrá un segundo. Cuando los cuerpos se digan adiós definitivamente y cuando el placer multiplicado artificialmente por la máquina lleve los sentidos a nivel de contrapartida de la parálisis, ya no habrá cabida para las especulaciones. Viviremos entonces en una cibercivilización donde deberemos luchar por no sentirnos unos inútiles.

tlopezmelendez@cantv.net

martes, 1 de julio de 2008

El patético tiempo del nuevo milenio




por Teódulo López Meléndez

La noticia se ha banalizado. Vivimos un mundo de instantaneidad peculiar en la cual se ha hecho parte del show massmediático. Es como un comercial más, como un espectáculo más, como una cotidiana entrega de los premios "Oscar". MacLuhan había dicho que "el medio es el mensaje", lo que sólo parcialmente continúa a ser verdad. En buena parte, la vieja acepción del maestro canadiense ha sido trastocada por otra que bien puede ser "la velocidad es el mensaje", para usar una terminología propia de Paul Virilio, el pensador francés apropiado para estos tiempos de muerte de la distancia.

La noticia, si suponemos por un instante que existe, es siempre vieja. Ello nos lleva a concluir que los massmedia sienten particular odio por todo lo que se mantiene. Así, podríamos decir que el medio es el principal agente de la “revolución” universal. En efecto, si algo se mantiene es contrario a sus intereses, pues no podrían alimentar la cadena electromagnética de la información. De esta manera los massmedia deben demoler todo lo existente, desde las instituciones hasta la inmovilidad. Cuidado aquí, pues hay que precisar que los medios nos siembran en ella; cuando digo que la demuelen me estoy refiriendo a un movimiento intrínseco a la velocidad de la luz con que transmiten la información, en ningún caso a nosotros receptores del mensaje que estamos como nuevas estatuas, como pequeñas antenas cubiertas en toda su capacidad receptiva.

Banal es, pues, la agreste palabra que nos surge en relación con la información. El proceso iniciado con la Guerra del Golfo, donde por vez primera asistimos a un conflicto bélico en directo, tuvo un replay caótico con la transmisión del "arribo del milenio", invención absolutamente massmediática. Allí murió el tiempo, lo que no es poco decir. Aparte de la “humanidad feliz” que nos fue ofrecida, se incurrió en un patético adelanto del futuro, de uno donde el tiempo es universal. La muerte de lo geográfico, la desaparición de la extensión y el exterminio de los husos horarios fue en sí la noticia, no que algunos tocaban tambores ante la aparición del primer sol del año 2000 en alguna perdida isla del Pacífico. Pocas semanas después una compañía suiza fabricante de relojes nos dio la primicia: sus aparatos ya no medirían más con el viejo método del día y de la noche, desde ahora en adelante no habría diferencia de horas, por ejemplo, entre Caracas y París; se establecía un reloj donde el tiempo se mediría en bites y la hora sería la misma en cualquier lugar de este pobre planeta reducido. Esa unificación equivale a la aparición del tiempo universal y, por consiguiente, a la pérdida de la distancia como un adelanto de la condena que pesa sobre los hombres: la prisión en la inmovilidad. La salida o fuga del sol deja de tener importancia, el viejo sistema de medir el tiempo es hundido en el tiempo mismo, con la consecuente pérdida de la historia y de las diferencias. En otras palabras, ambos hechos, la transmisión en vivo y en directo de la "apoteósica entrada del Nuevo Milenio" y la aparición de los relojes en bites donde, claro está, el punto de referencia es el sitio en Suiza donde está situada la fábrica, extermina las viejas referencias humanas y nos convierte, en cierta medida y paradójicamente, en astronautas, o, al menos, nos hace posesionarnos de la misma sensación de aquél que orbita la Tierra o llega a la Luna. El astronauta no tiene espacio, distancia ni medida. El astronauta está perdido en la oscuridad, lo que nos hace recordar la vieja afirmación de algún poeta: "La oscuridad es el tiempo".

La única noticia es que el nuevo límite del hombre es la velocidad de la luz, es decir, la velocidad con que la noticia se produce y es transmitida, no los sucesos en sí. La noticia es el hecho mismo que nos acontece, la unificación en una onda electromagnética soberana que nos hace innecesaria cualquier movilidad. Como bien lo dice Virilio, si a usted lo que le preocupa es que los días pasan, pues deje de preocuparse, que pronto dejarán de pasar.

