sábado, 13 de septiembre de 2008

Amago de estupefacción final




por Teódulo López Meléndez

El hombre de estos tiempos no viene de la manga de un prestidigitador. El hombre posmoderno es heredero directo de la modernidad. Lo que estamos viviendo parece ser el punto final de una evolución ya detenida, lo que, si queremos, podemos ver en Nietzsche como el proceso desde la elevación maníaca hasta la mediocridad semidepresiva. Por supuesto que este camino no ha sido lineal. La decadencia aparece como un gráfico de movimiento de las economías, con aristas de subidas y caídas, pero siempre marcando la decadencia hasta el hombre estupefacto de hoy. El espíritu de esta época es el del autoengaño, el de la falsificación en el dinero y el éxito. Los dioses ya no hablan, mantienen un larguísimo silencio que ha llevado a los hombres a producir su propio entusiasmo bajo directa administración materializada en esta huida hacia delante que se empeña en mantener la historia de la especie.

En este mundo de comunicación absoluta conocemos la casa global demasiado bien, lo sabemos todo sobre ella, esta “casa” ha sido desprovista de todo secreto. Nuevas formas de huida han aparecido, nada novedosas, sólo que más macabras. Una falsificación producida por la obnubilación encarnada en hombres que creen en la salvación dejando atrás esta casa, ahora marcada por el viejo sentido apocalíptico que dominó al hombre en algunos momentos de la finalizada historia: la manera de huir es destruyéndola. Existir deja de ser una droga lo suficientemente poderosa y se procura sustituirla con la otra de la nada, sólo que el terrorista que se inmola parece no confiar sólo en su propia destrucción, tiene dudas sobre la permanencia de la casa después de su partida y busca una “utilidad” (al fin y al cabo le enseñaron siempre que este mundo era utilitario) llevándose por delante pedazos, al menos, de aquello que debe ser abandonado. El seno de la nada está teñido de ofertas, fundamentalmente el de la salvación, pero también de algunas más prácticas como un exquisito número de vírgenes a la espera, aunque eso sea banal, lo importante es volver a encontrarse con los efectos opioides del seno materno. El terrorista es, así, un drogadicto al que ya no basta la acción en este mundo, alguien que ambiciona la máxima dosis, la de la huida final con métodos utilitarios de destrucción. No confundamos las acciones de sabotaje perpetuadas por ejércitos enemigos con terrorismo. Incendiar las carpas o matar las bestias de los soldados opuestos eran manifestaciones directas de guerra; la acción del terrorista suicida no combate a un ejército enemigo ni es una acción guerrera, es la búsqueda desesperada de drogarse, de escapar, de restituir el viejo anhelo de salvación. Los primeros cristianos que morían en los circos romanos estaban impregnados por una religión que inventó el amor, en consecuencia no podían partir hacia la salvación destruyendo, se dejaban ir con la seguridad de encontrar el objetivo. El hombre de este mundo, uno donde los dioses no hablan, ha llegado al paroxismo extremo y bajo interpretaciones equivocadas de otras religiones de salvación se dispone a partir matando.

¿Acaso el terrorista suicida no ha podido hablar, conforme a lo que estableció el psicoanálisis sobre que los secretos patógenos dichos no pueden actuar mas? ¿O es que el terrorista suicida ha seguido el camino desconcertado de la glorificación posmortal del Yo en Dios? La batalla entre psicoanálisis y filosofía en procura de una respuesta parece ganarla el primero. EL “instinto de muerte” freudiano que ha llevado al hombre a buscar salida de este mundo encuentra la expresión contemporánea de disolución, para no tener que sentir más, en la muerte “útil” que reconcilia con Dios, dando lugar a una mezcla con la antropología metafísica. Quien sobrevive en este mundo, como algunos pueblos e individuos, al margen del éxito y del dinero, y sin tener que recurrir a la droga sustitutoria de los químicos, es aquél que ha elevado su espíritu por encima de la época denigratoria y pleno de energía para morir sobrelleva sabio las consecuencias de estar-aquí.