En efecto, el nuevo horizonte es la pantalla, lo que da nuevas distorsiones y nuevas apariencias. Ya el tiempo deja de ser éste de la sucesión del día y de la noche, este cronológico que hasta el momento hemos contado. El tiempo lo es ahora aquél de la exposición, el de la duración de los acontecimientos, el tiempo instantáneo. Esto implica que "ya no estamos", no estamos con una presencia concreta, sino con lo que Virilio llama "una telepresencia discreta". En sentido estricto, podemos hablar de una nueva cultura, una que rompe drásticamente con lo que el hombre ha sido, nada menos que aquella de la dimensión temporal. Estamos presentes, pero lejos, lo que elimina la duración a favor de lo "directo". Al ser así, el presente debe ser reinterpretado, pues pasa a ser una disolución de acceso a lo real. En otras palabras, el tiempo cronológico deja de existir para dejar paso a uno cronoscópico. Lo que vemos es una fijación del presente, para aquellos preocupados por el paso de los días, como decíamos, ese paso desaparece. Esto equivale a una contracción y a un cambio dramático de la percepción. Ya no hay lugar de encuentro. Frente a la pantalla nos "comunicamos" por Internet con alguien "desaparecido". Frente a la pantalla nos entregamos "en directo" a un horizonte que no tiene nada que ver con la noción clásica de espacio. Frente a la pantalla sustituimos la luz del sol por la velocidad misma de la luz que nos cambia el "aquí" por el "ahora". El estrecho espacio de lo humano pasa a segundo plano desde el momento en que el tiempo se emancipa. Cuando carguemos en nuestras muñecas el nuevo reloj que ya no mide en segundos, minutos y horas, sino en bites habrá caído sobre nosotros el nuevo tiempo mundial liberado de husos horarios, cuando dejemos de contar siglos y no exista el pretexto para la fiesta absurda de las ondas electromagnéticas de adelantar milenios o lanzar cohetones por un año terminado en 00, eso de la alternancia del día y de la noche se habrá disuelto y "viviremos" como astronautas que jamás han abandonado el planeta Tierra, es decir, como seres que han perdido las referencias y se encuentran inmersos en la aceleración, una que nos dirá implacable de la extensión y duración de “los fenómenos de envejecimiento del tiempo-materia”. Podríamos hablar de un día sin fin en relación con la nueva "realidad" que las ondas electromagnéticas imponen sobre nosotros, una donde la sucesión de los hechos a la que estábamos acostumbrados desaparece a favor de una "intensidad" de iluminación y un nuevo hipercentro del tiempo donde hasta la ciudad suiza que momentáneamente sirve de referencia a los relojes en bites será absorbida. Si no tenemos límite, o también dicho de otro modo, si el horizonte convergente al que estamos habituados es sustituido por el que la pantalla nos da, no podremos imaginar. Este hombre inmóvil que se asoma, será hipersedentario en su deformación. Ya hoy existe gente que no llama por teléfono aunque esté en la misma ciudad o en el mismo barrio de su "interlocutor"; prefiere mandar un E-mail. Parecen sentir que la voz rompería la ubicuidad a la que nos estamos acostumbrando. La mediatización se convierte en la norma frente a nuestros ojos, ojos que, por lo demás, también desaparecerán absorbidos por un gran ojo, por uno proveedor de las nuevas apariencias. La pantalla, toda ella que una es, ha hecho del acto de comunicación un diluirse, una muerte.

II

Debemos declararnos en reflexión sobre el tiempo obligados por la algarabía insoportable de los massmedia en torno al supuesto fin del milenio. Releo un viejo libro de Indro Montanelli, Historia de Roma, y al seguir la evolución de aquella Ciudad-Estado se desarrolla en mí hasta el paroximo la insignificancia que atribuyo a los acontecimientos actuales del país donde nací y vivo. La banalidad de los actos humanos llamados históricos es impresionante. Roma, en realidad muerta como poder cuando cae el Imperio Romano de Oriente, es decir, cuando Constantinopla cae en manos de los turcos, para mí, y creo que no sólo para mí, ha sido la última noticia importante. Lo que estoy diciendo es de una sensación de inutilidad de las acciones humanas llamadas históricas y de una visión que se desarrolla que permite mirar los acontecimientos con distancia y placidez. Cuando Catón, el gran tribuno del Senado, vio llegar todos los objetos y conocimientos griegos a su amada ciudad supo que la Urbe estaba perdida. En buena manera vislumbró lo que los filósofos del posmodernismo llaman el "hombre estético". En otras palabras, vio que Roma caería vencida por la cultura griega. Los políticos jamás aprenderán que quienes hacen la historia que vale la pena son los creadores, más que todo los que viven en el lenguaje. Puede decirse que Anibal, con sus elefantes y su terquedad, cruzó los Alpes y que Bolivar cruzó los Andes en procura de imitar su grandeza, pero fue Polibio, trasladado a Roma como esclavo de guerra, (a quien realmente hay que prestarle atención), el que se preguntó sobre el sistema político romano en procura de una explicación de cómo aquellos toscos habían empleado la modesta suma de 56 años para acabar con una de las más esplendorosas civilizaciones que hayan existido sobre la faz de la tierra. Concluyó que no habían sido los romanos en destruirla sino los propios griegos, pero esa es conclusión permitida a un "intelectual" como Polibio, valga la transferencia temporal de un término odioso y desproporcionado como éste( por lo demás, en su versión contemporánea, de origen francés en relación con el caso Dreyfuss).

Puede que estemos manejando un concepto equivocado de "historia". Por ella damos batallas, hechos políticos, gobiernos y gobernantes. Puede que la verdadera historia sea aquella de la civilización(y de las ideas, generalmente catastróficas cuando llevadas del arte a la política) y que la historia política sea, apenas, una planta parásita que ha usurpado nombre y lugar. Si es así, entonces la historia es la del crecimiento espiritual del hombre. Lo que los hombres hemos estado denominando historia es sólo lo superficial, lo aparente, lo visible.

Disquisición aparte, cierto es que el fin del primer milenio fue tan lamentable como lo es éste. La humanidad se cansa, al parecer, con esa contabilidad, comprensible sí, dado que mil años suena como mucho. He repetido hasta el cansancio que los verdaderos finales no son los que las mediciones agonizantes del tiempo han determinado. Nadie puede negar que el siglo XX terminó tal vez con la llegada del hombre a la luna o con la caída del muro de Berlín. El nuevo será establecido por el descubrimiento de agua en Marte o por el mapa genético; dejémoslo a cargo de los inútiles historiadores.

Tenemos, además, los misterios y terrores que el hombre ha atribuido a un fin de siglo, quiero decir, a cien años. Peor si coincide con un fin de milenio. Cuando terminó el primero de la era cristiana se pronosticó el fin del mundo y ahora, cuando termina el segundo, un poquitín más prudentes hemos sido. Ya no abundan tanto los profetas, al fin y al cabo los hombres tenemos ahora a Internet y a los horoscopistas, más a Derrida, a Barthes, a Blanchot, a Hjemslev o a Wittgenstein, que son algo diferentes. Nostradamus fue el más destacado profeta del pasado, pero hubo muchos, como uno portugués llamado Bandarra que nació en una humilde villa denominada Trancoso y que no alcanzó la fama de aquél por la sencillísima razón de ser portugués, sin olvidar que Inglaterra estuvo por siglos "protegiendo" (entrecomillado porque es un decir) las expansiones y descubrimientos, más aún, la permanencia, de Portugal por el mundo. En cualquier caso los profetas decían lo que los humanos quisieran entender.

Volviendo a Roma, uno recuerda que los historiadores republicanos describieron con pestes y culebras la era monárquica, olvidando que sin los reyes Roma jamás hubiese puesto sus legiones a dominar a todos los pueblos del mundo conocido y dos de sus generales no hubiesen tenido las amabilidades de Cleopatra, obligada, la pobre, a recurrir a las artes amatorias para frenar el impulso de la gran potencia.

Decíamos que esto del tiempo es una banalidad y, en cierto modo, una torpeza. A mí me tiene sin cuidado que el próximo año sea el 2010 o el 2500. Sigo sin explicarme porque los hombres celebran ruidosamente un año nuevo, como si la llegada del bienvenido equivaliese a una garantía de vida por ese lapso. En verdad nos morimos en cualquier fecha y ésta sólo es una referencia para la lápida, dado que es hábito cristiano la de enterrar a los muertos, mientras la incineración es un avance tan importante como la de ver, valga McLuhan y su aldea global, un terremoto mexicano en directo o a los chechenos huir de las tropas rusas o a los soldados australianos combatiendo las milicias armadas por Indonesia para exterminar a los timorenses orientales.

Ciertamente los que me leen no avanzarán mucho en el nuevo siglo o en el nuevo milenio(entendiendo, además, que, a pesar de los medios de comunicación y su increíble torpeza o mala intención mercantilista, el 2000 es el último año del siglo y del milenio). Estamos condenados a la muerte, afortunadamente, aunque los hombres se distraigan con esta estupidez massmediática de un nuevo milenio sin pensar en que la tecnología puede ser una maldición o una bendición y en tantas otras cosillas que ocuparán el pensamiento, de los escasos que piensan, quiero decir. Mientras tanto nos conformamos con pasarla bien, con estar con el pequeño grupo de gentes que nos garantizan un testimonio de que existimos, con disfrutar de los objetos de consumo o con emborracharnos para celebrar que estamos vivos para una medición del tiempo contado a partir de determinado acontecimiento, según las diversas culturas. En el caso nuestro, occidentales, desde el momento en que Jesús anduvo por Judea, donde, por cierto, allá en Jerusalén, la gente que arriba padece de un extraño pero comprensible síndrome, creyendo que lo que pasará, en cualquier caso, pasará allí. Lo representan quiénes llevan la muerta Utopía hasta el delirio del suicidio colectivo. Interesante resultaría preguntarse qué acontecimiento, qué suceso, qué verdadera noticia será señalada como la fecha que dará inicio al siglo XXI. Tal como están las cosas deberá ser un acontecimiento científico relacionado con el espacio, nunca una acción "histórica" dada la mediocridad y la intrascendencia de las ideas políticas y seguramente menos una acción del espíritu dado que el apagón de la inteligencia que sufrimos es tan total que podríamos decir que allí radica el fin del mundo que los hombres pronostican en la proximidad del final de cada milenio.

Tenemos ahora la chatura de la pantalla y relojes que han escondido el día y la noche y que pretenden convertirnos a todos en astronautas sin las viejas referencias que construyeron al hombre como hasta ahora lo hemos conocido. Deberemos sumergirnos en la poesía, mientras los ilusos siguen contando un tiempo que no pasa.

tlopezmelendez@cantv.net