El terrorista suicida ve fluir todo hacia un mal fin. Sobrevivir sin el cuerpo, tesis de las religiones de salvación, es su premisa. La segunda es que forma parte de un grupo que vive, física y moralmente, peor de lo que debería vivir. Ambas premisas pueden responder también a mentes superiores, en el primer caso a un filósofo, en el segundo a un revolucionario, cuando las revoluciones eran posibles. En el caso del terrorista suicida hay un elemento de descontrol, de dominio total de la desesperación. El que se siente con el agua al cuello y es víctima del pánico, encuentra una “verdad” propiamente terrorífica: hay que destruir al infiel, a quien no cree en “mi Dios”, al culpable perfectamente identificado de la crueldad de la existencia en lo personal y en lo grupal. Las ideas de coexistencia religiosa o de tolerancia son absolutamente contrarias a la mente que quiere viajar hacia la nada huyendo de la casa injusta. La convicción de que el tiempo de desdicha, el infierno de dolores, es insuperable conlleva a la trágica mezcla de matar al prójimo con la propia inmolación, a una acción entrelazada entre la derrota psíquica adosada con deseos de integración a la divinidad. De esta manera se trastoca la convicción de un fin malo por la seguridad de que no hay otro bueno que el representado en la acción suicida-homicida. Podemos decir que el terrorista suicida es alguien que sólo ve lo exterior real, aunque se ampare en una falsificación, en una ceguera total que lo lleva al argumento deico como justificación última. Sloterdijk lo explicaría así: "La conocida afinidad de mística y alienación recuerda que, en espacio psíquico, altura y hondura son equivalentes y que la impulsión hacia arriba difícilmente se deja diferenciar de la absorción hacia abajo".

La presencia de lo político ha sido mal entendida por algunos que ven en el conflicto terrorista una especie de “lucha de clases”, esta vez encarnada por naciones ricas y pobres. Las primeras habrían declarado una especie de “estado de sitio” sobre las segundas, mediante la discriminación en el comercio o la imposición de recetas económicas injustas. Todo lo que se ha denominado historia es, en realidad, un sitio del hombre por el hombre. Ciertamente existen manifiestas injusticias y discriminaciones en el comercio e intercambio de bienes. La globalización también ha sido mezclada con el efecto terrorista, olvidando que el presente momento es, querámoslo o no, global. La forma de organización social está cambiando con el declive del Estado-nación y con el abandono del hombre a la idea de resistencia en un territorio. Es más, la “herencia histórica” es un saco que el hombre está dejando en el camino, procediendo a identificarse con su vecino de manera muy distinta. El egoísmo de los países ricos contribuye indudablemente al aumento de la pobreza mundial, pero démonos cuenta de que los terroristas que han marcado, posiblemente, el inicio del siglo XXI, jamás han incluido entre sus planteamientos razones de tipo económico o de injusta distribución de la riqueza, sino siempre, razones geopolíticas precisas como la situación del Medio Oriente o razones geopolíticas-religiosas, como la afrenta que para ellos constituye la presencia de tropas infieles en territorio donde se ubica La Meca. Contra la globalización no se puede batallar, es indetenible. Contra el egoísmo y la discriminación de los ricos de la tierra queda una larga batalla que no es confundible con el terrorismo suicida que nos ocupa.

Volvamos a nuestro enfoque. El mundo actual está dominado por el hedonismo. Entre otras cosas nos promete una dicha derivada del consumo y de los “aparatos” que excede las eventuales aspiraciones de encontrar la dicha en iluminaciones. Del otro lado, se mantienen sociedades profundamente dominadas por lo metafísico que ven como perversiones inaceptables las prácticas de occidente y rechazan sus usos y hábitos “demoníacos”. Esta sociedad nuestra nos ofrece una dicha sin gloria. Aún en ellas hay profundas diferencias. Afganistán está sumida en un tiempo que se retrotrae por siglos, mientras otros países islámicos han aceptado la tecnología y un cierto grado de bienestar. Quienes han planteado un choque de civilizaciones están tan equivocados como quienes han proclamado irresponsablemente la superioridad civilizacional de unas sociedades sobre otras. Sucede que occidente deberá aceptar, de una vez por todas, que existe gente diferente, amen de enmendar políticas imperiales acomodaticias a sus intereses. Con las diferencias de grado de desarrollo, los hombres viven en todas partes la misma crisis, aunque muchos de ellos lo hagan con hambre y miseria. Al fin y al cabo la dicha que pretende dar el occidente hedonista en otras culturas la da el planteamiento metafísico. El problema radica en la falta de atención del hombre al estado de ruptura actual. El hombre, inmerso en la globalización y atado a una red de Internet donde los Dioses no tienen una página web, paradójicamente no están captando lo general extenso imbuidos como están en lo particular obtuso. La paradoja radica en que lo mismo hace la cultura occidental nacida de lo metafísico y llegada a este estado de un hombre-mamarracho hasta las religiones como el islamismo, en su manifestación obsecada, olvidadas de desarrollar argumentadamente y encerradas en un hombre que es incapaz de abandonar momentáneamente su fe puesto que si lo hiciera se convertiría en alguien pensante. Lo cierto es que nadie da una idea segura del mundo y de la vida, ni el consumista occidente, especialmente los Estados Unidos dominado por el calvinismo protestante exitoso, ni quienes pretenden destruirlo apostando a un fe ciega en un mundo donde lo imprescindible es quitarse la venda. Aquí, en este mundo posmoderno que, como insisto en decir, es originario de la modernidad y de allí a todo lo que ha sido la historia de las culturas, no hay un continuum de certezas.

Comenzamos a ver el mundo como una casa global, como un “seno”, pero, al mismo tiempo, este “seno” que reproduce al materno se nos convierte en un lugar inhóspito. La globalización es un extraordinario salto a la visión de humanidad como patria, pero, como humanos, no faltamos a las crisis. Innumerables, desde la ecológica sobre el cual el imperio norteamericano se niega a actuar desafiando a la comunidad mundial mediante la denuncia del Tratado de Kioto, pasando por las injusticias de la distribución de la riqueza, hasta ésta, una brutal, sin duda, pero a la que hay que sujetar a sus justos términos. Casi vemos la casa común en el momento en que comienza a destruirse, otra paradoja de lo humano. Ciertamente no estamos para manifestaciones religiosas apocalípticas. Estamos, sí, para dar resolución, para usar un término de imagen, a la casa. Muchos han definido al hombre como un animal que se muda. Pues nos estamos mudando y la mudanza es inevitable. La nueva casa hacia donde marchamos es la global, la de todos. Deberemos encontrar, usar y desarrollar una inteligencia multirracional.

Esta casa es finita, no hay duda, pero de ello debemos sacar conclusiones. Esta casa no podrá funcionar basada exclusivamente en la economía, como no podría basada solamente en una especulación metafísica. Estamos metidos en una carga de comunicación absoluta. Ya lo dije, cuando no veíamos muy lejos el mundo era fácil de comprender. Sobre este mundo hay que lanzar un cable universal e ininterrumpido de mediación que impida verlo todo o con los ojos de la desesperación o como mercancía. No trato de trazar una perspectiva piadosa. Estoy plenamente consciente de lo que ahora también podríamos llamar realpolitik. No obstante, déjenme decir, que no considero piadoso el reclamo de una escala humana, puesto que la aceleración que algunos atribuyen al efecto massmediático y que otros consideramos aprisionamiento contra la poltrona, el hombre puede manejarlo. Los filósofos del posmodernismo se han encarnizado contra el humanismo en medio de una confusión que no me atañe. Lo que sé es que tenemos casa para el mundo, pero no tenemos mundo, a no ser uno cansado bajo una apariencia de dicha.

El desafío es mayúsculo: debemos encontrar otra forma de lo que hemos venido llamando vida. Estamos en las vecindades de un punto final que bien podríamos convertir en punto de partida. Creo que se nos ha falsificado todo lo que se puede ser. Quizás el mayúsculo desafío al que me refiero es que la posmodernidad, con su civilización massmediática, lo que nos está ofreciendo como mundo es la falta de mundo. Así, quizás, podríamos entender como la globalización se nos está convirtiendo en causa de desajuste destructor. André Breton estaría perplejo: el surrealismo se ha convertido en realismo. En esta mudanza del hombre a la casa nueva estamos confirmando como la estructura política, y sus variantes económicas, la están obstaculizando. Cada día más la literatura debería ser aquello que un hombre escribe para predecir un hombre futuro.

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